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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA FRACTURA

<hr><h2><u>LA FRACTURA</h2></u>

A medio siglo de la "Revolución Libertadora"



Por Enrique Lacolla

El golpe cívico-militar de septiembre de 1955 rompió el ascenso, irregular pero continuado, de las masas argentinas hacia el protagonismo democrático.

La Argentina moderna tiene un punto de inflexión en su trayectoria. Este es el 16 de septiembre de 1955, fecha del golpe cívico-militar que derrocó al gobierno de Juan Perón y del que se cumplen 50 años este mes.

Fue un momento crucial, en el que confluyeron los equívocos, los resentimientos y las enfrentadas concepciones de país que habían informado a nuestra historia y sostenido una batalla cambiante prácticamente desde la Independencia.

Muchas de esas contraposiciones no se han disuelto todavía. En parte porque el factor objetivo que las influye, la dependencia, se encuentra muy lejos de estar superado; y en parte también porque la escisión psicológica que esta determina no acaba de soldarse.

La Argentina tuvo, desde su fundación, un curso alterno, dividido entre la concepción porteña de la provincia-nación, que evaluaba el desarrollo en términos mercantiles y atendía a una evolución significada por la conexión con el mercado externo, sin preocuparse mucho del conjunto del país -como no fuera para dominarlo-, y una resistencia confusa y estructuralmente débil a ese proyecto, puesta en práctica por un interior que carecía de peso económico y cohesión política.

La lucha se saldó con el triunfo del modelo propiciado por Buenos Aires, aunque en el trámite fue hasta cierto punto conquistado por esa resistencia que, al federalizar la ciudad-puerto por las armas del ejército de línea, en 1880, determinó una organización nacional viable, la cual, gracias a una relación privilegiada con el Imperio británico y a las ventajas comparativas del suelo, pudo instituir un capitalismo agropecuario abastecedor de un mundo en expansión. El país evolucionó desigualmente, pero evolucionó y adquirió muchos de los rasgos que caracterizan a una nación moderna.

Este modelo fue exitoso durante casi medio siglo y fijó en el subconsciente nacional muchos y muy arraigados prejuicios que no han sido rotos todavía. Como la idea de que "Dios es argentino", que "estamos condenados al éxito" y la difusa e inconfesada presunción de que todo puede venir de arriba y casi sin esfuerzo.

La Depresión mundial de 1930, que arruinó o al menos complicó el papel de la Argentina como "granero del mundo", rompió sólo en forma parcial con esas ilusiones. Pero determinó la primera interrupción del proceso democrático puesto en marcha por la misma oligarquía que había configurado el país, y que se sintió aterrada ante la posibilidad de que, en una emergencia global, el poder del sufragio limpio, instituido plenamente apenas 16 años antes, con la ley Sáenz Peña, la excluyera del contralor de la cosa pública. El derrocamiento de Hipólito Irigoyen fue el primer paso en la marcha hacia una restricción sistemática de las voluntades populares que por fin se impondría al país, a sangre y fuego, muchos años más tarde.

Un cambio de modelo

La crisis mundial impuso, sin embargo, un cambio gradual del modelo agroexportador. El país debió comenzar a industrializarse y a generar un esquema productivo basado en la sustitución de las importaciones, que antes proveían al país de manufacturas gracias a los excedentes que dejaba la economía agraria.

Fue así que las ciudades comenzaron a henchirse con la afluencia de la emigración interior, que encontraba empleo en las fábricas que estaban surgiendo. Se formaba así un proletariado de nuevo cuño, que serviría de base a la nueva peripecia social que sobrevendría tras el golpe militar de 1943.

Incubado por el nacionalismo militar, que abrevaba en fuentes ideológicas variadas pero en cuyo entramado figuraban el fascismo, el integrismo católico y las corrientes del nacionalismo democrático de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), el movimiento se hubiera desvanecido, víctima de sus contradicciones, si no hubiera sido por la capacidad política de quien fuera su inspirador secreto: el coronel Juan Perón. Fue él quien hizo del nuevo proletariado el substrato de un movimiento de masas que, junto al ala nacional del Ejército, le daría el peso que necesitaba para experimentar un proyecto que apuntaba a la transformación del país guiada por una perspectiva estratégica, no sólo nacional sino latinoamericana.

La industrialización, la sindicalización de los obreros, la justicia social, una actitud ponderadamente independiente en el concierto de las naciones y una concepción económica que apuntaba a la autarquía productiva le supusieron la violenta enemistad de las clases y partidos de una u otra manera vinculados al anterior estado de cosas y, desde luego, la repulsa del imperialismo, siempre vigilante respecto de las veleidades de independencia de los países que, como los latinoamericanos, estaban adscriptos a un régimen de servidumbre semicolonial.

La democratización esencial

El experimento, que determinó la democratización esencial de la Argentina al promover el ingreso de las masas profundas en la vida política y al dotarlas de la oportunidad de decidirla con su voto, marcó un antes y después en la historia del país. Fue un fenómeno muy latinoamericano, que los sociólogos al uso denostarían después con el nombre de "populista"; pero cuyos rasgos, en realidad, implicaban la traducción vernácula del término "bonapartismo", de cuño marxiano. Es decir, la asunción, por el Estado, de las tareas de la revolución democrática que la burguesía local no estaba en condiciones de hacer, sea por falta de fuerza, por sus vínculos indisolubles con el cliente extranjero o por simple extravío ideológico, consecuencia de su vacío identitario.

El populismo, de hecho, se ha configurado en América latina como el expediente del que a veces las masas han dispuesto para romper el hieratismo de la democracia formal, declamatoria pero muy a menudo funcional al mantenimiento del estado de cosas. El líder carismático es esencial para su desarrollo, lo cual, por cierto, contribuye a hacerlo más ejecutivo y eficiente; pero que también lo torna en exceso dependiente de los rasgos personales del jefe y, desde luego, de su posibilidad de conservarse con vida.

En el caso de Perón, sus rasgos de carácter pesaron fuertemente, para bien y para mal, en el movimiento que había engendrado. La deformación "profesional" de su temperamento, su concepción verticalista del mando, propia del militar que era, más cierto egoísmo combinado con desconfianza respecto de sus próximos colaboradores, lo hicieron, a lo largo de toda su carrera, prescindir de las excelencias y con demasiada frecuencia tolerar o propiciar el ascenso de los incondicionales o los mediocres. Eva Perón fue, obviamente, una excepción, pero ella era su criatura, vinculada a él por el sentimiento tanto como por la pasión política.

Esos rasgos contribuyeron a extraviar las coordenadas políticas del régimen, enconando una oposición por cierto corta de miras o abiertamente conspirativa, pero que podía hallar cierta justificación a su resentimiento en el abusivo comportamiento del gobierno en materia de propaganda, de imposiciones doctrinarias y de jactancias a veces desmesuradas y a veces vacías. A este caldo de cultivo se vino a añadir la catastrófica provocación a la Iglesia, innecesaria o soslayable, pero que dio a la "contra" el material humano y la pasión reivindicativa que podía inflamar la rebelión.

La restauración oligárquica

El peronismo, que por dos veces había sido elegido con limpieza por una contundente o abrumadora mayoría, fue brutalmente hecho a un lado por otra conspiración cívico-militar que repropuso los rasgos del golpe del '30 al coaligar a nacionalistas católicos, conservadores, liberales y "progresistas" contra un gobierno popular. Pero la violencia irrestricta desplegada para expulsar a este del poder -bombardeos a mansalva de la población civil y al año siguiente los fusilamientos de junio- daba prueba de que lo que aquí se ventilaba era algo mucho más drástico que lo que se disputara en septiembre de 1930.

El país había crecido. En la larga evolución argentina, a pesar de todas sus alternativas, había existido un avance gradual pero firme en la expresión de las voluntades populares. Con los gobiernos peronistas, el modelo de país había cambiado, se había configurado como un espacio en ascenso demográfico y que exigía de cambios cada vez más acelerados para mantener el ritmo del crecimiento; lo cual, con toda probabilidad, exigiría también de afectaciones impositivas y de cambios mentales que el establishment no pensaba soportar ni estaba en disposición de hacerlo.

Los protagonistas sociales y políticos del golpe del '55 eran varios y no compartían necesariamente una misma idea de país, aunque en general concordaban en un rechazo de piel respecto del pueblo llano. El racismo semiconsciente y el esnobismo pueden jugar un papel importante en política, si no se ven los componentes profundos que informan a esta.

Pero pese a la composición abigarrada de los golpistas del '55, después del triunfo el platillo de la balanza, como siempre ocurre en estos casos, se inclinó hacia el sector provisto de mayor peso específico en materia de capacidad financiera, experiencia política y contactos externos. Los nacionalistas católicos fueron rápidamente apartados, y a los partidos tradicionales, felices ante la proscripción dictada contra el "tirano prófugo" y contra toda formación que invocase su nombre, se les arrojó el pingüe negocio de la representación parlamentaria y de unos gobiernos tutelados por las fuerzas armadas, ya purgadas de la mayor parte de su componente nacional y popular.

De ahí a 1972 la Nación vivió en el impasse supuesto por la negativa a morir del peronismo y por la resistencia sindical a los intentos del incipiente modelo neoliberal dirigido a hacer tabla rasa de las conquistas obreras obtenidas durante las dos primeras presidencias de Perón y que consentían la presencia de un proletariado combativo y todavía esencial para el rendimiento productivo del país.

Lo que vendría después no cabe en el arco de este artículo, pero cabe consignar que ese período también estuvo lleno de altibajos, que el esnobismo de las clases medias que rechazaran el peronismo cambió de signo con sus hijos y que el renovado ascenso popular que apuntaba a reconectar las nuevas corrientes nacionales y populares con el viejo cauce, fue frustrado en buena medida por estos.

Con el furor del converso, las nuevas generaciones que se lanzaron a la guerrilla o la apoyaron platónicamente, no supieron ver la naturaleza compleja del movimiento nacional en el que pretendían introducirse y, al proceder con infinita torpeza, contribuyeron a romper su impulso, acortando lo que pudo haber sido su segundo ciclo y abriendo así la puerta a una nueva y perdurable restauración del despotismo de los dueños del dinero.

El '55 y el '76 son parte de un mismo proceso histórico. Y todavía no hemos terminado de emerger de las consecuencias de esa pesadilla
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