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Se muestran los artículos pertenecientes al tema ana maría giacosa.

23/07/2004


EVA PERÓN, EN MUERTE Y EN VIDA

evaposter.jpgPor Ana María Giacosa (*)

No pudieron contigo, Evita. Tu nombre breve y tu breve vida serían de larga memoria. Quemaron tus retratos pero no lograron extinguir tu fuego. El cordón que te ataba a tu pueblo fue más fuerte que las sogas que arrastraron tu efigie. Por decreto te borraron de los libros, aunque no hacía falta letra ni voz para nombrarte. Una vez habías estado y seguías estando aquí.
El amor y el odio impregnan la política tanto como los intereses. En el caso de Eva Perón, más que de partidarios y detractores podemos hablar –sin miedo a caer en la teoría del “carisma”- de los que la amaron y de los que la odiaron. Contribuyó a ello su personalidad apasionada y rebelde, la circunstancia de haber vivido y actuado en un país donde las contradicciones no pueden dirimirse con los buenos modales de la Cámara de los Lores o la Cámara de los Comunes. En el seno de un movimiento que reivindicaba los derechos de los trabajadores y los humildes, enfrentando a los antiguos amos, Eva Perón habló con su propia voz. Ejercitó su enfrentamiento con los poderosos tanto como llevó a la práctica su adhesión a la causa de los desposeídos. Su presencia actuó como un catalizador y quedaron sólo los sentimientos primarios. Por eso el pueblo la amó tanto como la odió la oligarquía. Para unos fue la conciencia de que por primera vez no estaban solos; para los otros, la certidumbre de un enemigo inédito e impecable, imposible de rodear.
La descarnada hostilidad al peronismo de ciertos sectores se expresaba a través de las torpes agresiones contra la persona de Evita. Chistes equívocos, alusiones despectivas a su pasado de actriz; todo era lícito para combatir y descalificar a esta joven mujer que parecía invulnerable. Pero no dudamos que su actuación política le hubiera convertido en blanco de los ataques de esos mismos sectores así hubiera provenido de un convento.
De haber sido sólo una discreta “Primera Dama” las resultantes hubieran sido otras. Eva Perón no pertenecía a ese género neutro. Era una mujer y una mujer de lucha. Contenía una sobredosis de amor, de furia y altanería, coraje y decisión. Esto la alejaba de las grandes señoras del viejo patriciado, sumidas en el artificio mundano de una vida estéril.
No fue extraño que la costumbre de designar presidenta de la Sociedad de Beneficencia a la esposa del Presidente fuera alterada en el caso de Evita aludiendo como excusa la “juventud de la señora de Perón”. Estas damas dueñas de los pobres –que deberían estar siempre aquí para certificarles su acceso al cielo- celebraban cada 2 de octubre el “Día del centavo”, donde huérfanos rapados de uniforme gris extendían la alcancía de barro llamando a la generosidad de los transeúntes bajo la atenta vigilancia de aquellos ángeles custodios de la infancia. ¿Quién que haya vivido hace cuarenta años en Buenos Aires podrá olvidar a estos huérfanos de mirada melancólica extendiendo sus alcancías en la Diagonal Norte y Florida? Se trataba de las mismas damas que en la tradicional velada de gala en el Teatro Colón entregaban a un obrero elegido entre las Asociaciones Católicas el “premio a la virtud”. No hace falta ser muy agudo para darse cuenta de la clase de virtud aplaudida por las esposas de los patrones. No sería la misma que premiaría Eva Perón al convocar a los obreros para “que no se desunan frente a la Antipatria”.
La “Fundación Eva Perón” fue para la oligarquía y sus vasallos –tan inclinados a la admiración de fundaciones de todo tipo desde la Rockefeller hasta la más excéntrica- una espina clavada en el costado. Los pobres, niños y ancianos ya no tenían dueño. La beneficencia había perdido sus destinatarios de mirada húmeda. El orden social establecido había sido alterado en aquellos Hogares Escuela y Colonias de Vacaciones con sus dormitorios de cortinas floreadas, paredes adornadas con personajes infantiles, atención médica, profesores de natación y pollo los domingos. Miles de niños conocerían el mar y la montaña, practicarían deportes y comerían cuatro veces al día. Estas instituciones presentaban a los ojos de los sectores desplazados por la avalancha peronista un alto grado de peligrosidad. Constituían la prueba viviente de que la infancia o la ancianidad tenían derechos, de que el Estado era responsable al margen de la buena voluntad de la gente rica y buena que los obsequiaba con las sobras en humillantes ceremonias. Generaciones de niños crecerían despreocupados sin aprender a bajar la mirada como sus padres. Considerarían natural cursar el secundario y hasta la Universidad. Olvidarían rápidamente la alpargata y el hambre, la limosna y la mano compasiva del amo.
Mientras quemaban sus retratos y borraban por decreto su memoria y la memoria de su tiempo; mientras las comadres de ambos sexos, admiradoras de boatos foráneos, exhibían como un oprobio las joyas, condecoraciones y el armiño de las veladas oficiales, las humildes mujeres argentinas a las que había puesto de pie, ocultaban su ajado retrato. Guardaban su imagen sonriente y agotada, el recuerdo de su voz vibrante y retadora. La mantendrían viva para los hijos y los nietos que no la conocieron.

(*) Publicado en “Viaje alrededor de mí misma” – Ediciones de la Patria Grande – Casa Argentina de Cultura – México – Julio de 1990. Ver más información sobre la autora en la nota “Mujer, el tango te hizo daño” publicada en este mismo espacio el 17 de abril del corriente año.
Viernes, 23 de Julio de 2004 17:15 ;?> No hay comentarios. Comentar.

17/04/2004


MUJER: EL TANGO TE HIZO DAÑO

lochi.gifAna María Giacosa (*)

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(*) Ana María Giacosa, tempranamente desaparecida, fue una brillante argentina. Desplegó su talento tanto en la acción política –fue Convencional Constituyente de su provincia natal, Salta, candidata a gobernadora de esa provincia y dirigente del Movimiento Patriótico de Liberación- como en el periodismo, la crítica de costumbres, la literatura y la defensa de los derechos de las mujeres.
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Permítasenos no descalzarnos para entrar al sagrado tabernáculo de la “canción ciudadana”. Entiéndase el misterio profundo del escaso aporte femenino al caudal de los fanáticos del tango. Ajenas al desarraigo, la nostalgia, la reciedumbre, el fatalismo y otras implicancias con mayúscula, las mujeres expusimos el cuello inerme al cuchillo de obsidiana de letristas. En el ara de ese “sentimiento triste que se baila”, fuimos sacrificadas sin piedad.
Percanta, Milonguita, Purreta Arrabalera, Santa Madrecita. Ser sin infancia que nunca “pegó la ñata contra el vidrio” ni indagó en el futuro. Adornando estática la humilde casita con su juventud y sus trenzas, mientras dormita su tendencia al lodo. Indefectiblemente cambiarían el percal por el lamé y la casita de los viejos por el cabaret.
Eva pecadora, atemporal y eterna –salvo la madre de espinazo clavado al pie del piletón que aguarda siempre el regreso del hijo calavera- puesta en escena para sumir tarde o temprano al sufrido varón en abismos de desdicha. La traición femenina, agotada en las mil letras y acordes sirvió para destacar la presencia del matón engañado, llorón y nostalgioso. Debía realzar las muestras de nobleza, coraje e hidalguía de aquellos engañados que corrían al reencuentro de las nobles virtudes, con la vieja y los amigos trasnochados. El “macho corazón” que se vengaba malamente en “Noche de Reyes”, y dibujaba merecidas “flores de cuchillo” en la mejilla de las volubles muchachas, también tuvo en la literatura tanguera una ancha franja para la comprensión, el perdón y el “pecho fraterno”. No diremos que en la mayoría de los tangos los caracteres masculinos fueron pintados con trazos magistrales, pero no hay duda que para los femeninos se usó la brocha gorda. Descontemos una “Malena” entre cientos. Abrazada al arte de la traición, al licor y el “Parné”, las pobres mujeres del tango tuvieron un destino inevitable. Ajenas a los sentimientos nobles fueron recortadas en el papel de pecadoras. Casi nunca ejercieron la comprensión. No otorgaron perdón. Hasta su sufrimiento fue de segunda. La que rió y se hartó de champán en la primera estrofa llorará hecha una lástima y toserá en la última.
De aquellas milonguitas sin más capital que su hermosura, muchachitas cegadas por el brillo y la buena vida, que dan la espalda al amor sincero, al mate amargo; “los tarritos con moñitos, los malvones del balcón”; de las “Venus de quilombo, que al final se van al bombo” se encargaría el destino, sabio y varón, castigándolas con la decrepitud y la miseria. Desvencijadas y solas tocarían la puerta de sus antiguos amores buscando arrepentidas un pecho fraterno o un palenque donde rascarse. ¿Lo encontrarían alguna vez? En general las sacaban con cajas destempladas enrostrándoles su pecado. Porque en esto la “canción ciudadana” fue inflexible. En lo que a pecado se refiere, para las mujeres una vez basta. ¡Dichosos aquellos que agotaron la lista de las flaquezas humanas para resurgir incólumes como un fuego purificador!
Exiliadas del cafetín metafísico, de la amistad en la órbita del vino, el pernod o la cortada mistonga, el bulín de la calle Ayacucho o el cuartito azul tendrían para las mujeres del tango un regusto amargo. Allí los muchachos se convertían en hombres y las mujeres en una ruina. “Yo no puedo acordarme del pasado / aunque tuve veinte años como vos”. Los recuerdos eran tan sospechosos como el “pasado”, aunque esté difuminado por barcos y brumas. Recordar sin arrepentimiento es cosa de varones. Pero tampoco se avizoraba un futuro que no fuera negro para estas pobres muchachas: tendrían “veinte abriles carnavaleros” y luego serían irrevocablemente “monedas de cobre, que nadie las quiere”, “descolado mueble viejo” y otros apelativos tan alejados de la metáfora como éstos. Aquellos altivos varones heridos por la traición se sentarían a esperar “la fiera venganza del tiempo” sobre el objeto de sus amores. Salvo escasos tangos, donde Cronos se permite platearles discretamente las sienes o arruinarles el hígado, los varones del tango parecen todos munidos de un retrato de Dorian Grey. Como las mujeres no hablaban, ni recordaban, ni por supuesto filosofaban, nos quedamos sin saber si ellas hubieran reconocido en esos vejetes apostados a la puerta del cabaret a sus fogosos amantes.
Imprevisoras hasta la exageración, caerían en un pozo de desgracia en el umbral de los cuarenta. A pesar de los consejos y advertencias, ninguna comprendió que la “pollera cortona y las trenzas” se acaban un día. Terminados “los brillos y el rango” regresarían siempre vencidas al cabo de los años, arrastrando el visón apolillado y en estado físico lamentable; sin duda la previsión del futuro y la humana capacidad de remontar la adversidad les fueron negadas a las indefensas mujeres del tango. El llanto vendría puntualmente a buscar a las desgraciadas y el anatema a las que tuvieron un poco de suerte. Para las mujeres, la última farra llegaba temprano y sin el consuelo de “la vieja” y de la “barra”. Unos pocos años de champán y de frío nocturno y … a toser en los boulevares de París, el centro o el suburbio. Sólo les quedaba añorar el percal y aquel amor de barrio que les obsequiaba glicinas de los cercos. No negamos en absoluto que les restaba la posibilidad de redención a través del sufrimiento, la muerte o, con suerte, la toca y el jardín conventual. De todas maneras, un sufrimiento en tono menor que nunca oscureció el dolor con mayúscula que padece el varón del tango, víctima constante de ingratitudes y traiciones, dueño del amor, del odio y del desdén; de la redención, la nostalgia y el perdón. Por supuesto, cantor y autor.
En el tango, la que se va pierde. No podrá aducir en su defensa ninguna razón tanguísticamente válida. ¿Cómo no emocionarnos con aquellos versos “No habrá ninguna igual, todas murieron / en el momento en que dijiste adiós”? Nos dejaban partir con enamorados compases. Gracias Homero Manzi, gracias por el Tango, en nombre de nosotras mismas y de tantas mujeres vapuleadas en inolvidables versos sin recibir “una ayuda, una mano, ni un favor”.
Más allá de meditaciones sociológicas, psicológicas y de amor a su música, ¿cómo sofocar la sensación que nos arruga el corazón y nos pone en guardia cada vez que escuchamos el grito de “¡Música, Maestro!”,seguido del son de un bandoneón?
Sábado, 17 de Abril de 2004 19:55 ;?> Hay 1 comentario.


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