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12/12/2004
PABLO DE ROKHA: ENTRE DOS FUEGOS
Por Alejandro Lavquén
Punto Final – Edición 578 – Octubre de 2004
Hace 110 años, el 17 de octubre de 1894, nació en Licantén Carlos Díaz Loyola, que pasaría a la posteridad con el seudónimo Pablo de Rokha. Hijo de Ignacio Díaz y Laura Loyola, cursó sus primeros estudios en la Escuela Pública N° 3, de Talca, e ingresó luego al Seminario Conciliar de esa ciudad, del que posteriormente sería expulsado por hereje y leer libros prohibidos. También estudió las carreras de derecho e ingeniería en la Universidad de Chile, pero no las terminó para dedicarse a la poesía.
Instalado en Santiago, publicó sus primeros poemas en revistas y se relacionó con el mundo literario y estudiantil, acercándose a las ideas anarquistas. En 1916 conoció a Luisa Anabalón Sanderson (Winétt de Rokha), con la que se casó, dando origen a una numerosa familia de artistas de reconocida trayectoria, destacándose José y Lukó de Rokha, pintores, y el poeta Carlos de Rokha.
Hombre campechano, aguerrido intelectual y padre de familia, incansable luchador social, es uno de los grandes poetas de la lengua castellana. De Rokha sin embargo es un poeta de dulce y agraz. Tierno y furibundo. Agreste y de vasta cultura, siempre atento a los acontecimientos sociales de Chile y el mundo. Dionisíaco, bíblico, ateo, épico, coloquial, marxista en la filosofía y en la acción. Muchas veces intransigente, pero siempre abierto al debate de las ideas.
Se caracterizó por ser un personaje controvertido y eficaz polemista. Legendarias son las disputas que mantuvo con Vicente Huidobro y Pablo Neruda. Sus libros fueron autoeditados y vendidos por él mismo a través del país. Su obra fue constantemente marginada por la crítica oficial y recién en 1965 fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura, que merecía desde muchos años antes. También escribió ensayos y numerosos artículos de opinión en los diarios La Razón, La Mañana, La Opinión, La Nación y en revista Multitud, la que funda en 1939 y aparece con algunas intermitencias hasta 1963, bajo el lema de: “revista del pueblo y la alta cultura”. Durante su permanencia en Concepción, en 1925, fundó la revista Dínamo.
Fue candidato a diputado y miembro del Partido Comunista, aunque posteriormente dejó la militancia por discrepancias con sectores de ese partido (algunos hablan de expulsión), lo que en ningún caso significó que dejara de lado su ideología. Al contrario, la mantuvo hasta su muerte. Fue director de la revista Principios y de Casa América. También presidente del Sindicato Profesional de Escritores, que fundó junto a Vicente Huidobro y otros escritores. La crisis en su relación con el PC alcanzaría su punto cúlmine en los años cincuenta, cuando publica Neruda y Yo
LAS PENURIAS ECONÓMICAS
Su vida estuvo marcada por las estrecheces económicas y la preocupación por buscar el sustento diario para su numerosa familia. Además de escribir, editar y vender sus propios libros, ejerció otros trabajos: corredor de propiedades, comerciante de frutas y vendedor de productos agrícolas. Durante muchos años fue vendedor de cuadros, recorriendo el país con su mercancía. También ejerció la docencia como profesor de estética e historia del arte en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde perdió por un voto su postulación a decano. De Rokha y su familia vivieron en varias ciudades en distintos períodos. Siempre arrendando casas con amplios patios: esto les permitía tener su propio huerto y gallinero para satisfacer sus necesidades de alimentación cuando llegaban las “vacas flacas”. Dice el poeta, en parte de su autobiografía: “Montamos los hogares del vagabundaje con sentido de eternidad y ambición de estabilizarnos, pues yo fabrico muebles, instalo los gallineros con dos patos, un gallo, tres gallinas, dos pavos y el perro de la casa”.
LIBROS Y VIAJES
Durante el gobierno del presidente Juan Antonio Ríos realizó, junto a Winétt, un extenso viaje por el continente, visitando diecinueve países gracias a un nombramiento como embajador cultural. Pocos años antes de su muerte estuvo en China (invitado por el gobierno de Mao Tse Tung), en la Unión Soviética y en Francia. En todos los lugares que visitó fue recibido por las autoridades y personajes de la cultura, como en México, donde fue acogido por su amigo el pintor David Alfaro Siqueiros y el presidente Lázaro Cárdenas, con los cuales realizó una cabalgata por la ruta de Emiliano Zapata. En Estados Unidos realizó lecturas en bibliotecas y universidades y compartió con los trabajadores estadounidenses.
Su obra la componen cuarenta y seis volúmenes, entre libros de poesía, ensayos, folletos y antologías. En 1922 autoeditó su libro Los gemidos, obra esencial para comprender la literatura castellana del siglo XX. Y aunque el extenso poemario fue despreciado por la crítica de la época, se inscribe dentro de las mayores obras vanguardistas de nuestro continente. Algunas obras fundamentales en su larga bibliografía son: Versos de infancia (1916); Sátira (1918); Heroísmo sin alegría (1926); U (1927); Cosmogonía (1927); Satanás (1927); Suramérica (1927); Ecuación (1929); Escritura de Raimundo Contreras (1929); Jesucristo (1933); Moisés (1937); Gran temperatura (1937); Imprecación a la bestia fascista (1937); Carta magna del continente; Morfología del espanto (1942); Los cinco estilos del Pacífico (1947); Idioma del mundo (1948); Arenga sobre el arte (1949); Epopeya de las comidas y bebidas de Chile (1949); Fusiles de sangre (1950); Fuego negro (1953); Antología 1916-1953 (1954); Genio del pueblo (1960); Acero de invierno (1961); China roja; Estilo de masas (1965) y Mundo a mundo (1966). Póstumamente se publicaron la antología Mis grandes poemas (1969); El amigo piedra (Ed. Pehuén, 1990, autobiografía) y Obras inéditas (LOM, 1999).
LA ÉPICA SOCIAL DE AMERICA
Respecto a su propuesta literaria, De Rokha se jugó por lo que él denominó “la gran épica social de América”, en la cual el papel del creador, del artista, es transformarse en una especie de líder que muestra en metáforas la realidad social. Todo en una visión materialista-dialéctica de los procesos artísticos, cuestión fundamental en la argumentación estética rokhiana. Dicho de otro modo: el poeta no puede ser ajeno a su entorno social, debe sumergirse en la realidad del tiempo que le toca vivir e interactuar con ella. El poeta toma como base de su argumento el desarrollo de la leyenda, a la que define como “la intuición poética de los pueblos”, es decir, la “interpretación artística de la realidad” a fin de reemplazar la “interpretación científica de la realidad”, ya que se la impide (al pueblo) la clase explotadora. Es en el fondo la manera de superar por parte del pueblo la enajenación, sublimando la realidad: “De la leyenda emerge la epopeya antigua y yo construyo la épica social americana, como mítico social del realismo insurgente y combatiente de los inmensos pueblos americanos”.
Desde la muerte de su amada Winétt, en 1951, De Rokha vivió con una tristeza que jamás pudo superar. Luego vino la muerte prematura de Carlos, su hijo mayor, en 1962 y el suicidio de otro de sus hijos, Pablo, en 1968. Esa vida marcada por el infortunio terminó por agotarlo. El 10 de septiembre de 1968, cuando se acercaba a los 74 años de edad, se suicidó en su casa de calle Valladolid, en la comuna de La Reina, ejerciendo una acción consciente y voluntaria. En sus obras inéditas había dejado escrito: “Yo admiro mucho al suicida consciente, al hombre que pone fin a sus padecimientos a plena conciencia y por un acto de su voluntad soberana”.
Domingo, 12 de Diciembre de 2004 15:19 ;?> No hay comentarios. Comentar.
09/08/2004
DE ROKHA
COMER Y BEBERSE CHILE
Por Jorge Teillier (*)
Permítaseme recordar un atardecer de verano en Lautaro, mi pueblo natal, veinte años después de que ocurriera esta escena. Ritualmente salíamos al atardecer a caminar por el pueblo donde ahora sólo me podría acompañar “el buen crepúsculo/ ese único amigo que me queda” (cito a Nicanor Parra). Salíamos con mi hermano Iván, mi padre, Liro Mancilla, y el actual traductor de Esenin, Gabriel Barra, al puente de Cautín para llegar a la última casa del pueblo y luego tomar unas cervezas en el Club Conservador. Ahora bien, caminábamos cuando siento el brusco frenar de un auto (una ranchera) y de él apareció entre la vaga neblina del crepúsculo Pablo de Rokha. “Compañero Teillier –me dice- vengo desde Los Ángeles muerto de ganas de comerme unas patitas de vaca”. Mientras me restregaba la mano dolorida por su vigoroso saludo lo presenté a mis acompañantes. Mi padre me llamó aparte. “El único lugar donde podríamos ir a comer patitas es donde doña Margarita, pero no creo que el poeta le gustaría ese ambiente”, me dijo. “Es el mejor ambiente donde lo podrías invitar”, le respondí. A él no le gustan las cosas siúticas ni pitucas, es popular. Doña Margarita era dueña de una frutería en el barrio Cuyaquén, al lado de la vía férrea. Su hijo era llamado “El caimán” y su esposo era un ciego gigantesco que habitualmente oscilaba entre la embriaguez parcial y la completa y una de cuyas habituales ocupaciones era la de lanzarle piedras al tren de carga de las cuatro que le interrumpían la siesta. Su sueño era sagrado. La frutería era en realidad una especie de pantalla. Lo importante no era ir donde doña Margarita a comprar frutas, sino acceder a su sanctasantorum, la trastienda en donde sus conocidos probaban los frutos de su buena mano. Privilegiados conocidos: el alcalde, el gobernador, el oficial del Registro Civil y hasta el sargento de carabineros encargado de controlar el clandestinaje, que jamás sacaba un parte donde doña Margarita.
Doña Margarita nos acogió muy complacida, sobre todo cuando la enteramos de que el ilustre visitante (que venía acompañado de uno de sus yernos, encargado de vender cuadros de Juan Francisco González) era candidato al premio nacional de Literatura. Pero –como buena anfitriona- nos ofreció además salmoncito recién salido del río (también sacado en época de veda) y pancoras del río, amén de chicha fuerte de manzana de donde Kunz, la mejor de la zona. “Se ve el horizonte”, exclamó con su mejor vozarrón Don Pablo. Y acto seguido –para empezar a abrir el apetito- pidió una damajuana de chicha como aperitivo, junto a una “pichanguita” que fuera bien contundente, para preparar el ingreso a conversar, según sus palabras. La pichanga (a la cual él llamaba –pese a sus años- causeos criatureros) llegó contando con su aprobación: queso de cabeza, arrollado, longaniza, cebolla escabechadas en vinagre y ají cacho de cabra. Doña Margarita la trajo en una fuente calculada para seis personas, pero Don Pablo con la servilleta puesta empezó a devorarla personalmente; a lo cual la patrona respondió sin decir palabra trayéndonos una fuente para seis personas a cada uno. Singular competencia en la cual yo no tomé parte. Luego llegó el fresquísimo salmón en mantequilla negra acompañado de ensaladas y desde luego las patitas (llamadas “uñetas”) y una damajuana, esta vez de vino pipeño. El profesor primario empezó a cantar cuecas chilotas con el beneplácito de la concurrencia. Gabriel Barra bailó cueca con doña Margarita. Eran cerca de las tres de la mañana y pasó el tren nocturno a Puerto Montt, remeciendo la casa de madera. Allí terminó la fiesta, con la aparición del ciego, que además de lanzarle piedras al tren nos lanzó sin el menor respeto a nosotros los invitados.
“Nadie baile cueca en esta casa –dijo-, se van todos los...” (palabras irreproducibles). Así terminó esta jornada. Como estoy hablando de gastronomía, es bueno decir que el poeta cambió su última obra “Idioma del mundo” por un saco de papas donde el vasco Goicoechea y por un quintal de harina donde el molino de Haury, menestras que envió a Santiago a casa de su hija. Para que sus andanzas fueran mejor cambió un libro por un par de zapatos (número 45) en la zapatería López.
El poeta estaba invitado a almorzar a casa de mis padres. Mi madre tenía problemas para ofrecerle la comida, lo que yo dispuse rokhianamente. Don Pablo era dogmatiquísimo al respecto. “No cometáis la mariconada de comer porotos con riendas”, decía, por ejemplo. Y me llevé un gran reto diciéndole que ése era un plato criollo: porotos con rienda. El almuerzo fue una entrada de lomo aliñado de cerdo sureño oceánico, un ajiaco de pacuntras fiambres y un ganso con ajo y arvejitas de la huerta. De aperitivo una chupilca. Ante el espanto de mi madre, don Pablo no reparó mayormente en la copihuera del frontis de la huerta de la casa ni en el jardín, sino que se dirigió derechamente a la huerta y allí extrajo dos cebollas que comió crudas. Después del almuerzo pidió permiso para dormir siesta en un sillón, en el patio, bajo la sombra de los manzanos. El secreto de su salud, decía, era el dormir sentado, durante dos horas. Incluso en la noche. Para ese efecto, apenas dormía en su sillón ponía el despertador para dos horas más tarde. Despierto metíase a la cama.
Yo solía visitar a Pablo de Rokha, espléndido y peligroso anfitrión. Tomaba nada más que al seco y uno debía seguirlo. Recuerdo mi última visita. Fui a pedirle un poema para la revista Árbol de Letras en su casa de Valladolid. Me entregó “La última hoja”, que fue también el último poema que apareció en su vida. Mientras yo comía perniles calientes el “macho anciano” con su hija adoptiva Sandrita en las rodillas, probaba apenas un caldillo de papas. Y recordé uno de sus versos “Retorna a la provincia despavorida y funeral/arrincónese solo en lo solo/cómase un caldillo de papas que es lo más triste que existe/arrincónese sólo en lo solo”. Un mes después recurría a la Smith Wesson 44 igual que Joaquín Edwards Bello, cumplida su tarea de haberse comido y bebido todo Chile, según sus palabras.
(Publicado originalmente en El Mercurio del 20 de noviembre de 1981, bajo el titulo “Pablo de Rokha y unas patitas de vaca”). Tomado de www.centroavance.cl
Lunes, 09 de Agosto de 2004 15:20 ;?> No hay comentarios. Comentar.
17/06/2004
LOS 110 AÑOS DE PABLO, EL MAYOR
"Las Últimas Noticias" - Domingo 14 de marzo de 2004 Luis Sánchez Latorre
No sólo de Pablo Neruda vive el hombre: también de Pablo de Rokha (Carlos Loyola Díaz).
De Rokha, diez años mayor que Neruda, nació en Licantén, a orillas del río Mataquito, en la provincia de Curicó, el 22 de marzo de 1894. Como apunta su acertado biógrafo Mario Ferrero, “su más remota infancia transcurre de poncho y a caballo. Es una infancia dura y varonil, entre arrieros y contrabandistas, entre peones agrícolas y humildes habitantes de la sierra. Este contacto continuo con un medio ambiente de epopeya, fuerte y desgarrador, incluía la convivencia con todo tipo de personajes de complejísima estructura: comerciantes en ganado, policías y bandoleros, auténticos bandoleros de carabina recortada y puñal al cinto. Aventureros de toda especie, domadores, baqueanos, salteadores de caminos, completaban el reparto humano de este violento escenario”.
No sé si en son de broma, Enrique Lafourcade me dijo que De Rokha, como jefe de familia, era un padre intimidatorio con todos sus hijos; que él -Lafourcade- vio alguna vez a Carlos de Rokha, el hijo mayor, preocupado de llegar a tiempo a casa para no incurrir en las iras del padre. Esta historia del poeta reprensor de los hijos me parece sumamente discutible, como la leyenda de que Pablo de Rokha se comía los pavos y los chanchos crudos, sólo por haber escrito “Epopeya de las comidas y bebidas de Chile”, obra superior a todo lo que Neruda hizo sobre la materia.
Es posible que en cuanto jefe de hogar venido de la provincia huasa, moldeado bajo la autoridad patriarcal del 900 de don Ignacio Díaz Alvarado y el cuidado hogareño de doña Laura Loyola, sus padres, De Rokha haya sido un tanto chapado a la antigua. En mis contactos con él, que los tuve en abundancia, jamás presencié escenas de familia que no fueran las de una visible y respetuosa atención por las cosas de los suyos.
Se ha sostenido, asimismo, que fue un bohemio impenitente, sin temor a los rituales de la bebida. Por lo que yo pude captar a través de la experiencia de una larga amistad -que excluye por cierto su juventud-, no fue bohemio ni dado a la bebida. Si se examinan con buena pupila los archivos gráficos de la bohemia literaria chilena en su apogeo, Pablo de Rokha brilla por su ausencia en esta iconografía.
“Caballero proletario”, como él se definía, fue, con “Los gemidos”, su primera obra de largo aliento, padre del vanguardismo en nuestras latitudes. Neruda, para quien De Rokha fue el “papaíto” de juventud hasta el punto de adoptar el nombre de pila del maestro, acabó negándolo a fardo cerrado. En su libro de memorias “Confieso que he vivido” omite su nombre y lo presenta como “Perico de los Palothes”. No es raro: hasta algunos de los mejores amigos de Neruda pasaron a pérdida en tales páginas. Naturalmente, los 110 años del nacimiento de Pablo de Rokha pasarán inadvertidos para el estilo de farándula con que aquí se manejan oficialmente los temas culturales.
Jueves, 17 de Junio de 2004 15:20 ;?> No hay comentarios. Comentar.