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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL TRIUNFO DE VENEZUELA

<h2><hr><u>EL TRIUNFO DE VENEZUELA</h2></u> La Jornada, México D.F.17-08-2004

Tras las elecciones: Chávez no se va



Por José Steinsleger

Ante el “sí” y el “no”, conforme van cerrándose las urnas, los venezolanos ya no discuten si Hugo Chávez ganará el referéndum revocatorio presidencial. El margen de victoria es la cuestión. Sus enemigos deben conseguir, cuando menos, los votos que obtuvo Chávez en la última elección presidencial (más uno), y superar los votos bolivarianos en este proceso electoral.

Difícil. Las encuestas serias (las hay) señalan que no todos los ricos son hostiles a Chávez, no todos los pobres lo aman y no todos los venezolanos son como el señor de clase media que en el aeropuerto pide apurar el paso de la cola.

"¡Esto ya es Cuba!", grita. Viaja a Miami, claro. Le pregunto en qué basa la comparación: "Me voy porque en Venezuela el whisky está carísimo".

El comentario me hizo entrar en la máquina del tiempo. En 1977, cuando tenía 40 por ciento menos de la población actual (26 millones), Venezuela importó 20 millones de litros del licor, más 10 millones introducidos de contrabando. Y hace 30 años, cuando vine a cubrir el triunfo de Carlos Andrés Pérez (CAP), en la habitación del hotel apareció misteriosamente una botella etiqueta negra, con una tarjetita colgando del pico: "Fraternalmente, CAP". ¿Quién le informó al presidente de mi trago favorito? Fue la única ocasión en que simpaticé con la socialdemocracia. Luego leí declaraciones de Arturo Uslar Pietri, insigne escritor de la derecha venezolana: "El alcohol circula en toda Venezuela, en todas las clases sociales, pero es en los medios intelectuales que es más activo y donde hace más estragos". (“Conversaciones con Uslar Pietro”, Alfredo Peña, Ed. El Ateneo de Caracas, 1978.)

La hipótesis es tentadora. De lo contrario, ¿cómo entender a otrora mentes brillantes de la izquierda, como Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, quienes sostienen el discurso de la oposición? El profesor José Santz Roz, de la Universidad de Los Andes, los involucra indirectamente, en su libro “La CIA en Venezuela” (Karina Editores, Mérida, 2004). ¿Un exceso? Los pueblos juzgan con crueldad. Pompeyo invirtió gran parte de su vida explicando cómo hacer la revolución, le llaman “El número 19” porque en los últimos gobiernos de la "alternancia puntofijista" (entre Acción Democrática y socialcristianos de COPEI, 1958-96), figuraba con este número en las listas de los 20 invitados especiales de las giras presidenciales. A Petkoff le dicen “La Guayabera”. Cuando se asume en "ideólogo de la oposición de izquierda", la oposición real siempre lo deja afuera.

Cien politólogos en fila india se harían bolas con la ironía del venezolano promedio. En un café que sirve las mejores arepas con queso de Caracas, pregunto al parrillero qué haría si el país naufraga en la intolerancia. Revirando la arepa, responde: "Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Puedo tolerar a mi suegra, pero me sería imposible convivir con ella".

Los carteles chavistas rezan: "No volverán". ¿Quiénes? En los mejores años del puntofijismo (cuando los altos precios del petróleo dieron a CAP una oportunidad histórica), las elecciones presidenciales se revestían con luces y perlas de la historia política venezolana. El veterano Germán Borregales se autocalificaba de "fascista" y "moderno Sancho Panza", prometiendo hacer de Venezuela una "nueva edición de la ínsula barataria". El sector femenino tenía un favorito: el general Martín García Villamil, comprometido a conseguir marido para cada mujer soltera, "así tenga que importarlos".

Pepe Pedro, albañil, adelantaba que de ser elegido su gobierno entregaría 25 mil bolívares a cada venezolano (que hoy equivalen a 10 dólares), para que tenga con qué vivir feliz. El trigésimo sexto partido inscrito en 1973 se llamaba Rescate Espiritual de Integración Nacional (Reina), que rendía culto a María Lionza, diosa de los tiempos de la Conquista.

Marcos Pérez Jiménez (1952-58) dedicaba un día del año para honrarla. Y como símbolo de su devoción erigió un gigantesco monumento a un costado de la estratégica autopista del este. El año en que olvidó el ritual, el tirano fue derrocado. Ningún político "moderno" podía subestimar el millón de seguidores de Reina, viéndose obligados a establecer alianzas con su candidata presidencial, mulata de amplias caderas y perturbadora voluptuosidad.

En marzo de 1977, Carlos Andrés Pérez dijo en mensaje al Congreso: "Hemos cerrado la brecha entre la Venezuela de los privilegiados y la Venezuela de los marginados". Doce años después, en la segunda presidencia, ordenó al ejército reprimir al pueblo de Caracas alzado contra el durísimo paquete de medidas económicas impuesto por el Fondo Monetario Internacional. Mil muertos y muchos más heridos. El precio de los alimentos (y del whisky) trepó a las nubes. Ahora, los venezolanos sólo podían consumir Polar, cerveza elaborada por el grupo económico de Gustavo Cisneros, "empresario global" que a los venezolanos dicta lo que Venezuela debe entender por "democracia", a través de sus cadenas de radio y televisión.

Asqueado, un joven comandante de 35 años convocó a los suyos: "Este no es el ejército de Bolívar". El teniente coronel Hugo Chávez se puso en campaña. En 1992 se sublevó contra el gobierno, fue preso y dio la cara: "Yo soy el jefe de la rebelión", declaró. Por el contrario, hasta la fecha nadie sabe quiénes urdieron el golpe de abril de 2002 y Cisneros jura que él no participó. Así es que “Mi testimonio ante la historia”, libro que acaba de publicar el empresario Pedro Carmona (47 horas de "presidente"), debe estar interesante. Veo que en sus páginas ataca a todos por igual y, en particular, al equipo que lo embarcó en la aventura: los jefes políticos del “sí” en este referéndum.

¿Quién era Chávez? ¿Un aspirante más a dictador, como aquel terrible Gómez (Juan Vicente), muerto en su cama ante un pueblo que acercándose con incredulidad y cautela a palacio exigía pruebas de su muerte, hasta que ropa y zapatos fueron arrojados por una ventana de la residencia presidencial (1935)?

Carlos Andrés fue destituido del poder por corrupto y en 1998 Chávez ganó las elecciones, siendo erigido en campeón de la dignidad. En un despacho patético del diario español “El País”, su impetuoso corresponsal en esta capital observa que "la oposición venezolana sigue sin hallar un líder capaz de enfrentarse al populismo de Chávez" (12/08/04).

Tiene razón. Un gobernante acorde con los tiempos sería, por ejemplo, el "socialdemócrata" Leonel Fernández, presidente de República Dominicana, quien, resignado, manifestó a ese periódico: "Somos el patio trasero de Estados Unidos, no podemos enfrentarnos" (“El País”, 19/7/04).

Ajeno a todo fatalismo y predestinación, el presidente Hugo Chávez tampoco quiere enfrentarse a Estados Unidos. Sólo quiere torcer el brazo de las auténticas fuerzas del mal y transformar la aciaga realidad de un país que, desde 1923, enciende los motores de la economía mundial, mientras 57 por ciento de su población vive en la pobreza.
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