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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA Y EL EFECTO DE CORIOLIS

<hr><h2><u>LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA Y EL EFECTO DE CORIOLIS</h2></u> por Carlos Parker

El Mostrador - 8 de Octubre de 2004

Recientemente, mientras caminábamos por las atestadas calles del centro de Caracas, un compatriota avecindado por largos 25 años en la patria de Simón Bolívar y Andrés Bello me regaló con una detallada explicación del llamado “efecto de Coriolis”, fenómeno que tiene que ver con la física y el movimiento de rotación de la tierra, y que determina que todo cuerpo en movimiento sea desviado de su trayectoria recta. Es por este efecto, me explicó, que al quitar el tapón de la bañera el agua que comienza a escurrir en el hemisferio norte rotará hacia la derecha, mientras que en el hemisferio sur lo hará hacia la izquierda.

Mi amigo traía esta cuestión a colación a propósito de la salsa, que era el tema que nos ocupaba, tratando de explicar que una cosa era conocer la correcta coreografía y otra muy distinta “saber bailar salsa”, asunto muy difícil y quizá imposible para un nativo del sur de la línea del Ecuador. Según mi compatriota, el efecto de Coriolis era el culpable de la fatalidad de que dos caderas procedentes de hemisferios distintos jamás pudieran encontrarse y mucho menos complementarse, lo que ilustraba una incapacidad básica de comprensión recíproca de amplias connotaciones.

El argumento me dio pábulo para reflexionar sobre dicha incapacidad, aplicada a la posibilidad de comprender adecuadamente los sucesos políticos que tienen lugar al norte del Ecuador, al menos en lo que concierne a la América Latina, y respecto a si acaso dicha limitación no tendría alguna motivación emparentada con el efecto de Coriolis.

Es un hecho que buena parte de los acontecimientos políticos, sociales y económicos relacionados con el Caribe y América Central nos parecen misteriosos e inexplicables, y las más de las veces, más dignos de una novela de García Márquez que de la historia política real y reciente de nuestra Latinoamérica. Especialmente por sus características y recovecos tan ajenos a nuestra idiosincrasia y nuestro modo de ser como individuos políticos. Por lo mismo, es que a la primera de cambio solemos descalificar los hechos acaecidos al norte del Ecuador como propios de “una República Bananera”, como si una agricultura que produjera este producto determinara por sí misma una cierta manera de ver el mundo y de comportarse políticamente.

Sin ir más lejos, el proceso de reformas que encabeza el presidente Hugo Chávez ha debido someterse a la friolera de ocho procesos electorales consecutivos (incluido el referendo revocatorio del 15 de agosto pasado), y salir airoso y campante de cada uno de ellos, para que recién entonces diversos sectores comenzaran, incluso a regañadientes, a reconocer legitimidad democrática e institucional a su mandato presidencial.

Es un dato de la causa que muchos de los elementos que hacen parte del proceso político venezolano nos resultan ajenos y extraños. Partiendo por la personalidad expansiva y locuaz del propio mandatario, pasando por su origen militar, su fallida intentona de golpe de Estado y el tipo de liderazgo personalista y carismático por el que se le reconoce.

Un proceso político fundado en una alianza entre militares reformistas, las clases trabajadoras y los sectores más desposeídos no es algo a que los latinoamericanos del sur estemos acostumbrados a ver. Salvo quizás la experiencia del peronismo originario en Argentina y la de Velasco Alvarado en Perú. Nuestra mentalidad, especialmente la de la izquierda y el progresismo, se aviene más bien con una prescindencia total del estamento militar en las cuestiones políticas. Y no porque estimemos que los militares no debieran tener opinión ni opción política, sino más bien por la circunstancia de que nuestros militares, siempre que han intervenido en política lo han hecho del lado de nuestros adversarios y en contra de nuestros proyectos.

Por otra parte, la experiencia del chavismo venezolano posee un ingrediente original y único, que por sí mismo explica en buena parte el consistente apoyo social de que dispone. Hasta ahora, uno de los mayores dramas y dilemas que han debido enfrentar los procesos de reforma social en cualquier lugar del mundo ha tenido que ver con la carencia de recursos. Por lo mismo, cualquier voluntad de combatir la pobreza introduciendo pautas de equidad y justicia social ha chocado frontalmente con la precariedad. Hasta la irrupción de Chávez, bien apertrechado de la bonanza petrolera, los reformadores sociales no han podido sino nivelar para abajo distribuyendo la pobreza.

La administración del presidente Chávez financia sus programas sociales con el alto precio del petróleo. Desde su triunfo electoral en 1998, la revolución bolivariana no ha hecho otra cosa que invertir en los más pobres. Por lo mismo, han sido los propios programas sociales los que han dejado atrás la apatía electoral y atraído masivamente a los ciudadanos a las urnas.

Sólo en el último año la administración de Chávez ha invertido 2.000 millones de dólares en los estratos más pobres de la sociedad venezolana. Por lo mismo, Chávez consiguió un respaldo del 60% en el reciente referéndum en que sometió su mandato a la voluntad popular y logró la confirmación hasta el 2007. Hay que enfatizar que la política económica y social seguida por la administración de Chávez, fundada en la expansión del gasto público, se aparta por completo de las directrices del FMI, que proclama la receta contraria, es decir moderación del gasto y recortes abruptos e inmisericordes de los programas sociales.

Actualmente, de acuerdo con estadísticas oficiales el 50% de los 25 millones de venezolanos viven en la pobreza, de entre ellos, uno de cada tres son pobres críticos. Otros estudios indican que entre el 70 y el 80% de los venezolanos sufren algún tipo de pobreza. De una población económicamente activa de 12 millones, el 15,5 está desempleado, mientras que en materia de vivienda, Venezuela posee un déficit de cien mil casas por año. Por lo mismo, intentar acortar la brecha entre ricos y pobres utilizando la bonanza petrolera es una circunstancia que habla por sí misma. No es preciso recordar que otros productores de petróleo no han estado abocados precisamente a hacer eso ni nada parecido.

Venezuela es actualmente el quinto productor de hidrocarburos en el mundo. Por tal motivo dicho país representa un factor fundamental de estabilidad o inestabilidad de los mercados mundiales. Teniendo en mente la crisis en el Medio Oriente, y los altos precios a los que ha escalado el crudo en los últimos meses, se comprende que el mundo no está en capacidad de enfrentar un nuevo foco de incertidumbre en torno a un producto tan estratégico. Y Venezuela puede desestabilizar los mercados si por cualquier razón retrocede en su capacidad exportadora.

Por estos días, la petrolera venezolana PDVSA está exportando 2.500.000 barriles diarios, los que a un precio de cerca de 50 dólares el barril, nos da una imagen de los recursos de los que dispone Chávez para llevar adelante sus planes y propósitos.

Venezuela surte el 14% de las importaciones de los Estados Unidos, lo que significa que dos tercios de las exportaciones de petróleo venezolano van a ese mercado. Ello explica que la administración norteamericana haya resuelto bajar los decibeles en su polémica con Chávez, y tras tres años de virtual congelamiento, los vínculos bilaterales estén volviendo a la normalidad. Los EEUU requieren convivir con Chávez, porque éste tiene petróleo. Por su parte Chávez requiere convivir con EEUU, porque necesita de su mercado. Previsiblemente entonces, el factor petróleo repercutirá sensiblemente en contra de cualquier estrategia agresiva de una u otra parte.

Analistas especializados han indicado que en los próximos 50 años Venezuela será el único país petrolero con capacidad exportadora en el hemisferio occidental. Y además, colocado a sólo 5 días de transporte del principal mercado mundial de hidrocarburos (EEUU, México y Canadá) y a una distancia equivalente del bloque Mercosur.

De otra parte, Venezuela aparece interesada en influir poderosamente en el mercado energético latinoamericano. Para eso tiene en mente su proyecto denominado “Petrosur”, que no es sino una alianza con motivaciones energéticas, la que previsiblemente se articulará bajo su hegemonía.

Con este fin Venezuela se afana en construir un eje Buenos Aires-Caracas, proponiéndose intervenir agresivamente en el mercado de los expendedores de combustible, tanto en Argentina como en Uruguay. Prueba de ello es la reciente apertura de una oficina de PDVSA en Buenos Aires, un hecho inédito en la trayectoria comercial de dicha entidad. Si ello llega a ocurrir, significara que se romperá el monopolio de la Esso, YPF-Repsol, Shell y otras compañías que hoy campean en dichos mercados.

Según se sabe, la brasileña Petrobras no está tampoco ajena a este proyecto y las conversaciones estarían bien encaminadas. Por su lado, Bolivia no podría dejar de tratar de involucrarse en este ambicioso proyecto, para lo cual los vínculos políticos están de antemano disponibles, y mas temprano que tarde Perú no dejará de hacer lo suyo. Evidentemente un acuerdo de esta naturaleza y envergadura se relaciona además con coincidencias políticas que abarcan una diversidad de asuntos, entre ellos la cuestión del ALCA y el papel del FMI en la región.

No por otra razón están teniendo lugar tantos gestos amistosos y de acercamiento hacia el gobierno venezolano, provenientes tanto del entorno más cercano del presidente Kirchner y del círculo más estrecho del PT del Brasil. Eso sin contar con los guiños del PSOE español, que tampoco quiere quedar al margen de estos entendimientos y de lo que de allí podría surgir, tanto en el campo de la política como de los emprendimientos energéticos.

Tanto hacia el interior como hacia el exterior, la administración del presidente Chávez viene reclamando que se reconozca sin ambigüedades su victoria y que cesen los cuestionamientos a su legitimidad democrática. En verdad, parece que aquello no es mucho pedir, habida cuenta de las circunstancias someramente descritas. Salvo, claro está, que una vez más nos dejemos enredar por el efecto de Coriolis.

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