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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


MÉXICO EN CHILE

<hr><h2><u>MÉXICO EN CHILE</h2></u> Joaquín Edwards Bello
Enero 1960

Curioso homenaje al Presidente de México, en Chile, consistiría en llevarle una tarde de día festivo a observar en la entrada de algún cine de barrio. Aquí, como en Valparaíso y otras regiones, el cine de barrio es ochenta por ciento mexicano.
Superficialmente el asunto es banal. En el fondo es un drama.
Es el drama de un pueblo que no supo o no pudo cantarse a sí mismo. No nos engañemos. Engañarnos es pecado grave. Chile es un país hospitalario, cosmopolita, con costumbres y arte cosmopolitas. La parte popular de Chile, “los de abajo”, diría Azuela, ha sido estrangulada por las migraciones sanas y progresistas de vascos, de alemanes, de ingleses, de italianos y de toda suerte de razas más preparadas para desplazar a la gente antigua. En México el pueblo presume de tener sangre india. A los rubios les llaman despectivamente “hueros”. Aquí ocurre lo contrario. He visto individuos morenos, con cabelleras negras, tiesas como alambres, enderezados con petulancia para proclamar: “Nosotros los vascos”. La casta social que nuestro Encina llamó “aristocracia castellano-vasca” se separó de la más antigua casta con sangre india, extremeña y andaluza, en verdad más aristocrática que la nueva. Con un desprecio amable, muy hipócrita, se separó de dicha clase, burlándose de ella mediante apodos y expresiones despreciativas. En mi niñez la clase alta se decía la “gente decente”. Esta clase rica, con sangre vasca, algo mezclada con africana y andaluza, se destacó de la clase pobre de manera comparativa. La antipalabra para decente es indecente. La aristocracia, más bonachona e infantil que sádica, se irguió feliz en su superioridad vistosa, más alta, más blanca y elegante. La mujer vasca es la más esbelta y elegante de España. Las expresiones patricias despectivas referentes al tipo y costumbres de la masa pobre profundizaron el barranco separador hasta ridículos e increíbles extremos, como las plazas públicas de aquellos pueblos con tres secciones limitadas, para la aristocracia, la clase media y para el roto. El “Día del Roto Chileno” es un portento de hipocresía saludable.
El tipo de la gente popular y sus manifestaciones más expresivas han sufrido de burlas y de desprecios. Estas burlas serían criminales y odiosas si la parte de la aristocracia culpable de ellas hubiera tenido responsabilidad. La verdad es que aquella clase carecía de talento y de maldad. Las expresiones denigrantes para la masa popular provenían de un sector femenino frívolo e indiferente.
Típicas expresiones para opacar al pueblo hispano indio son la de “tapamugre”, para el manto femenino; la de “chinas”, para las sirvientas, y la de “olor a patriotismo”, para el aliento condensado de las masas populares en las fiestas patrióticas.
Las costumbres, las cosas, se parecen, con nombres diferentes. Las ojotas, en México, son guaraches; los porotos son frijoles; el poncho es sarape.
En mucho parecidos, menos en la tradición artística. Tal vez haya en México Estados con gente parecida a los chilenos en todo. No lo dudo, México es un continente. De todas maneras, con matices de una u otra clase, nos entendemos y nos apreciamos.
El cariño de Chile a México es comprensión. Se trata de un mensaje moreno, y se escuchaba ya en el siglo pasado. Yo lo escuché.
Nuestro pueblo se vio interpretado y engrandecido en el arte mexicano, no solamente en la edad del cine. Tendría yo once años cuando oí a mi madre interpretar, en el piano, entre “Carmen” y “Gioconda”, el vals “Sobre las olas”, de Juventino Rosas, un músico de Guanajuato. ¡Cuánta dulzura! “… Olas que al llegar plañideras muriendo a mis pies…”.
En la misma época habíamos descubierto, en el Liceo, a los poetas Juan de Dios Peza y Manuel Acuña. Soy viejo y podría recitar de memoria el “Reír llorando”, “Frente a Toledo”, de Peza, y el “Nocturno”, de Acuña. Más tarde leí a no pocos escritores mexicanos, sin prejuicios de lector snob. Tanto me interesa Alfonso Reyes como Manuel Payno. Casi más este último en “El fistol del diablo”. Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón son fascinantes. Inclán es sobremanera excitante. Llené de anotaciones los libros de Vega Arizpe y de Icaza. Maples y Arce, Azuela y Martín Luis Guzmán me son familiares, como Nervo, Del Castillo, Nuñez y Domínguez, Trejo y cuanto sea mexicano. Los chilenos encontramos en ello algo que nos habían quitado. Los payadores, el romanticismo, la virilidad de los instrumentos musicales. En ese Chile de mi niñez, pobrísimo en arte, nos aseguraban que el cante con guitarras o piano era cosa de mujeres. Absurdo concepto de la virilidad. He oído a un matón de cabaret lo siguiente: “En Argentina cantan los hombres. En Chile cantan las mujeres”. Estupidez divulgada con jactancia. La costumbre, en Chile, del cante en grupos masculinos es nueva. No tiene más de veinte años. Es imitación de mariachis y de tanguistas.
Algo le faltaba al pueblo. Algo necesitaba. Después de Pancho Villa, la música y el cine mexicanos dieron a nuestra masa popular un tónico de confianza y de seguridad personal. En 1920 la revolución social chilena cantó su triunfo en trinos mexicanos, el “Cielito lindo” y “La cucaracha”. Un plato popular se llama Pancho Villa. Manjar picante para hombrecitos. Mexicanos y chilenos somos vecinos y parientes con espinazo de volcanes. Los cuchillos mexicanos y chilenos en la California de la avalancha del oro se juntaron en la leyenda de Joaquín Murieta.
Guatimozín y Caupolicán son hermanos.
Nuestro Vicente Pérez Rosales, personaje novelesco, aventurero y hombre de Estado, tras de peripecias de Jack London en California, llegó a la casa de cierto mexicano rico, de nombre Alvarado. Las damas de la casa de Alvarado huyeron con terror. Sería un bandido. Cuando conocieron la calidad del visitante lo colmaron con atenciones. Antes de partir, el señor Alvarado regaló al señor Pérez Rosales la más rica silla de montar mexicana con adornos de oro y plata.
Un verano, en la parte más pintoresca de Valparaíso, donde está la admirable feria de la Avenida Argentina, se desarrolló un cuadro inolvidable ante mis ojos. Montada en un burrito, la más linda chiquilla descalza del cerro próximo se acomodó la blusa en sus pequeños senos puntiagudos, animó al burrito y elevó la voz aguda, enfilando a la Calaguala:
- “Allá en el rancho grande…”.
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