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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


MUJER: EL TANGO TE HIZO DAÑO

<hr><h2></U>MUJER: EL TANGO TE HIZO DAÑO</h2></U> Ana María Giacosa (*)

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(*) Ana María Giacosa, tempranamente desaparecida, fue una brillante argentina. Desplegó su talento tanto en la acción política –fue Convencional Constituyente de su provincia natal, Salta, candidata a gobernadora de esa provincia y dirigente del Movimiento Patriótico de Liberación- como en el periodismo, la crítica de costumbres, la literatura y la defensa de los derechos de las mujeres.
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Permítasenos no descalzarnos para entrar al sagrado tabernáculo de la “canción ciudadana”. Entiéndase el misterio profundo del escaso aporte femenino al caudal de los fanáticos del tango. Ajenas al desarraigo, la nostalgia, la reciedumbre, el fatalismo y otras implicancias con mayúscula, las mujeres expusimos el cuello inerme al cuchillo de obsidiana de letristas. En el ara de ese “sentimiento triste que se baila”, fuimos sacrificadas sin piedad.
Percanta, Milonguita, Purreta Arrabalera, Santa Madrecita. Ser sin infancia que nunca “pegó la ñata contra el vidrio” ni indagó en el futuro. Adornando estática la humilde casita con su juventud y sus trenzas, mientras dormita su tendencia al lodo. Indefectiblemente cambiarían el percal por el lamé y la casita de los viejos por el cabaret.
Eva pecadora, atemporal y eterna –salvo la madre de espinazo clavado al pie del piletón que aguarda siempre el regreso del hijo calavera- puesta en escena para sumir tarde o temprano al sufrido varón en abismos de desdicha. La traición femenina, agotada en las mil letras y acordes sirvió para destacar la presencia del matón engañado, llorón y nostalgioso. Debía realzar las muestras de nobleza, coraje e hidalguía de aquellos engañados que corrían al reencuentro de las nobles virtudes, con la vieja y los amigos trasnochados. El “macho corazón” que se vengaba malamente en “Noche de Reyes”, y dibujaba merecidas “flores de cuchillo” en la mejilla de las volubles muchachas, también tuvo en la literatura tanguera una ancha franja para la comprensión, el perdón y el “pecho fraterno”. No diremos que en la mayoría de los tangos los caracteres masculinos fueron pintados con trazos magistrales, pero no hay duda que para los femeninos se usó la brocha gorda. Descontemos una “Malena” entre cientos. Abrazada al arte de la traición, al licor y el “Parné”, las pobres mujeres del tango tuvieron un destino inevitable. Ajenas a los sentimientos nobles fueron recortadas en el papel de pecadoras. Casi nunca ejercieron la comprensión. No otorgaron perdón. Hasta su sufrimiento fue de segunda. La que rió y se hartó de champán en la primera estrofa llorará hecha una lástima y toserá en la última.
De aquellas milonguitas sin más capital que su hermosura, muchachitas cegadas por el brillo y la buena vida, que dan la espalda al amor sincero, al mate amargo; “los tarritos con moñitos, los malvones del balcón”; de las “Venus de quilombo, que al final se van al bombo” se encargaría el destino, sabio y varón, castigándolas con la decrepitud y la miseria. Desvencijadas y solas tocarían la puerta de sus antiguos amores buscando arrepentidas un pecho fraterno o un palenque donde rascarse. ¿Lo encontrarían alguna vez? En general las sacaban con cajas destempladas enrostrándoles su pecado. Porque en esto la “canción ciudadana” fue inflexible. En lo que a pecado se refiere, para las mujeres una vez basta. ¡Dichosos aquellos que agotaron la lista de las flaquezas humanas para resurgir incólumes como un fuego purificador!
Exiliadas del cafetín metafísico, de la amistad en la órbita del vino, el pernod o la cortada mistonga, el bulín de la calle Ayacucho o el cuartito azul tendrían para las mujeres del tango un regusto amargo. Allí los muchachos se convertían en hombres y las mujeres en una ruina. “Yo no puedo acordarme del pasado / aunque tuve veinte años como vos”. Los recuerdos eran tan sospechosos como el “pasado”, aunque esté difuminado por barcos y brumas. Recordar sin arrepentimiento es cosa de varones. Pero tampoco se avizoraba un futuro que no fuera negro para estas pobres muchachas: tendrían “veinte abriles carnavaleros” y luego serían irrevocablemente “monedas de cobre, que nadie las quiere”, “descolado mueble viejo” y otros apelativos tan alejados de la metáfora como éstos. Aquellos altivos varones heridos por la traición se sentarían a esperar “la fiera venganza del tiempo” sobre el objeto de sus amores. Salvo escasos tangos, donde Cronos se permite platearles discretamente las sienes o arruinarles el hígado, los varones del tango parecen todos munidos de un retrato de Dorian Grey. Como las mujeres no hablaban, ni recordaban, ni por supuesto filosofaban, nos quedamos sin saber si ellas hubieran reconocido en esos vejetes apostados a la puerta del cabaret a sus fogosos amantes.
Imprevisoras hasta la exageración, caerían en un pozo de desgracia en el umbral de los cuarenta. A pesar de los consejos y advertencias, ninguna comprendió que la “pollera cortona y las trenzas” se acaban un día. Terminados “los brillos y el rango” regresarían siempre vencidas al cabo de los años, arrastrando el visón apolillado y en estado físico lamentable; sin duda la previsión del futuro y la humana capacidad de remontar la adversidad les fueron negadas a las indefensas mujeres del tango. El llanto vendría puntualmente a buscar a las desgraciadas y el anatema a las que tuvieron un poco de suerte. Para las mujeres, la última farra llegaba temprano y sin el consuelo de “la vieja” y de la “barra”. Unos pocos años de champán y de frío nocturno y … a toser en los boulevares de París, el centro o el suburbio. Sólo les quedaba añorar el percal y aquel amor de barrio que les obsequiaba glicinas de los cercos. No negamos en absoluto que les restaba la posibilidad de redención a través del sufrimiento, la muerte o, con suerte, la toca y el jardín conventual. De todas maneras, un sufrimiento en tono menor que nunca oscureció el dolor con mayúscula que padece el varón del tango, víctima constante de ingratitudes y traiciones, dueño del amor, del odio y del desdén; de la redención, la nostalgia y el perdón. Por supuesto, cantor y autor.
En el tango, la que se va pierde. No podrá aducir en su defensa ninguna razón tanguísticamente válida. ¿Cómo no emocionarnos con aquellos versos “No habrá ninguna igual, todas murieron / en el momento en que dijiste adiós”? Nos dejaban partir con enamorados compases. Gracias Homero Manzi, gracias por el Tango, en nombre de nosotras mismas y de tantas mujeres vapuleadas en inolvidables versos sin recibir “una ayuda, una mano, ni un favor”.
Más allá de meditaciones sociológicas, psicológicas y de amor a su música, ¿cómo sofocar la sensación que nos arruga el corazón y nos pone en guardia cada vez que escuchamos el grito de “¡Música, Maestro!”,seguido del son de un bandoneón?
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Prof. Pedro Godoy P. -

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