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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL TIGRE DE LA MEMORIA (II)

<hr><u><h2>EL TIGRE DE LA MEMORIA (II)</u></h2> Hugo Vera Miranda

la vaca de mi tía manuela

puerto natales no debiera llamarse puerto natales,
sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories;
cierta vez viajando en el colectivo 60 en buenos aires,
sentí el olor de la vaca que ordeñaba mi tía manuela,
aquella noche vería bailar a julio bocca en el colón,
y de acompañantes el establo, la vaca y mi tía manuela.

otra vez en el tortoni, escuchando hablar a borges
se produjo el mismo fenómeno, y entonces pensé que yo,
nunca salí de mi pueblo, de mi barrio, de mi infancia,
que si yo aterrizo en viena, paris o amsterdam
seguiré siendo un campesino, que si alguna vez ingresé
al incierto desamparo de la poesía, fue por la ventana,
por puro molestar, que si alguna vez estuve
en el balcón de la rosada, fue por
extravagancia pueblerina, y eso se me nota,
yo soy la tía manuela, soy también la vaca de mi tía manuela.

por eso; para no ofender las narices citadinas,
o la nariz de alguna golfa respingada, para poder
entrar al cine y ver alguna de bergman, o para visitar
alguna tenebrosa oficina pública, me pongo colonia,
de la mejor; pero indudablemente se me nota.

por eso llevaré para siempre esta historia,
mi historia, la de ser un campesino,
llevaré para siempre este olor, el olor de bosta
de la vaca de mi infancia, y el de haber nacido
en un pueblo que no debió llamarse puerto natales,
sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories.

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ella era una reina y se llamaba gabriela

la conocí en tres pasos en un año de frágil memoria,
alta, de ojos verdes y pétrea como diosa secular,
traía de equipaje el árido norte en la mirada,
un bolso de eterna emigrante y dos o tres libros
bajo el brazo, su hechizo fue instantáneo
y el borde de la colina hicimos el amor.

en mi mente siempre está, el recuerdo de aquella
antigua muchacha que llegaba del norte,
y que un día amé allá en tres pasos, sobre la colina,
en donde me dijo, que para nosotros no habría
término ni olvido, por eso escribo este poema,
para ella; ella, la mejor de todas, ella que era
una reina, y se llamaba gabriela.

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un poema para ariadna

no tengo edad ni consuelo para mi osamenta,
el tiempo con ojos me persigue
con su negra letanía de mandobles,
esquivo el golpe certero de la hoja
arrastrada por el viento,
escucho el rumor del naufragio
encadenado a mi aliento,
un aleteo de pájaros inciertos y temibles
cruzan mi horizonte ciego.

“todo está perdido” dice el sacerdote
en el momento exacto en que tú llegas
con guirnaldas y peces de colores
a liberar el canto y la poesía.

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