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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LOS MISTERIOS DEL MILODÓN

<hr><u><h2>LOS MISTERIOS DEL MILODÓN</u></h2> Jorge Díaz Bustamante

Un atractivo natural, que se encuentra distante a 24 kilómetros de Puerto Natales, es la caverna «Eberhard», más conocida como la «Cueva del Milodón». «Es una caverna de 170 metros de ancho por 30 metros de alto y 270 metros de fondo. De su techo cuelgan numerosas estalactitas de sales calcáreas con forma de conos, originadas por la filtración de las aguas desde la superficie a través de miles de años».

El sitio fue descubierto en 1885 por Ernesto Von Heinz, Hermann Eberhard, un amigo y un ovejero. Después del hallazgo el lugar se rodeó de innumerables historias fantásticas y misteriosas creadas por la imaginería popular. A poco de ser descubierto llegó el geólogo sueco Dr. Otto Nordenskjold, acompañado del británico Dusen y el zoólogo Ohlin, a quienes sirvió como guía un marinero alemán llamado Alberto Konrad. La expedición realizó excavaciones en el interior de la caverna, encontrándose una quijada, vértebras, una costilla y huesos varios, que más tarde permitieron establecer que correspondían a un gran herbívoro y gravígrado extinto, identificado por la ciencia como «Gripotherium darwinii», más tarde como «Mylodon darwinii» y por el vulgo simplemente como milodón.

En la misma caverna se descubrieron fósiles de un tigre (Felis listai o Smilodon neogaeum), de un oso pampeano (Arctotheríum), de un zorro primitivo (Canis avus) y un guanaco. Estaba también el esqueleto de un indígena, surgiendo en ese tiempo la hipótesis de que el milodón había sido doméstico. El suceso despertó la curiosidad de la comunidad científica, de modo que entre 1897 y 1900 sucesivas expediciones de paleontólogos y geólogos visitaron el sitio, recogiendo nuevos restos y asombrándose del estado de conservación que mostraban las piezas extraídas de la gruta.

La presencia de los científicos portando palas y materiales para sus trabajos generó la codicia de los lugareños. Desde distintos lugares de la zona llegaron a excavar en busca de tesoros imaginarios. En la creencia de encontrar un «entierro» los ilusos no hicieron más que alterar el suelo de la caverna, lo que afectaría naturalmente el proceso de futuras investigaciones.

A Alberto Konrad, el marinero alemán que condujo la expedición de Nordenskjold, la fantasía popular le atribuyó ser el verdadero descubridor del milodón. Se comentaba que los restos hallados en la caverna habían sido vendidos al Museo Británico en sumas considerables, sin participación alguna del infortunado marinero, que para entonces se había convertido en el hazmerreír de la localidad.

Lo apodaron «Milodón Grande», mientras que a su compañero de aventuras. Bernardo Glinka, también de origen alemán y trágico destino, lo llamaron «Milodón Chico». Lo cierto es que Alberto Konrad vivió siempre pobre y en 1918 se trasladó al valle del río de las Vueltas. Allí levantó su cabaña. No permitía que nadie se acercara, protegiendo fabulosos tesoros que guardaba en su interior. En 1931 lo encontraron muerto junto a sus riquezas, consistentes sólo en algunos cristales de roca y otras piedras sin valor que había encontrado a lo largo de trece años de exploración en las montañas.

En Gran Bretaña se difundió la idea que el milodón podría encontrarse con vida, debido al estado de conservación que mostraba un trozo de piel. Los aventureros y sensacionalistas no se hicieron esperar. El diario «The Daily Express» organizó una expedición bajo la dirección de Mr. Hesketh Prichard, en colaboración con los señores Scrivener y Harthberg del Museo Británico. La expedición británica venía dispuesta a cazar ¡nada menos que al propio milodón! Luego de agotadoras jornadas, recorriendo el pie oriental de los Andes de la Patagonia austral, los aventureros se dieron por vencidos. El 5 de abril de 1899, en el patio del hotel «Kosmos» de Punta Arenas, se procedió a rematar la tropilla de 27 caballos utilizados en la expedición por un valor de sesenta y cinco pesos.

El sitio siguió ejerciendo misteriosa atracción a los habitantes de la zona. En 1946, Raúl Scotti, empleado de Correos y Telégrafos y observador meteorológico de la estación local, encontró el esqueleto de un animal que llamó inmediatamente la atención. La noticia fue divulgada por prensa y radios. Se informaba el descubrimiento de los restos de un animal muy extraño, especie de iguana o canguro, poco conocido. Un corresponsal, en su entusiasmo imaginativo, afirmó que se trataría de un «saurio» o la cruza de cocodrilo con oveja.

Realizadas las investigaciones pertinentes se determinó que el esqueleto pertenecía a una oveja, probablemente de la estancia Consuelo, de la que sólo se había hallado la espina dorsal y algunas costillas sueltas y roídas por perros o zorros, con un hueso de la pata unido a la cadera por un nervio semiputrefacto. Lo demás lo hizo la imaginación popular que inventó todo tipo de conjeturas relativas al hallazgo. Los sucesos en torno al milodón y la misteriosa caverna han tenido importante trascendencia literaria. No olvidemos el hermoso cuento «El cementerio de los milodones», de Osvaldo Wegmann Hansen, surgido seguramente de numerosas anécdotas de los lugareños, y «Patagonia», del escritor británico Bruce Chatwin, que por paradoja del destino era sobrino de Charley Milward. Milward, capitán de la marina mercante, llegó a las costas de Punta Arenas por naufragio. Instalado en la región visitó Última Esperanza y ante la posibilidad de lucrar con el hallazgo del milodón realizó una operación ilegal enviando los restos del desdentado al Museo Británico. Un trozo de piel llegó a la casa de los abuelos de Chatwin, motivando el posterior viaje del autor de «Patagonia» en busca de la fascinación de sus recuerdos:

«Entre los ayudantes de Erland Nordensjold se encontraba el minero de oro Albert Konrad. Cuando los arqueólogos abandonaron el lugar, instaló una choza de cinc junto a la boca de la cueva y comentó a destrozar las capas estratificadas con cargas de dinamita. Charley fue en su ayuda y volvió con grandes trozos de piel y pilas de huesos y garras que para entonces eran artículos altamente comerciables. Despachó la colección completa al Museo Británico y después de intensos regateos con el doctor Arthur Smith Woodward (quien sospechaba que Charley estaba tratando de aumentar el precio, al enterarse de que quien pagaba era Walter Rothschild) la vendió por 400 libras esterlinas».

Más tarde, en el mismo sector, se encontraron otras dos cavernas. La imaginería otorgó a la más pequeña una serie de creencias que perduran hasta la actualidad. Se dice que la «cueva chica» estaría conectada en el subsuelo con laguna Sofía. Otros afirman que tendría salida al mar y que en su interior se oye el cauce de un misterioso río. Verdad o mentira, lo cierto es que estos hechos provocan encanto y fantasías en quienes visitan el lugar.

«La formación geológica cueva del Milodón, compuesta por tres cavernas y el conglomerado rocoso denominado «Silla del Diablo», fue declarado Monumento Histórico por decreto No 138 del 2 de enero de 1968. Bajo la administración del Presidente don Eduardo Frei Montalva».

Actualmente en la caverna "Eberhard" existe una réplica del milodón, diseñada por el artista magallánico Harold Krüsell Johansen.

De: "Última Esperanza: El paisaje y su habitante" - Puerto Natales, 2003
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