
Por
Marino Muñoz Lagos
La Prensa Austral - 6 de enero de 2005
El 22 de marzo de 1960 fueron depositados en Montegrande los restos mortales de nuestra poetisa
Gabriela Mistral. Se cumplían así sus deseos de reposar en las tierras familiares y silenciosas de su amado valle del Elqui, su río de la infancia. A nombre de la Sociedad de Escritores de Chile, el poeta Julio Barrenechea pronunció algunas palabras para despedir a la ilustre viajera en su última andadura:
“La hemos traído al sitio que modeló su espíritu, que templó con esmero la primitiva cuerda de su gracia en germen. Aquí la hemos traído y aquí la sembramos, para que su árbol prospere eternamente, abriendo benéfica sombra sobre el mundo. Del Cementerio General de Santiago, camino a Montegrande, partió como el fondo de un río dormido, entre dos orillas de niños chilenos. Su paso dejó por las largas calles, una huella de flores. Fue como si hubiera pasado la primavera”.
Gabriela Mistral se llamó así desde 1914, cuando ganó en Santiago los juegos florales organizados por la Sociedad de Artistas y Escritores con sus
“Sonetos de la Muerte”. Un jurado que formaron Manuel Magallanes Moure, Miguel Luis Rocuant y Armando Donoso escogieron su nombre entre los numerosos poetas que postularon al triunfo. El premio consistía en una flor natural, una medalla de oro y una corona de laureles.
En ese tiempo era profesora del Liceo de Niñas de Los Andes y en sus ratos de ocio se dedicaba a leer y escribir.
Profesionalmente se llamaba Lucila Godoy Alcayaga y había nacido en la pequeña ciudad de Vicuña el 7 de abril de 1889, en la calle Maipú 759, que ocupaban sus padres Jerónimo Godoy Villanueva y Petronila Alcayaga. Su padre era un hombre culto que enseñaba en escuelas provinciales. Era músico y poeta y le gustaban las fiestas y pasarlo bien. Abandonó el hogar y murió en 1915.
Entre 1918 y 1920,
Gabriela Mistral fue directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas. Aquí hizo clases a las mujeres obreras y a los trabajadores rurales, escribió buena parte de los originales de
“Desolación” y miró la nieve melancólica de esta tierra
“que no tiene primavera”.
Nuestra Premio Nobel de Literatura falleció en el Hemsptead General hospital de Nueva York el
10 de enero de 1957, de un cáncer al páncreas.