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02/08/2005


MARINO MUÑOZ LAGOS

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Palabras del escritor magallánico Ramón Díaz Eterovic con motivo del homenaje al poeta Marino Muñoz Lagos al cumplir sus ochenta años. Teatro Municipal de Punta Arenas. Martes 19 de julio de 2005

.

Quiero agradecer la oportunidad de regresar a Punta Arenas y participar en este homenaje que siento como un genuino acto de justicia hacia un poeta que llega a sus ochenta años con la frente en alto, orgulloso de su fidelidad al oficio poético aprendido en su tierra natal de Mulchén y en la Escuela Normal de Victoria.

Los mejores homenajes son aquellos que se brindan en forma oportuna y contribuyen a dignificar la obra del escritor. Obra que habitualmente recorre caminos marginales en nuestro país, que se dice tierra de poetas, pero en verdad carece de lectores que la asuman como un ejercicio cotidiano de comunidad y diálogo. El medio literario nacional abunda en ejemplos de creadores que han sido olvidados, y sin ir más lejos, el poeta magallánico Rolando Cárdenas aún espera en Santiago un gesto de sus coterráneos para regresar a su tierra, al paisaje austral que con tanto acierto y belleza cantó.

Los poetas -y nuestro homenajeado es un ejemplo de ello- contribuyen a fijar la memoria emotiva de un pueblo, a templar su lenguaje y a nombrar las cosas y los personajes que le dan identidad. Por eso, siento que el homenaje de hoy es oportuno y necesario, porque, parafraseando lo que escribiera Nicomedes Guzmán en un prólogo que ya carga algunos años desde su publicación, la sensibilidad de Marino Muñoz Lagos ha estado y está al servicio de Chile, y en particular, me permito añadir, de Magallanes.

Muñoz Lagos está sólidamente arraigado a la más rica tradición de la poesía magallánica y del sur de Chile, a la que ha entregado su vida de poeta y también de infatigable difusor del trabajo de otros escritores, a través de sus crónicas en "La Prensa Austral", con una generosidad y continuidad poco frecuente en el panorama de las letras chilenas. Dudo que exista en Magallanes un autor que no le adeude algunas líneas de estímulo, un consejo y por qué no, algún juicio crítico siempre útil en ese aprendizaje permanente que es la escritura. También puedo dar fe del aprecio que generan sus columnas en escritores de otros rumbos y como al dibujarse el mapa de la geografía poética nacional, su nombre brota de inmediato, incuestionable.

Y como no recordar, su fructífera labor a la cabeza de la Sociedad de Escritores de Magallanes, materializada en la edición por más de un año del suplemento literario de la misma sociedad, la creación de la editorial de autores regionales, y la publicación de una de las más completas antologías existente hasta hoy de cuentistas y poetas de la zona. Los escritores valen por la calidad de sus obras, y también por los esfuerzos que despliegan para unir a sus pares y proyectar sus creaciones. Y en estos dos sentidos, sin duda alguna Marino Muñoz Lagos ha dado más de una enseñanza, sobre todo en estos tiempos de individualismos y de muchas tareas pendientes para reactivar el amor por los libros, por la palabra escrita tantas veces condenada a perecer y sin embargo, tantas veces victoriosa, unida al origen del hombre, a su historia y a sus valores más preciados.

Poeta de nacimiento y profesor por vocación, Muñoz Lagos se afincó el año 1948 en la ciudad de Punta Arenas, y nunca más se ha alejó de ella, sentando fuertes raíces familiares y poéticas a orillas del Estrecho de Magallanes. Como no entonces, compartir este homenaje con su esposa, doña Lala y su hijo Marino Andrés, que son el núcleo esencial de los afectos que han acompañado al poeta. Desde entonces, junto a su derrotero de maestro de varias generaciones de puntarenenses, Marino Muñoz, no está de más recordarlo en esta ocasión, ha construido una voz lírica respetada por sus pares y recogida en numerosas antologías y revistas publicadas en Chile y el extranjero. Su obra como sabemos se inició en 1949 con el libro "Un hombre asoma por el rocío", y ha proseguido, entre otros, con los títulos: "El solar inefable", "Dos cantos", "Chile a través de sus poetas", "Los rostros de la lluvia", "Entre adioses y nostalgias", "De distancias y soledades"; y "La muerte sobre el trébol" libro editado el presente año y que reúne algunos de sus más apreciados poemas.

A estos títulos, y sin pretender ser exhaustivo en el recuento, se unen otros libros, como "Crónicas del diario soñar" y "Crónicas de sur a norte" en los que Muñoz Lagos revive anécdotas de sus andanzas con escritores como Nicomedes Guzmán, Pablo De Rokha, Mario Ferrero y Pablo Neruda; fragmentos de la vida magallánica de antaño y apuntes sobre las obras de un vasto conjunto de escritores y poetas. Estas crónicas muestran otra faceta del trabajo de Muñoz Lagos, la del testigo y protagonista de la vida literaria y social de la región.

Muñoz Lagos ha dicho que su poesía es "inevitablemente humana, auténticamente provincial y emotivamente familiar". Un certero resumen para comprender las claves de su andadura poética en la que emergen, una y otra vez, distintos elementos del quehacer y de las vivencias cotidianas y terrestres del poeta. Los versos de Muñoz Lagos, lo he dicho en otras ocasiones, tienen al mismo tiempo la suavidad de la nieve y el ímpetu del viento que ha acompañado su existencia. Su poesía, en apariencia sencilla, tiene la vitalidad del poeta sensible que sabe captar la anónima biografía de sus semejantes y recrear en logradas metáforas el rigor o las bondades del entorno geográfico en que habita. Sus temas suelen ser familiares. El padre como eterno diálogo con la vida, la madre que arrulla los afectos, el vino fraterno, el paisaje, el amor, los recuerdos de la infancia, el lar de origen. Sus versos hablan de pescadores y artesanos, del pan familiar, de los bares donde brindan los amigos, de la lluvia que empapa las mantas de castilla, de viajeros solitarios que se juegan al naipe sus destinos y de los fantasmas azules de la nieve. Muñoz Lagos es el poeta de la nostalgia y del hombre enfrentado a sus tareas cotidianas. Sus textos dan cuenta de una artesanía laboriosa que decanta los versos hasta dotarlos de una pureza que refleja la fibra de un poeta con voz propia, segura, reconocible. En él, y para decirlo al correr de uno de sus versos: "La poesía enseña sus secretos (...) y hacen suyos la emoción y el entendimiento".
Martes, 02 de Agosto de 2005 21:25 ;?> No hay comentarios. Comentar.

11/01/2005


10 DE ENERO DE 1957 - MUERTE DE GABRIELA MISTRAL

gabriela.gifPor Marino Muñoz Lagos

La Prensa Austral
- 6 de enero de 2005

El 22 de marzo de 1960 fueron depositados en Montegrande los restos mortales de nuestra poetisa Gabriela Mistral. Se cumplían así sus deseos de reposar en las tierras familiares y silenciosas de su amado valle del Elqui, su río de la infancia. A nombre de la Sociedad de Escritores de Chile, el poeta Julio Barrenechea pronunció algunas palabras para despedir a la ilustre viajera en su última andadura: “La hemos traído al sitio que modeló su espíritu, que templó con esmero la primitiva cuerda de su gracia en germen. Aquí la hemos traído y aquí la sembramos, para que su árbol prospere eternamente, abriendo benéfica sombra sobre el mundo. Del Cementerio General de Santiago, camino a Montegrande, partió como el fondo de un río dormido, entre dos orillas de niños chilenos. Su paso dejó por las largas calles, una huella de flores. Fue como si hubiera pasado la primavera”.

Gabriela Mistral se llamó así desde 1914, cuando ganó en Santiago los juegos florales organizados por la Sociedad de Artistas y Escritores con sus “Sonetos de la Muerte”. Un jurado que formaron Manuel Magallanes Moure, Miguel Luis Rocuant y Armando Donoso escogieron su nombre entre los numerosos poetas que postularon al triunfo. El premio consistía en una flor natural, una medalla de oro y una corona de laureles.

En ese tiempo era profesora del Liceo de Niñas de Los Andes y en sus ratos de ocio se dedicaba a leer y escribir.

Profesionalmente se llamaba Lucila Godoy Alcayaga y había nacido en la pequeña ciudad de Vicuña el 7 de abril de 1889, en la calle Maipú 759, que ocupaban sus padres Jerónimo Godoy Villanueva y Petronila Alcayaga. Su padre era un hombre culto que enseñaba en escuelas provinciales. Era músico y poeta y le gustaban las fiestas y pasarlo bien. Abandonó el hogar y murió en 1915.

Entre 1918 y 1920, Gabriela Mistral fue directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas. Aquí hizo clases a las mujeres obreras y a los trabajadores rurales, escribió buena parte de los originales de “Desolación” y miró la nieve melancólica de esta tierra “que no tiene primavera”.

Nuestra Premio Nobel de Literatura falleció en el Hemsptead General hospital de Nueva York el 10 de enero de 1957, de un cáncer al páncreas.
Martes, 11 de Enero de 2005 03:19 ;?> No hay comentarios. Comentar.

31/07/2004


VIOLETA PARRA SIGUE VIVA

violeta3.jpgPor Marino Muñoz Lagos

Hacia la década del cincuenta comenzó Violeta Parra a desenvolverse en el ámbito que le daría los mayores triunfos en su larga y fervorosa carrera artística. Nos referimos al folclore, disciplina en cuyos lares hizo lo suyo, valorizando y estudiando el arte musical de su pueblo y encauzándolo en sus composiciones y trabajos. Por entonces se fue a los campos, bajó a las minas, se metió en la selva del sur e hizo migas con sus pescadores, arrieros y vagabundos. Y se fue enriqueciendo con sus tesoros, donde la palabra adquiere nuevas tonalidades para incorporarla a la cultura popular.
Así fue entrando en la esfera de la creación, familiarizándose con los eximios de las letras chilenas, quienes nunca le escatimaron sus elogios. Sin ir muy lejos, aquí tenemos los términos con que el gran poeta Pablo de Rokha enjuicia la obra cautivadora de Violeta Parra: ”Tiene su arte aquella virtud de salud, que es vital y mortal simultáneamente, de las honestas, recias, tremendas yerbas medicinales de Chile, que aroman las colinas o las montañas y las arañan con su olor a sudor del mundo, o de lo remoto antiquísimo, y son como látigos de miel dialéctica, con hierro, adentro, en rebelión contra el yugo”.
No es de extrañarse que Violeta Parra haya creado sus mejores piezas en los últimos años de su vida. Lo hizo, agotando todo lo visto, palpado, oído, andado y trajinado a lo largo de la patria que se alimenta de bellos parajes y se puebla con hombres y mujeres de sutil y recio maravillamiento interior. No es fácil la tarea, porque los territorios son muy distintos unos de otros y los hombres y mujeres unos solos y grandes a la vez. Ella fue limpiando y escogiendo, usó el cedazo de la ciencia y la paciencia hasta llegar a sus canciones que nos comunican la sabiduría y el quehacer populares.
En cualquier momento del día o de la noche la identificamos a través del canto, a través de su poesía familiar, que nos llega desde una ventana, una calle o un camino de la patria. Por todos sus rincones de ramifican sus “Parabienes al revés”, “¡Qué he sacado con quererte!”, “Por qué los pobres no tienen”, “Volver a los diecisiete”, “Gracias a la vida”, “Maldigo del alto cielo”, “Amigos tengo por cientos”, “La jardinera” o “Casamiento de Negros”. Y si observamos bien, más de alguien las va silbando a nuestro lado, tarareando sus versos o siguiendo con el cuerpo el ritmo popular, que es parte de nosotros mismos en esta tierra que cantó en sus tiempos la alegría de vivir plenamente.
El 5 de febrero de 1967, Violeta Parra apagó su propia vida, tal una lámpara que alumbra demasiado. Cuesta creer que de la noche a la mañana haya dejado sin luz sus partituras, sus arpilleras, sus trabajos en alambre, sus pinturas y sus sueños, donde el acento nativo echó sus raíces más sinceras y duraderas. A casi veinte años de su muerte su nombre se continúa pronunciando y sus obras se siguen conociendo, prueba de las robustas maderas de que estaba hecha y de la sólida nervadura de lo que alcanzó a crear, lo que nos hace pensar que permanece viva, como la misma flor que le dio su bautismo.

Tomado de ”Crónicas del diario soñar” - Punta Arenas, 1987.
Sábado, 31 de Julio de 2004 17:02 ;?> No hay comentarios. Comentar.

29/07/2004


LOS VIEJOS PREGONES

organillo.jpgPor Marino Muñoz Lagos

Habría que dar vuelta la cabeza y mirar por esas calles y caminos que nos fueron familiares en la infancia lejana. Y acompañarnos de todos esos diminutos menesteres que hicieron posible nuestro paso por labrantíos, aldeas, pueblos y ciudades donde los ojos le robaban algo de belleza al día o a la noche. Todo es igual después de tanto tiempo: quizás si no somos nosotros quienes vamos cambiando, quienes nos vamos despejando de esos disfraces alegres de ayer para trocarlos por la gravedad de ciertos años que llevamos encima.
Los despertadores de nuestra niñez fueron los pájaros de la gleba. A ellos les debemos nuestra puntualidad cotidiana. Jamás faltó un árbol cercano a la ventana de nuestro dormitorio que no dejara pasar por sus cristales el canto inefable de las pequeñas avecitas del campo vecino, rumoroso, quieto, dulcemente amable, querendonamente apacible. Por cuanto rayo de sol que llegaba a nuestra cabecera había un pájaro cantando, echando al aire fresco de la mañana el pregón de su buche melodioso.
Fueron los pregoneros iniciales.
Después vendrían los pasos diligentes de la madre entre la cocina y el comedor, para abrir la jornada con el desayuno. Son los tiernos instantes que se nos vienen como vaivén de ola cuando el recuerdo nos clava con sus uñas y nos hace sentirnos indefensos frente a tanta avalancha, que se nos imagina inapreciable. Luego, la voz del padre y los ruidos rutinarios que comienzan por abrir el día.
En nuestro tiempo, el paso del campo a la ciudad era abismante. No se compara al de hoy, porque los medios de comunicación y locomoción eran escasos, por no decir inexistentes. Y, de la noche a la mañana, cambiamos la suave confidencia de la égloga por el tránsito de hombres y vehículos en una ciudad cercana al mar, donde ocurrieron nuestros estudios elementales.
Aquí aprendimos ciertas cosas que la ingenuidad no traduce en su lenguaje simple. Y nos rodeamos de algunos personajes que más tarde se pegaron a la piel como un tatuaje demasiado vistoso: y por ello, inolvidables.
Nuestra larguísima y estrecha geografía está llena de pregones. Su onomatopeya nos arriba a los oídos como un tren mañanero con sus evocativas rúbricas de humo, sus vagones melancólicos y sus pasajeros visiblemente trasnochados.
El pregón de la mañana venía con el vendedor de diarios, el canillita o suplementero: era el hombre con la noticia exclusiva, cuando la radio no contaba con periodistas. El diario se abría como una puerta ante nuestros ojos, y por ahí entrábamos al mundo del ayer, entre telegramas, avisos comerciales y defunciones.
El pregón continuaba con el vendedor de pescado. Aquí andaba toda la fauna oceánica como la voz del yodo y de la sal, en labios del modesto mercader matutino: pescados y mariscos, oleajes y singladuras que silbaban como tormentas para que la dueña de casa aderezara sus almuerzos y colocara un embate del mar en medio de los platos de costumbre. Y asomaban entonces el congrio rojo, las cholguas, la pescada, las machas, los erizos, los locos, las cabrillas, los picorocos.
Y los vendedores de verduras, de frutas, de helados, de yerbas medicinales o de aguardiente clandestino. Cada uno con sus gritos y sus silencios, que a veces eran mucho más elocuentes. Cada uno inventando nuevas fórmulas para publicitar sus modestas vituallas. Corren por calles y caminos sus voces que nos parecen páginas de un diario que nunca comenzamos.
Por las noches, cuando las primeras estrellas solían denunciar nuestros amores de liceo, llegaban los vendedores de castañas, de piñones, de empanadas de horno, de tortillas, de luche caliente envuelto en hojas de higuera, de canciones en el diapasón de increíbles organilleros. Todos ellos dejando a su paso la estela de sus mercaderías, el olor, el sabor y el sonido de sus almacenes rodantes, el eco del pregón como un asunto más de la penumbra.
Los pregones atraviesan la vida de Chile. Los oímos desde niños, andando a nuestra vera. Son los mismos pregones que van desapareciendo lentamente, al tranco del progreso. Pregones de los vendedores ambulantes anunciando los dulces chilenos, la caluga casera, las manzanas, las uvas generosas, el pan del invierno, el carbón de espino, las humitas calientes, la harina tostada y la hoja de toronjil para la tristeza de los enamorados.
Todo el canto de Chile en el pregón, junto a un hombre y a un canasto de mimbre, tras las nieblas del recuerdo. Pregón de los ayeres sin fronteras, pregón de los vendedores populares, con sus gritos como poemas y sus zapatos gastados por la tierra de calles y caminos.

Tomado de ”Crónicas del diario soñar” - Punta Arenas, 1987.
Jueves, 29 de Julio de 2004 17:05 ;?> No hay comentarios. Comentar.

06/07/2004


POPPER, EL RUMANO QUIMÉRICO

foto02.jpg
Lámina: “Señor Julio Popper, ingeniero y explorador de la Tierra del Fuego”, publicado por “El Mosquito” del 1° de abril de 1887.


Por Marino Muñoz Lagos

Tiempo atrás escribimos sobre la fiebre del oro en la región magallánica, especialmente, en la casi desconocida y lejana Tierra del Fuego. Esto ocurrió a fines del siglo pasado y atrajo hasta estos rincones meridionales a multitud de aventureros de todos los continentes y países, condiciones y características. Mucha gente sin destino tomó la ruta marítima hasta Punta Arenas y desde aquí se desplazó por los helados territorios en busca de los ríos que arrastraban entre sus aguas las pepitas y el polvo alucinante de la fortuna.

Entre los forasteros alentados por la llama amarilla del metal, arribó el ingeniero rumano Julio Popper, quien se instaló –luego de varios ensayos-, en las márgenes de ríos y arroyos cercanos a la bahía San Sebastián, en la Tierra del Fuego. Este extranjero enigmático y duro, trajo entre sus pertenencias una famosa cosechadora de oro, que hizo laborar ante la mirada atónita de sus colaboradores más vecinos, acostumbrados a trabajar con utensilios rudimentarios y escasos medios económicos y humanos.

La personalidad de Popper está sugerida en las páginas de un libro que parece hecho por encargo. Su autor es Boleslao Lewin, de quien se omiten datos identificatorios y el título del volumen es ”Popper, un conquistador patagónico”, donde se le tilda de colonizador y hasta de poeta. Aquí se nos dice que nació en Bucarest el año 1857, hijo de un profesor de colegio judío y de una dueña de casa. Los años pasan fugaces hasta su llegada a estas orillas magallánicas, donde le sonríe la riqueza en forma de polvo y pepitas de oro. Sin embargo, su fama se vuelve siniestra en su actitud con los indios fueguinos. Quienes disparan sobre su cabeza lo califican de la peor forma en su persecución en contra de los aborígenes. De todos los epítetos no escapa el de asesino.

Empero, Julio Popper se define y basa su defensa en el dinero. Su ambición es poderosa y hasta se cree rey. Tiene ejército propio y se pasea con sus tropas por las anchas llanuras de la Tierra del Fuego. En sus delirios de grandeza –con el permiso de las autoridades- fabrica sus monedas de oro e imprime sus propias estampillas. El ingeniero no se queda en chicas para colocar su apellido paterno en las monedas y su inicial en las estampillas.

Estos ejemplares numismáticos y de la filatelia tienen un valor incalculable para los coleccionistas.
Los últimos años de Popper, en territorio magallánico, fueron oscuros. Los mineros nativos y extranjeros que fueron perseguidos, sañudamente, por el rumano, hicieron un comicio para que abandonara Punta Arenas por indeseable.

Quien fuera el gran cosechador de oro en la Tierra del Fuego, murió en Buenos Aires, el 6 de junio de 1893, pensando siempre en un título real que se le escapó de las manos en su auténtico dominio de los confines australes.

”Crónicas del diario soñar” - Punta Arenas - 1987
Martes, 06 de Julio de 2004 21:43 ;?> No hay comentarios. Comentar.


ENTRE JUNIO Y JULIO

506marino_m.jpgPor Marino Muñoz Lagos

Vivimos en un país difícil de complacer. El calendario es una suerte de probador de nuestras virtudes y es por esta razón que se nos hacen pocos los días del año para mostrar nuestro entusiasmo por las celebraciones. Sin demasiada molestia empezamos el año conmemorándolo de lo lindo, seguimos con el recuerdo de nuestro “roto”, damos una vuelta por la Candelaria y en esta forma vamos recaudando festejos y maluras de cuerpo hasta las melodías navideñas.

Sin embargo, existen dos meses que se acaparan una cantidad insospechada de santos y santas que ponen a dura prueba el hígado nacional. Son junio y julio, con un sólido excedente para agosto, como para disminuir el apogeo amoroso de los gatos. Junio no desmiente su fortuna santoral que se derrama como licor generoso al paso de sus semanas. Ahí están los Marcelinos, Robertos, Antonios, Ismaeles, Luises, Juanes, Guillermos, Crecentes, Pedros y Pablos que pueblan los días lluviosos de junio, a la par que sus tocayas, distinguidas por el fulgor de sus nombres en el otoño que se aleja y el invierno que asoma.

En el ayer de nuestros territorios estos santos y estas santas eran celebrados ruidosa y opíparamente. Los humildes animalitos domésticos terminaban en estas fiestas sus despreocupadas y efímeras existencias, cayendo en el abismo de las ollas o siendo atravesados por el férreo aguijón de los asadores. Nuestro poeta Diego Dublé Urrutia, nacido y criado en tierras del sur chileno, captó este rubro especial de las costumbres vernáculas:

”¡Junio! Mes de las aguas, mes de las brisas,
mes en que hacen los pavos su testamento
y en que las rubias ostras –monjas clarisas-
rompen la celda nácar de su convento”.


Entre junio y julio, mientras la lluvia ensaya sus músicas sobre los techos de viejas casas de piedra y adobe. Allí mismo, donde se reunía la gran familia provinciana, con el padre adusto a la cabeza, en la ceremoniosa apertura del festejo. No faltaba la niña de la guitarra, la tierna moza casadera que enfilaba sus canciones por versos de penurias y abandonos, sobresaltos e ilusiones. Tiempo propicio para alzar las copas y brindar por el santo o la santa, providenciales abastecedores de mesas y manteles.

Junio y julio: meses de los vinos nuevos, el aguardiente con apio y el guindado que la dueña de casa guarda bajo siete llaves. Asuntos que se familiarizan con las añorables victrolas, los discos de stenta y ocho revoluciones, el consomé de la madrugada y el primer rayo de sol. Santos y santas que descansan en paz en un olvidado cementerio de provincia, a la sombra olorosa de grandes eucaliptos que enredan su follaje entre la niebla.

”Crónicas del diario soñar” - Punta Arenas – 1987.
Martes, 06 de Julio de 2004 21:53 ;?> No hay comentarios. Comentar.


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