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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


PUPPY LOVE

<h2><hr><u>PUPPY LOVE</h2></u> Cuento de Dinko Pavlov

Nadie supo de donde apareció, ni como logró llegar hasta allí, lo cierto es que un día hizo su entrada triunfal a la barraca de prisioneros, un pequeño perro, cachorro aún, juguetón como todos los de su especie. Ignorante de la condición en que se encontraban aquellos hombres, se aquerenció y permaneció con ellos. Era un verdadero pat’e perro, se conformaba con poco y en cambio derrochaba energías para entretenerlos con sus gracias.

Los reclusos pensaban en el significado de la irracionalidad, cuando todos sin distinción querían salir lo más pronto posible de allí, el animalito había entrado por gusto propio, por así decirlo, hasta la barraca que les servía como cárcel, además que se conformaba con caricias y la escasa alimentación que le tocaba. Tal parece que su intuición lo había guiado hasta ese grupo humano necesitado de tener en quien depositar sus afectos, todo ese cariño acumulado hacia los suyos, desde el momento en que los privaron del contacto físico con sus familias, coartando su libertad.

A medida que fue entrando en confianza, el perrito se fue atreviendo más, dedicándose por fin a un feroz acarreo de prendas de vestir por todos los rincones de la precaria morada circunstancial.

Resultaba cómico observar la escena que se iniciaba al toque de diana, indicando el comienzo de la jornada; una vez en pie, todos se desplazaban recorriendo la barraca en busca de calcetines, zapatos, chalecos y otras prendas que aparecían en los lugares más inverosímiles. Claro que lo chistoso tenía su límite y obvio que el can no lo entendía, ello ocurría en las ocasiones que le correspondía cumplir funciones de comandante de guardia, a un oficial cuya conducta era catalogada de sádica por los prisioneros; le gustaba aparecer a cualquier hora de la noche o madrugada, ordenándoles levantarse en tres tiempos, los cuales medía meticuloso.

En esas oportunidades nadie celebraba las gracias del perrito ya que los castigos para los que se pasaban del tiempo requerido, eran de grueso calibre.

En esas ocasiones y presintiendo un inminente castigo, el can solía buscar refugio bajo el camastro de Sergio, compañero de innegable origen campesino, quien lo sobrevaloraba pensando, con toda seguridad, en el lejano rebaño y su traslado por solitarias pampas y estepas, ocasiones en las cuales el servicio de un perro es fundamental. Su actitud protectora salvó al animal de más de una pateadura de alguno que, rengueando o saltando en un pie, buscaba su zapato o calcetín; o de otro que viniera de regreso de una vuelta de sapitos por el patio del regimiento o de una veintena de tiburones, sanciones populares entre la milicia.

Como suele ocurrir en estos casos de simbiosis humano-animal, había que bautizarlo como una forma de acercarlo o racionalizarlo; así fue que uno de los prisioneros, ganando el quien vive al resto, fanatizado por la música roncarrolera de la década del sesenta, le puso “Puppy love” como homenaje al cantante Paul Anka y su tema “Mi perrito regalón”. A muchos no les gustó un nombre en inglés, pero aceptaron a regañadientes la decisión del que se había anticipado en el rito, ya que todos lo consideraban como algo colectivo, pensando tal vez como el héroe de Dumas D’artagnan: “Uno para todos, todos para uno”.

Como mencionara, la alimentación era deficiente y las raciones diarias además de escasas, eran preparadas sin preceptos sanitarios o miramientos higiénicos, de modo que no era raro encontrar sorpresas en los platos, de las más variadas formas y tamaños. Ello hacia que las mercaderías que lograban hacerles llegar sus familiares y amigos, fueran reunidas en un fondo común y guardadas con celo en cajas que se ubicaban discretas, al fondo del recinto; esa precaución les permitía de vez en cuando una dieta suplementaria, la que sus organismos recibían como un banquete, dadas las circunstancias. Su “tesoro gastronómico” era supervisado durante la noche por rigurosos turnos; quienes lo cumplían, dormían cual faros: un ojo abierto como alumbrando la despensa.

Pero estando en la miseria, siempre van a existir otros más miserables, una noche, creyéndolos dormidos, sus carceleros intentaron una incursión y transponiendo la barrera de alambre de púas, avanzando sigilosos hasta el lugar donde se "fondeaban” las mercaderías.

Aquella fue la oportunidad en la que todos aprendieron a respetar a “Puppy love”, porque verlos aproximarse a las cajas y ponerse a ladrar, gruñendo amenazador, fue un acto instantáneo, cumpliendo con su misión de guardián. Los ladridos destemplados de su garganta de cachorro terminaron por despertar a todo el regimiento, en la barraca nadie se movía; por su condición de prisioneros, podrían recibir un balazo, de manera que se limitaron a emitir discretas toses para indicar su vigilia a los depredadores, frenando así sus aviesas intenciones.

Mientras ellos retrocedían con “la cola entre las piernas”, “Puppy love” agitaba la suya en forma airosa y gallarda, mientras los testigos sin mediar palabras, lo observaban con orgullo y gratitud, sintiendo que estaban en presencia de una versión moderna del pasaje bíblico de David y Goliat.

Como era lógico, el comentario obligado del día siguiente entre los presos del regimiento, fue la heroica acción del perro en defensa de la despensa y todos cedieron gustosos parte de sus reacciones para agasajarlo. Pero cuando se la fueron a ofrecer, no lo encontraron, parecía que se lo había tragado la tierra. No fue visto en todo el día, tampoco al siguiente, ni al subsiguiente; cuando todos presagiaban un desgraciado fin para su defensor, apareció rengueando y con visibles huella de haber sido flagelado

La actitud de los guardias, muertos de risa cuando el animal hizo su entrada, les hizo mirarlos con desprecio al imaginar cual pudo haber sido su destino mientras estuvo desaparecido: ¡había pagado caro su atrevimiento! Los reclusos se emocionaron cuando, cojo y todo, les ladró alegre, como si nada hubiese pasado.

Nadie quiso pasar por alto su gesto ni desconocer su valor, así fue que luego de una asamblea relámpago y por acuerdo unánime, decidieron rebautizarlo. Nada de nombres imperialistas para un auténtico defensor del pueblo y la clase obrera. Y desde ese día fue: “Camarada”."
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2 comentarios

ana maría -

espectacular !! simple y emotivo, real

German Altamirano -

Me gusto la simpleza del cuento y la descriptiva de como el sufrimiento y el terror pueden hermanar a los seres, no importa si no pertenecen a la misma especie. Tiene que ser la necesidad creada por las extremas circunstancias que se vivieron en los campos de concentracion. En otras prisiones, seguramente hubieron mas "camaradas".
Felicitaciones al autor.
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