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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


ROLANDO CÁRDENAS VIENE VOLANDO

<HR><H1><U>ROLANDO CÁRDENAS VIENE VOLANDO</h1></u> Por Aristóteles España
Desde Punta Arenas – XII Región - Chile

Con los poetas Pavel Oyarzún y Marcela Baratelli, parafraseábamos el célebre verso de Neruda dedicado a Alberto Rojas Jiménez ese domingo 30 de octubre al mediodía, en el aeropuerto “Carlos Ibáñez del Campo”, de Punta Arenas. Rolando Cárdenas, (Punta Arenas, 1933), uno de los grandes vates chilenos contemporáneos venía para quedarse definitivamente en su tierra natal. El ánfora con sus cenizas lo traían Reynaldo Lacámara, Secretario General de la Sociedad de Escritores de Chile y Dinko Pavlov, Presidente de la SECH local.


Sus restos estaban desde el 17 de octubre del año 1990 en el cementerio general de la capital chilena, abandonados a su suerte, sin visitas, rumiando al olvido. Gestiones de sus compañeros escritores de la patagonia permitían este retorno que él siempre anheló para cuando deje de estar en este mundo.

El avión aterrizaba en el sur del planeta y sus poemas sobre las aves ateridas en el último confín de la tierra, la soledad y la neblina que juegan en sus versos se transformaban en extrañas premoniciones. Lo esperaban su hermana Clorinda, su cuñado Enrique, su sobrina Gobernadora de Magallanes, Ana María Díaz, su sobrino Héctor, Miguel Palma, Director Regional de Cultura, en representación del Intendente y el Alcalde, parientes, amigos, niños que bailaron tres pies de cueca, mientras el cielo se vestía de rojo y amarillo en su honor. De fondo, un perro lanzaba gemidos en las sombras como en su poema “Noches de mi ciudad” y los fantasmas que lo invaden en el texto que dedica a Jorge Teillier empiezan a deambular en el viento patagónico. Los Grandes Láricos chilenos se reúnen en el más allá. Jorge le dice al día siguiente de su muerte: “Espérame, Rolando, haz dado la señal”. A lo lejos, se divisa Tierra del Fuego, la tierra magallánica dispersa y el mar misterioso que Rolando cantó en sus versos llenos de nieve.

En Santiago había sido despedido en La Unión Chica y la Sech por su amigos Ramón Díaz Eterovic, Roberto Araya, Ronnie Muñoz, Alvaro Ruiz, Juan Guzmán. También, desde sus hogares de la capital, le dijeron adiós Jorge Babarovic y Ernesto Aguila, sus grandes amigos puntarenenses y compañeros generacionales.

Después de los saludos de rigor en el recinto aéreo, con discursos y homenajes, el ánfora, con permiso de su hermana, fue custodiada por los poetas de la ciudad en un misterioso lugar de calle Chiloé, antes de iniciar un periplo por bares y centros nocturnos que el escritor visitaba en sus viajes al lar. Era el gran homenaje de sus pares, único en Chile y poco frecuente en el mundo cultural: llevar el ánfora para cumplir los ritos dionisíacos y leer sus poemas a los parroquianos.

La gira se inició en el bar “Sargento Aldea”, continúo en “La Sociedad de Empleados” y en “El Zurich”. Los integrantes de esta cita histórica fueron Reynaldo Lacámara, Dinko Pavlov, Pavel Oyarzún, Marcela Baratelli, Margarita Navarro, Fernanda Hernández, Oscar Barrientos, Víctor Hernández, Enrique Ojeda (cuñado de Rolando), Guillermo Toro, Marco Quiroz, Guillermo Carvajal, Aristóteles España.

En cada lugar se leían sus textos y los contertulios, emocionados, recitaban viejos poemas de José Martí, Federico García Lorca, Pablo Neruda. Alguien cantó un tango, mientras la música inundaba el aire de magia. Fue el ensayista Jaime Valdivieso quien dijo que “Cárdenas construye un mundo fantasmagórico en el cual el poeta es soberano y esclavo a la vez: soberano en la evasión; esclavo frente a una realidad cruel, degradada y brutal que no puede eludir. Afortunadamente, el poeta lárico, niño y anciano al mismo tiempo, siempre derrota a la realidad con la creación de un universo paralelo más fuerte e indestructible que el mundo cotidiano y banal”.

Reynaldo Lacámara pedía vino tinto con su brazo enyesado, Pavel recordaba el día en que leyó por vez primera al Chico Cárdenas, la Marcela fotografiaba hasta los vasos de vino con su máquina digital, Víctor Hernández brindaba con el ánfora que estaba en la mitad de la mesa de todos los lugares que frecuentamos, Dinko vigilaba el cofre con las cenizas del poeta, como quien cuida un tesoro, Oscar Barrientos hablaba de literatura y mujeres, Enrique Ojeda decía que este homenaje será recordado por siempre, Marco Quiroz movía sus manos como un jugador de tenis, Margarita Navarro construía un mundo interior con las luces de los bares a medianoche, Fernanda Hernández se acordaba de un extraño duende llamado Serafín y de poemas de Rolando.

Era el regreso de un poeta inolvidable como dijo en alguna crónica el novelista Juan Mihovilovich. Por nuestra parte, nos acordábamos del cuento de Francisco Coloane, “Cinco marineros y un ataúd verde”, cuando un grupo de marinos deja abandonado el ataúd con el cadáver de un colega en las cercanías de un bar de Punta Arenas, y del célebre relato del escritor brasileño Jorge Amado “A Morte e a Morte de Quincas Berro de Agua”, en el cual, según la critica, se anticipa al realismo mágico en 1961 y que narra la historia de un grupo de amigos poetas que pasean de bar en bar a un muerto de verdad y que los contertulios confunden con un ebrio en estado calamitoso.

Sin embargo, Rolando vivía en el ánfora y colocábamos siempre un vaso de vino tinto en la parte de arriba para que compartiera con nosotros ese viaje al País de Nunca Jamás.

Al finalizar la primera parte del periplo y ahora rumbo a lugares nonc santos, como dijo alguien, quedamos Dinko, Pavel, Oscar, Reynaldo y el suscrito. Nuestro destino: “El Jaco”s Bar”, un famoso local frecuentado por personajes locales de todo ámbito. Allí fuimos recibidos por la Barwoman Adelita y sus amigas Alexandra, Carola, Jacqueline. La anfitriona pidió silencio al público presente y junto a Dinko leímos poemas de Rolando Cárdenas Vera como si hubiéramos estado en el Madison Square Garden de Nueva York. Aplausos, saludos, todas las mujeres fueran a tocar el ánfora para que les diera energía y desearle suerte al poeta en su viaje a la eternidad.

Al día siguiente, la despedida final en El Columbario del cementerio de Punta Arenas, discursos de los invitados y la lectura de un valioso ensayo sobre la poesía del vate, a cargo de René “Popeye” Cárdenas, compañero de juventud y militancia política en el Partido Comunista. Por la noche, la Gala en el Teatro Municipal bajo la dirección de Luis Vidal. Teatro, danza, poesía, un ballet folclórico, el Grupo Hoshken, un diaporama sobre su vida, lectura de poetas de la región austral. Un espectáculo digno de una capital latinoamericana frente al Estrecho de Magallanes. Y por la noche, una gran tertulia literaria en el Hotel Hain. Canciones de Diego Concha, la animación de Jeannette Antonin, himnos de gloria y júbilo de parte de Dinko, lecturas de Arturo Mansilla y del poeta argentino Julio Leite.

Rolando Cárdenas, el fundador de la Patagonia como espacio poético descansa para siempre en su patria chica. Que nunca falten flores en el Columbario. Una calle lleva su nombre en el Barrio Norte de la ciudad de nieve. “A pesar de su estatura de niño –dijo Jaime Gómez Rogers- de sus piernas arqueadas como un cowboy, y de su nariz evidentemente desviada, se sentía buen mozo y se lo hacía saber a todas las mujeres”. Con su aire de caballero antiguo y su aristocrático ademán en los modales, lo recordaremos para siempre. Adiós hermano, descansa en paz.
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1 comentario

Alejandro Leiva Ruiz -

Por favor que Pavel se comunique conmigo.
Díganle que soy el hijo de su ex profesora, Julita Ruiz Borgenson.
Un abrazo a la distancia.
Alejandro Leiva.
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