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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA DESAPARICIÓN DE LOS ISÓMEROS

<hr><u><h2>LA DESAPARICIÓN DE LOS ISÓMEROS</u></h2> Por Enrique Zorrilla Concha (*)

(*) Enrique Zorrilla Concha representa -en el contexto del Centro de Estudios Chilenos (CEDECH)- la vertiente del nacionalismo católico de raíz aristocrática. Se inicia al finalizar los 30 en el Movimiento Nacional Socialista. Interviene en la insurrección juvenil del 5 de septiembre de 1938. Huye del país por la Patagonia y se refugia en Argentina. Allí comparte con el caudillo Carlos Ibáñez que también se asila tras la Cordillera y en Buenos Aires. La amnistía de Pedro Aguirre Cerda lo beneficia. Regresa y se gradúa en la Facultad de Derecho. Disuelto el MNS se adscribe a la Vanguardia Popular Socialista donde el APRA logra mayor influjo. Posteriormente, es electo diputado en la lista de la triunfante DC de Eduardo Frei Montalva. Finalizado su período parlamentario es designado embajador en la RFA. Ha escrito "Gestación de Latinoamérica", "La América Destemplada", "Masacre". Al mismo tiempo de 1982 a la fecha brega en el Centro de Estudios Chilenos por asociar el mensaje bolivariano con la justicia social. Apoya a Argentina en Malvinas, a Bolivia en lo atinente a poner fin a su encierro y propone buscar fórmulas de armonía con Perú. Su nacionalismo de Patria Grande lo inclinan a cultivar amistad con el FIP y con Jorge Abelardo Ramos. Es uno de quienes suscribe el Acta chileno-boliviana de Córdoba. Hoy, ya ingresado a la 9a. Década, conserva un insospechado vigor militante (Prof. Pedro Godoy).

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Nosotros los crucificamos. Nosotros somos los verdaderos responsables de las epidemias, las matanzas, las reclusiones. Todos: Loberos, penados, buscadores de oro, ganaderos, laicos y religiosos, católicos y protestantes, chilenos, argentinos y demás aventureros extranjeros. Todos. Y por largo tiempo deberemos pagar con justicia el descuido y la ignorancia de las generaciones pasadas. Íbamos tras el oro, las pieles, la propiedad, las almas. Tras los eternos señuelos humanos, habíamos despojado a los indios de sus mujeres y de su tierra, les habíamos contagiado nuestras repugnantes enfermedades, les habíamos pervertido con el alcohol, con nuestras costumbres y nuestra debilidad. Les habíamos engañado, robado y también masacrado. Con la delicadeza de las grandes máquinas aplanadoras, habíamos pasado por encima de ellos, sin ni siquiera sentirlos.
Sobre las playas, nos precipitábamos a apuñalear y balear por centenares y miles a los muy inocentes pingüinos para llenar nuestros tachos de aceite. De amanecida, a la luz mortecina, sorprendíamos a las focas indolentes para matarlas a golpe de garrote y no estropearles la piel en una loca carrera que debía terminar antes que se lanzaran al mar. Tras el sillaje sangriento de las ballenas arponeadas y de su aceite nauseabundo, tras el oro, las pieles, la tierra, el ganado y las almas, habíamos tropezado con los indios. Habíamos quemado los bosques, erosionado la tierra, despoblado los mares, exterminado a los indios. ¿Por qué? En esas orgías exterminadoras, la humanidad, desgraciadamente, realiza sus grandes pasos históricos. El hombre desatado y libre, a merced de sus impulsos irrefrenables, ha descubierto y conquistado el mundo, la gloria, la fama; ha levantado imperios, ha hecho revoluciones, ha inventado armas para autodestruirse y a la vez liberarse. Y el precio ha sido siempre la violencia en las cosas y en las personas. ¿Por qué?
Las enfermedades habían surgido de los primeros contactos. La benigna influenza, por obra del clima y por la falta de defensas, se transformó en neumonía infecciosa y luego en tuberculosis, cuando ya los indios no podían desprenderse de sus mugrientos ropajes y no disponían del escudo de su desnudez. El indio aprendió a gustar de las bebidas quemantes y embriagadoras, las hembras consintieron placenteras a completar el intercambio, dóciles a las terribles caricias de los crápulas barbudos civilizados. Las enfermedades sexuales intervinieron. Razas degeneradas, sí. Pero degeneradas por nosotros.
Todo confabuló contra los indios. La alimentación nueva, las habitaciones herméticas y nauseabundas, transformadas en chiqueros contagiosos, el contacto con los blancos. En Tierra del Fuego, los buscadores de oro se enfrentaron con los indios, contestando con balas a las flechas. La aparición de la propiedad en esas vastísimas regiones, fue la tragedia de los onas, quienes se vieron impedidos para proseguir su vida nómade secular tras la caza del guanaco y del zorro. Los estancieros se encargaron de extinguir a los guanacos que talaban los pastizales destinados a las ovejas, y luego corres a los indios de las cercas. En los perímetros recortados por las alambradas de las grandes estancias patagónicas, vio el indio surgir un animal desconocido. La blanca y tierna oveja se le presentó para satisfacer su apetito cavernario. Pero el hecho de confundir la oveja con el guanaco blanco lo llevó a la perdición.
La ley no la hacían los hombres nómades, dueños inmemoriales de las estepas, de los bosques y de su fauna, sino los nuevos propietarios ovinos. Los grandes estancieros no podían aceptar la matanza salvaje de sus rebaños domesticados. Como los indios no hacían juicio y seguían en sus cacerías endemoniadas, matando cientos y miles de ovejas, perdieron ellos la paciencia, y tal como se había perseguido a los guanacos y a los zorros, se empezó a cazar al indio. Habíamos regresado a la edad de piedra. Ningún gobierno, naturalmente, se atrevió a defender a los saboteadores de las riquezas nacionales. Se llegó a pagar una prima por las orejas y testículos de los indios. Aunque estos crímenes fueron aislados, existieron. Propietarios más bondadosos prefirieron deshacerse de los indios indeseables llevándolos en largas caravanas hacia las reducciones religiosas.
En un experimentos estrictamente laico, se hizo desfilar en Punta Arenas a los “rebeldes”, ante la burla y los escupitajos de la barbarie civilizada. En ese intento forzoso de civilización los hombres fueron separados de sus mujeres. Felizmente, ninguno sobrevivió al experimento. (Un grupo de onas llevado a Buenos Aires, acampó en Palermo y allí sus perros contrajeron la rabia que diseminaron posteriormente una vez que regresaron a sus tierras).
Y cuando todos, onas, yaganes, alacalufes, hubieron muerto y se pensó que por fin la paz había llegado a la región, se encontró que los fieles perros indígenas, privados de sus amos, seguían por su riesgo y cuenta la resistencia, dando de baja a las ovejas. Y tratándose de enemigos tanto más peligrosos, hubo que traer pastores alemanes para combatirlos y así borrar los vestigios de la indiada.

Tomado de “La América Destemplada”, Editorial Andina, Buenos Aires, 1967. Páginas 74-75-76.
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