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30/12/2004


CHILOÉ

panoramica.jpgPor Enrique Zorrilla (*)

Pero los hispanos no volverían al Estrecho sino más tarde con Pedro Sarmiento de Gamboa. Entretanto, se limitaron en diseminar sus núcleos civilizadores hacia el interior de Chiloé, al abrigo del cinturón de islas y canales, haciendo suyo ese paisaje destrozado por la última glaciación del cuaternario.

Aquella fue una conquista pacífica y positiva. Los hispanos se unieron sin dificultad a los indios locales y allí, entre los vahos de los canales, las lloviznas y neblinas, el hispano terminó por perder la noción del tiempo. Si pudo dominar la tierra y el mar fue porque, además de su tenacidad y fe inquebrantable, se ligó al isleño y pudo transmitir a sus hijos, empobrecida pero no menos preciosa, la herencia cultural hispánica.

Cuarenta islas forman el complejo geográfico de Chiloé, dominado por la Isla Grande, que constituye su verdadero corazón. Al ver el mapa, pudiera creerse equivocadamente que la vida estuviera volcada hacia el mar, pero es hacia el interior abrigado donde desde hace siglos, ella se replegó. Allí, protegido de los vientos huracanados y los temporales incesantes del Pacífico, de los aguaceros terribles, Chiloé descubre sus mansas colinas verdes sembradas de papales.

A cada familia corresponde un pedazo de tierra, un puerto, un a embarcación. Las yuntas de bueyes llevan las carretas de legumbres hasta las embarcaciones y cuando vuelven se encargan de vararlas sobre las playas. Es una vida de tierra y de mar, de papas y mariscos, una vida anfibia que condiciona toda la vida y el carácter de Chiloé.

Es admirable observar la técnica chilota de navegación y la destreza con que aprovechan sus marinos los vientos contrarios, zigzagueando entre los canales.

¿Pertenecieron los changos del norte, chancos, chonos y chilotes, indios habitantes de las costas chilenas, al mismo grupo de alacalufes y yaganes? Los antropólogos no se han puesto de acuerdo pero existen suposiciones que hacen proceder a los alacalufes y yaganes de migraciones venidas desde Oceanía y Australia. En todo caso, el mismo carácter marítimo y nómade acerca de todos estos grupos que tuvieron entre ellos contactos culturales y sanguíneos. Se sabe que desde hace siglos los chilotes han emigrado hacia el Sur, obedeciendo a un atavismo de aventura y a un misterioso destino que lo empuja a poblar la América destemplada. De este modo, se han convertido en los navegantes naturales y en los pescadores de los canales y archipiélagos, ejerciendo profunda influencia sobre las agrupaciones étnicas que las habitaron y habitan. La desaparición de los chonos que desde hace siglo y medio ha dejado desierto el archipiélago que lleva su nombre, es un misterio que pertenece al fenómeno de la absorción chilota.

La vida isleña, la distancia, en suma, el aislamiento, confabularon para dar a Chiloé una originalidad geográfica y humana característica. Sobre el trasfondo indígena crecieron las familias mestizas, se levantaron de madera las ciudades, las iglesias y escuelas. La obra de aculturación hispana debió ser muy profunda. Los nuevos hispanoamericanos, esto es, los mestizos de Chiloé y España, fueron los más fieles hijos de España. No sólo contuvieron los desembarcos de corsarios que amagaron las costas chilenas sino que resistieron hasta 1826 a la misma emancipación chilena, leales a su rey, a las costumbres y lengua de España, cuyas tradiciones y arcaísmos linguísticos conservan. Posiblemente, desde el punto de vista del mestizaje, no ha ofrecido España un híbrido tan magníficamente bárbaro.

Más indio que hispano por la dosis de sangre, el empeño e iniciativa del chilote pertenece al espíritu que España modeló silenciosamente por siglos en la Isla. No tuvieron otro contacto con el mundo que con los españoles y con los corsarios holandeses, ingleses y franceses, contra quienes habían peleado de igual a igual y de los cuales llevan grandes cicatrices en la sangre.

********************


Una pequeña lancha a remos me llevó a Castro, cuyo pequeño promontorio de casas ha sido devastado por el fuego en innumerables ocasiones. El sol de verano hacía azular el mar y destacaba los desteñidos veleros chilotes que entraban y salían del puerto. Desembarqué y trepé arriba del muelle de madera, entre el fuerte olor a mar y las hoscas miradas chilotas. Me observaban los hombres, calados en sus chombas de lana cruda y sus boinas desteñidas. Picana en mano, una mujer puso en marcha una carreta de pequeñas ruedas de tronco, rumbo a la calle principal que trepaba hacia la colina. Recuerdos del pasado no era posible hallar. Los incendios producidos por los corsarios y el descuido de velas y ahora de cortocircuitos no habían dejado sino cenizas llevadas por el viento. Modestísimas vitrinas ofrecían buen surtido de artefactos importados. ¿Pero cómo podrían adquirirlos estos modestos leñadores y campesinos y marinos que circulaban en pequeñas carretas o pequeñas embarcaciones? Este comercio debía estar reservado a los turistas y contrabandistas ocasionales del continente chileno. Pero me olvidaba que los chilotes regresaban de sus correrías con los bolsillos repletos.

Me asomé por la campiña ondulada que se esconde detrás de Castro. Esa campiña, excesivamente explotada y subdividida, ha sufrido la desarborización implacable del hombre. En este aspecto, Chiloé hace excepción a la América destemplada y es un territorio de transición, porque si bien el sol no alcanza a hacer madurar bien los cereales, no es menos cierto que ya ilumina en verano la región y que el hombre ha dominado allí la naturaleza. Naturalmente, esa campiña de monocultivo papal, atacada por el terrible flagelo del tizón, y la pesca, no puede dar en las actuales circunstancias los recursos suficientes a los chilotes. Por una u otra razón, desde siglos, el chilote ha debido buscar fortuna en otros lugares, lo que por otra parte es la inclinación ancestral de este nómade del mar.

Ellos son los hijos de "Chilué", esto quiere decir, lugar donde allegan las gaviotas. Gente humilde y tranquila
. Empobrecidos por la fatiga agrícola, la subdivisión familiar, el virus de la papa, emigran hacia el sur, sin otra ayuda que su propia iniciativa, dejando a sus mujeres el cuidado de la casa, de los hijos, el trabajo agrícola y la fatigosa navegación. Chiloé está lleno de mujeres abandonadas, resignadas a esperar pacientemente a sus hombres que partieron sin fecha de retorno hacia lugares desconocidos. Ellas se han hecho cargo del yugo, del timón y del niño varón. Son ellas las que han convertido esos niños en los dioses perpetuadores del sexo, de la raza, de la familia. Trabajan para ellos, los miman y reverencian, sometiéndose a sus caprichos. Esos niños son los años del hogar, los perpetuadores del recuerdo paternal y del macho ausente y hacia ellos esas mujeres transfieren orgullosamente la soledad y el abandono de que han sido víctimas, mientras sus hombres, como bárbaros auténticos del norte, salieron a la aventura, sin otro recurso que su tremenda vitalidad, a conquistarse la patagonia chilena y argentina y la Tierra del Fuego.

Anfibios, con un pie en la tierra y otro en el mar, alimentados de peces, mariscos y papas, duros y sobrios, industriosos, con una vitalidad descomunal, los chilotes se han convertido en los habitantes insustituibles de las regiones destempladas, en los vikingos de las tierras australes americanas.

(*) De su libro “La América Destemplada” – Editorial Andina, Buenos Aires, 1967 – Páginas 12 a 15.
Jueves, 30 de Diciembre de 2004 00:28 ;?> No hay comentarios. Comentar.

27/12/2004


EL CAYLEN

caylen.gif
Hemos publicado en "Mirando al Sur" otros textos de Enrique Zorrilla, tomados de su libro "La América Destemplada" (Editorial Andina, Buenos Aires, 1967). En otros libros relata su peregrinar por América. En este caso describe de modo brillante a la Patagonia, su paisaje, su gente, su historia.


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Las aguas de Angelmó reflejaban grotescamente las enormes moles de cemento del muelle volcadas como dados gigantescos por el último maremoto y que formaban una barrera que impedía el paso hacia el Sur.

La naturaleza se ha empeñado siempre en herir el territorio de Chile, demoliéndolo implacablemente. "Un solo terremoto tiene más efecto que la acción del mar y del tiempo durante un siglo", observaba Darwin al pasar por Chile. "Uno solo, explicaba, basta para destruir la prosperidad de un país". Así lo habían ratificado los sismólogos japoneses al comprobar los destrozos de nuestro territorio en 1960. Los pilotos extranjeros habían agregado que la destrucción era peor que cualquier explosión atómica. Pero los hombres que en todo tiempo habitaran Chile habían resistido. Podrían hundirse las costas y desmoronarse las cordilleras, los chilenos seguirían aferrados a su suelo, dispuestos siempre a comenzar. Pero el avance hacia el Sur había sido extraordinariamente difícil.

A mis pies terminaba la vía propiamente terrestre puesto que el camino y el riel encuentran en Puerto Montt su terminal y se abrían las amplias rutas del aire y del mar para proseguir hacia el Sur.

Más allá se abría otro mundo. Un mundo recién salido de la cáscara de los hielos. El Sur ya era un término inadecuado de ubicuidad. Además, el austro anunciaba, en sus ráfagas angustiadas, la existencia de un continente aprisionado por los hielos polares. Más allá del Sur se hallaba la América Destemplada y la América Antártica.

Hacía tiempo que debía haber partido hacia las regiones destempladas de la América del Sur para completar mis itinerarios americanos. Pero el destino parecía oponerse siempre a mis propósitos. Para forzarlo, había debido partir con un pie fracturado que no me había dejado enyesar. Yo debía realizar este viaje y hacía todos los esfuerzos para sobreponerme a los contratiempos que cada año se iban interponiendo a mis objetivos. Y ahora, frente a los destrozos brutales del maremoto, en el puerto de Angelmó, comprendí que no eran solamente reconocimientos históricos y geográficos los que iba yo a satisfacer. Detrás de mí dejaba la tierra firme y la civilización integrada. Partía hacia la América destemplada, recién descubierta de los hielos, en plena formación geológica y humana, apenas (y sin embargo cuánto) rasguñada por la historia. Al momento de embarcarme, sentí que dejaba atrás una parte de mí mismo.

Me encontraba por fin en la órbita de la gran constelación americana, a la vista de sus dominios desolados. En esa órbita, el pasado y el presente formaban un solo todo vago, difuso, estridente, en que el hombre parecía no dejar huellas.

Es indescriptible la fragmentación del Chile destemplado. Islas, tras islas y más islas. Enjambre de fiordos, canales, archipiélagos, islas deshabitadas, hostiles, carentes de playas, montañosas, envueltas en vahos perpetuos que repentinamente y como por milagro dejan ver a veces las copas de los coihues, cipreses, robledales y las crestas nevadas que se elevan amenazantes sobre el dorso de los andes patagónicos. Canales tallados a pique entre farellones perpendiculares de centenares de metros que chorrean sinúmero de cascadas que se van a estrellar sobre el mar de los canales. Farellones a los que desesperadamente se aferran por un milagro de equilibrio árboles y bosques, en una titánica lucha contra el roquerío y el hielo, recubriendo la desnudez de los lugares y humanizando la roca. Es la humedad que permite ese milagro de vida y arraigamiento, esa proliferación vegetal, los colchones de musgos, los inmensos helechos, las gramíneas arborescentes, las selvas, estilando crónica humedad, salpicadas de magnoláceas lustrosas, canelos verdes, loros verdes que guardan tan íntimo pero lejano contacto con el trópico americano.

La conformación de los archipiélagos confiesa, sin embargo, su reciente origen glaciar. El hielo se había retirado de las grandes hendiduras y los bosques habían germinado entre los resquicios en lucha abierta contra el mar que se precipitó y ocupó el hueco dejado por las masas de hielo en retirada, anegando valles y transformándolos en canales marinos de agua agridulce. El deshielo no ha terminado e inmensas masas azulosas siguen descendiendo lentamente de los Andes hacia el Pacífico y los lagos interiores de Chile y Argentina, desprendiendo con estruendo témpanos que se disuelven lentamente. Allí las obras inanimadas de la naturaleza, las rocas, el hielo, el viento y el agua, seguían, como lo advirtiera Darwin, su guerra coaligada contra el hombre y conservando su autoridad absoluta.

Me hallaba en los confines de la Cristiandad, en los límites del "Caylen" (1). En las regiones desoladas y salvajes cuyas tormentas habían asombrado a los más expertos marinos de todos los tiempos. Por el lado de Chile era la fragmentación masiva, la vida insular marítima, lóbrega, batida por el viento, la lluvia, la nieve, la soledad y el aislamiento. Por el lado de Argentina, no era ya la pampa suave y fértil, sino la patagonia desolada y yerma de pedregales, batida también por el viento incesante, enemigo de la tierra. La América destemplada austral nace en Argentina, en los límites del lago Llao Llao y por el lado de Chile lo hace del mismo seno de Reloncaví. La tierra de más al Sur, por ambos lados de la cordillera, estaba por hacerse y poblarse. La gran estrella del Sur lo señalaba e invitaba a los hombres a la empresa de conquistar, amar y fecundar esas regiones salidas apenas del regazo de la creación.

(1) "Caylen": el fin del mundo. Era el término con que los indios denominaban los territorios de más al sur del golfo de Reloncaví.
Lunes, 27 de Diciembre de 2004 15:03 ;?> No hay comentarios. Comentar.

21/07/2004


LA DESAPARICIÓN DE LOS ISÓMEROS (Parte 2)

haushas.jpgPor Enrique Zorrilla Concha

En esas tierras ya no existen sobrevivientes de los grupos indígenas que las habitaron hasta hace muy poco. Todos han muerto. Para ver un ejemplar de Patagón o Yagán hay que ir a admirarlo en el bronce erigido a Magallanes en la plaza de Punta Arenas o bien ir a incursionar en el pequeño, muy interesante pero poco lucido Museo Salesiano. Abierto para todos los visitantes y sin la vigilancia que merecen sus tesoros, yacen amontonadas una de las más ricas colecciones autóctonas americanas. Ese pequeño museo es todo un drama de nuestra civilización. Pueblos nómades y selváticos, como sus lejanos primos los hurones e iroqueses u otras tribus del Canadá y EE.UU., o del Caribe y Amazonia, se habían acostumbrado a vivir desnudos en esas inhóspitas regiones. Pero de poco les había servido su fortaleza. Con la llegada del blanco, nuevas condiciones ambientales les habían destruido y exterminado. Al parecer, la naturaleza se complace en deshacerse de sus propias creaciones y las hace sucumbir al contacto de otras más evolucionadas en un proceso infinito de renovación. Pero esta vez la tragedia tuvo proporciones tremendas. No sólo habían desaparecido los aborígenes sino que su muerte había arrastrado al fracaso a uno de los más hermosos sueños de fraternidad. Los relatos, las pruebas y aún las fotografías, estaban allí para demostrar el fracaso de las tentativas civilizadoras laicas y religiosas. Seguramente, con un estetoscopio, habríanse hallado sobre los utensilios indígenas del museo la presencia del virus mortífero. Yo tenía en forma retrospectiva ante mi vista los testimonios irrefutables de la reciente catástrofe. Atraído por una foto que colgaba de una pared, me topé con la cara de uno de los últimos sobrevivientes. No me olvidaré jamás. Dentro de las grandes órbitas se hallaba expresada la más honda de las inexpresiones.
¿Por qué tal injusticia? ¿Por qué? Me fue imposible comprenderlo esa noche. Pero en la mañana temprano obró mi intuición, y me fui al aeródromo donde presenté la carta que me había dado el comandante en jefe de la aviación chilena para volar sobre la región.
Dos jóvenes oficiales me estrecharon la mano y me convidaron de inmediato a hacer el vuelo. Pero antes me pasaron el formulario usual en esta clase de vuelos para deslindar cualquier responsabilidad. Me aprontaba a firmar esa acta banal, semidistraido, cuando sentí clavada en mi persona la vista de los dos pilotos ya enfundados en sus overoles nylon azul marino y me pareció que estaban pendientes de mi decisión de firmar. Envuelto en mis recuerdos y evocaciones, me turbé por completo. Yo necesitaba saber a qué atenerme con respecto a la desaparición de los aborígenes y creía que el paso más directo sería alcanzar la zona de la isla Ambarino, donde podría compenetrarme del tremendo y casual asesinato en masa perpetrado por nuestra civilización en aras de sus eternas ilusiones de fe, poder, dinero, trabajo y seguridad. Los actuales habitantes de la región, me daba cuenta, parecían estar siempre bajo el peso de una gran culpa oculta y ahora la intranquilidad de los dos pilotos confirmaba mis presentimientos. No se trata, por cierto, de obligarme a asumir mi responsabilidad en el vuelo. Se trataba de hacerme asumir una culpabilidad, hacerme compartir, y seguramente para diluirlo hasta el olvido, un gran crimen. Mis cavilaciones y demoras parecían atormentar a los pilotos. Si no firmaba, mi vuelo sería cancelado. En caso contrario, mi decisión sería inapelable. Yo he creído siempre en la solidaridad de los hombres y en la continuidad de las generaciones. Y fue así como después de pensarlo, accedí a firmar y compartir también en nombre de la civilización, su enorme error.
El viento tronaba afuera y sacudía el bimotor como una hojarasca. Pero adentro, la temperatura era tibia. Un largo calentamiento del motor y una cuidadosa inspección del tablero precedió al despegue. Salimos al encuentro del viento y en un instante volábamos en la luminosidad naciente de la mañana. Dejamos los techos rojos de Punta Arenas, enfilamos al Estrecho, pasamos sobre Puerto Hambre en dirección a la isla Dawson. A esa altura, formaciones de grandes nubes grises empezaron a interferir nuestra marcha. Alcanzamos los ventisqueros siniestros de la cordillera de Darwin. Siglos y siglos pasaban en un instante. Ahora, los fiordos se ofrecían a mi vista, la isla Hoste, los canales fueguinos. Uno de los pilotos dio vuelta la cabeza y me hizo una señal con el guante. Habíamos llegado.
Estaba en el Beagle, el gran canal inmortalizado por el velero de Fitz Roy, flanqueado por las crestas nevadas de la Tierra del Fuego y las elevaciones boscosas de la isla Ambarino. Fitz Roy hubiera podido reconocer los parajes y ubicarse en el laberinto de costas sin playas, pero hubiera quedado desconcertado por el silencio y la ausencia de los indios. Sus fuegos estaban definitivamente extintos. Era imposible poder encontrar un solo indicio de su presencia a no ser por algunos antiguos conchales desparramados.
Pero me había propuesto obtener una respuesta. Inclinado sobre embarcaciones, juguetes de las olas, interrogaba vanamente al mar. Yo sabía que era inútil y también ridículo mortificarse por seres que Darwin consideró abyectos y miserables, pero seguía buscando en los conchales mortecinos y en los huesos de ballenas varadas. Atravesaba turberas pantanosas, salvando los árboles caídos y remontaba al nivel de los árboles grandes entre la selva casi impenetrable e insospechadamente feraz en algunos puntos. Seguía interrogando a los árboles retorcidos, envueltos en sus mortajas de musgo verdoso. En el silencio de la selva sólo se lamentaba el viento y se retorcían los árboles. De repente, pude oír el golpeteo de un pájaro carpintero. Hay en esos bosques una ausencia extraña de vida animal. Los reptiles son desconocidos. No hay pumas, zorros, liebres, sino en el continente. Quizá algún huemul. La creencia de estos pueblos era que los hombres una vez muertos, vale decir sus almas, se transformaban en montes y árboles. Para creerlo, basta oír el viento que se lamenta en esas selvas y ver cómo se retuercen de desesperación los árboles y sentir cómo las olas golpean con sus puños los cascos de las embarcaciones.

Fragmento de “América destemplada”, Editorial Andina, Buenos Aires, 1967. Págs. 53 a 55.

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Miércoles, 21 de Julio de 2004 17:19 ;?> Hay 1 comentario.

09/06/2004


LA DESAPARICIÓN DE LOS ISÓMEROS

Tehuelche02.jpgPor Enrique Zorrilla Concha (*)

(*) Enrique Zorrilla Concha representa -en el contexto del Centro de Estudios Chilenos (CEDECH)- la vertiente del nacionalismo católico de raíz aristocrática. Se inicia al finalizar los 30 en el Movimiento Nacional Socialista. Interviene en la insurrección juvenil del 5 de septiembre de 1938. Huye del país por la Patagonia y se refugia en Argentina. Allí comparte con el caudillo Carlos Ibáñez que también se asila tras la Cordillera y en Buenos Aires. La amnistía de Pedro Aguirre Cerda lo beneficia. Regresa y se gradúa en la Facultad de Derecho. Disuelto el MNS se adscribe a la Vanguardia Popular Socialista donde el APRA logra mayor influjo. Posteriormente, es electo diputado en la lista de la triunfante DC de Eduardo Frei Montalva. Finalizado su período parlamentario es designado embajador en la RFA. Ha escrito "Gestación de Latinoamérica", "La América Destemplada", "Masacre". Al mismo tiempo de 1982 a la fecha brega en el Centro de Estudios Chilenos por asociar el mensaje bolivariano con la justicia social. Apoya a Argentina en Malvinas, a Bolivia en lo atinente a poner fin a su encierro y propone buscar fórmulas de armonía con Perú. Su nacionalismo de Patria Grande lo inclinan a cultivar amistad con el FIP y con Jorge Abelardo Ramos. Es uno de quienes suscribe el Acta chileno-boliviana de Córdoba. Hoy, ya ingresado a la 9a. Década, conserva un insospechado vigor militante (Prof. Pedro Godoy).

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Nosotros los crucificamos. Nosotros somos los verdaderos responsables de las epidemias, las matanzas, las reclusiones. Todos: Loberos, penados, buscadores de oro, ganaderos, laicos y religiosos, católicos y protestantes, chilenos, argentinos y demás aventureros extranjeros. Todos. Y por largo tiempo deberemos pagar con justicia el descuido y la ignorancia de las generaciones pasadas. Íbamos tras el oro, las pieles, la propiedad, las almas. Tras los eternos señuelos humanos, habíamos despojado a los indios de sus mujeres y de su tierra, les habíamos contagiado nuestras repugnantes enfermedades, les habíamos pervertido con el alcohol, con nuestras costumbres y nuestra debilidad. Les habíamos engañado, robado y también masacrado. Con la delicadeza de las grandes máquinas aplanadoras, habíamos pasado por encima de ellos, sin ni siquiera sentirlos.
Sobre las playas, nos precipitábamos a apuñalear y balear por centenares y miles a los muy inocentes pingüinos para llenar nuestros tachos de aceite. De amanecida, a la luz mortecina, sorprendíamos a las focas indolentes para matarlas a golpe de garrote y no estropearles la piel en una loca carrera que debía terminar antes que se lanzaran al mar. Tras el sillaje sangriento de las ballenas arponeadas y de su aceite nauseabundo, tras el oro, las pieles, la tierra, el ganado y las almas, habíamos tropezado con los indios. Habíamos quemado los bosques, erosionado la tierra, despoblado los mares, exterminado a los indios. ¿Por qué? En esas orgías exterminadoras, la humanidad, desgraciadamente, realiza sus grandes pasos históricos. El hombre desatado y libre, a merced de sus impulsos irrefrenables, ha descubierto y conquistado el mundo, la gloria, la fama; ha levantado imperios, ha hecho revoluciones, ha inventado armas para autodestruirse y a la vez liberarse. Y el precio ha sido siempre la violencia en las cosas y en las personas. ¿Por qué?
Las enfermedades habían surgido de los primeros contactos. La benigna influenza, por obra del clima y por la falta de defensas, se transformó en neumonía infecciosa y luego en tuberculosis, cuando ya los indios no podían desprenderse de sus mugrientos ropajes y no disponían del escudo de su desnudez. El indio aprendió a gustar de las bebidas quemantes y embriagadoras, las hembras consintieron placenteras a completar el intercambio, dóciles a las terribles caricias de los crápulas barbudos civilizados. Las enfermedades sexuales intervinieron. Razas degeneradas, sí. Pero degeneradas por nosotros.
Todo confabuló contra los indios. La alimentación nueva, las habitaciones herméticas y nauseabundas, transformadas en chiqueros contagiosos, el contacto con los blancos. En Tierra del Fuego, los buscadores de oro se enfrentaron con los indios, contestando con balas a las flechas. La aparición de la propiedad en esas vastísimas regiones, fue la tragedia de los onas, quienes se vieron impedidos para proseguir su vida nómade secular tras la caza del guanaco y del zorro. Los estancieros se encargaron de extinguir a los guanacos que talaban los pastizales destinados a las ovejas, y luego corres a los indios de las cercas. En los perímetros recortados por las alambradas de las grandes estancias patagónicas, vio el indio surgir un animal desconocido. La blanca y tierna oveja se le presentó para satisfacer su apetito cavernario. Pero el hecho de confundir la oveja con el guanaco blanco lo llevó a la perdición.
La ley no la hacían los hombres nómades, dueños inmemoriales de las estepas, de los bosques y de su fauna, sino los nuevos propietarios ovinos. Los grandes estancieros no podían aceptar la matanza salvaje de sus rebaños domesticados. Como los indios no hacían juicio y seguían en sus cacerías endemoniadas, matando cientos y miles de ovejas, perdieron ellos la paciencia, y tal como se había perseguido a los guanacos y a los zorros, se empezó a cazar al indio. Habíamos regresado a la edad de piedra. Ningún gobierno, naturalmente, se atrevió a defender a los saboteadores de las riquezas nacionales. Se llegó a pagar una prima por las orejas y testículos de los indios. Aunque estos crímenes fueron aislados, existieron. Propietarios más bondadosos prefirieron deshacerse de los indios indeseables llevándolos en largas caravanas hacia las reducciones religiosas.
En un experimentos estrictamente laico, se hizo desfilar en Punta Arenas a los “rebeldes”, ante la burla y los escupitajos de la barbarie civilizada. En ese intento forzoso de civilización los hombres fueron separados de sus mujeres. Felizmente, ninguno sobrevivió al experimento. (Un grupo de onas llevado a Buenos Aires, acampó en Palermo y allí sus perros contrajeron la rabia que diseminaron posteriormente una vez que regresaron a sus tierras).
Y cuando todos, onas, yaganes, alacalufes, hubieron muerto y se pensó que por fin la paz había llegado a la región, se encontró que los fieles perros indígenas, privados de sus amos, seguían por su riesgo y cuenta la resistencia, dando de baja a las ovejas. Y tratándose de enemigos tanto más peligrosos, hubo que traer pastores alemanes para combatirlos y así borrar los vestigios de la indiada.

Tomado de “La América Destemplada”, Editorial Andina, Buenos Aires, 1967. Páginas 74-75-76.
Miércoles, 09 de Junio de 2004 16:29 ;?> No hay comentarios. Comentar.


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