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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


AMÉRICA LATINA: LA PATRIA INCONCLUSA (II)

<hr><h2><u>AMÉRICA LATINA: LA PATRIA INCONCLUSA (II)</h2></u> Andrés Soliz Rada

Luces y sombras de los movimientos nacionales latinoamericanos


Ante la imposibilidad de avanzar de manera conjunta hacia la integración latinoamericana, surgieron después de la gesta independentista de Bolívar y San Martín importantes discípulos suyos. En Bolivia, emergió la figura del mayor de nuestros estadistas, el Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana, hijo de un hidalgo español y de una princesa aymara, quien intentó forjar la Confederación Perú - Boliviana, como una forma de ir soldando las piezas de la Patria Grande. Santa Cruz fracasó en su intento, pero su legado está vigente al recordarnos, hoy en día, que Bolivia y Perú deberían aunar esfuerzos, para defender de manera coordinada el gas existente en sus territorios, a fin de que las transnacionales, vinculadas a los centros de poder mundial, no se aprovechen de ella, de modo excluyente, como ocurrió en el pasado con el oro, la plata, la quina, la goma, el petróleo y el estaño. La experiencia crucista, como sabemos, fue aplastada sin miramientos por las oligarquías de Chile, Perú y Bolivia, las que sí supieron actuar de manera unitaria.
Los movimientos de liberación nacional en los países coloniales y semi-coloniales se abren paso sobre todo en épocas en que las potencias mundiales están ocupadas en preparar sus guerras inter-imperialistas, en medio de ellas o al finalizar las mismas, por encontrarse aún debilitadas. Tales movimientos necesitan, sin embargo, de motivaciones propias. Como ocurrió con la Revolución agrarista mexicana, iniciada en 1910, o con la Reforma Universitaria de Córdoba, de 1918, que unió la protesta contra la enseñanza dogmática con consigna de la unidad de América Latina. En este último aspecto, resulta esencial la contribución del también argentino, Manuel Ugarte, figura eximia en la terca obsesión por concretar el sueño de Bolívar. En Bolivia, la primera guerra mundial, la debacle financiera de 1929 y la fratricida guerra del Chaco, que desnuda las miserias de la oligarquía minero-feudal, explican el surgimiento de corrientes nacionales encarnadas en militares como David Toro, Germán Busch y Gualberto Villarroel, quienes crean las condiciones para la Revolución de 1952, el acontecimiento más importante de nuestra historia republicana.
La segunda guerra mundial incidió en el surgimiento del peronismo argentino, que logró, sobre la base de una creativa alianza entre Fuerzas Armadas y clase trabajadora, nacionalizar los ferrocarriles ingleses y promover la industria liviana, recortando el excedente que durante décadas benefició a su oligarquía vacuna, aliada al capitalismo inglés. Perón postuló la defensa conjunta de las economías de Argentina, Brasil y Chile, concebida como un bloque capaz de contener las interminables asechanzas euro- norteamericanas. Correspondió al propio general Perón formular esta frase profética: “El año 2000, encontrará a los latinoamericanos unidos o dominados”. El pensamiento revolucionario peruano tuvo entre sus figuras prominentes a José Carlos Mariátegui, empeñado en indianizar al marxismo, y en el indoamericanismo de Víctor Raúl Haya de la Torre, quien, sin embargo, en lugar de asumir la posición del neutralismo en la segunda guerra mundial, prefirió claudicar al apoyar a la coalición ruso-norteamericana. El neutralismo permitió al general Lázaro Cárdenas nacionalizar, en 1938, el petróleo mexicano. Un año antes, en 1937, el general David Toro decretó la caducidad de las concesiones de la todopoderosa Standard Oil de Nueva Jersey. En consecuencia, corresponde a Bolivia el mérito de haber llevado a cabo la primera nacionalización de una transnacional petrolera en el Continente. Los choques bélicos interimperialistas permitieron que triunfen movimientos anticoloniales en otras latitudes, como en la India de Gandhi o en la Indonesia de Sukarno. En la segunda mitad del Siglo XX, el nacionalismo latinoamericano ha continuado generando movimientos antiimperialistas aislados y desconectados, pero no menos heroicos. Estamos pensando en el Panamá de Torrijos, en el Perú de Velasco Alvarado, en la Bolivia de Ovando y Torres, en el Chile de Allende, en la Cuba de Fidel Castro, más allá de la polémica que inevitablemente se abre al juzgar a la revolución caribeña.
Existió en esta lucha por las ideas bolivarianas periodos de desesperación, cercanos al suicidio. Quien puede negar el heroísmo de un Ernesto Guevara y de miles y miles de combatientes que inmolaron su vida por la liberación de nuestros pueblos, lo que no impide constatar que el voluntarismo guerrillero no reemplaza la lucha organizada de los pueblos. Ahora sabemos con más claridad que antes que América Latina necesita triunfos, no mártires.

¿Cuánto han cambiado las cosas?

Vladimir Ilich Lenin, en su libro clásico: “El Imperialismo, Fase superior del Capitalismo”, cita esta frase de Cecil Rhodes, célebre financista inglés y, en ese tiempo, Primer Ministro en la ciudad de El Cabo, en África del Sur: “La idea que yo acaricio es la solución del problema social, es decir que para salvar a los 40 millones de habitantes del Reino Unido de una sangrienta guerra civil, nosotros, estadistas coloniales, debemos obtener nuevas tierras donde instalar el exceso de población, donde encontrar nuevos mercados para los productos de nuestras fábricas y minas. El imperio, como siempre lo he dicho, es una cuestión de estómago. Si se quiere evitar la guerra civil hay que convertirse en imperialistas”.
Resulta claro que la succión de los excedentes económicos de las colonias y semicolonias amortigua la lucha de clases en las metrópolis, en las que, al distribuirse el botín entre las burguesías y el proletariado, así sea de manera desigual, emergen direcciones obreras reformistas que se convierten en cómplices de la explotación de las naciones oprimidas. En ese marco, la democracia, entendida como la forma de gobierno más avanzada que conoce la humanidad, es manipulada por las metrópolis en su propio beneficio. Para confirmar lo anterior, obsérvese cómo George W. Bush usó la supuesta defensa de la democracia para bombardear Afganistán e Irak, sin el respaldo, en este último caso, de las Naciones Unidas. Por esos los leninistas decían que en una guerra entre una monarquía tercermundista y una metrópoli democrática, los revolucionarios dignos de tal nombre debían apoyar a la monarquía, por dictatorial que sea, y oponerse a la metrópoli, aunque esté gobernada por laboristas o socialdemócratas. Lo anterior sirve para reiterar que en la medida en que disminuye la succión del excedente que fluye a los imperios, en esa misma medida es posible pensar en un nuevo orden económico internacional, más humano y más justo.
Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿Cuanto han cambiado las cosas desde los tiempos de Lenin? Sobre el particular, conviene recordar al conocido jurista, politólogo, escritor, periodista y diputado eurocomunista francés, Maurice Duverger, quien, en su libro: “Carta a los Socialistas” (Ediciones “Martínez - Roca S.A.”. Barcelona-España- 1976. Páginas 149, 150 y 151), dice lo siguiente: “Hemos hablado del socialismo en la nación francesa o en el conjunto europeo. No hemos hablado del socialismo en otras naciones. Una Francia socialista, una Europa socialista no dejarán de ser islas privilegiadas en medio de un océano de servidumbre, de desigualdad, de penuria. El socialismo democrático transformaría la vida en el interior de una nación industrial o de un grupo de naciones industriales. No transformaría la vida de los países subdesarrollados. No suprimiría la enorme distancia que los separa de las naciones industrializadas. Pondría fin a la explotación de los pobres por los ricos, no a la explotación de los países pobres por los países ricos”. “Una nación o un grupo de naciones socialistas, prosigue Duverger, serían más generosas con el Tercer Mundo. No sería mucho más que una caridad, tal como la practicaban los burgueses bienpensantes del Siglo XIX. Igualar los niveles de vida entre naciones equivaldría a sumergir el reducido grupo de países adelantados en la marea de países atrasados, frenando el progreso de todos. Los ciudadanos de las naciones avanzadas, aunque sean socialistas, no se prestarán a ello. Para construir un socialismo auténtico, concluye el politólogo francés, la primera condición es librarse de ilusiones acerca del socialismo”. Como puede advertirse, con las actuales reglas de juego, ni aún con el triunfo del socialismo en el viejo continente, los países coloniales y semicoloniales en general, y América Latina, en particular, pueden esperar cambios profundos en su destino, sobre todo si hacen depender esos cambios de países interesados en mantener la balcanización de América Latina.

De Cecil Rhodes y Duverger a George Bush

Podría pensarse que con el correr de los años y una mayor conciencia mundial acerca de la equidad y la justicia social se producirían cambios importantes en la actitud de los centros de poder económico con relación a los países explotados. Infelizmente, los resultados son exactamente inversos. Está claro que la última invasión norteamericana a Irak, sin el respaldo de Naciones Unidas, hizo retroceder al derecho internacional al tiempo de las cavernas, ya que implicó el desconocimiento expreso de principios fundamentales como son el respeto a las soberanías nacionales, a la autodeterminación de los pueblos y la no ingerencia de un Estado en los asuntos internos de otro. ¿Qué diferencia hoy en día a Bush del expansionismo hitleriano? Lo que lastima aún más de los últimos actos de barbarie son los pretextos utilizados para la agresión, como la supuesta existencia de arsenales de armas químicas en Irak o que el régimen de Sadam Hussein era un peligro militar para EEUU. Bush piensa que pueda liberarse de su responsabilidad aduciendo que los informes que recibió de la CIA no eran correctos. ¿Servirá de algo ese pretexto a los cientos de miles de víctimas inocentes, a viudas y huérfanos, asesinados con bombas “inteligentes”? Es lamentable que esos actos demenciales hubieran contado con el apoyo de España e Inglaterra. Ojalá el repudio universal a esa política agresiva sirva para que ningún país del mundo vuelva a respaldarlas. Esta es tal vez la primera condición para que actos terroristas caracterizados por su brutalidad, como lo fueron los atentados a las torres gemelas de Nueva York, del 11 de septiembre de 2001, no se repitan en ninguna parte.
En noviembre de 2002, el Presidente norteamericano hizo estas afirmaciones: “Soy el comandante. No necesito explicar por qué digo las cosas. Esto es lo interesante de ser presidente. Puede ser que alguien sienta la necesidad de explicarme por qué dice algo, pero yo siento no deberle a nadie una explicación”. (Semanario “Pulso”, del 29 de noviembre al 5 de diciembre de 2002). Sólo semejante autoritarismo, que hace retroceder el pensamiento humano a los tiempos de Gengis Kan, puede explicar el por qué EEUU ha resuelto no apoyar el funcionamiento de la Corte Penal Internacional (CPI), considerada como otro de los avances de nuestro tiempo, destinados a acercarnos a los ideales de dignidad y de justicia. Pero para Bush no es suficiente no respaldar a esa Corte, sino que, además, está presionando, uno por uno, a cada uno de los países latinoamericanos, para que acepten la inmunidad de los soldados norteamericanos que podrían desembarcar en nuestros territorios. En esa conducta, se inscribe, asimismo, la decisión estadounidense de no suscribir el protocolo de Kyoto, que busca detener los daños, al parecer irreparables, que están causando a la humanidad los cambios climáticos.
Cabe denunciar, asimismo, que los gobiernos de Washington utilizan la lacra del tráfico de drogas para incrementar el sometimiento de nuestros pueblos. Centenares de analistas han advertido que EEUU se niega, de manera sistemática, a eliminar el lavado de dólares procedentes del narcotráfico, debido a que el 50% de los dineros que tienen ese origen son “legalizados” en Bancos norteamericanos. En lugar de esta medida sensata, Washington prefiere militarizar extensas zonas de Colombia, Bolivia o Perú, ya que lo anterior le sirve para digitar a las Fuerzas Armadas y policías de los países nombrados. Para mantener cierto equilibrio en el análisis de las asechanzas actuales que pesan sobre América Latina debemos reconocer que ellas no provienen sólo de Estados Unidos, sino que, en varios rubros, se entremezclan con intereses europeos. Tengamos en cuenta que en la Argentina, por ejemplo, se ha denunciado la intencionalidad de Bancos norteamericanos y del viejo continente de obligar al gobierno de Buenos Aires a pagar su enorme deuda externa con la entrega del territorio patagónico, cuyos preciados recursos naturales aún no están debidamente cuantificados. El parlamento argentino ha dedicado varias sesiones a analizar los alcances de esa denuncia. En otro momento, dos prominentes economistas del Massachussets Institute of Technology (MIT), Rudiger Dombusch y Ricardo Caballero, propusieron que el gobierno de Eduardo Duhalde entregue el manejo del Banco Central a tecnócratas del Primer Mundo (“Página 12”, de Buenos Aires, del 17 de abril de 2002). Si alguien se extraña por estos datos, bastaría que tome en cuenta las presiones cotidianas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros organismos contra los países de la periferia económica del planeta. Tuvo razón el general Perón cuando dijo que “el FMI es el engendro del imperialismo para dominar a nuestros pueblos”. También estremece el descaro con que las grandes potencias nos empujan a practicar el libre comercio, sin restricciones, cuando, de manera paralela, ejercen, bajo el paraguas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el proteccionismo agrícola más desembozado, que es, justamente, el rubro en que los países del sur tienen ventajas comparativas. Claro que el rubro agrícola no es el único en el que aparecen estas distorsiones. Si no pregúntese a los brasileños las ilegales barreras económicas que deben vencer cuando quiere vender acero al mercado norteamericano .Pero si de locuras se trata, cómo no mencionar la persistencia de las grandes potencias de seguir fabricando armas, atómicas y convencionales, mientras de dientes para afuera aparecen como defensoras de la paz mundial.
Deseo formular una rápida referencia a la actuación del famoso juez español Baltazar Garzón. Estimo que América Latina tiene una deuda con este personaje, ya que gracias a sus acciones hubo un sacudón en nuestros gobiernos para no dejar impunes a dictadores, torturadores y asesinos. Sin embargo, aún no está claro de donde emerge el derecho de un juez de un país para juzgar a personas de países distintos. Si la acción de Baltazar Garzón se llevara a cabo dentro de las prescripciones de la Corte Penal Internacional no habría problema alguno. Como ello no es así, surgen, entre otras, estas preguntas: ¿Se atreverá alguna vez el juez Garzón a enjuiciar a genocidas del primer mundo, por hechos cometidos, por ejemplo, por ingleses y norteamericanos en Irak y por estos últimos en Vietnam? ¿Por qué no dice nada acerca de los autores de matanzas ocurridas durante la guerra civil española, sobre todo después que en las últimas semanas aparecieron fosas comunes con centenares de personas, como informó el Boletín “Rebelión”, de Uruguay, el l0 de agosto pasado? ¿Se permitirá alguna vez a un juez de un país semicolonial enjuiciar a violadores de derechos humanos del primer mundo? Por ahora, dejo la pregunta seguida de puntos suspensivos.
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