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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


ENTRE JUNIO Y JULIO

<h2><u><hr>ENTRE JUNIO Y JULIO</u></h2> Por Marino Muñoz Lagos

Vivimos en un país difícil de complacer. El calendario es una suerte de probador de nuestras virtudes y es por esta razón que se nos hacen pocos los días del año para mostrar nuestro entusiasmo por las celebraciones. Sin demasiada molestia empezamos el año conmemorándolo de lo lindo, seguimos con el recuerdo de nuestro “roto”, damos una vuelta por la Candelaria y en esta forma vamos recaudando festejos y maluras de cuerpo hasta las melodías navideñas.

Sin embargo, existen dos meses que se acaparan una cantidad insospechada de santos y santas que ponen a dura prueba el hígado nacional. Son junio y julio, con un sólido excedente para agosto, como para disminuir el apogeo amoroso de los gatos. Junio no desmiente su fortuna santoral que se derrama como licor generoso al paso de sus semanas. Ahí están los Marcelinos, Robertos, Antonios, Ismaeles, Luises, Juanes, Guillermos, Crecentes, Pedros y Pablos que pueblan los días lluviosos de junio, a la par que sus tocayas, distinguidas por el fulgor de sus nombres en el otoño que se aleja y el invierno que asoma.

En el ayer de nuestros territorios estos santos y estas santas eran celebrados ruidosa y opíparamente. Los humildes animalitos domésticos terminaban en estas fiestas sus despreocupadas y efímeras existencias, cayendo en el abismo de las ollas o siendo atravesados por el férreo aguijón de los asadores. Nuestro poeta Diego Dublé Urrutia, nacido y criado en tierras del sur chileno, captó este rubro especial de las costumbres vernáculas:

”¡Junio! Mes de las aguas, mes de las brisas,
mes en que hacen los pavos su testamento
y en que las rubias ostras –monjas clarisas-
rompen la celda nácar de su convento”.


Entre junio y julio, mientras la lluvia ensaya sus músicas sobre los techos de viejas casas de piedra y adobe. Allí mismo, donde se reunía la gran familia provinciana, con el padre adusto a la cabeza, en la ceremoniosa apertura del festejo. No faltaba la niña de la guitarra, la tierna moza casadera que enfilaba sus canciones por versos de penurias y abandonos, sobresaltos e ilusiones. Tiempo propicio para alzar las copas y brindar por el santo o la santa, providenciales abastecedores de mesas y manteles.

Junio y julio: meses de los vinos nuevos, el aguardiente con apio y el guindado que la dueña de casa guarda bajo siete llaves. Asuntos que se familiarizan con las añorables victrolas, los discos de stenta y ocho revoluciones, el consomé de la madrugada y el primer rayo de sol. Santos y santas que descansan en paz en un olvidado cementerio de provincia, a la sombra olorosa de grandes eucaliptos que enredan su follaje entre la niebla.

”Crónicas del diario soñar” - Punta Arenas – 1987.
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