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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA TRIPLE FRONTERA DEL PRESIDENTE

<hr><h2><u>LA TRIPLE FRONTERA DEL PRESIDENTE</h2></u>

Entre el pejotismo, el progresismo y el peronismo



Por Alberto Guerberof
Causa Popular


El presidente Kirchner inició su gestión disponiendo de un margen muy estrecho de poder real. Para muchos era un presidente sin partido de una nación sin estado. Para otros tantos, sorprendidos por los primeros anuncios, podía pertenecer a ese reducido lote de mandatarios latinoamericanos que suben al caballo por la derecha y bajan por la izquierda. Para todos, en el severo banco de pruebas de la interminable crisis argentina, pronto se desbrozarían las ilusiones de las esperanzas, y ocuparían su correspondiente lugar, las palabras y los hechos.

Se entiende que las poderosas fuerzas que dominan la Argentina semicolonial y que lucran con la impotencia a que la condenaron, propicien la parálisis de la voluntad presidencial. Entretanto, se han hecho apenas audibles los ecos de los acontecimientos de diciembre de 2001 y febriles personeros del establishment buscan sin descanso alentar un escenario de restauración del neoliberalismo; mientras, la dirigencia pejotista mira para otro lado. Los otros partidos están igual de desorientados. La izquierda bochinchera, seudopiquetera e inepta sigue deshojando la margarita y favoreciendo los planes de la reacción.

Una sociedad que cambia

El peronismo, derrocado en 1955, fue – decía Arturo Jauretche – el último ensayo de una economía nacional independiente. Sobre la base de un capitalismo autónomo y una justicia social distributiva, el desarrollo, durante aquellos diez años de gobierno popular no dependió de una burguesía nacional fuerte y propia que no llegó a ser. No siempre se recuerda que la élite gobernante oligárquico-terrateniente que se impone en la batalla de Pavón (1861), se caracterizó por no invertir, por derrochar el excedente, y transmitía esa conducta de “vivir de renta”, a las clases subalternas. El lugar de una burguesía lo ocupó el Estado como el gran empresario y banquero de los emprendimientos e inversiones más importantes. Es un dato que debe retenerse cuando parece que se propicia la creación de una “burguesía nacional” como la clave para retomar aquel camino que frustraron la oligarquía de la época y las potencias mundiales hostiles a la industrialización argentina.
No obstante los golpes recibidos, la producción industrial – como verifica el economista Eduardo Basualdo – siguió siendo el factor preponderante de la economía hasta 1976, en que por medio de la dictadura salvaje del “proceso”, Martínez de Hoz desplazó a la industria nacional y le arrancó el control de los segmentos del mercado interno que había puesto en sus manos con el régimen de sustitución de importaciones.

En la década del 80, y en sintonía con la “revolución conservadora” en los centros de poder mundial, el país ya había pegado un fuerte retroceso. La antigua oligarquía terrateniente y ganadera sucumbía a la sombra de la extinción del vínculo comercial estable con Europa. Ese espacio en la cúspide progresivamente fue ocupado por grandes firmas trasnacionales de la intermediación parásita, mientras los descendientes de las familias oligarcas se volcaban al sector financiero u organizaban circuitos turísticos a sus estancias convertidas en museos.
En medio siglo se había transitado de la República vacuna, conservadora y probritánica de los 30 a la República sojera, monoproductora, excluida y castigada de comienzos de milenio. En el ínterin, la decrépita oligarquía europeizante no pudo ni sostenerse a sí misma como grupo hegemónico, pero tuvo la fuerza e influencia suficientes para frustrar el proyecto industrializador, soberano y con justicia social del peronismo.
Una impresionante vuelta atrás experimentaba el país cada vez que las clases gobernantes se empecinaban en ajustar la realidad al esquema importado. Así fue durante muchos años. Para ponerle una fecha, en el campo de la política financiera, verdadero grifo por el que se producía la descapitalización nacional a favor del capitalismo extranjero, desde que en 1956, la “revolución libertadora” afilió al país al FMI y aceptó sus ajustes y monitoreos. Habitualmente, todo se reducía a un golpe de furca cuyo botín compartían los socios extranjeros del bloque dominante. La convertibilidad fue la culminación de todo un ciclo histórico. Tan virulento retroceso debía tener su correlato en la degradación de las prácticas políticas.

Del peronismo al pejotismo

El peronismo fue parte de los levantamientos nacionales y antiimperialistas que conmovieron al planeta al finalizar la segunda guerra mundial. Con jefes nacionalistas o socialistas, civiles o militares, dichos movimientos se proponían reducir la brecha histórica que separaba a sus países del Occidente hiperdesarrollado que los oprimía. Con la caída del imperio soviético y la globalización capitalista, las revoluciones y movimientos nacionales de aquel período, sin respuestas a la nueva situación, se enfrentaron en crecido número a una franca decadencia. El peronismo no fue ajeno a ese proceso y las peores prácticas de los partidos que apuntalaban la dependencia penetraron profundamente el tejido político del gran movimiento creado por Perón. El clientelismo, la corrupción parlamentaria, los despotismos locales, los internismos salvajes, sepultaron la herencia del 17 de octubre. De ese modo las banderas populares fueron archivadas y con aportes parejos de la “ortodoxia” y de la “renovación” fue posible el apoderamiento del PJ por parte del menemismo y su proyecto ultraliberal.

El transversalismo, concepto y categoría atribuidos al Presidente, se propondría apartar la capa más contaminada de la dirigencia del PJ y de todos los partidos, facilitando el sinceramiento del sistema político y la creación de una fuerza propia. El legítimo propósito del kirchnerismo y la necesidad impostergable de sanear las representatividades políticas enfrenta también no pocos peligros. Si el transversalismo se limita a una operación de aritmética electoral, sumando fracciones y tendencias con una visión que no va más allá de las siguientes elecciones, será el rótulo de un nuevo fracaso o el ingenioso ardid de los personeros del statu-quo. Apuntará en la dirección correcta, en cambio, si se propone ser cauce de unidad de las fuerzas patrióticas y populares hoy dispersas bajo diversas siglas y que constituyen el motor de una profundización de los cambios iniciados.

El enemigo intenta levantar cabeza. Este, a pesar de sus luces y sombras, no es su gobierno. Ya están en los medios, con frecuencia creciente, López Murphy, el Cema, Menem. Los autores y cómplices del gran desfalco de los 90, vuelven a circular. El blanco es el Presidente. Éste a su vez, deberá calibrar muy bien la política de alianzas que le permitirá afirmar y ampliar el espacio del nuevo poder. Será el momento de evaluar con todo rigor el papel del progresismo, estuche brilloso de una quimera que cuando cobró realidad se presentó con la silueta del verbalismo alfonsinista o con la no menos ruinosa de la Alianza de triste recuerdo.

¿Que se hará con las FFAA? Los recientes episodios, incluidos el acto y cierre de la Esma, no contribuyeron a esclarecer el tema. Menos aún, la eliminación de retratos. Los antiguos Incas borraban de sus inscripciones o registros llamados quipus toda referencia a sus enemigos vencidos. Creían de ese modo borrarlos de la historia. Perversidad ingenua a la que no le faltarían imitadores modernos. La galería de retratos podrá estar poblada por figuras venerables o execrables, pero las oportunidades históricas para retomar, las FFAA, la senda de los Libertadores y asumir el papel militar, productivo e iberoamericano que demanda el presente, no se repetirán fácilmente.

¿Que pasará con los sindicatos? ¿Se los seguirá juzgando desde el ángulo de verlos poco rentables electoralmente? La existencia de una clase trabajadora reducida por una brutal y prolongada desindustrialización, no habilita a dejar de lado a un sector decisivo, cuyo realismo político y peso social, se incrementarán en la misma medida que se ingrese en serio a un nuevo modelo económico donde los salarios no los fije el FMI ni el empleo o el nivel de actividad se regulen con los acreedores fraudulentos y bonistas de una deuda ilegitima.

En otras palabras, desde la Izquierda Nacional sostenemos que hay que contar a la máxima brevedad con un amplio frente político y social, nacional, popular, democrático y latinoamericanista, que promueva y organice la movilización popular, que respalde e impulse la profundización de las medidas adoptadas que por sí mismas son insuficientes, que neutralice el peso muerto de aparatos partidarios y que garantice que el cauce abierto con la agenda del kirchnerismo: ruptura y rechazo al neoliberalismo, derechos humanos y sociales, Mercosur y Unión Sudamericana sean los pasos iniciales de la revolución nacional y social que, en diversos modos y tonos el pueblo argentino reclama y merece.
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