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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


9 XII 1824 – LA BATALLA DE AYACUCHO

<hr><h1><u>9 XII 1824 – LA BATALLA DE AYACUCHO</h1></u>

Batalla de Ayacucho

Antonio Herrera Toro según boceto de Marín Tovar y Tovar

Hacia 1890

 

¡A PASO DE VENCEDORES!

 

Una hermosa y detallada crónica de la batalla de Ayacucho. Tomado de “Las Cuatro Estaciones de Manuela” (libro muy recomendable) de Juan Bautista Von Hagen.

Durante dos meses, los ejércitos se habían perseguido mutuamente, tratando cada uno de llevar al otro a una zona adecuada. Las marchas habían desorganizado al ejército patriota. Había perdido la mitad de sus hombres por enfermedades y deserciones y habían desaparecido todas sus piezas de artillería, salvo un cañón de proyectiles de veinticuatro libras con la cureña rota. Había sido alzado a los altos de Quinua. Sólo quedaban víveres para dos días y no había posibilidad de retirada. Al norte y al sur se abrían profundas barrancas y, a su espalda, cientos de indios esperaban el momento de la retirada para caer sobre ellos. Enfrente estaba todo el ejército realista, más de nueve mil hombres, de los que mil estaban montados: los famosos regimientos españoles de Burgos, Guías, Victoria, Gerona y Fernandinas. También estaba allí el Virrey y sus dieciséis generales. Los patriotas no tenían más opción que la victoria o la muerte.

A pesar de verse superados en la proporción de dos a uno, los ejércitos aliados habían decidido aquella noche en consejo de guerra dar la batalla. En una choza india, de la que el humo de un fuego se abría paso por las pajas del techo como mejor podía, se hallaba el estado mayor del general Sucre. Mientras deliberaban, comían queso, pan duro y trozos de azúcar morena. 

-No moriremos de indigestión- dijo el general La Mar, cortando un trozo del pan de azúcar.

(...) 

Mientras el enemigo se organizaba en sus posiciones de ataque, un grupo de jinetes se destacó de la masa y galopó hacia las líneas patriotas con una bandera blanca de parlamento. El general Monet, esplendoroso con su uniforme de gala lleno de condecoraciones, saludó a los oficiales:

-Señores, hay en vuestro ejército, como en el nuestro, oficiales que luchan en bandos opuestos y están ligados por lazos de familia o íntima amistad. ¿No sería posible, antes de que nos descalabremos mutuamente, charlar un poco y despedirnos?

Mientras se desarrollaban estas acciones caballerescas, las tropas realistas tomaban lentamente sus posiciones. A las ocho, los oficiales volvieron a sus propias líneas y los patriotas se dispusieron al ataque. Los realistas habían ya abierto el fuego con su artillería y las balas de cañón rodaban campo abajo. Sucre, que llevaba una apretada casaca azul con una hilera de botones dorados, sin cinto ni medallas, se quitó el tricornio adornado con plumas blancas y pronunció una breve alocución. Fueron unas cuantas palabras, pero inolvidables.

-Soldados, la suerte de América del Sur depende de cómo luchéis en esta jornada

Las tropas comenzaron a cruzar el kilómetro que las separaba del enemigo, cuyo fuego pronto comenzó a causarles daño. Córdoba, al frente de los colombianos, ordenó el alto; sacó un largo cuchillo, desmontó, se acercó a la cabeza del animal y lo mató de un golpe bien dirigido:

-No quiero caballo que me permita huir de esta batalla- dijo. 

Luego, levantando su panamá de anchas alas en la punta de su sable, gritó:

- ¡Adelante! ¡Armas a discreción! 

Un capitán, ya herido por una bala perdida, preguntó:

-¡Qué paso, mi general?

-¿Qué paso? ¡Paso de vencedores!

Los patriotas se lanzaron hacia delante, sin detenerse siquiera para apuntar. Desde sus posiciones fijas, el enemigo hacía un fuego mortífero. Las balas de cañón se llevaban cabezas y piernas y los fusiles, disparando a corta distancia, abrían claros en las filas. Éstas vacilaron, se replegaron un instante y avanzaron de nuevo. Los muertos eran ya muchos. Pero continuó el avance y pronto se introdujo una cuña en el centro realista. En seguida, entró en acción la caballería del general Miller. Por aquel hueco abierto por la infantería, se lanzaron los guerrilleros montados sableando a diestro y siniestro, abatiendo a los alabarderos que defendían los cañones y convirtiéndolos en masa informe bajo los cascos de los caballos. Los infantes patriotas se lanzaron sobre las piedras y las volvieron contra las filas enemigas.

La batalla entró ahora en una nueva fase: la retirada realista se convirtió en derrota. Los soldados abandonaron sus fusiles y corrieron hacia los farallones, tratando de escalarlos y de ponerse a salvo. Las balas de cañón se estrellaban contra la roca y mataban más con fragmentos de piedra que directamente o con trozos de metralla. Los jinetes no daban paz a sus sables y la infantería, apuntando cómodamente desde abajo, hacía caer a los fugitivos como muñecos de una galería de tiro. Ya no era una batalla, sino una mañana en un matadero de la montaña. Los realistas dejaron en el campo mil cuatrocientos muertos y setecientos heridos. Los que escaparon a la matanza y llegaron a la altura fueron reunidos en algo que parecía una formación, pero estaban totalmente desfallecidos. Los que sobrevivieron en el llano pronto cayeron prisioneros, incluso el propio virrey La Serna, con su cabello cano manchado de sangre y sus fuerzas agotadas por una herida en ñla cabeza. En el mismo momento en que La Serna ponía su firma a los artículos de la capitulación, su rey, en la lejana España, le recompensaba por sus pasadas victorias con el sonoro título de “Conde de los Andes”. 

La batalla terminó en una hora. Fue uno de los más decisivos encuentros de la historia: había sido derrotado el último de los ejércitos imperiales que pisaba suelo de América.

(...)

Estaban solos aquella noche en la villa. Simón Bolívar se había sentido mal durante todo el día: no había cesado de toser en su pañuelo de cambray. Envuelto en una larga capa azul con alto cuello rojo de bordados, tenía los pies al calor de un brasero de bronce. Con los ojos entornados, escuchaba lo que le leía Manuela con su suave ceceo quiteño. Desde afuera llegó rumor de pasos, un ruido creciente, gritos de centinelas; luego llamaron a la puerta. Entró Juan Santana, sin botas, abotonándose su casaca roja. Había noticias, importantes noticias: se había librado una batalla... Y el capitán Alarcón irrumpió en la habitación como a punto de caerse. Había salvado la distancia desde el campo de batalla de Ayacucho en ocho días. Entregó el despacho al general. 

Bolívar lo leyó con expresión de incredulidad. Durante unos instantes miró hacia delante, como una visión; luego, agitando el despacho en su mano, como embriagado, subió a unas sillas, saltó a una mesa y comenzó a bailar gritando: “¡Victoria! ¡Victoria! ¡Victoria!”

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1 comentario

Guillermo -

Hay que completar definitivamente la obra de los Libertadores y concluir con la Union de los paises latinoamericanos. ¿Que serian hoy los EEUU si fueran un monton de estados separados como nosotros lo estamos ahora? Sin duda serian un conjunto de semicolonias de Gran Bretaña o algun otro país europeo. Nosotros somos como alguien dijo una veintena de hermanas de espaldas y mirando al mar..., es decir mirando al Primer Mundo europeo en el pasado o al de EEUU en la actualidad.
Hay que enterrar definitivamente el proyecto ALCA de EEUU y luchar como propone el presidente de la Republica Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez por el ALBA
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