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21/07/2005


JOAQUÍN EDWARDS BELLO (1887-1968)

edwards[1].gifAutor de numerosas novelas, cuentos y crónicas, Joaquín Edwards Bello nació en el puerto de Valparaíso en 1887. Estudió en el colegio Mac Kay y luego en el Liceo Eduardo de la Barra.

Crítico incansable de las costumbres aristocráticas, grupo al que él mismo pertenecía, desde muy joven Edwards Bello se sintió atraído por las letras. A los 14 años fundó la revista La Juventud y luego El Pololo. Desde 1919 trabajó como periodista en el diario La Nación y colaboró en otras revistas y publicaciones.

A los 23 años publicó su primer libro titulado “El Inútil”. Tal fue el escándalo causado, que el escritor debió escapar del país y viajó a Brasil. Con el tiempo fueron apareciendo nuevos título como “Tres Meses en Río de Janeiro”, “El Roto”, “El Chileno en Madrid” y “La Chica del Crillón”.

En 1932 recibió el Premio Atenea de la Universidad de Concepción, en 1934 el Premio Marcial Martínez y el año 1943 recibió el Premio Nacional de Literatura. Pero Joaquín Edwards Bello no se quedó ahí. En 1958 fue nominado Hijo Ilustre de Valparaíso y un año después recibió el Premio Nacional de Periodismo.

Sin embargo el final de este escritor estuvo marcado por la tragedia. Víctima de una hemiplejia, debió pasar los últimos ocho años de su vida postrado en cama, hasta que el 19 de febrero de 1968 se quita la vida con un disparo.

Otras importantes obras de Edwards Bello son “La Tragedia del Titanic”, “Metamorfosis”, “Valparaíso, la Ciudad del Viento” y “Criollos en París”.
Jueves, 21 de Julio de 2005 21:12 ;?> No hay comentarios. Comentar.

06/04/2005


CRÓNICAS DE JOAQUÍN EDWARDS BELLO

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El maestro de Bolívar



Marzo, 1954 (*)

Algunos historiadores creen todavía que don Simón Rodríguez regresó a Caracas después de sus viajes; que lo pasó muy bien en Chile y que murió en Huaymas, o en Huaylas, en marzo de 1854. Nada de esto es verdad. Después de sus viajes, Rodríguez vino a América y le pesó. No quiso ver su ciudad natal. Le era antipática. La tierra nativa no tenía para él atractivos, ni su gente, que le recordaba sus primeros choques. "Los hombres y las cosas de su tierra le eran indiferentes", dice Cova, uno de sus biógrafos.

Rodríguez no murió en Huaymas, ni en marzo, sino en San Nicolás de Amotape el 28 de febrero de 1854. Este villorrio está situado en la provincia de Paita, departamento de Piura en Perú. He escrito esto y no me han leído, quizás porque escribo largo. Me informé en Lozano, en Picón Febres, en Ramón Aspurua y en Eloy González, aparte de diarios y de otros libros referentes al Libertador. En el libro de J. A. Cova, de la Academia de Historia de Venezuela y Ecuador, encontré el dato del lugar de la muerte de don Simón Rodríguez, en la página 181. Dice así: "En el registro de defunciones del Archivo de Amotape se encontró la partida de don Simón, que dice textualmente: Año del Señor de mil ochocientos cincuenta y cuatro, a primero de marzo, yo, don Santiago Sánchez, presbítero, cura propio de la parroquia de San Nicolás de Amotape, en su santa iglesia dí sepultura aclesiástica al cuerpo difunto de don Simón Rodríguez, casta de español, como de edad de noventa años, al parecer, el que se confesó en su entero conocimiento y dijo que fue casado dos veces y que era hijo de Caracas, y la última mujer finada se llamó Manuela Gómez, hija de Bolivia, y sólo dejaba un hijo que se llama José Rodríguez. Recibió todos los sacramentos y se enterró de mayor, para que conste firmo - Santiago Sánchez - Hay una rúbrica".

El 28 de noviembre de 1854, a las diez de la mañana, fueron descubiertos los restos mortales de don Simón Rodríguez dentro de una caja cerrada, en una bóveda de la iglesia de Amotape.

El presidente Leguía, de Perú, en el Centenario de Ayacucho, diciembre de 1924, ordenó que los restos de don Simón fueran trasladados al Panteón de los Héroes, de Lima. En la ceremonia del traslado estuvo presente el embajador de Venezuela en Lima, don Fabio Lozano y Lozano, biógrafo de don Simón y uno de los investigadores que contribuyeron al hallazgo de los restos en Amotape. Del Panteón de los Héroes de Lima fueron trasladados a Caracas. Alrededor de sesenta mil personas asistieron al acto de colocación de los restos en el Panteón de los Próceres, en Caracas, el 28 de febrero de este año, centenario de su muerte.

Respecto de los trabajos de don Simón en Chile, puedo declarar que fracasaron por completo. La Escuela de Valparaíso cerró por falta de alumnos. La de Concepción, a causa del terremoto, que solamente anticipó la clausura. Don Simón decía: "En Chile prediqué en el desierto". No conservó buenos recuerdos de nuestro país, ni de los ministros de nuestro gobierno. (El Maestro del Libertador, por Fabio Lozano y Lozano).

(*) Mitópolis, páginas 159-160.

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Miércoles, 06 de Abril de 2005 19:20 ;?> No hay comentarios. Comentar.

04/04/2005


CRÓNICAS DE JOAQUÍN EDWARDS BELLO (*)

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El mito de Manuel Rodríguez y la
Batalla de Maipo



Abril, 1955

La historia ha de atreverse a decirlo todo, según Tácito. Maurois recomendó prescindir de simpatías y antipatías personales. Sé poco más o menos lo que dirán en este aniversario del día cinco de abril glorioso y a la vez plagado de obscuridades. Sé de memoria lo que dijo San Martín cuando comenzaba la batalla: "El sol por testigo y la tontería de Osorio". Sé lo que dijo al final, ante los cadáveres de sus pobres negros y de sus simpáticos rotos. La batalla nos ofusca. Pensamos en penachos, en alegorías, en enormes pinturas murales para escolares y versos marciales. Los estrategas hicieron especulaciones guerreras a posteriori. Notaron los errores de San Martín, de Primo de Rivera y de Ordóñez. Descubrieron que San Martín no debió ir por ahí, sino por acá. Me parece que ya es tiempo de ir descubriendo algo de lo que ocurrió antes, pero un mundo antes de la definición sangrienta en el campo de batalla, que según unos se llama Maipo y según otros Maipú. A ver, una pregunta: ¿Por qué razones llegaron jefes argentinos a darnos la libertad y no fuimos nosotros a dársela a ellos? No serían tan lerdos San Martín, ni Las Heras, ni sus granaderos, ni sus negros mendocinos, cuando ayudaron a nuestros bravos rotitos, a O'Higgins, a Freire y a Bueras, para salvar a nuestra patria. ¿Qué había ocurrido en Chile en 1818? ¿Cómo se comportaban los hombres chilenos de los primeros rangos durante los años anteriores a dicha batalla? La respuesta en síntesis se resume: intriga.

Esto es, impedimento sistemático por parte de vanidosos que condensaban su vitalidad en el aforismo: "¡Quítate tú para ponerme yo!" En el magistral estudio sobre O'Higgins, de Encina, tomo séptimo, encontré esta pepa de oro, página 299: "Si don José Miguel Carrera hubiera tenido algunas aptitudes de gobernante, de organizador y general, O'Higgins, ahogando sus antipatías de temperamento y su repugnancia moral, se habría convertido espontáneamente en instrumento suyo, como lo hizo con San Martín y con el mismo Carrera cuando participó de la creencia en su imaginario genio militar".

He leído todo lo que alcanzaron mis ojos respecto de Cancha Rayada y de Maipo. Barros Arana, Zapiola, Vicente Pérez Rosales, Abel Rosales, Mitre, y entre los más modernos Encina, Blanchard Chessi, Díaz Meza y abundante crónica con la última de Manuel Gandarillas, ilustrada y con citas de Antonio Bizama Cuevas. El gran poeta y colega Gandarillas ha recordado el uso del aguardiente en la batalla de Maipo. El documento del aguardiante apareció antes en un Zig-Zag de 1906 ó 1907. El uso del alcohol u otros excitantes en las batallas ha sido universal. En Venezuela, el guarapo ayudó a la independencia. En Waterloo, al final, Blucher hedía como un odre de alcohol. El general francés Marchand, héroe de Fachoda, al escultor que le hacía el busto, dijo: "A quien debieran levantar un monumento es al general Pinard". En argot, pinard es vino.

El ataque nocturno de Cancha Rayada, que dispersó las tropas de San Martín y dejó herido a O'Higgins, se debió en parte a la fiesta que celebraban, o santo de San Martín. El San José estuvo a punto de terminar con el ejército patriota si no hubiera sido por el general Las Heras. El argentino prefiere el mate al aguardiente. El militar Cruz se asombró al ver dispersos y derrotados esa noche a los mismos soldados vencedores en Chacabuco y denodados asaltantes en Talcahuano. ¿Hay un misterio de psicología en el asunto? Según Mitre, los negros de Cuyo fueron los mejores soldados en Cancha Rayada.

Después del desastre nocturno, la situación en Santiago era aterradora. Creyeron que se repetiría el caso de Rancagua. Las Heras salvó la situación. Dejemos de lado lo simbólico y monumental para imaginar cómo llegaría a Santiago en general Las Heras, bragado y de mirada terrible. Chamuscado y patilludo, insomne, casi en cueros. Sable en mano daba órdenes como truenos y amenazaba de muerte a los desertores. La deserción era otro enemigo terrible como los Burgos y Talaveras. Las Heras estaba cocinándose un charqui frito, cerca del mate, en el momento de la sorpresa. ¡Ahijuna! Con feroz energía, el hombre de las cejas como cerdas montó y se hizo obedecer en las sombras de la noche triste chilena. No aflojó. Libró a tres mil quinientos hombres, base de la libertad. De un galope llegó a Santiago y acampó en La Pampa, lo que ahora es el Matadero. En llegando quedó esperando órdenes. Llegó San Martín y le dio diez pesos para que comprara un uniforme. La ciudad de Santiago había pasado una noche de pesadilla. Saqueos, tiros perdidos, gritos de auxilio, estertores de agonizantes. ¡Misericordia! ¡Misericordia! Zapiola contó que los batallones de milicianos, formados de prisa, no sirvieron. Unos huían de noche a remoler. Otros huían a engrosar el ejército ... de Osorio. La población, en un noventa por ciento, no sentía la guerra. El pánico de Santiago ha quedado descrito por testigos como Pérez Rosales y Zapiola. No hubo mulas ni caballos suficientes para los que huían a Mendoza. Los partidarios del rey se quitaron las caretas y los ladrones se dedicaban de preferencia a asaltar las casas de los patriotas. Los monarquistas esperaban los resultados como en la copla de La Mascotta: "En las batallas estar detrás mientras peleen los demás, y en la victoria estar al frente ... ¡Es conveniente!" Hubo indiferentes de gran calidad, como don Diego Portales. Zapiola lo llamó "Machiavello de chingana". El libro de Zapiola "Recuerdos de treinta años" es el documento más franco y libre de su tiempo.

Pérez Rosales dice: "Espantaba ver al gentío, de a pie y a caballo, que se lo llevaba todo por delante, en el camino de los Andes". La familia de Pérez Rosales pagó catorce mil pesos por unas mulas. Su madre estuvo a punto de morir despedazada en la cordillera.

Manuel Rodríguez, un mito nacional, según Encina y según toda persona franca que conozca la historia, deseaba la derrota del ejército de San Martín y de O'Higgins para quedar, con Carrera, dueño de una pequeña tropa, sin valor militar, pero que se imponía a la primitiva imaginación popular. Los soldados de Rodríguez usaron una divisa espantable, compuesta de una calavera de trapo blanco en fondo negro, como la que usan nuestros niños piratas de primavera. Eran como un coro de zarzuela con uniformes de Húsares de la Muerte. Un cuco. En todo, quinientos de caballería. Estos salvadores de la patria tenían más ganas de molestar a O'Higgins que de combatir a los españoles. Los oficiales eran en su totalidad carrerinos.

Conozcámonos. En estas condiciones, con O'Higgins herido gravemente y Rodríguez en sus espaldas, preparaba San Martín la batalla decisiva. La noche anterior, dice Encina, "llegaba hasta los escasos transeúntes el murmullo de las plegarias que desde los hogares subían al cielo, rogando por el marido, el hermano, el padre o el novio que estaban en el campo de batalla".

Amaneció el día milagroso: 5 de abril de 1818. Copia feliz del Edén. Cielo limpio, cantos de diucas, olor a frutas y flores.

San Martín tenía dos amigos seguros en Chile, a los que nunca olvidó: el huaso Estay y O'Higgins. Era O'Higgins el más capaz de reconocer jerarquías, de obedecer y de organizar, virtudes que a veces parecen ser ajenas a nuestra raza. Esta capacidad de obediencia y de organización fue obstaculizada por personas que tuvieron un concepto silvestre personal del patriotismo: los carrerinos. Manuel Rodríguez era el cónsul general o representante del carrerismo en Chile, el año 1818, en ausencia de los ídolos. San Martín era para los carrerinos un patán cuyano y O'Higgins un guacho bruto.

Veamos la conducta de Rodríguez. Dice Zapiola: "El regimiento de Rodríguez no concurrió a la batalla. Esperaba la llegada de Juan José y Luis Carrera, cuya libertad creía inminente. En todo caso, contaba con don José Miguel. El regimiento de húsares sería la base de una revolución contra aquel orden de cosas".

Dice Encina: "A Manuel Rodríguez lo único que le interesaba era que el nuevo desastre de San Martín, que creía indudable, lo encontrara en el poder". "Era incapaz de organizar nada. Armó al pueblo para dejar vacíos los almacenes, de manera que San Martín no pudiera rearmar a sus soldados". "Después de eliminar a San Martín y O'Higgins, barrerían de Chile a los españoles, si antes no huían aterrados con las proclamas que don José Miguel sabía lanzar". "La intensidad del odio anulaba todo ideal". "Ellos se retirarían a Coquimbo con caudales y con todo lo que pudieran acarrear". "El Ministro del Interior Miguel Zañartu comprendió, después de Cancha Rayada, que el peligro no estaba en el desastre mismo, sino en Manuel Rodríguez". "Los realistas y los carrerinos contaban con la derrota de San Martín".

La victoria llegó, gracias a San Martín, a Las Heras y a O'Higgins, en gran parte. O'Higgins levantó a un muerto. El resto lo hicieron el roto chileno y los argentinos. Al finalizar el año 1817, el ejército constaba de dos mil setecientos argentinos y seis mil quinientos catorce chilenos. La formación de este ejército, dice Encina, da a San Martín títulos para ser considerado el primer general y el máximo libertador de América. Sin sombra para Bolívar, el genio.

Datos son éstos más útiles, en 5 de abril, que los discursos, los cañonazos y las charangas. Es una manera de espejo de ayer para mirarnos la cara de hoy. Si ha crecido Manuel Rodríguez en el corazón popular es a causa de un apego entrañable a la oposición y a lo que llamamos bochinche. Ya dijo Miranda: Bochinche, bochinche, no saben más que bochinche. Últimas palabras antes de la prisión. Bochinchero típico, enemigo del orden jerárquico, fue Urriola, y hay calle Urriola en todo pueblo chileno. Mi padre decía que entre la maldad y la virtud no hay términos medios. "Son como el permanganato y el chocolate".

Las mentiras, o mitos, traen familia y aumentan sin cesar. Nuestro buen pueblo ha engordado la gloria de Manuel Rodríguez. En ello influye la emotividad de la muerte. Muerte violenta. Asesinato y animita. El eterno revolucionario es endiosado. Se dijo que San Martín había huido a Buenos Aires, que O'Higgins estaba en cama y que Rodríguez a la cabeza del pueblo, había derrotado a Osorio en Maipo. Lo creyeron así durante algunos años. "Corrió en textos de enseñanza".

De mi parte digo: soy apolítico. Nunca voté desde 1920. No odio bastante a una persona para desearle que vaya a La Moneda a servir de pararrayos de pasiones como la vanidad, la envidia y la codicia. Es imposible contentar a mi tierra desde el Poder.

San Martín escribió a un amigo de Buenos Aires lo siguiente, desde Santiago: "Me hago violencia en habitar este país: en medio de su belleza, todo me repugna en él; los hombres, en especial, son de un carácter que no confronta con mis principios, y me producen un disgusto continuado que corroe mi triste existencia". "Dos meses de tranquilidad en el virtuoso pueblo de Mendoza me volverían la vida".

San Martín quiso ser amigo de Manuel Rodríguez. Este lo sabía y recurría a él en los momentos difíciles. Los enemigos de San Martín inventaron la fábula de su intervención en el asesinato de Til-Til. Navarro, el matador, urgido para que declarara contra O'Higgins, confesó que había recibido la orden del coronel Alvarado y de Monteagudo. San Martín se esforzó sin cesar para atraer a Manuel Rodríguez. Tenía simpatías por el eterno guerrillero.

(*) Chileno. Premio Nacional de Literatura y de Periodismo. La siguiente crónica ha sido tomada de: Mitópolis, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1973. Páginas 81 a 87
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Lunes, 04 de Abril de 2005 19:48 ;?> No hay comentarios. Comentar.

21/04/2004


MÉXICO EN CHILE

PANCHO.jpgJoaquín Edwards Bello
Enero 1960

Curioso homenaje al Presidente de México, en Chile, consistiría en llevarle una tarde de día festivo a observar en la entrada de algún cine de barrio. Aquí, como en Valparaíso y otras regiones, el cine de barrio es ochenta por ciento mexicano.
Superficialmente el asunto es banal. En el fondo es un drama.
Es el drama de un pueblo que no supo o no pudo cantarse a sí mismo. No nos engañemos. Engañarnos es pecado grave. Chile es un país hospitalario, cosmopolita, con costumbres y arte cosmopolitas. La parte popular de Chile, “los de abajo”, diría Azuela, ha sido estrangulada por las migraciones sanas y progresistas de vascos, de alemanes, de ingleses, de italianos y de toda suerte de razas más preparadas para desplazar a la gente antigua. En México el pueblo presume de tener sangre india. A los rubios les llaman despectivamente “hueros”. Aquí ocurre lo contrario. He visto individuos morenos, con cabelleras negras, tiesas como alambres, enderezados con petulancia para proclamar: “Nosotros los vascos”. La casta social que nuestro Encina llamó “aristocracia castellano-vasca” se separó de la más antigua casta con sangre india, extremeña y andaluza, en verdad más aristocrática que la nueva. Con un desprecio amable, muy hipócrita, se separó de dicha clase, burlándose de ella mediante apodos y expresiones despreciativas. En mi niñez la clase alta se decía la “gente decente”. Esta clase rica, con sangre vasca, algo mezclada con africana y andaluza, se destacó de la clase pobre de manera comparativa. La antipalabra para decente es indecente. La aristocracia, más bonachona e infantil que sádica, se irguió feliz en su superioridad vistosa, más alta, más blanca y elegante. La mujer vasca es la más esbelta y elegante de España. Las expresiones patricias despectivas referentes al tipo y costumbres de la masa pobre profundizaron el barranco separador hasta ridículos e increíbles extremos, como las plazas públicas de aquellos pueblos con tres secciones limitadas, para la aristocracia, la clase media y para el roto. El “Día del Roto Chileno” es un portento de hipocresía saludable.
El tipo de la gente popular y sus manifestaciones más expresivas han sufrido de burlas y de desprecios. Estas burlas serían criminales y odiosas si la parte de la aristocracia culpable de ellas hubiera tenido responsabilidad. La verdad es que aquella clase carecía de talento y de maldad. Las expresiones denigrantes para la masa popular provenían de un sector femenino frívolo e indiferente.
Típicas expresiones para opacar al pueblo hispano indio son la de “tapamugre”, para el manto femenino; la de “chinas”, para las sirvientas, y la de “olor a patriotismo”, para el aliento condensado de las masas populares en las fiestas patrióticas.
Las costumbres, las cosas, se parecen, con nombres diferentes. Las ojotas, en México, son guaraches; los porotos son frijoles; el poncho es sarape.
En mucho parecidos, menos en la tradición artística. Tal vez haya en México Estados con gente parecida a los chilenos en todo. No lo dudo, México es un continente. De todas maneras, con matices de una u otra clase, nos entendemos y nos apreciamos.
El cariño de Chile a México es comprensión. Se trata de un mensaje moreno, y se escuchaba ya en el siglo pasado. Yo lo escuché.
Nuestro pueblo se vio interpretado y engrandecido en el arte mexicano, no solamente en la edad del cine. Tendría yo once años cuando oí a mi madre interpretar, en el piano, entre “Carmen” y “Gioconda”, el vals “Sobre las olas”, de Juventino Rosas, un músico de Guanajuato. ¡Cuánta dulzura! “… Olas que al llegar plañideras muriendo a mis pies…”.
En la misma época habíamos descubierto, en el Liceo, a los poetas Juan de Dios Peza y Manuel Acuña. Soy viejo y podría recitar de memoria el “Reír llorando”, “Frente a Toledo”, de Peza, y el “Nocturno”, de Acuña. Más tarde leí a no pocos escritores mexicanos, sin prejuicios de lector snob. Tanto me interesa Alfonso Reyes como Manuel Payno. Casi más este último en “El fistol del diablo”. Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón son fascinantes. Inclán es sobremanera excitante. Llené de anotaciones los libros de Vega Arizpe y de Icaza. Maples y Arce, Azuela y Martín Luis Guzmán me son familiares, como Nervo, Del Castillo, Nuñez y Domínguez, Trejo y cuanto sea mexicano. Los chilenos encontramos en ello algo que nos habían quitado. Los payadores, el romanticismo, la virilidad de los instrumentos musicales. En ese Chile de mi niñez, pobrísimo en arte, nos aseguraban que el cante con guitarras o piano era cosa de mujeres. Absurdo concepto de la virilidad. He oído a un matón de cabaret lo siguiente: “En Argentina cantan los hombres. En Chile cantan las mujeres”. Estupidez divulgada con jactancia. La costumbre, en Chile, del cante en grupos masculinos es nueva. No tiene más de veinte años. Es imitación de mariachis y de tanguistas.
Algo le faltaba al pueblo. Algo necesitaba. Después de Pancho Villa, la música y el cine mexicanos dieron a nuestra masa popular un tónico de confianza y de seguridad personal. En 1920 la revolución social chilena cantó su triunfo en trinos mexicanos, el “Cielito lindo” y “La cucaracha”. Un plato popular se llama Pancho Villa. Manjar picante para hombrecitos. Mexicanos y chilenos somos vecinos y parientes con espinazo de volcanes. Los cuchillos mexicanos y chilenos en la California de la avalancha del oro se juntaron en la leyenda de Joaquín Murieta.
Guatimozín y Caupolicán son hermanos.
Nuestro Vicente Pérez Rosales, personaje novelesco, aventurero y hombre de Estado, tras de peripecias de Jack London en California, llegó a la casa de cierto mexicano rico, de nombre Alvarado. Las damas de la casa de Alvarado huyeron con terror. Sería un bandido. Cuando conocieron la calidad del visitante lo colmaron con atenciones. Antes de partir, el señor Alvarado regaló al señor Pérez Rosales la más rica silla de montar mexicana con adornos de oro y plata.
Un verano, en la parte más pintoresca de Valparaíso, donde está la admirable feria de la Avenida Argentina, se desarrolló un cuadro inolvidable ante mis ojos. Montada en un burrito, la más linda chiquilla descalza del cerro próximo se acomodó la blusa en sus pequeños senos puntiagudos, animó al burrito y elevó la voz aguda, enfilando a la Calaguala:
- “Allá en el rancho grande…”.
Miércoles, 21 de Abril de 2004 19:46 ;?> No hay comentarios. Comentar.


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