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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EVA PERÓN, EN MUERTE Y EN VIDA

<h2><hr><u>EVA PERÓN, EN MUERTE Y EN VIDA</h2></u> Por Ana María Giacosa (*)

No pudieron contigo, Evita. Tu nombre breve y tu breve vida serían de larga memoria. Quemaron tus retratos pero no lograron extinguir tu fuego. El cordón que te ataba a tu pueblo fue más fuerte que las sogas que arrastraron tu efigie. Por decreto te borraron de los libros, aunque no hacía falta letra ni voz para nombrarte. Una vez habías estado y seguías estando aquí.
El amor y el odio impregnan la política tanto como los intereses. En el caso de Eva Perón, más que de partidarios y detractores podemos hablar –sin miedo a caer en la teoría del “carisma”- de los que la amaron y de los que la odiaron. Contribuyó a ello su personalidad apasionada y rebelde, la circunstancia de haber vivido y actuado en un país donde las contradicciones no pueden dirimirse con los buenos modales de la Cámara de los Lores o la Cámara de los Comunes. En el seno de un movimiento que reivindicaba los derechos de los trabajadores y los humildes, enfrentando a los antiguos amos, Eva Perón habló con su propia voz. Ejercitó su enfrentamiento con los poderosos tanto como llevó a la práctica su adhesión a la causa de los desposeídos. Su presencia actuó como un catalizador y quedaron sólo los sentimientos primarios. Por eso el pueblo la amó tanto como la odió la oligarquía. Para unos fue la conciencia de que por primera vez no estaban solos; para los otros, la certidumbre de un enemigo inédito e impecable, imposible de rodear.
La descarnada hostilidad al peronismo de ciertos sectores se expresaba a través de las torpes agresiones contra la persona de Evita. Chistes equívocos, alusiones despectivas a su pasado de actriz; todo era lícito para combatir y descalificar a esta joven mujer que parecía invulnerable. Pero no dudamos que su actuación política le hubiera convertido en blanco de los ataques de esos mismos sectores así hubiera provenido de un convento.
De haber sido sólo una discreta “Primera Dama” las resultantes hubieran sido otras. Eva Perón no pertenecía a ese género neutro. Era una mujer y una mujer de lucha. Contenía una sobredosis de amor, de furia y altanería, coraje y decisión. Esto la alejaba de las grandes señoras del viejo patriciado, sumidas en el artificio mundano de una vida estéril.
No fue extraño que la costumbre de designar presidenta de la Sociedad de Beneficencia a la esposa del Presidente fuera alterada en el caso de Evita aludiendo como excusa la “juventud de la señora de Perón”. Estas damas dueñas de los pobres –que deberían estar siempre aquí para certificarles su acceso al cielo- celebraban cada 2 de octubre el “Día del centavo”, donde huérfanos rapados de uniforme gris extendían la alcancía de barro llamando a la generosidad de los transeúntes bajo la atenta vigilancia de aquellos ángeles custodios de la infancia. ¿Quién que haya vivido hace cuarenta años en Buenos Aires podrá olvidar a estos huérfanos de mirada melancólica extendiendo sus alcancías en la Diagonal Norte y Florida? Se trataba de las mismas damas que en la tradicional velada de gala en el Teatro Colón entregaban a un obrero elegido entre las Asociaciones Católicas el “premio a la virtud”. No hace falta ser muy agudo para darse cuenta de la clase de virtud aplaudida por las esposas de los patrones. No sería la misma que premiaría Eva Perón al convocar a los obreros para “que no se desunan frente a la Antipatria”.
La “Fundación Eva Perón” fue para la oligarquía y sus vasallos –tan inclinados a la admiración de fundaciones de todo tipo desde la Rockefeller hasta la más excéntrica- una espina clavada en el costado. Los pobres, niños y ancianos ya no tenían dueño. La beneficencia había perdido sus destinatarios de mirada húmeda. El orden social establecido había sido alterado en aquellos Hogares Escuela y Colonias de Vacaciones con sus dormitorios de cortinas floreadas, paredes adornadas con personajes infantiles, atención médica, profesores de natación y pollo los domingos. Miles de niños conocerían el mar y la montaña, practicarían deportes y comerían cuatro veces al día. Estas instituciones presentaban a los ojos de los sectores desplazados por la avalancha peronista un alto grado de peligrosidad. Constituían la prueba viviente de que la infancia o la ancianidad tenían derechos, de que el Estado era responsable al margen de la buena voluntad de la gente rica y buena que los obsequiaba con las sobras en humillantes ceremonias. Generaciones de niños crecerían despreocupados sin aprender a bajar la mirada como sus padres. Considerarían natural cursar el secundario y hasta la Universidad. Olvidarían rápidamente la alpargata y el hambre, la limosna y la mano compasiva del amo.
Mientras quemaban sus retratos y borraban por decreto su memoria y la memoria de su tiempo; mientras las comadres de ambos sexos, admiradoras de boatos foráneos, exhibían como un oprobio las joyas, condecoraciones y el armiño de las veladas oficiales, las humildes mujeres argentinas a las que había puesto de pie, ocultaban su ajado retrato. Guardaban su imagen sonriente y agotada, el recuerdo de su voz vibrante y retadora. La mantendrían viva para los hijos y los nietos que no la conocieron.

(*) Publicado en “Viaje alrededor de mí misma” – Ediciones de la Patria Grande – Casa Argentina de Cultura – México – Julio de 1990. Ver más información sobre la autora en la nota “Mujer, el tango te hizo daño” publicada en este mismo espacio el 17 de abril del corriente año.
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