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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado

AQUELLA TENTACIÓN DE EXISTIR

<h2><u>AQUELLA TENTACIÓN DE EXISTIR</h2></u>

Mayo de 1810 en la perspectiva de la Argentina de hoy



Por Abel Posse
Para La Nación
- 25.05.2000

SE VIVÍA ESTUPENDAMENTE DURANTE LA COLONIA. Era un país de Jauja, el reino de las proteínas: las vacas cimarronas se acercaban sin malicia, pisando los sembradíos hasta las puertas del aldeón llamado Buenos Aires.

La historia no molestaba, éramos como ahistóricos, previos a la responsabilidad propia. Nos decidían. Se vivía para la mesa, se moría en la cama. El mundo (con su Revolución Francesa, la flota británica, el mítico Napoleón) era lejano y ajeno, como el mundo de los grandes visto desde el Kindergarten. Tampoco nos importunaba la cultura o la metafísica. Dios estaba siempre a mano, entre San Ignacio, La Merced y el Pilar. En la confesión de los sábados la ciudadanía de Buenos Aires, de Tucumán o de Córdoba quedaba purificada de los pecados de su erotismo primario.

Deberíamos haber parecido una sociedad diseñada por Botero: una señoría agallegada y rechoncha, como sotas de naipe. Ellas, según los viajeros, eran más pizpiretas y ambiciosas, pero ya a los veinte años tomaban aires de matronas. El ocio mataba. Essex Vidal observó una generalizada aversión al trabajo basada "en la creencia de que la esencia de la nobleza consiste en no hacer nada".

Según el viajero Concolorcorvo, los porteños hacían un almuerzo fuerte, familiar, a eso de las once, al menos de cinco platos casi rituales: asado de costilla, pollos y perdices, pescado frito, cordero y puchero, sin contar entremeses y postres. Observa que los perros no eran menos obesos que sus amos y merodeaban jadeando con las patas muy abiertas por el exceso de grasas.

No había en Buenos Aires adulterios inquietantes como en Lima. Ni conspiraciones. Éramos un virreinato tardío y de segunda. El poder no interesaba. Significaba ser empleado del Cabildo. Éramos la periferia remota del imperio, no existíamos, éramos felices como adanes antes de la serpiente, antes de la "tentación de existir".

Dicen que la "tentación" llegó como un duende, tal vez teóricamente, en esos libros de Rousseau, Voltaire y Diderot que se leían a escondidas, como pornografía ideológica. Otros hablan de las Invasiones Inglesas y de ese triunfo militar que nos llevó a la ocurrencia y luego a la febrilidad de querer existir. Tal vez la derrota de Napoleón en España.

Lo cierto es que las sotas se convulsionaron y el sueño ganó la calle. Todo es pasión, invento espiritual. Conocemos los detalles y los nombres. Lo cierto es que en aquella mañana del 25 de Mayo caímos en la historia como huyendo definitivamente del aburrimiento.

Se decidieron a ser, a desafiar. Guiados por un militar cetrino libraron batallas homéricas. Hicieron un camino increíble: apenas cien años después estaban contratando a Caruso para el Colón y recibían a Clemenceau y a la Infanta de España de frac, en el flamante palacio del Congreso.

De la nada habían logrado casi todo lo que hoy tenemos.

Quien retorna a la Argentina después de cierto tiempo, como es mi caso, percibirá un clima de desorientación, de desilusión colectiva. Como si se viviese más la perplejidad ante el fracaso de los sueños economicistas de la última década que el empuje que suele suscitar todo gobierno nuevo.

Las ruinas del palacio imaginario levantado por el otro gobierno caen sobre el actual, que sin embargo parecería resistirse a creer que camina sobre los escombros de una ilusión.

Alfonsín le pasó a Menem un país quebrado. Menem le pasa a De la Rúa la quiebra del sistema.

Mientras los argentinos nos resistamos a creer que terminó un ciclo y demoremos el viraje que se impone, estaremos en un limbo o tierra de nadie cada vez más peligroso. Por este camino ya no hay salida. Perdimos la apuesta ingenua de ser tenidos por socios. No hubo un retorno simétrico de Norte a Sur. Ahora la política tiene que volver a ocupar su lugar histórico usurpado, arrasado por el economicismo feroz que ni siquiera dejó lugar para "la moral y las buenas costumbres". Política es conducir, armonizar intereses y derechos, manejarse con astucia en la selva mundial, ser vanguardia de la Nación según nuestra voluntad de vida y de bienestar. La comodidad de sobrevivir en la corriente manejada por otros no nos dio el rédito esperado: somos un país económica, moral y socialmente en crisis. Tenemos que saltar fuera del marsupio como en aquel día lluvioso de 1810 y sacudirnos de esta nueva parálisis colonial.

Fin del ciclo

El Fondo Monetario Internacional tiene en nosotros el espejo de su fracaso. Nos asegura por goteo de dólares no la vida, que es desarrollo, sino la sobrevivencia del enfermo terminal. Si después de ser durante diez años el niño modelo del "modelo", con el país mejor dotado del continente, hemos llegado a tener que usar la cesantía de los empleados del Estado como variable de ajuste, es porque hemos tocado el fondo. A partir de aquí cualquier insistencia no significaría más que una insistencia desesperada.

Aquel Estado que había que adelgazar hoy es un enclenque que no puede cumplir sus funciones esenciales de defensa, seguridad, salud, educación (¡ni siquiera podemos solventar debidamente la fiesta del 25 de Mayo!). Ciertos dogmas de integración hoy nos cuestan la desintegración de buena parte de nuestro empresariado. La atroz deuda eterna/externa hace rato que dejó de ser un episodio de la economía para transformarse en un monstruo aritmético opuesto a toda razón económica, un fatal cáncer extraeconómico y paralizante. Y la desocupación humillante, con su sombría mayoría de trabajadores desempleados, inseguros o amenazados desde cada plan de "reajuste... ¿Qué habrá que agregar para que se comprenda que éste es el fin del ciclo y que se impone un viraje, una gran convocatoria para evitar la implosión, la explosión o esta larga e indecorosa agonía del inhumanismo mercantilista?

La clase política argentina está asustada. Interpreta honestamente el miedo generalizado. Se impone refundar, crear otras formas de vida. El viraje no debe ser vuelco. No podemos salir de una trampa estrellándonos contra los barrotes. Hay que salir con cuidado, tal vez por el mismo camino de ingreso, pero sin despertar al tigre. Es la hora de responsabilidad para los grandes partidos nacionales, para crear alternativas y el proyecto de los pasos del viraje.

La Argentina está intacta en su realidad de dones y riqueza. Su voluntad de existir es tan firme como la de aquellos fundadores de 1810."
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