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14/08/2005


TRAS LAS HUELLAS DE JORGE TEILLIER

teillier.jpgPor Ramón Díaz Eterovic
Punto Final


Mientras el tren se detiene en la estación de Lautaro, recuerdo un poema de Jorge Teillier: "En el pueblo donde algunos me conocen como el poeta cuyo nombre suele aparecer en los diarios, paseo por la calle Comercio...". Amanece y sobre el horizonte de bosques desfilan nubes con presagios de lluvia. La estación está desierta y sobre unos rieles duerme una añosa locomotora, tal vez del tiempo en que Teillier dejó su pueblo para estudiar pedagogía en la capital, en 1953. En el aire hay aroma de pinos recién cortados y de las chimeneas brota el humo espeso de las cocinas a leña. Un perro recorre la línea del tren y sobre unos alambrados brillan perlas depositadas por la lluvia durante la noche.

Avanzada la mañana del día en que se celebrarán los setenta años de su nacimiento, camino por la calle Comercio, que ahora se llama O'Higgins, rumbo a la estación del ferrocarril donde se realizará el acto de homenaje al autor de Crónica del forastero. Me acompañan su hijo Sebastián, su sobrino Fernando y el escritor Guido Eytel. Murales callejeros, un poema grabado sobre piedra al inicio del puente que cruza el río Cautín, una placa en la casa paterna y otra en la plaza que lleva su nombre recuerdan que Lautaro es el pueblo de Jorge Teillier, y que sus habitantes, desde el alcalde hasta el más anónimo de los vecinos, se sienten orgullosos del vínculo que los une al poeta.

Jorge Teillier nació el 24 de junio de 1935, el mismo día y año en que Gardel entró al país de las leyendas y cuando los mapuche celebran la llegada del año nuevo. Hijo de Fernando Teillier y Sara Sandoval, creó hasta el día de su muerte una de las poesías más profundas y originales de nuestra literatura. Su primer libro fue Para ángeles y gorriones (1956) y a éste le siguieron, entre otros, El árbol de la memoria, Poemas del país de nunca jamás, El cielo cae con las hojas y El molino y la higuera. Dirigió la revista Orfeo y el Boletín de la Universidad de Chile, y se le suele mencionar como el creador de la poesía lárica, enraizada en el mundo de la infancia y la provincia como un espacio mítico desde el cual el poeta busca comunicarse con sus semejantes y gritar su desasosiego frente a un mundo que se autodestruye y aparta de las cosas esenciales de la vida.

Mientras recorro Lautaro tengo la sensación de caminar por estrofas de un poema de Teillier. El pueblo parece suspendido en el tiempo y al correr de los minutos aparecen los restos de un viejo molino, la casita del club de tenis del pueblo y el edificio de la Biblioteca Municipal, donde han montado una exposición en recuerdo del poeta. En su interior algunos niños consultan libros para sus tareas y la encargada del lugar habla con orgullo de la biblioteca móvil que recorre los poblados aledaños. De la biblioteca pasamos al Municipio, donde sonríe Jorge Teillier en las fotos expuestas por Jorge Aravena Llanca. En algunos de los retratos lo vemos caminar junto a la línea del tren, y en otros, acompañado de su hermano Iván y del poeta magallánico Rolando Cárdenas.

Jorge Teillier murió el 22 de abril de 1996. Era un amigo generoso, siempre pendiente de encontrar la palabra justa para alentar el trabajo de sus camaradas de oficio. Su poesía es un solo y gran poema que nos habla del tiempo del arraigo, de la nostalgia por las cosas idas, de sus libros, de poetas y escritores favoritos, de los colores y aromas de las cosas amadas. En el recuerdo lo veo entrar al bar Unión, con algunos libros y la revista The Ring bajo el brazo, atento a los saludos que le prodigan los parroquianos con los que solía conversar de lo humano y lo divino. Después de saludar a los amigos lo veo sentarse "a la mesa de los poetas" y sacar de entre sus papeles el último poema que ha escrito o escucho su comentario acerca del libro que ha visto en una librería de viejo y recomienda leer. De los maestros que reconozco en el oficio de escribir, Teillier es el principal, tanto por su maravillosa poesía que sigue iluminando, como por su modo sutil de enseñar, sin estridencias ni ostentaciones. Jorge era un poeta que se imponía por su transparencia y lucidez, y lo que se aprendía de él era lo que fluía espontáneamente de sus diálogos, donde siempre había un momento para desentrañar los misterios de la poesía y de la amistad.

Con la llegada de las primeras sombras llegan a la estación los invitados al festejo. El alcalde y los vecinos. Familiares y amigos de Teillier. Los poetas del Grupo Literario Prisma y los miembros del Grupo de Amigos de la Biblioteca Municipal de Lautaro. Niños y niñas que abren sus ojos con asombro. Antiguos residentes que recuerdan anécdotas vividas con el homenajeado. Jorge Aravena Llanca abre los fuegos y canta cuatro canciones dedicadas al poeta de Cartas para reinas de otras primaveras. Luego, se inicia una mesa de conversación en la que participan Guido Eytel, Elicura Chihuailaf, Ramón Díaz Eterovic y Hurón Magma. Anécdotas y recuerdos que hablan del impacto de la poesía de Teillier en los panelistas, y del privilegio de haber compartido una copa de amistad con él.

Alguien recuerda que en los últimos días se han hecho muchos homenajes al poeta, pero que sin duda el más significativo es el que en esos momentos se realiza en su pueblo. Un homenaje modesto, sin el apoyo de las entidades que supuestamente promueven la cultura, pero emocionante y sencillo, como sin duda le habría gustado a él.

Terminada la conversación se procede a entregar los premios del Concurso de Poesía Jorge Teillier. Poetas de distintas edades reciben sus galardones. Una niña lee un poema dedicado a su padre. El alcalde de Lautaro reafirma su compromiso con la memoria de quien es el hijo más ilustre del pueblo. Sigue la lectura de un texto enviado desde Santiago por Juan Guzmán Paredes, amigo de juventud de Teillier, y el acto culmina con la actuación del conjunto folclórico municipal. Afuera cae la noche, sopla el viento y ningún tren se detiene en la estación.

Es la hora del brindis. Recuerdo otros versos de Teillier: "Voy a la sidrería. Allí están los parroquianos de siempre y me saludan mis viejos compañeros de curso que sueñan con ser alcaldes o regidores...".

Al otro día concurrimos al cementerio a visitar el lugar donde yacen los restos de Iván Teillier, notable creador de atmósferas y personajes sureños. Y por la tarde, en la Sidrería Kunz brindamos con Fernando Teillier Sandoval. Sus gestos, su risa y su humor recuerdan a su hermano Jorge. Por un instante me parece que el poeta ha aparecido en medio de la noche para pedir en voz baja una caña de sidra. Fernando cuenta jocosas historias y de pronto, alguien pide permiso para leer un poema. Se suman más poetas a la celebración. Poetas provenientes de Teodoro Schmidt, Carahue, Angol y Temuco. Alguien recuerda que el tren nocturno está por pasar. Corremos al encuentro de la locomotora que rompe el silencio de la noche. A la hora de la despedida, pienso en otro poema de Teillier: "Lo que escribo (...) es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos". También en: "Todas las tardes regresan sus admiradores que en la estación se empujan para llevarlo en hombros a la vuelta de su gira triunfal y lo dejan en la primavera del césped de pez-castilla donde -como le prometió a su madre- sueña que ha esquivado -sin despeinarse- los golpes del olvido".

Jorge Teillier ha cumplido setenta años y brindan por él las estrellas en el cielo de Lautaro.

PEQUEÑA CONFESIÓN



Jorge Teillier

Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.
Me amaron las doncellas y preferí a las putas.
Tal vez nunca debiera haber dejado
El país de techos de zinc y cercos de madera.

En medio del camino de la vida
Vago por las afueras del pueblo
Y ni siquiera aquí se oyen las carretas
Cuya música he amado desde niño.

Desperté con ganas de hacer un testamento
-ese deseo que le viene a todo el mundo-
pero preferí mirar una pistola
la única amiga que no nos abandona.

Todo lo que se diga de mí es verdadero
Y la verdad es que no me importa mucho.
Me importa soñar con caminos de barro
Y gastar mis codos en todos los mesones.

"Es mejor morir de vino que de tedio"
Sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.
Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano
Cuando se gastan los codos en los mesones.

Tal vez nunca debí salir del pueblo
Donde cualquiera puede ser mi amigo.
Donde crecen mis iniciales grabadas
En el árbol de la tumba de mi hermana.

El aire de la mañana es siempre nuevo
Y lo saludo como un viejo conocido,
Pero aunque sea un boxeador golpeado
Voy a dar mis últimas peleas.

Y con el orgullo de siempre
Digo que las amadas pueden ir de mano en mano
Pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron
Y yo gasto mis codos en todos los mesones.

Como de costumbre volveré a la ciudad
Escuchando un perdido rechinar de carretas
Y soñaré techos de zinc y cercos de madera
Mientras gasto mis codos en todos los mesones
.
Domingo, 14 de Agosto de 2005 19:57 ;?> No hay comentarios. Comentar.

15/03/2005


ESCRITORES EN EL CORAZÓN SECRETO DE SANTIAGO

111estacion.gifPor: Ramón Díaz Eterovic

Desde la fundación de la ciudad, el río Mapocho fue una línea divisoria entre el centro de Santiago y los barrios que se proyectaban hacia el norte, en una especie de tierra de nadie que, en un comienzo sirvió de camino de entrada para viajeros y comerciantes, y más tarde fue poblado por artesanos y campesinos. Luego, con el paso de los años y el natural crecimiento de la ciudad, las riberas mapochinas se convirtieron en un espacio donde convivían lo popular y lo marginal. “La Chimba” por el lado norte de el Mapocho, y el “Barrio Chino” de la calle Bandera eran sinónimos de extramuros, de lugares donde todo parecía estar permitido, y por lo mismo, un territorio atractivo para escritores, poetas y artistas de toda clase que prolongaban sus noches en largas horas de bohemia o buscaban algún material que les sirviera de inspiración.

LA ORILLA NORTE

Cruzando el Mapocho hacia el norte, con el recuerdo del puente de Calicanto construido bajo la despiadada mirada del corregidor Zañartu, a fines del siglo XIX, se levantaban las modestas casas de La Chimba. Un paisaje de construcciones modestas, de paja y barro, apenas alteradas por la altura de alguna iglesia, rodeadas de chacras que proveían a las familias santiaguinas. Y entre esas casas de modestos agricultores, la presencia de posadas clandestinas a las que con frecuencia llegaban escritores o poetas. A ese entorno llegó en 1886 el poeta nicaragüense Rubén Darío, creador de “Azul” y “Abrojos” y otros textos que le dieron fama e inmortalidad en las letras hispanoamericanas. Joven, taciturno, algo acomplejado por la pobreza, su estancia en Santiago no generó en él recuerdos especialmente felices. Consiguió trabajo en el diario “La Epoca” y la amistad de algunos jóvenes poetas, entre los que destacaba Pedro Balmaceda, hijo del presidente José Manuel Balmaceda. Huraño y de trato arisco, la crónica menciona que en más de una ocasión, Rubén Darío cruzó el Mapocho para internarse en algún lupanar de La Chimba, donde se perdía por semanas y debía ser rescatado por sus amigos. En su libro “Viaje Literario”, el ensayista Domingo Melfi, señala: “entre seres desconocidos, que solían estarse quietos en los mesones de la cantina, mientras Darío encendía junto a ellos, la llama azul o verde de la embriaguez”. Darío dejó en Santiago un puñado de versos y un amor clandestino que se supone motivaba sus excursiones hacia “La Chimba”.

Años más tarde, al inicio del siglo XX, otro poeta daría de que hablar por su desenfrenada bohemia a uno y otro lado del río Mapocho. Pedro Antonio González, poeta proveniente de Curepto, hizo de la noche su hábitat favorito hasta ganarse el derecho a ser considerado como el “primer poeta maldito chileno”. González tuvo una breve existencia que, en el plano de las publicaciones se materializó en su único poemario: “Ritmos”. Oreste Plath, en su libro de recuerdos “El Santiago que fue”, dice: “En 1900, para el poeta maldito Pedro Antonio González, el “Quitapenas” era dormitorio, biblioteca, cuarto de tarea y bar”. Perdido en la noche santiaguina, Pedro Antonio González dejó en la literatura chilena un puñado de poemas que sentaron escuela y aún se recuerdan en antologías y revistas.

Y si se trata de poetas de fugaz estadía terrena, es preciso mencionar a Domingo Gómez Rojas, quien vivió la bohemia febril de los primeros años del siglo XX y murió el año 1920, en la Casa de Orates de Santiago, después de ser detenido y torturado por la policía, acusado de ser un anarquista revoltoso. Su única obra publicada se llamó “Rebeldías Líricas”. En la calle Pío Nono, frente a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, en el comienzo del barrio Bellavista, se encuentra el parque que recuerda al poeta y hasta hace unos años, existía un monolito que recordaba su nombre. Hoy, en ese lugar, se ubica una feria de artesanía que sirve de entrada a la bulliciosa calle que conduce hacia el Cerro San Cristóbal. La vida de Gómez Rojas y de otros escritores de la época está recreada en el libro “El año 20” de Luis Enrique Délano y “Cuando era muchacho” de José Santos González Vera.

Oreste Plath, destacado escritor y recopilador de nuestras tradiciones y costumbres populares, recuerda que en alguna época existió el grupo literario “Avance”, integrado por estudiantes de la Escuela de Derecho, entre los que destacaban Hernán Cañas, Augusto Santelices y Julio Barrenechea, poeta que llegaría a obtener el Premio Nacional de Literatura. Después de recorrer los bares aledaños a la Escuela de Derecho, Plath dice que estos poetas “se volcaban alegres en los negocios de la calle San Pablo y Bandera (...) y más de una vez, cuando ya venía el alba, comían pequenes en la puerta del Mercado”. El Mercado Central, tanto como La Vega, también han sido puntos recurrentes para los poetas y escritores, ya sea para comer un plato barato o recuperarse de la última borrachera. Según Plath, Mariano Latorre, el padre del criollismo chileno, autor de “Zurzulita” y “Cuna de cóndores”, entre otras obras, solía comer en ese lugar “caldo de cabeza, chanfainas y choros crudos”. En los años 80’, cuando por culpa del toque de queda la bohemia literaria se hizo diurna y urgente, era posible encontrar al poeta Mario Ferrero -autor de “Capitanía de la sangre” y otros notables poemarios- en un bar de Pío Nono, próximo a una sucursal del Hipódromo Chile en la que hacía sus apuestas y luego volvía para compartir una copa con algún amigo o conocido.

Hoy en día La Chimba sigue siendo un lugar de atracción para los escritores, en especial el sector que se conoce como el Barrio Bellavista. Por la calle Pío Nono hacia el norte, y en las calles vecinas, son numerosos los locales nocturnos que acogen a los escritores, y también destacan las numerosas salas de teatro donde se representa buena parte de la producción de los dramaturgos chilenos. Un punto de encuentro de escritores es el “Thelonius”, en la calle Bombero Ñuñez, donde al alero del jazz y las copas generosas se suelen efectuar presentaciones de libros o lecturas de textos, o el “Eladio” célebre no solo por sus carnes asadas, sino que también por sus noches de tango. Otro lugar clásico en este barrio es “El Venecia”, frecuentado en alguna época por el vecino Pablo Neruda. También hay restaurantes cuyos nombres tienen raíces literarias: “Off the records”, “Altazor” y “Como agua para chocolate”. En las veredas de Bellavista es frecuente encontrar ofertas de “libros de segunda mano” y con dispar fortuna han funcionado librerías como “El libro Café” y “La Calabaza del Diablo”. Pero, sin duda, el mayor atractivo del barrio está en sus calles y casas en las que se respiran aires de otras épocas, y sus bares y restaurante que alientan la bohemia santiaguina.

LA ORILLA SUR

El “Barrio Chino” que se extiende por la calle Bandera, desde la calle Compañía y hasta la añosa Estación Mapocho es parte indiscutible de la bohemia literaria chilena. En su época de esplendor acogió a numerosos bares, restaurantes y cabarés que terminaron siendo lugares frecuentados por poetas y narradores, solo o acompañados de sus musas. Un barrio vinculado a la época joven de Pablo Neruda quien, junto a amigos como Juvencio Valle, Diego Muñoz, Alberto Valdivia, Rubén Azócar, Alberto Rojas Giménez y Tomás Lagos solían compartir muchas horas de poesía y copas.

En la calle San Pablo, al llegar a Bandera, se encontraba “El Jote”, boliche en el que Neruda y sus amigos comían chupe de guatitas. Próximo a este restaurante se encontraba “El Venezia”, donde según cuentan algunos cronistas, una noche Neruda habría leído a sus amigos fragmentos de las obras de Marcel Proust y James Joyce, entonces dos autores poco conocidos en Chile. Siguiendo en la calle Bandera se encontraba “La Antoñana” que ofrecía a los poetas el “sandwich de los pobres”, consistente en un pan untado en salsa de ají. Pero, sin duda las dos picadas más famosas del sector eran “El Hércules” y la boite “Zeppelín” donde un grupo de escritores protagonizó una singular anécdota contada por Diego Muñoz en su libro “La bohemia Nerudiana”. Una noche, a pocos días del regreso de Diego Muñoz desde el Ecuador, a donde había ido a dar perseguido por la dictadura del General Ibañez, fue informado por Neruda y otros amigos que se inauguraría una nueva boite en el barrio. Neruda presentó a Muñoz al dueño de la boite como un destacado muralista de apellido Muñiz y se llegó a un trato especial. Muñoz pintaría un mural en la boite y como retribución a su trabajo se le pagarían $10.000 pesos de la época, de los cuales la mitad se haría en billetes y el resto en cervezas.

Francisco Coloane, el autor de “El grumete de la Baquedano” y otros textos que dieron estatura literaria a la región magallánica, también fue en su juventud un asiduo visitante de los bares de la calle Bandera. El periodista Luis Alberto Mansilla, en una crónica publicada en la revista “Punto Final”, recuerda que fue en un bar de la calle Bandera donde Coloane conoció al periodista José Boch, él que lo convenció para escribir un cuento y de paso ganarse algunos pesos con su publicación en el diario “El Mercurio”. Coloane escribió el cuento en un par de horas y se publicó con el título de “Lobo de un pelo”. Más tarde, ese mismo cuento, mejorado por su autor, pasó a ser su célebre relato “Cabo de Hornos”. Otro escritor que frecuentaba los bares de la calle Bandera fue Teófilo Cid, considerado el primer poeta surrealista chileno y autor de un valioso volumen de crónicas titulado “Hasta Mapocho no más”. Cid, al que el poeta Gonzalo Rojas llamó “lobo estepario de las noches santiaguinas” murió pobre y prácticamente botado en la calle, después de una vida dedicada a la poesía, el periodismo y la diplomacia. Al escribir sobre la muerte de Cid, Jorge Teillier, señaló que “fue uno de los últimos bohemios, en el buen sentido de la palabra”.

Pero si duda, el lugar más afamado del barrio Chino era y lo sigue siendo “La Piojera”. Su nombre original y legal es “Restaurante Santiago Antiguo”, pero casi nadie lo recuerda. La Piojera está ubicada en Aillavillú, una calle breve y vital donde sobreviven algunos bares, cabarés, boliches de venta de yerbas, salones de pool. La Piojera se creó el año 1916 y su dueño fue Carlos Benedetti. El nombre del bar se le atribuye al presidente Arturo Alessandri, político aficionado a las parrandas que murió en el cálido lecho de su amante. Se dice que llevado al lugar por un grupo de sus partidarios, habría exclamado: "¡Me han traído a una piojera”.

“La Piojera” es una estación obligada para quien desee beber una buena copa de chicha o pipeño, o quiera conocer un sitio singular del centro de Santiago. Pocos deben ser los escritores y artistas que no han cruzado sus puertas y ocupado una de sus añosas mesas. Se cuenta que Francisco Coloane era uno de sus visitantes habituales y que el tenor Ramón Vinaí habría interpretado arias de Verdi subido arriba de un tonel de chicha. En crónicas periodísticas se recuerda al pintor Pacheco Altamirano como otro de sus clientes, y en los años 80, nos tocó vivir algunas improvisadas lecturas de poemas en las que participaban Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Alvaro Ruiz y Aristóteles España, entre otros poetas.

Pablo De Rokha vivió a una cuadra de “La Piojera”, en el desaparecido hotel Bristol, ubicado frente a la Estación Mapocho. En ese lugar recibió al poeta Allan Ginsberg, cuando este realizó una gira por Chile, a fines de los años sesenta. ¿De Rokha era cliente de “La Piojera”? No se sabe, pero la periodista María Soledad de la Cerda, en una crónica publicada en la revista ¿Qué Pasa?, anota: “ Si se trataba de celebrar fuera de casa, el poeta gozaba yendo al Mercado Central, para disfrutar junto a sus amigos de un buen plato de mariscos. En una de esas ocasiones lo acompañó un joven poeta, que confesó abominar de los productos del mar, y que por lo tanto pediría un berlín y una Bilz. De Rokha, incrédulo y horrorizado ante lo que consideró una herejía, le respondió que "ningún carajo se come ante mí esa porquería; por favor pida lo que quiera, pero póngase a comer contra el muro para que yo no lo vea".

Con la llegada del nuevo siglo, el tradicional Barrio Chino de la calle Bandera muestra los embates del tiempo y de la modernidad. De las viejas picadas a las que llegaban Neruda y sus amigos, hoy solo sobreviven los recuerdos. La popular boite “Zepellín” y el bar “Hercules” están convertidos en tiendas de ropa usada proveniente de Alemania o los Estados Unidos. La calle Bandera se ha llenado de cabarés de dudosa reputación que empiezan a ser desalojados para dar paso a nuevos edificios que pretenden cambiar el rostro a este sector tradicional de Santiago. Sobreviven algunas picadas populares, como la ya mencionada “Piojera”, el bar “Central” en la calle San Pablo y el “Wonder” en General Mackenna, a pocos pasos de la Estación Mapocho.

Santiago es una ciudad que crece y se renueva, muchas veces al costo de borrar su memoria urbana y cultural. Las riberas mapochinas siguen observando el ir y venir de los santiaguinos, y en sectores como “La Chimba” y el “Barrio Chino” se respira aún cierto aire suspendido en el tiempo. Un aire que nos trae el rumor de la ciudad y a veces también las anécdotas de muchos escritores y artistas que recorrieron sus calles anhelando escuchar el palpitar del corazón secreto de la ciudad."
Martes, 15 de Marzo de 2005 20:06 ;?> No hay comentarios. Comentar.

29/12/2004


ROBERTO BOLAÑO: "TERRITORIOS EN FUGA"

uni1311det1[1].jpgpor Ramón Díaz Eterovic

La muerte de Bolaño generó una amplia resonancia en el medio literario, en especial desde la voz de muchos escritores jóvenes. Pocos autores chilenos de las últimas décadas, y en tan poco tiempo, han dejado una impronta que otros escritores aprecian como un camino a seguir y profundizar, tanto en lo que se refiere a las formas por las que incursionó su escritura, como a la relación apasionada de un autor con la literatura. Esto mismo queda confirmado en el libro “Territorios en fuga. Escritos sobre la obra de Roberto Bolaño”, recopilación de ensayos realizada por Patricia Espinosa y publicada por Frasis Editores, que reúne a un conjunto de miradas críticas, de lecturas unidas por el entusiasmo que genera la obra de Bolaño.

Todas mis lecturas de Bolaño me han dejado la sensación de haber sido parte de una propuesta novedosa, muchas veces arriesgada, siempre efectiva. Al leer sus novelas y cuentos uno tiene la certeza de estar frente a un animal literario singular que respira y genera literatura de buena ley. He disfrutado sus cuentos de “Llamadas telefónicas” y “Putas Asesinas”, enganchado a concho con el mundo de “La pista de hielo” y compartido el itinerario de Belano y Ulises Lima en “Los detectives salvajes”. En sus textos me atraen sus guiños hacia los llamados géneros o subgéneros. Lo policial o la novela negra tiene una presencia evidente en varias de sus obras. “Los detectives salvajes” –sin ir más lejos- es una novela que puede leerse como una frenética pesquisa orientada al corazón de la literatura, a las motivaciones que llevan a usar la palabra como expresión de vida.

“Territorios en fuga” es un libro concebido antes de la muerte de Bolaño, por lo que mal podría ser catalogado de un esfuerzo oportunista o para estar en “onda”. En tal sentido, es importante que la crítica tenga la lucidez suficiente para abordar la obra de un autor en su momento, a despecho de modas o cánones preestablecidos. Se trata de un esfuerzo por situar la obra de Bolaño, establecer sus coordenadas creativas y de generar una oportuna corriente de reflexión desde la perspectiva de un grupo de críticos, profesores y escritores. En los ensayos nos encontramos con una aproximación a su obra y biografía de parte de José Promis, el abordaje a su poesía en los trabajos de Cristián Gómez, Jaime Blume, Marcelo Novoa; su relación con la narrativa policial en el texto de Magda Sepúlveda; su narrativa breve vista desde las perspectivas de Roberto Contreras y Guillermo García-Corales; el análisis de “Los detectives salvajes” en casi todos los textos, y con particular profundidad en el de Grinor Rojo; a “Nocturno de Chile” y “Literatura nazi en América Latina” en el análisis de Alvaro Bizama, y acercamientos generales a toda la obra de Bolaño, realizados por Javier Edwards, Camilo Marks, Dario Oses, Pablo Catalán, Alejandro Zambra, Manuel Jofré e Iván Quezada. La rápida mención de los distintos abordajes revela el alcance del libro. Textos que dialogan y se complementan, que discuten entre sí, y reflexionan acerca de sus luces y hallazgos, su imaginería desbordante y muchos otros elementos que integran el universo narrativo Bolaño.

Por último, destaco el trabajo de Patricia Espinosa, tanto por la convocatoria que permitió estructurar el volumen sobre la obra de Bolaño, como por el análisis de la crítica literaria en Chile que realiza en el estudio preliminar del libro. Pocas veces he leído algo tan agudo acerca del quehacer crítico en Chile, y es de esperar que, como ella misma lo demanda, sea un texto que provoque reacciones, que dialogue con otras miradas. Frente a la partida física de Bolaño nos queda la vitalidad de sus libros que, al fin de cuentas, es donde los escritores hacen sus apuestas, colocando sobre la mesa talento, corazón, energía. No tengo ninguna duda que Bolaño ganó esa apuesta y que su obra seguirá presente en nosotros, provocando nuevos estudios y sobre todo, conquistando nuevos lectores. Bolaño es, sin duda, un escritor del futuro.

(Fragmento del texto leído en la presentación del libro “Territorios en fuga. Estudios sobre la obra de Roberto Bolaño”, realizada en la Biblioteca Nacional, el pasado 22 de agosto).
Miércoles, 29 de Diciembre de 2004 18:49 ;?> No hay comentarios. Comentar.

18/07/2004


HUGO VERA MIRANDA: POESÍA EN SILENCIO

natales-4.jpgpor Ramón Díaz Eterovic

Hugo Vera Miranda es un poeta singular. Pronto a cumplir sus 50 años de edad, permanece fiel a su deseo de no publicar sus textos poéticos, los que salvo en algunas revistas de Buenos Aires y otras pocas de Chile nunca han sido recogidas en un libro. Un hecho inusual en un país donde -y con justa razón­ los poetas y narradores se desviven por ver sus creaciones convertidas en libro. Hugo Vera Miranda nació el año 1951 en Puerto Natales y su vida ha transcurrido entre su ciudad natal y Buenos Aires, ciudad está última donde siguió estudios de psicología, trabajó de librero y durante un tiempo editó la revista de poesía "El Trauko".

En Puerto Natales, su casa acoge a una biblioteca borgeana, asombrosa por su diversidad y una gama inusitada de objetos que recuerdan su larga residencia en la Argentina, donde en los años 80 se vinculó activamente al quehacer literario bonaerense. Hoy vive rodeado del entorno natalino, con sus calles despeinadas por el viento y que sólo en verano ven alterada su tranquilidad por el paso de turista en camino a las Torres del Paine o los ventisqueros que realzan la geografía aún inexplorada de Ultima Esperanza. Asiduo de los rincones noctámbulos, su poesía se ha ido decantando sin prisa, con la parsimonia de los días provincianos.

Su habitat y los textos que escribe hablan de un poeta que ha elegido el anonimato, por vivir la poesía como un asunto cotidiano, sin estridencias. Los poemas que se publican han sido espigados de revistas como "La Gota Pura", la revista "Ultimo Reino" (Buenos Aires), el Suplemento Literario del Diario "El Magallanes" y de "Poesía Insurgente de Magallanes", antología realizada por los poetas magallánicos Pavel Oyarzún y Juan Magal. El resto de sus poemas permanecerán inéditos hasta que su opción por el silencio no diga otra cosa.

El TIGRE DE LA MEMORIA

¡Ah qué ganas de vaciar mi cabeza!
Tantos rostros, calles, invierno.
Un horizonte de promesas incumplidas,
la fatiga del tiempo girando, girando,
viejas cartas que nada dicen,
amores tapiados por la insolencia del olvido.
El barco a punto de partir
y nos aferramos a nuestros muertos,
el tigre de la memoria incansable trabaja,
de sol a luna, de luna a mar.
El verdugo hastío se mece en mis cabellos,
estoy solo, me he abandonado,
un juramento, un clamor, una traición,
son enigmas que el viento descifra,
continúo esta marcha inexorable
con la muerte en mis bolsillos.

UNA MAÑANA EN PUERTO NATALES

Íbamos con mi novia al puerto,
íbamos con mi novia a comprar pescado,
al puerto,
de improviso el cielo estalla,
una bandada de gorriones
se posa delicadamente sobre la nieve;
la nieve del puerto.
Me alejé de mi novia,
el pescado se olvidó de mí
y eché a volar con los gorriones.

TODA PLEGARIA ACUMULADA

Con largos colmillos incrustados
al filo de horizonte
la angustia me mira y sobrepuja,
yo parpadeo y sonrío,
viendo pasar su larga melena.
Espero del rocío una palmada
violenta,
indescifrable,
que abarque en un instante
toda plegaria acumulada.

LOS JINETES DEL APOCALIPSIS

¿Cómo defenderse de los solapados inviernos
que anidan las moradas oscuras del deseo?
¿Cómo volver por un instante
al tiempo feroz de la infancia
donde un viejo con cara de sapo
lanza palomas al paso del tren?
¿Cómo descifrar la caricia lejana
y que ahora atormenta el insomnio?
Nos vamos quedando solos,
rodeados de demonios danzando
y un tiro de gracia
que se hará efectivo
apenas crucemos
el umbral de la esperanza.

NOS HABIAMOS AMADO TANTO

No pienses que es fácil olvidarte,
pasarán los trenes, las lluvias, las estaciones,
llegarán los barcos repletos de turistas
y una gaviota quemará sus alas al sol.
Pero por favor...
No pienses que es fácil olvidarte,
la vida habrá de cachetearme paso a paso,
el tiempo me cubrirá de arrugas
y en cuanto menos lo piense ¡saltará la liebre!
tendré mujer, hijos, una casa de madera,
una caña enorme para atrapar peces diminutos,
una vida hecha, una posición respetable,
pero no pienses que es fácil olvidarte.
Yo moribundo, sin curas, poses ni ceremonias
y de cuerpo presente al infinito
habré de pensar en ti,
habré de pensar
que nunca fue fácil olvidarte.
Domingo, 18 de Julio de 2004 17:22 ;?> Hay 1 comentario.

03/05/2004


BALDOMERO LILLO: SUBTERRA

subterra1.jpgPor Ramón Díaz Eterovic

Cuando en Chile se menciona a Baldomero Lillo brota de inmediato el recuerdo de sus cuentos de ambiente minero y el nombre de algunas de sus obras, como "El chiflón del diablo", "La compuerta número 12”, "El grisú" o "La paga" que forman parte de un conjunto de cuentos que se vienen leyendo de generación en generación. "Subterra", publicado el año 1904, es un libro que causó revuelo en el tradicionalista e apocado ambiente de la literatura chilena de comienzos de siglo pasado. Un medio literario que hasta entonces seguía las aguas de algunos clásicos españoles y recibía la influencia de la literatura francesa, sin alcanzar una estatura propia y desde luego, alejada de la realidad social de un país que se preparaba para celebrar el primer centenario de su independencia. Su primera edición -un volumen de aspecto simple, sin prólogo y sin el nombre de su editor, tal vez financiada por la escuálida billetera del autor- se agotó en pocas semanas. El nombre de Lillo pasó a ser valorado en los ateneos literarios de la época, y prácticamente todos los escritores relevantes de esa época alzaron sus voces para elogiar su trabajo. El escritor Rafael Maluenda lo llamó "el más serio, humano y original de los cuentistas americanos", y Eduardo Barrios, narrador de celebrada pluma en Chile, lo consideró "el más chileno de los narradores de su generación, porque entre las fuentes vivas y el papel tendió con sinceridad espontánea y absoluta el arco de su talento".

El éxito se debió a que Baldomero Lillo presentaba un mundo hasta entonces omitido en la literatura chilena, y una colección de personajes que tienen la inconfundible marca de lo auténtico. El mundo de los minerales carboníferos de Lota, ciudad del sur de Chile que cobijaba a una infinidad de mineros que laboraban en condiciones de extrema miseria. Además, los cuentos de Baldomero Lillo aportaban un lenguaje simple, acertados retratos humanos y un sentimiento solidario de los que era difícil sustraerse.

Como señala Ernesto Montenegro, un escritor chileno contemporáneo de Lillo, "por primera vez, la alpargata y la blusa hicieron la caminata hasta las librerías del centro para volver al suburbio cargando debajo del brazo una obra de un autor nacional. Es el primer autor chileno con un público lector que abarca del taller y la planta industrial a los cenáculos literarios".

Baldomero Lillo nació en el pueblo minero de Lota el 6 de enero de 1867. Fue un niño muy enfermizo y sus largas convalecencias lo hicieron un lector voraz de Julio Verne, Dickens, Tolstoi, Balzac. Su padre fue un minero que buscó fortuna, sin ningún éxito, en distintas zonas de Chile e incluso en California, durante la fiebre de oro desatada en esa zona, A la muerte de su padre, Baldomero Lillo, trabajó como empleado en una pulpería de Lota. Ese trabajo y las experiencias de la niñez lo hacen relacionarse estrechamente con la vida y sufrimientos de los mineros con los que a diario vez pasar por las calles de Lota. La realidad con la que convive durante casi 20 años impacta su ánimo y conciencia. De ella emergen sus personajes estremecedores. Los viejos mineros que se identifican con el agónico fin del caballo que ha sido su compañero de faenas; el padre que lleva a su hijo de 8 años a trabajar al fondo de la mina, porque como apunta el narrador "debe ganar el pan que come, y como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la vida". Los obreros amenazados de despido, la dura faena que convierte en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos; los oscuros túneles a más de cuarenta metros bajo el mar, las filtraciones de agua que acompañan las faenas como una música tétrica que les advierte de la presencia de la muerte, la brutalidad de los administradores y los capataces, y todo la amplia galería de personajes y anécdotas que pueblan sus cuentos.

La obra de Baldomero Lillo se concentra en dos o tres docenas de cuentos y relatos que comienza a escribir cerca de los 40 años, y que se publicaron con los títulos de "Subterra", "Subsole", "Relatos Populares" y "Páginas del Salitre". El año 1900, Lillo se traslada a Santiago, y en la Capital, junto con ganar un espacio en el medio literario de la época, debe ganarse la vida como agente de seguros, escribiente en una notaría, hasta que finalmente obtiene un cargo administrativo relacionado con la educación que le da tranquilidad para sobrellevar una vida sencilla, de pocas pretensiones. También en esa época ya padecía la tuberculosis que le llevaría a la muerte en 1923, cuando vivía en San Bernardo un pueblo vecino a Santiago.

Fue hermano de Samuel Lillo, poeta que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Sus contemporáneos lo describen como un hombre quitado de bulla, parco, introvertido, humilde, que en las tertulias literarias prefería mantenerse en silencio, sin llamar la atención.

Lota, el sitio natal de Baldomero Lillo, es la zona carbonífera de Chile. A fines del siglo 19 y comienzos del 20, la explotación del carbón, en minas que se internaban por kilómetros bajo el lecho marino, era fuente de riqueza para familias de capitalistas que amasaban sus fortunas, construían palacetes y exóticos jardines a costa del sacrificio cotidiano de los mineros. La extracción del carbón se basaba en la fuerza humana y animal, y los obreros, al igual como ocurría en el norte de Chile con la explotación del salitre, vivían prácticamente confinados a los límites del mineral, hacinados en barracas, padeciendo los efectos del gas grisú, trabajando en las peores condiciones que se puedan imaginar. Como paga recibían fichas que sólo podían canjear por vestuario y alimento en las tiendas de los patrones, a los precios que estos imponían. Vivían al borde de la esclavitud. Hoy, Lota es un pueblo casi fantasma. El carbón que se extraía de sus minas perdió valor en los mercados mundiales, se determinó el cierre de las minas y se impulsaron programas de reconversión económica que poco o ningún éxito tuvieron. Los antiguos mineros, hoy cesantes o ejerciendo trabajos ocasionales, viven en condiciones no muy lejanas a las que retrata Baldomero Lillo.

"Subterra" de Baldomero Lillo aparece cuando en Chile recién se comienza a hablar de las llamadas "cuestiones sociales" bajo la influencia de pensadores provenientes del positivismo y el anarquismo. Aporta un paisaje humano inédito en la literatura chilena, el de un puñado de obreros que, como dice en uno de sus cuentos, sólo tienen por delante el destino de "trabajar, padecer y morir". La obra de Lillo entra como un ventarrón en la literatura chilena y genera una impronta que deja huella en escritores posteriores y que tiene su mayor expresión en la llamada Generación del 38, compuesta por autores que ponen el acento en las realidades sociales, y entre cuyos exponentes mas destacados están Nicomedes Guzmán, Alberto Romero, Andrés Sabella, Diego Muñoz, Manuel Rojas, Francisco Coloane. Todos autores que le dan rostro propio a la literatura chilena, incorporando historias cargadas de autenticidad, relacionadas con la explotación del salitre y el carbón, la vida en la Patagonia y los conventillos capitalinos en los que sobrevive el pueblo. Con justicia entonces, Baldomero Lillo es considerado el padre del realismo chileno, y desde luego, el primer gran exponente del cuento.

Los cuentos de "Subterra" muestran a un autor que se documenta en la realidad y que emplea su pluma para rebelarse frente a lo que ve. Lillo es un poderoso observador de la realidad, y relata con sencillez, certeza, honestidad. Tal vez se pueda criticar su fatalismo, el destino trágico que impone a la mayoría de sus personajes, pero al fin de cuenta eso no hace mas que remarcar el mundo desesperado y sórdido que recrea, su protesta contra lo que considera una muestra palpable de explotación humana. Su reclamo incluso alcanza a la naturaleza, que en la zona de Lota también castiga a los mineros con su inclemencia, cataclismos, fragilidad.

Los lectores de "Subterra" se enfrentan a historias y personajes que cautivan y conmueven. Por eso, no se puede más que coincidir con el ya citado Ernesto Montenegro, cuando dice que lo que da resonancia y permanencia a la obra de Baldomiro Lillo es el hecho que "nos hace sentir la tragedia de esas vidas como algo que está muy cerca de nosotros y habla a nuestra conciencia". A su vez, Samuel Lillo, al hablar de su hermano, dice que "Lo que decidió su vocación como escritor fue su observación directa de la vida miserable de los mineros. Fue un penetrante observador de la vida. No manejo grandes ideas ni filosofías. Era la realidad lo que le interesaba por sobre todo". Lillo es de esos autores que no causan indiferencia y nos obligan a tomar partido con su visión de mundo, con sus palabras que apelan a los sentimientos. No por nada es uno de los escritores más vitales y perdurables de la literatura chilena.

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Lunes, 03 de Mayo de 2004 20:33 ;?> Hay 3 comentarios.

22/04/2004


CREER EN EL AMOR E IMAGINAR LA FELICIDAD

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A PROPÓSITO DEL IDEARIO DE SALVADOR ALLENDE



Por Ramón Díaz Eterovic

En el mes de septiembre de 1973 era un adolescente que, como otros jóvenes de mi generación, me sentía parte del proceso de cambios políticos que hasta esa fecha vivía el país ; y cuyo acercamiento al quehacer político había nacido bajo la inspiración del entonces líder indiscutido de la izquierda chilena: Salvador Allende.

El ideario de Allende fue un poderoso imán para que nos sintiéramos atraídos por el proyecto de construir el socialismo en Chile, y sus tres años de gobierno, fue un tiempo en el que soñamos vivir en un país distinto, sin los desequilibrios sociales ni las injusticias que conocíamos a diario. Su pensamiento nos instaba a sumar la rebeldía juvenil a los cambios que era necesario generar, y en sus palabras, como las dichas al asumir como Presidente de Chile, había un llamado atrayente y motivador: "Miles y miles de jóvenes reclamaron un lugar en la lucha social. Ya lo tienen. Ha llegado el momento de que todos los jóvenes se incorporen. El escapismo, la decadencia, la futilidad, la droga, son el último recurso de muchachos que viven en países notoriamente opulentos, pero sin ninguna fortaleza moral. No es ese nuestro caso. Sigan los mejores ejemplos. Los de aquellos que lo dejan todo por construir un futuro mejor".

Palabras como esas, que inspiraron a los que éramos adolescentes al inicio de los años setenta, siguen vigentes y son cada vez más necesarias para los jóvenes de este fin de siglo.

De la edad de los sueños a la era del ogro

En tanto novel escritor, los años del gobierno de Salvador Allende fue el tiempo en que, atraídos por la literatura, pergeñábamos los primeros esbozos literarios y vivimos la efervescencia cultural que caracterizó al gobierno de Salvador Allende. Chile era un país culturalmente activo, bullente y las expresiones culturales estaban al alcance de la gente. Veíamos lo mejor del cine mundial, nos visitaban escritores de la talla de Julio Cortázar y Ernesto Cardenal, leíamos con avidez a los autores del "boom" latinoamericano, seguíamos las colecciones de libros publicadas por la Editorial Quimantú, celebrábamos a Pablo Neruda, nuestro segundo Premio Nobel de Literatura. Se respiraban aires libertarios para las expresiones artísticas, y nuestras aspiraciones literarias estaban unidas a esos aires, al deseo de escribir y de expresar a través de cuentos y poemas nuestra adhesión al nuevo tiempo. Pensábamos que nuestro futuro iba a ser muy distinto al que después nos correspondió vivir, y por eso, junto al desarrollo de las inquietudes literarias, participábamos en la lucha política, las marchas, concentraciones, tomas; elementos todos de un período de cambio social acelerado y de enfrentamiento entre clases antagónicas.

Nuestro habitat fue la violencia

Después del 11 de septiembre de 1973 nuestro habitat fue la violencia. Vivimos una dictadura que, desde sus primeras manifestaciones declaró la guerra a la cultura. Quema de libros, cierre de revistas e editoriales, exilio de escritores, fueron la pauta inicial que nos indicó la posición de los golpistas respecto a la cultura. Vino la censura y el miedo como instrumentos para acallar las ideas libertarias. La mayoría de los autores chilenos se vieron impedidos de publicar sus obras y cuando lo hicieron, ellas debieron circular por canales marginales, cuando no clandestinos. Fueron años duros de vivir y escribir, pero la inmensa mayoría de los escritores se sintieron comprometidos con las luchas de ese tiempo. Vivimos bajo un sistema que impuso la fuerza en todo el acontecer social, y el quehacer cultural se menoscabó hasta niveles que hasta hoy hacen ardua la tarea de recuperar. Como una forma de querer obviar la creación contestataria que se daba en el país, se genera la idea de un supuesto "apagón cultural" que no era tal, porque los escritores estaban produciendo sus obras. De lo que se trataba era de la inexistencia de canales que permitieran dar a conocer sus trabajos. La industria editorial estaba destruida, los diarios y revistas controlados. Frente a eso, muchos escritores recurrieron al expediente de la autoedición, desafiaron la censura y dieron a conocer sus obras, aunque sólo fuera dentro de círculos restringidos. Surgen talleres y colectivos de escritores en Santiago y regiones; revistas artesanales. Se organizan lecturas y pequeños encuentros. La Sociedad de Escritores de Chile se convierte en bastión para la defensa de la libertad de expresión y de los derechos humanos. Se sobrevive a los primeros años de la dictadura, y con el inicio de la década de los ochenta, las iniciativas en el campo literario y cultural crecen y se amplían, constituyéndose en un elemento importante en lo que fue la recuperación democrática a comienzos de los años noventa.

La necesidad de reencontrar el ideario de Allende

Hoy, continuamos siendo un pueblo que lucha por su identidad. En el que la implantación de un modelo económico neoliberal se contrapone a las necesidades de su gente; donde las exitosas cifras macroeconómicas se desdibujan frente a la pobreza; donde la imagen publicitaria de los medios de comunicación confunden incluso a los que sólo reciben los despojos del sistema. Se nos dice que terminó el tiempo de las ideologías, de la pugna entre distintas opciones políticas, y la verdad es que detrás de esa negación existe la imposición de una ideología única, que no tiene otro norte que establecer un modelo de vida chato, conformista, acrítico, que inmovilice a la gente.

Hoy es cada día más urgente reencontrarse con el pensamiento humanista y revolucionario de Salvador Allende. Hasta el año 1973, vivíamos en un país modesto, pero, sin duda, más solidario, y más consciente de la importancia de la justicia social y del desarrollo cultural a través de la educación, la literatura, las artes. Hoy olvidamos nuestra historia, promovemos la amnesia colectiva y nos ufanamos de la riqueza que se cosecha sobre un campo de ignorancia y banalidad. Olvidamos ese pasado en el que valiosas consquistas sociales se lograron bajo el influjo de líderes políticos, entre los cuales Allende tiene un lugar primordial, pese a que hoy su obra se distorsiona y su pensamiento se olvida, incluso por muchos de los que, en otra época, decían compartir su proyecto.

Allende fue modelo de lucha y esperanza; y su obra política, en el tiempo que le correspondió vivir, nos hace recordar una cita de García Márquez: "En este mundo existió la vida, prevaleció el sufrimiento y reinó la injusticia, pero también fuimos capaces de creer en el amor y hasta imaginar la felicidad". Por ello, el pensamiento de Allende sigue vigente, en todo lo que se relaciona con la profundización real de la democracia; con la resistencia que hay que oponer a esa "certeza incuestionable" que nos impone el neoliberalismo y que a muchos les hace pensar que vivimos el fin de la utopías, olvidando que hay una vida que construir en este nuevo siglo, sin los errores del pasado ni la desigualdad del presente.
Jueves, 22 de Abril de 2004 19:39 ;?> No hay comentarios. Comentar.

21/04/2004


POEMAS DE RAMÓN DÍAZ ETEROVIC

ct000342h.gifMUCHACHAS COMUNES

Alguien como yo también las ama.

Las veo
cuando van rumbo a la fábrica,
o tras las cajas de un supermercado
contando treinta monedas
que no le pertenecen.

A veces ríen
–simples y momentáneas–
como flores
que no resistirán el invierno.

A su manera son felices,
y sé
que alguien como yo
también las ama.

TARDES EN EL CAFÉ

Todas las tardes
se observan entre los vahos del Café.

Algunas veces se sonríen
y otras, no.

Ella es la señora,
él,
Julito, el garzón.

GATO DE BARRIO

El gato
me observa
desde
su rebeldía azul.

Suave,
arisco,
como dulce enigma.

Adormilado en sus recuerdos
él entiende
mis dolores cotidianos,
la pequeña muerte que me espera
cuando cada mañana
abro la puerta de mi casa
y me clausuro.

AUTORRETRATO DEL OTRO

Hay un hombre que recorre por las noches
las calles de un país que no se nombra.
Se parece a mí, a otros, a todos.
A veces sueña y a veces ríe,
mientras mira sus dientes en una vitrina.
Le gusta detenerse en las esquinas,
explorar sombras y temores,
ocultar su rostro a los extraños.
Al amanecer reniega de sí mismo
y de sus pecados inconfesables.
Regresa a su casa.
Bebe un café, lava su cara
y aprisiona su corbata entre los dedos.
Luego,
despojado de su verdad y de sus sueños
sale a recorrer las calles,
enmascarado.

DESPUÉS DE TODO

Después de todo,
y pese a la vida misma,
la esperanza
me acompaña y mal aconseja.

Después de todo,
y pese a la vida misma,
la esperanza
me obliga a rayar la muralla prohibida.

ESTE DÍA

Me rompo de tristezas
y silencio.
Escribo un número por las mañanas
y atisbo el sol tras una nube de cifras
y expedientes.
A media mañana,
clandestino,
enhebro un verso
como una sombra
sin destino.
Soy
y no soy.
Me rompo de tristezas
y silencio.
Palpo tres monedas en mis bolsillos
y pienso en la muchacha del café
que me desea un buen día
y luego se olvida de mi nombre.

VIDA

I

Voz, pequeña voz
que dentro de mí se apaga.

II

¿Para qué tanto afán?
A la muerte nadie renuncia.

III

Sueño del niño que jugó en un columpio del sur,
con sus mejillas sonrosadas por el viento
y el nombre de su madre como único verbo cierto.

IV

Mi madre.
Como extraño su fresco aroma a esperanza.
Sus dulces ojos de niña que soñaba
con terrones de azúcar y muñecas.

V

Verbos y naufragios.

Agua,
inútil oficio
de la palabra.
Dudas,
temblores,
risas.

Vivo y es suficiente.

VI

Un año se suma a otro
y sigo viviendo en la boca del lobo.
Miércoles, 21 de Abril de 2004 19:48 ;?> Hay 3 comentarios.


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