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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA MÚSICA DE LA TIERRA

<h2><hr><u>LA MÚSICA DE LA TIERRA</h2></u> Por Amalia – Patagonia Mía – Puerto Natales – Chile

Corría fines de los ’70 y el clima estaba muy tenso y enrarecido. Tanto así, que yo, a mis 6 años, lo notaba. Fueron tiempos difíciles y oscuros, aún con toques de queda, censura de prensa, música y pensamiento; carabineros chequeando pasajeros de los buses interurbanos, de los vuelos al Norte y mucho, pero mucho miedo: al pasado, al presente y al futuro. Las heridas estaban aún sangrantes y se temía por la integridad física, por el trabajo, por los hijos, los esposos y los amigos, que aún seguían partiendo hacia países lejanos sin pasaje de retorno, pues era la única puerta de escape hacia la libertad y una infinidad de posibilidades vedadas por aquél entonces a quienes, por conocerse su inclinación política, estaban destinados a permanecer replegados en la sombra, conteniendo la respiración, ojalá haciéndose invisibles.

En mi ignorancia infantil, veía cada noche a mi mamá cerrar concienzudamente las cortinas y las puertas. Como aquel ritual me parecía entretenido, la ayudaba, “para que no nos mirara el lobo”... Era la época de la tele en blanco y negro, del Japening con Ja, de las Citronetas, las canciones italianas y de los Bee Gees; la vida transcurría aburrida e incierta, mas llena de ansiedad y esperanza.

No ajeno a esta realidad gris, de invierno profundo en las almas de muchos, estaba gestándose una de las más grandes creaciones musicales de nuestra región. Veía a mi papá ir y venir entusiasmado, anticipando la llegada de algo grande e importante de verdad: era el “Canto a Magallanes”, creado e interpretado magistralmente por el grupo Alturas. Su estreno fue un acontecimiento tal, que las funciones hubieron de sucederse a tablero vuelto más allá de lo esperado, a fin de satisfacer la demanda de miles de magallánicos que se apretujaban en la boletería del Teatro Municipal, locos por conseguir una entrada. A pesar de mi corta edad, fui testigo del fenómeno, pues con mis papás nos repetimos dos veces el plato. La voz envolvente de Fernando Ferrer estremecía desde la primera a la última de las butacas; el sonido del viento, la historia narrada y la fuerza de las canciones fueron tan impactantes, que marcaron a fuego el sentir colectivo. Nunca los magallánicos se habían sentido más identificados, interpretados y homenajeados. Ni una mosca volaba durante la presentación del Canto, cuya culminación, con la consabida “Oración por Magallanes”, llevaba al más insensible a olvidar la compostura y llorar de emoción y aplaudir a rabiar, orgulloso de sí mismo y sus antepasados. Fue un fenómeno inolvidable e irrepetible. Hasta el día de hoy, no hay magallánico al que no se le ponga la piel de gallina cuando lo escucha.

Como prueba de lo anterior, hace algunos años, el grupo Alturas se presentó en el Centro Español de Natales. Pese a que recién habían tenido que lamentar la muerte de su querido trovador, Fernando Ferrer, quisieron regalarnos algunos fragmentos de su obra, con el hermano de aquél tomando su lugar. El resultado fue el de siempre: terminamos todos emocionados hasta las lágrimas.

Hace algunos días, tuve la alegría de recibir una hermosa encomienda, la que incluía el DVD “Momentos de Alturas”, el cual fue rodado casi íntegramente en Natales, con las canciones más recientes del grupo. Fue muy grato ver a gente conocida y querida participando como espectadores, declamadores y “extras”. Las nuevas canciones siguen pregonando amor por Magallanes, su gente y su eterno viento, pero desde una perspectiva más alegre, romántica y soñadora.

Es hermoso tener ritmos que nos transporten hacia el lugar que amamos, letras de canciones que nos hagan evocar nuestras raíces y recordar que, no importa dónde nos encontremos, podemos recurrir a la magia de la música para volar con el viento hacia donde nuestro corazón pertenece.
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