
Por Laura Ciancaglini
Argentina residente en Barcelona
De frente al atraco de centurias en el continente saqueado por los fuertes, la novedad emerge en un grito. Ojos infectados por la desmesura de lo injusto piden auxilio para dar saltos inútiles en la tiniebla del corral, y andar lo libre.
El subsahariano nos pide que sepamos algo de los actos despiadados; nos araña la razón; nos desmaya el empeño consumista en una instantaneidad de lo imposible de no ver y desoír. Mirar, luego, su rostro encadenado envilece sin pausa nuestro desayuno.
Los periódicos del mundo publican el trasiego de autobuses que lo llevan esposado con otros inmigrantes, camino al desierto de la muerte. Parten raudos como transporte de ganado enfermo, para ser sacrificado lejos de la vista de los hombres gentiles que se enteran, indignados, de estas cosas. Describen en sus crónicas los pormenores de una travesía, construida a buen resguardo de alguna tibia interpretación comprometida del suceso.
Lo flagrante en lo visual de nuestra foto, reduce el terrorismo estatal marroquí (y su colaboración española), a la información minuciosa de un mero hecho de lo dado.
Pero nuestro hombre sigue gritando con las fiereza de un animal acorralado en la trampera. Tendrá algún tiempo en su viaje de recordar a su madre muerta de SIDA hace tres años, o a sus amigos de la infancia en Senegal, o a su padre asesinado en alguna emboscada hace ya tiempo. Los ojos del dolor ancestral de sus mayores nos miran, enrojecidos, desde esa foto que en una semana o menos, ya nadie tendrá en su campo lábil de memoria.