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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


PERFILES DE GRANDES ARGENTINOS

RODOLFO PUIGGRÓS (1906-1980)



Por José Steinsleger

Formador de juventudes, didáctico y con una erudición capaz de transmitir lo aprendido, el historiador argentino Rodolfo Puiggrós fue un revolucionario que escribía libros para renegar de las teorías prefijadas del conocimiento y los cerraba para demostrar que las teorías del conocimiento no sirven cuando se conjugan en singular.

En México le decían "maestro" y en Argentina "profesor". Aquí entregó quince años de producción fructífera. Allá medio siglo de tenaz compromiso político. Y, por donde anduviese, quienes tuvieron la suerte de oírlo pueden dar fe que la verdadera maestría se prueba cuando los discípulos no se parecen a su maestro ni tampoco entre sí.

Quedan sus libros, cerca de treinta textos, algunos de los cuales fueron reeditados y se reeditan por sus alcances universales: De la colonia a la revolución (1940), Historia económica del Río de la Plata (1945), La España que conquistó al nuevo mundo (1961), Las izquierdas y el problema nacional (1966) y la polémica que sostuvo con el sociólogo alemán André Gunder Frank acerca de la realidad estructural de nuestros países, apasionado y apasionante debate que empezó en las páginas del diario El Día de México y cimbró el mundo académico de las universidades latinoamericanas (1965).

El marxismo aplicado a la realidad nacional, la historia de España, de la Iglesia católica y su impacto en los movimientos emancipadores de América hispana, los procesos revolucionarios y la lucha anticolonial del tercer mundo fueron temas que Puiggrós analizó desde posiciones críticas que le llevaron a confrontarse con fuerzas poderosas: el nacionalismo conservador, la intelectualidad "conceptualizadora de conceptos", el colonialismo ideológico de la izquierda estalinista y el liberalismo light que festeja la democracia con ciudadanos incapaces de defenderla.

Políticamente, la trayectoria de Puiggrós fundió militancia y pensamiento. Vinculado al Partido Comunista argentino desde su fundación (1921), en el que desempeñó varios cargos de dirección, los comunistas (y en particular su secretario general, el mítico Vittorio Codovila) nunca le perdonaron su adhesión al peronismo en 1946. Pero cuando Puiggrós daba a sus amigos los fundamentos de esta actitud, afloraba con fuerza su ironía rioplatense: "Me fui del partido porque si llovía en Moscú, Codovila abría el paraguas y porque su proyecto era hacer la rivoluzione nacionale en Argentina".

Durante el tercer gobierno de Perón (1973-74), Puiggrós fue designado
interventor de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Al explicar por qué había designado decano de la Facultad de Derecho a un abogado de 28 años, respondió: "Es joven, en una facultad de viejos; es de izquierda, en una facultad reaccionaria; es peronista, en una facultad gorila y es judío en una facultad fascista".

En una línea que en México lo acercaba a un Rafael Galván antes que a un Fidel Velázquez, a un Lázaro Cárdenas antes que a un Miguel Alemán, Puiggrós fue un estudioso del "nacionalismo revolucionario". Y como tantos intelectuales y luchadores sociales de América Latina, fue su pasión por México y su pueblo lo que le llevó a permanecer en este país en dos ocasiones, donde siguió luchando hasta el día en que murió, el 12 de noviembre de 1980.

Durante el segundo exilio mexicano, a causa de las amenazas de la llamada Alianza Anticomunista Argentina (AAA), que lo acusaba de haber entregado las aulas "a la subversión", Puiggrós fundó el Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino y fue miembro del Comité Latinoamericano de Solidaridad junto a Pablo González Casanova, Pedro Vuskovic, Agustín Cueva, Carlos Quijano, Jorge Turner, José Luis Balcárcel y otras personalidades del continente.

Aquí lo sorprendió la muerte de su hijo Sergio, oficial montonero caído en combate en lucha desigual con el Ejército (1976). Fue entonces cuando aquel "viejo" que solía interrumpir sus reuniones políticas para repartir caramelos a los niños como si fuese un "Santa Claus socialista" (Turner), también podía llorar desconsoladamente como un niño.

En el Teatro Jiménez Rueda de esta ciudad, sus amigos y compañeros le
organizaron un homenaje. La ocasión pintaba de duelo. Pero Puiggrós, como siempre, fue claro y sencillo: "Nosotros no medimos nuestras horas porque estamos en lucha, sino que medimos las horas de nuestros enemigos, seguros como estamos del triunfo".
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