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01/11/2005
EL FINADO "PANCHO MAÑAS"
La familia Bustamante Bravo es una de las más antiguas y conocidas de Puerto Natales. En “Mirando al Sur” iremos poco a poco publicando recuerdos de esta familia, tan ligada al progreso de la zona como al Partido Socialista de Chile. El primero de ellos, don Francisco Bustamante Hernández, es retratado en la crónica que publicamos a continuación, cuyo autor es el notable periodista magallánico Osvaldo Wegmann Hansen. Osvaldo Wegmann falleció en Punta Arenas el 21 de diciembre de 1987.
En mis mocedades trabajé también en la ganadería, pero activamente, recorriendo los campos tras las ovejas y durante una temporada entera metido en el galpón de esquila. El último año fue en estancia “Bories”, en 1945. Por el cargo que desempeñaba me correspondía un dormitorio solo y comer junto a los capataces. Ahí conocí a varios hombres de campo, chilenos y extranjeros, de las más diversas personalidades, todos ellos tipos muy especiales, que me resultaban más pintorescos que algún personaje de cuento o novela. Entre ellos estaba Pancho Mañas, que era campañista de la estancia.
Francisco Bustamante Hernández, así se llamaba, había nacido en Ancud en 1902. A los 7 años llegó a Punta Arenas con sus padres, que vinieron atraídos por la fama que tenía Magallanes de ser tierra de promisión. Aquí asistió al Liceo durante algunos años, hasta que murieron sus progenitores. Entonces fue que los esposos Sánchez Novoa, antiguos y conocidos vecinos de Última Esperanza, se lo llevaron a Puerto Natales, donde quedaría para siempre.
Muy jovencito entró a trabajar a la firma Braun y Blanchard, que tenía una gran bodega frente al viejo muelle, la cual fue incendiada durante los tristes sucesos del año 1919. Él era niño de los mandados. Pero no se sentía bien. Veía a la gente que llegaba del campo a caballo, las carretas que arribaban cargadas de lana de las esquilas, oía contar historias de la vida en las estancias y sintió deseos de irse él también. Un día conoció a un gringo de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, quien advirtió su inquietud, y se lo llevó a la sección “El Tranquilo” de la estancia “Bories”, donde se empleó como mozo de la “casa grande” (la casa del administrador).
Pero él no fue al campo a trabajar de mozo. Eso podía hacerlo también en el pueblo. Él quería desempeñarse campo afuera y de a caballo: montar pingos chúcaros, amansar, compartir emociones con los viejos baqueanos. Así se lo dijo al míster, a quien veía todos los días mientras lo atendía en el comedor. Y el míster lo entendió y le dio la oportunidad: poco tiempo después pasó a ser campañista de la sección. Esto duró hasta que cumplió los 19 años. Entonces volvió a Punta Arenas a hacer su servicio militar en el Regimiento “Pudeto”. Tenía afición a la música, por lo que ingresó a la banda. El año pasó pronto y fue licenciado. Entonces volvió a Puerto Natales y a sus faenas de campo, primero en la estancia “Bories” y luego, de nuevo en “El Tranquilo”, esta vez para “bagualear”, trabajo que consistía en capturar vacunos en estado salvaje que abundaban en la región, hasta la frontera con Argentina. En estas peligrosas labores, que tenían el atractivo de una hermosa aventura para la juventud de su tiempo (1923), eran sus compañeros Ismael Lobos, Eduardo Arenas (“Toque Huarro”), Segundo Rogel (“El Chueco”) y “Churria” Ojeda, personajes famosos en las historias de los viejos pioneros natalinos.
En lo que más se lució fue como amansador. Cuando trabajaba en los corrales de estancia “Bories”, llegaba a mirarlo la gente del pueblo. Los turistas le sacaban fotografías. Él no se inquietaba. Era un hombre tranquilo, con la sonrisa siempre a flor de labios. Le preguntaron varias veces cómo se las arreglaba para domar potros tan bravos, y el respondía: “Es puras mañas, no más”. Le pusieron “Pancho Mañas”. Él no se enojaba.
Se había casado con Dominga Bravo, hija del famoso cabo Bravo, de la policía. Tuvo cinco hijos. Uno de ellos fue delegado de Dorotea, otro regidor de la comuna, un tercero militar, hoy en retiro después de treinta años de servicios.
Francisco Bustamante trabajó en la Explotadora como encargado de hacienda hasta que le expropiaron la última estancia y se disolvió la sociedad. Él postuló a un lote cuando vino la última reforma agraria. A pesar de sus méritos no lo tomaron en cuenta. Me acuerdo de “Pancho Mañas” porque hace pocos días dejó de existir en Puerto Natales, a la edad de 80 años. Y como tras la paletada… Yo lo recuerdo como compañero de trabajo en mis mocedades.
(*) Tomado de “De Ayer y de Hoy” – Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen – Recopilación de Jorge Díaz Bustamante – Punta Arenas, 1999. Obra financiada con el aporte del Fondo de Desarrollo de la Cultura y las Artes.
Martes, 01 de Noviembre de 2005 19:01 ;?> No hay comentarios. Comentar.
16/12/2004
EL MILODÓN Y EL LOCO
Por Osvaldo Wegmann Hansen
La Prensa Austral 7 de mayo de 1981
Alimentando sueños de utopía el quimérico Albert Conrad murió loco, pobre y solitario. Se encontró un día su cadáver, tendido sobre el piso de la cabaña que habitaba en el valle del Río de las Vueltas. Junto a su tesoro, consistente en pedazos de cuarzo, que el insano recogía en sus largas exploraciones, se hallaron las más extrañas piedras sin valor. Ahora el sitio se denomina "Valle del Milodón" y, junto al Río de las Vueltas, en territorio argentino, cerca de la vieja y derruida cabaña, se levanta la alta reja de madera de una sepultura, con una cruz y una inscripción que dice: "Alberto Conrad (Q.E.P.D.), fallecido en febrero de 1931". No se sabe el día que murió, porque al hallar el cadáver, ya estaba descompuesto.
En el año 1894, poco después de arribar a estas latitudes, en busca de campos para iniciar la ganadería en la región, el capitán de la Marina Mercante alemana Hermann Eberhard, descubrió en la ladera del cerro Benítez, a 17 kilómetros al noroeste de Puerto Natales, una curiosa caverna, que poco tiempo después también llevó su nombre.
El año 1895, atraídos por el interés que Última Esperanza despertaba en Magallanes, llegaron a la región en viaje de estudios, el geólogo sueco Otto Nordenksjold, el sabio inglés Dusen y el zoólogo Ohlin. Un marinero alemán llamado Alberto Conrad, que trabajaba con el capitán Eberhard, sirvió a los cientistas como guía, para explorar la zona, en busca de motivos de estudio, como ser ejemplares de flora y fauna y sobre todo piezas de origen volcánico. Entonces Conrad los llevó a la extraña caverna, descubierta hacía poco tiempo por Eberhard y un guardiamarina inglés y les mostró semienterrados, los restos fósiles del milodón, despejados por Conrad. El animal prehistórico sería después de estudios, un desdentado del género glossotherium, llamado milodón, idénticos a los que Darwin descubrió en su época al sur de Bahía Blanca.
Expediciones científicas posteriores, como la de Hauthal, Roth, Lehmann y Nietche, encontraron todavía restos de ese animal prehistorico lo mismo que Emperaire muchos años después. Hallaron además esqueleto de un tigre desaparecido, félix listai, el terrible "tigre dientes de sable" que atacaba a los milodones. Todos estos huesos fueron llevados al Museo de la Plata y en mayor proporción al Museo de Londres donde aún estarían encajonados, según averiguaciones hechas en los últimos años por altos funcionarios de Magallanes.
La caverna del Milodón cobró gran importancia, en especial de parte de viajeros, de periodistas y de hombres de estudio. La caverna vecina, la cueva chica, en la que correteé en la infancia, es más impresionante, porque es estrecha, oscura, penetra en el cerro como un túnel, desciende y no se le conoce fin. Sobre ella se han hecho detalladas descripciones en libros, revistas y diarios nacionales y extranjeros.
Los curiosos que han logrado llegar hasta ella han querido siempre llevar un recuerdo y es así como a martillazos han destruido las estalactitas y estalacmitas de esta caverna y de la otra, para llevárselas como trofeos. De esta manera el gran atractivo de las cuevas, sobre todo de la chica, se va perdiendo y si no se toma una determinación enérgica, se terminará con la obra de cientos de años de la naturaleza.
La gente tenía una idea errónea de lo que fue el Milodón, pues creía que se trataba de un animal de proporciones gigantescas. Era grande sí, pero no tanto. Las dimensiones reales las da la estatua confeccionada en los últimos años por el escultor natalino Harald Krusseel, la que después de ser exhibida en el Museo de la Patagonia, fue trasladada definitivamente a la entrada de la gran cueva. Allí está, erguida, natural, idéntica, tal como lo vieron los hombres primitivos hace 10 mil años, con sus garras enormes, con que cogía las hojas de los árboles.
Lo que falta, para darle más vida y animación al paisaje, es una escultura del hombre primitivo, junto a la fogata, frente al Milodón, como fue realmente la vida en Ültima Esperanza en esos tiempos.
Recopilación de Jorge Díaz Bustamante
Tomado de Milodon City Cha Cha Cha
Jueves, 16 de Diciembre de 2004 01:03 ;?> No hay comentarios. Comentar.
17/08/2004
POEMAS DE MARINO MUÑOZ LAGOS
Por Osvaldo Wegmann
Se dice con mucha propiedad que Chile es un país de poetas; que posee los más notables vates del continente, y exhibimos con orgullo dos Premios Nobel de Literatura, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, que han obtenido el codiciado galardón, honrando así a Chile, después de largos años cultivando con gran acierto el difícil género de la poesía, su poesía, que ha trascendido mucho más allá de las fronteras de la Patria y es conocida en diversos continentes.
Magallanes no está ausente de esta inquietud, del cultivo de esta manifestación de un arte hermoso y difícil, que ha producido también valores, algunos de los cuales son conocidos en el resto del país y hasta en el extranjero. Tal es el caso de Marino Muñoz Lagos, incluido en varias antologías y en revistas chilenas y vencedor en concursos nacionales e internacionales, como el de Mendoza, Argentina, celebrado hace algunos años.
Marino Muñoz Lagos no sólo se preocupa de su arte, sino que se ha interesado por la labor de los demás poetas de la región, tomando a su cargo la responsabilidad de seleccionar la producción de treinta poetas que figurarán en la "Antología Poética de Magallanes", que se publicará este año con el auspicio de la Sociedad de Escritores de Chile, Filial Magallanes, y con el aporte económico de la Ilustre Municipalidad de Punta Arenas, gracias a la comprensión e interés del Alcalde Jorge Vega Germaín.
Marino Muñoz Lagos es maestro de escuela, prematuramente jubilado que dedica sus horas libres a la lectura y al cultivo de las letras. Escribe siempre y selecciona, con severo espíritu autocrítico. Y esto lo hace desde hace mucho antes de que lo conociéramos hace poco más de medio siglo y se crió en el norte, en su pueblo natal que recuerda en sus poemas, donde habla de los volantines de la infancia, de los trompos, de la lluvia y de los trenes. Estudió pedagogía en Victoria y se tituló de maestro. Ejerció algunos años en Antofagasta, que siempre recuerda en sus escritos y se vino a Punta Arenas cuando frisaba poco más de veinte años, destinado a la Escuela Fiscal Nº 1. Era un muchacho delgado, de enrulada cabellera rebelde, que usaba una gabardina clara. Era alegre y animoso, extrovertido, sobre todo para exteriorizar su entusiasmo. Muy pronto se hizo de amigos, de muy buenos amigos, que aún conserva y fue acogido en los diarios, donde publicó sus poesías y colaboraciones en prosa, una prosa poética sin rebuscamientos, que tiene armonía y musicalidad. De aquella época es también el soneto "Mi chomba marinera", que celebramos tanto y que no aparece en ninguna de sus obras.
El poeta publicó cinco libros: "Un hombre asoma por el rocío", en 1940; "El solar inefable", en 1953; "Dos cantos", 1955; "Los rostros de la lluvia", 1970 (Premio Municipal de Poesía en Santiago), y ahora este "Entre adioses y nostalgias", que acaba de editar en los talleres de Hersaprint. De su producción recordamos con agrado sus poemas "Canto de amor desde un banco de escuela" y "Retrato vivo de mi padre muerto", que nos impresionaron hondamente. "Entre adioses y nostalgias" está dividido en dos partes: "Rosa de Lagos" y "Trenes hacia el olvido". La primera está dedicada a recordar a su madre, nunca olvidada, a quien visitaba todos los años en Talcahuano: "La primavera comenzaba"/ cuando la muerte floreció/ en tu rostro - dice - Te ibas como fuiste/ madre pequeña y tenue/ abierta como una ventana/ desde donde se divisa/ el caer de la lluvia".
En otro de los poemas de este libro, el poeta expresa: "Y te fuimos naciendo los hijos/ de pueblo a pueblo/ rostros que tú acogías/ con la ternura triste de la lluvia del sur/ entre relámpagos y ríos caudalosos/ y castillos de madera/ que aromaban con su aliento/ las estaciones ferroviarias". Otros títulos son: "La gran ciudad", "De asombros y ternuras", "Casa de madera", "Lo que nunca vuelve", "Nuestras manos" y "Adiós oceánico".
En "trenes hacia el olvido" (libro segundo), le canta a la estación ferroviaria abandonada: "Ayer no más fue el centro/ de la pequeña aldea, el caudal/ de noticias y canciones/ de rostros y canastos/ de adioses y hasta siempres/. "Hoy llora sus tristezas/ junto e un tren que es como un barco/ naufragando en la niebla". Entre otros poemas destacamos "Compañero de banco", "El tren de las ocho"; "Otra vez el pan", "Volantín del ayer", "La muerte sobre el trébol", "Plaza de armas"; "La muerta más hermosa". Termina con "La mujer amada", donde escribe: "Soñamos el mañana/ de cantos en semilla/ Y tiernos floreceres/ igual que ayer/ cuando fuimos hermanos/ del pan y la alborada/ de la luz y los anchos caminos/ que recorren los ojos/ del hijo/ y la mujer amada".
En las solapas del libro se reproducen los más elogiosos juicios de escritores y críticos, sobre la labor poética de Marino Muñoz Lagos. Opinan Mario Bahamonde, Francisco Santana, Gonzalo Drago, Andrés Sabella, Nicomedes Guzmán y Carlos René Correa. Bella edición de más de 80 páginas, cuidadosamente impresa, está ilustrada con hermosísimos y significativos dibujos de ese gran artista y amigo de los escritores que es Pedro Olmos.
Celebramos la aparición de este quinto libro de Marino Muñoz Lagos, el poeta y amigo con quien, durante más de treinta años de amistad, hemos hablado tantas veces de literatura, en torno a una mesa cordial y frente a un vaso de vino. Con nosotros han estado también escritores de la importancia de Nicomedes Guzmán, su entrañable amigo, de Rubén Azócar, de Pablo de Rokha, y una vez también Pablo Neruda, que nos concedió el honor de compartir su mesa y nos entregó su autógrafo, en el viejo “Centro Austral".
La Prensa Austral, 6 de agosto de 1981 – Tomado de MilodónCityChaChaCha"
Martes, 17 de Agosto de 2004 16:31 ;?> No hay comentarios. Comentar.
28/05/2004
LAUTARO EDÉN WELLINGTON
Osvaldo Wegmann Hansen
Un escritor recibe a menudo sorpresas agradables. Hace pocos días, al entrevistarme con un jefe militar, me dijo que me conocía a través de mi obra, añadiendo textualmente: “Pero estoy enojado con usted. ¿Por qué mató a Lientur, el héroe de “La última canoa”? Yo le tenía simpatía. Me dio pena que todo terminara así”. Esa observación me la había hecho hacía un tiempo una dama. La verdad es que los lectores se encariñan con los personajes de los libros y solidarizan con ellos. He tenido que explicar que mi héroe está inspirado en la vida real de otro alacalufe que se llamó Lautaro Edén Wellington, que estuvo en Puerto Edén, perteneció a la FACH y volvió a la vida primitiva. Además fue amigo mío. Por eso yo sé tanto de él. La imaginación hizo el resto.
Todo terminó cuando en pleno canal Fallos, frente a la isla Campana, naufragó una chalupa tripulada por cinco alacalufes. La embarcación iba piloteada por Lautaro, joven nativo que pocos años antes había servido en la FACH como mecánico, alcanzando el grado de cabo 1º; que posteriormente debido a un incidente con el jefe de la posta, había abandonado el uniforme, para volver a las actividades de su pueblo, convirtiéndose en cazador y en jefe virtual de las tribus alacalufes, que aún pululan por los canales.
La noticia la transmitió la radio de San Pedro, donde la llevó Manuel Tonko, quien dijo que una canoa había encontrado en la playa del canal Messier la arboladura de una chalupa náufraga y el cadáver del nativo Guillermo Edén. Los demás tripulantes de la embarcación, Lautaro Edén, Arturo Messier, María Campana e Isabel Edén, madre del ex cabo, habían desaparecido.
Lautaro Edén Wellington tenía 26 años. Había nacido en una caleta de la isla Wellington. Su padre fue Gregorio, el famoso Capitán Papa, un indio pintoresco que mandaba a los alacalufes como si fuese un cacique, porque usaba un jormán azul con galones de capitán de corbeta y una gorra blanca de marino, dados de baja por un comandante de escampavía. Los aviadores de la posta se interesaron por el niño, lo tenían como mascota y lo vestían y alimentaban. Al fin lo trajeron a Punta Arenas donde los salesianos se hicieron cargo de su educación. Hasta que pasó por nuestra ciudad el ex Presidente don Pedro Aguirre Cerda, quien en una visita al colegio conoció al alacalufe, que se preparaba para recibir el bautismo. Fue su padrino y lo tomó bajo su protección. Tiempo después fue enviado a Santiago, donde ingresó a la Escuela de Especialidades de la FACH. Egresó con el grado de cabo. Totalmente incorporado a la vida civilizada, contrajo matrimonio con una enfermera. Y trabajó reparando aviones en la maestranza de “El Bosque”.
Pero, como Jemmy Button y otros primitivos, un día sintió la llamada, el atavismo. Y volvió a Puerto Edén. Consiguió que se le destinara como motorista a la posta. Aquí tuvo una serie de problemas con el jefe, que según Lautaro no lo recibió como cabo sino como indio que era. Tuvieron serios disgustos largos de contar, por el trato que según él se daba a los alacalufes. Y un día aparejó una chalupa, embarcó a su madre, a un hermano, a un amigo y una amiga, y volvió a la vida libre de los canales, convirtiéndose de nuevo en un nómade. El comandante Renato García, más tarde general, jefe de la FACH en Magallanes, al ser informado de lo ocurrido, en un gesto de comprensión, lo dio de baja “por razones de servicio”, motivo por el cual en su hora, no fue considerado desertor. Lautaro Edén Wellington llegó varias veces a Punta Arenas, a vender sus cueros de nutrias y de lobos. Compró víveres y ropa para su gente; reanudó las cacerías desde el Estrecho de Magallanes hasta el Golfo de Penas. Y el 8 de mayo de 1950, cuando navegaba a toda vela en pleno canal Fallos, lo sorprendió el “Williwaw” traicionero. Desapareció hace 33 años.
Tomado de: "De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen". Recopilación de Jorge Díaz Bustamante. Punta Arenas - 1999.
Viernes, 28 de Mayo de 2004 20:00 ;?> Hay 1 comentario.
08/05/2004
LA MAGIA DE LOS FAROS
Osvaldo Wegmann Hansen
Aunque parezca una ironía, los faros que iluminan las rutas del mar, que sirven a los marinos para confirmar la posición de sus naves durante la noche, fueron inventados por un no vidente: Gustav Dalen, quien precisamente perdió la vista en una explosión, cuando realizaba ensayos destinados a lograr el éxito de su invento. Lo consiguió años después, porque tenaz y porfiado, insistió ciego en los propósitos que alentó durante gran parte de su vida. Lamentablemente no pudo ver su maravillosa idea convertida en realidad. Su nombre cayó en el olvido, mientras las costas del mundo se iban poblando de faros. Los canales magallánicos en la actualidad poseen una excelente iluminación nocturna, gracias a la preocupación de nuestra Armada Nacional, que no sólo se ha dedicado a instalar los fanales en los sitios más necesarios, sino que con su personal o con sistemas automáticos, los mantiene en funcionamiento ininterrumpido. La construcción de faros aquí comenzó prácticamente en el Estrecho de Magallanes, debido al auge que ha tenido y aún tiene como ruta de navegación. Los más importantes son el de cabo Dúngenes, que señala la entrada a la boca oriental, desde el Atlántico y el Evangelistas, que facilita la arribada desde el Pacífico. El faro Evangelistas es seguramente el más solitario y el más difícil de abastecer en el mundo. Llegar hasta el mismo es toda una aventura. Vivir allí varios meses es duro y sacrificado. Sin embargo hay gente que se acostumbra, que se aquerencia, que se encariña, como si sobre ella ejerciera una extraña magia. Hubo un hombre que estuvo allí 31 años, otro 20. A ambos los retiraron poco menos que a la fuerza. Al abandonar el solitario peñón los consumió la nostalgia. Es larga la historia de Evangelistas, que está funcionando cerca de 90 años. Entró al servicio el 18 de septiembre de 1896. Su constructor fue el ingeniero de la Armada Jorge Slight y el ejecutor de las obras de albañilería un artesano yugoeslavo llamado Doimo Ursic. Slight era subinspector de faros y le correspondió elaborar el proyecto. Una expedición de la Armada exploró previamente el lugar, para ubicar el mejor sitio donde levantar el faro. Slight estuvo de acuerdo en que fuera en la cumbre de uno de los islotes Evangelistas, a 61 metros sobre el nivel del mar, desde donde sería visto a 21 millas de distancia. Cuando leyó su informe, hubo personas incrédulas, que no comprendían como iba a poder construirse un faro en medio de un mar tormentoso, en un sitio casi inabordable, donde sería poco menos que imposible transportar los materiales. Pero Slight y sus hombres, con la misma tenacidad de Gustav Dalen, que es seguramente característica de los hombres de los faros, persistió y triunfó. El centinela austral quedó ubicado en los 52 grados 24 minutos sur y 75 grados 6 minutos oeste, en una época en que la navegación por el estrecho era más intensa que hoy día y traficaban aún los barcos a vela. Es justo mencionar la forma inteligente e intrépida en que actuó el teniente segundo Baldomero Pacheco, al mando de la escampavía que apoyó los trabajos. Uno de los hombres que actuó con Slight fue el inglés William Mac Kay, quien se encariñó con el faro y solicitó plaza de guardián. La Armada lo contrató como tal y estuvo allí 31 años. No quería ser relevado, mientras se iban cambiando las dotaciones. Algunas veces los comandantes de las escampavías lo traían a Punta Arenas a la fuerza. Aquí se sentía mal. Se encerraba en las cantinas y no hablaba con nadie. Lo jubilaron contra su voluntad, después de más de 31 años de servicios. En mi vida periodística me correspondió varias veces entrevistar a gente de los faros. Son hombres sencillos, amables. No le dan importancia a las dificultades de la jornada. Viven tranquilos, sanos y fuertes. Cumplen un plan intenso de trabajo, que les impide aburrirse. Tienen a su cargo varias observaciones meteorológicas diarias, que comunican enseguida a Punta Arenas, para beneficio de la navegación marítima y aérea; hacen guardia atentos a la pasada de los barcos y a los posibles llamados por radio o telegrafía. Y en las horas de descanso, se dedican al único placer de esas soledades, que es la radio y la lectura.
Tomado de "De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen" - Recopilación de Jorge Díaz Bustamante - Punta Arenas, 1999.
Sábado, 08 de Mayo de 2004 20:27 ;?> Hay 1 comentario.
06/05/2004
LAS ANDANZAS DE DON VICHO
PorOsvaldo Wegmann Hansen
Conversaba hace pocos días con una señora, vinculada a antiguas familias de Natales. Me dijo que su madre era nieta de don Vicente Arteaga, uno de los fundadores de la ciudad, a quien yo conocí mucho. ¡Cómo no iba a conocerlo si fuimos compañeros de aventuras y lo convertí en personaje de uno de mis cuentos! Don Pedro Vicente Arteaga, don “Vicho” para sus amigos, estaba ya en Última Esperanza cuando se fundó Puerto Natales. En los buenos tiempos tuvo varias estancias, una de ellas en sociedad con don Mauricio Braun. Y fue armador, dueño de una hermosa y gallarda goleta llamada “Fresia”, hasta poseer finalmente un modesto cúter conocido como el “Filgrín” en el que muchas veces viajamos al canal Chico. En una oportunidad me caí al agua en navegación y me salvé aferrado a la escota. Otra vez apagamos un incendio a bordo, en la boca del canal Hohmann. Don Vicente Arteaga, así se lo conocía, navegaba desde el Golfo de Penas al canal Smith, fue rey y señor de los canales, algo así como un Pascualini de Última Esperanza, con la diferencia de que era ilustrado y sabía sacar rumbos de la rosa de los vientos y medir las distancias navegadas, o sea, dominaba la estima. En sus pacientes singladuras, a vela y a motor, por los canales que descubrió Ladrillero, este viejo marino fue buscador de minas, poblador de estancias, empresario de explotaciones madereras, todo de acuerdo con los tiempos y la suerte. Convivió con los indios alacalufes, que lo llamaban “Capitán Santiago” y fue personaje de mil aventuras, como las que en esos tiempos leíamos en los libros de Jack London y James Oliver Curwood. Supe de su vida cuando ya era un hombre maduro, de más de sesenta años y yo un mozuelo de apenas 18. Y lo oía hablar con deleite de sus correrías a la isla Campana y hasta el propio golfo de Penas, aventuras que contaban también los hombres de mar de Última Esperanza en las cantinas del puerto o en los campamentos a orillas de los canales. Cuando el ingeniero Carlos Ruiz nos habló del descubrimiento de calizas en la isla Guarello, algunos años después, en que yo era periodista, y nombró a Vicente Arteaga, sentí una rara emoción al sentir ligado al descubrimiento de las riquezas, que están sirviendo a la gran industria chilena del acero, el nombre de este viejo lobo de mar y antiguo amigo. El fotógrafo Nicanor Miranda acababa de contarme la aventura que tuvieron en un viaje al archipiélago Guayanecos, con el cúter de Manuel Álvarez, a buscar una mina de oro, que había descubierto un anciano alemán de apellido Krüger. Se embarcaron Álvarez como capitán, Arteaga como asesor de navegación y minero, Krüger, Ángel Legnazzi, Rogelio Pinedo, como maquinista, el fotógrafo Miranda y uno o dos marineros. Hay un montón de anécdotas del viaje, que apreciarán sobremanera quienes hayan conocido a los personajes. El hecho es que después de varios intentos, Krüger no encontró el sitio donde estaba la mina, con la decepción y enojo de sus compañeros; el capitán perdió el rumbo y finalmente no sabían el punto preciso en que se hallaban. Entonces los tripulantes recurrieron a don Vicente, que había seguido atentamente la derrota, con el mapa a la vista, atento al compás y calculando la distancia navegada por medio del reloj. Estableció el punto y lo fijó entre dos islas, tal como en el mapa. Entonces, ya seguro puso sus condiciones: él se haría cargo del buque, encontraría el rumbo perdido, pero no entregaría el mando hasta llegar a Puerto Natales. Don Manuel aceptó, aunque no de buen grado. Volvían navegando por el canal Messier, cuando el volante del motor le quebró la pierna a Pinedo, el maquinista español. Don Vicho, que había sido capitán de la Cruz Roja se la entablilló, de manera que pudiera llegar sin problemas a Puerto Natales, a ponerse en manos del médico. En 1937, con el cúter “Pilgrín”, acompañado por Eduardo Larenas en su bote a motor, salvó a Pedro Gómez, “Coronel” Saavedra y Antonio Bonilla, que habían naufragado en la isla Ballesteros, con un cargamento de choros. Don Vicho era casado con Rita Tapia, hija de un rico ganadero de Magallanes, que murió hace muchos años y cuya viuda casó finalmente con un francés, peón de la estancia, llamado Pedro P. Lemaitre, que hizo prosperar la hacienda y adquirir otra más, convirtiéndose en un potentado de la región, que murió alrededor de 1943. De más está decir que la señora de don Vicho no heredó nada, pese a un largo pleito. El destino de la herencia de Lemaitre es tema para otra historia.
Tomado de “De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen" – Recopilación de Jorge Díaz Bustamante - Punta Arenas, 1999."