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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA ILUSIÓN LA ESPARCE EL AIRE

<HR><h1><u>LA ILUSIÓN LA ESPARCE EL AIRE</h1></u>

por  Nelson Villagra


El Mostrador - 6 de Enero del 2006

Circula una carta abierta en internet sobre los Derechos Humanos en Chile, dirigida a ambos candidatos presidenciales, firmada por un número apreciable de personas, además de varias organizaciones víctimas de tortura residentes en el exterior.

Luego de hacer un recuento de lo que se ha hecho o dejado de hacer en nuestro país en los últimos años respecto a DDHH, la carta dirigida a Michelle Bachelet y Sebastián Piñera plantea varias reivindicaciones.

Desgraciadamente el tema de los DDHH continúa siendo un tema sensible, un estilete clavado en el corazón y la conciencia. Porque francamente no sé si con nuestro estilo chilensis seremos capaces de cerrar heridas. No sé si Michelle Bachelet o Sebastián Piñera tendrán la inteligencia de hacerlo. No sé si los parientes; amigos; los ciudadanos que necesitamos volver a sentir que las instituciones del Estado son la expresión de nuestra alma nacional, encontraremos la paz que restituya la ilusión y la esperanza en ese futuro que es tan fácil de prometer, pero tan difícil de cumplir.

Porque los DDHH en Chile, si bien sufrieron los peores atropellos de la historia durante la dictadura de Pinochet, no son un tema desconocido en nuestra historia. Nuestros gobernantes, y nuestras FFAA, históricamente han sido sueltos de mano con la rotá. Desde 1833, el gatillo en nuestro país ha estado siempre demasiado sebado (exceptuando la Concertación, noblesse oblige).

Sin embargo en países como el nuestro los DDHH no solamente se vulneran cuando nos provocan una guerra civil; cuando los gobernantes provocan dos guerras con los vecinos; cuando se masacra a los huelguistas; cuando se tortura; o cuando se exhuman los cadáveres para echarlos al mar o a los cráteres de los volcanes; cuando se fusila sumariamente y/o se hacen desaparecer los cuerpos de las víctimas, etcétera, etcétera, horriblemente etc., etc. Y en esas condiciones es difícil construir una patria solidaria, con ilusión y esperanza.

De manera que según lo pienso, no es fácil para el próximo presidente de Chile dejar de atropellar los DDHH de un poco más 3.000.000 de chilenos que viven en la extrema pobreza. Difícil no atropellar los DDHH de miles de estudiantes que por no tener dinero se ven aventajados por aquellos que tienen los medios para elegir su educación privada, perjudicándose evidentemente el país. Y otra vez el horrible etc, etc, etc.

Los peores estragos en una nación, los provoca el desencanto. Porque éste suele atravesar transversalmente el alma de su pueblo. Y cuando se aplaude un modelo económico como el actual en Chile, que estimula la cultura de la competencia en vez de la emulación, el riesgo del desencanto entra todos los días al hogar, corroe la familia, las instituciones, se pasea por parques y jardines.

Para quienes vivimos en el exterior y sobre todo para aquellos que estamos saliendo y entrando al país en los últimos años nos resulta notorio cómo los diarios, la televisión y la radio nacionales, dejan traslucir algo más que una nota de desencanto en la falta de ilusión y esperanza que expresan los diferentes entrevistados o notas periodísticas (excepto las declaraciones de quienes tienen la sartén por el mango, obviamente).

Y es que las imágenes que nos comunican las instituciones y los personeros que hacen noticia en Chile provocan el escepticismo ciudadano. Porque la palabra y el hecho, mezclados, adquieren ese salto de calidad que es el fenómeno de la imagen, fenómeno inmanejable para el emisor.

Así las cosas, ¿podrá la señora Bachelet o el señor Piñera transformar por ejemplo la imagen de un ex general del Ejército, quien siendo el más aberrante criminal y ladrón de nuestra historia patria, no solamente está siendo enjuiciado “a la chilena”, sino además sigue ostentando el título de Benemérito de la Patria y todas las regalías de un ex presidente? ¿Los señores candidatos, los poderes del Estado, piensan que un escándalo de esa envergadura pasa inadvertido para quienes deseamos mantener la esperanza en que otro país es posible?

Ante tanta desigualdad social, develada y agitada por los propios candidatos en aras del voto, imagen que está todos los días ahondando la herida de los ciudadanos, ¿creen que estimula la honestidad, la probidad? ¿O la gente termina por “cabrearse” cuando se da cuenta que es el único “gil” que llega a la hora al trabajo, que acepta el irrisorio sueldo mínimo, que aguanta tener que arrendar una pieza en la playa para meterse con todos los chiquillos, mientras los “ubicados tiran p’arriba”?

El desencanto corroe más que la misma pobreza, porque esta última tiende a conservar la esperanza, pero aquél termina por buscar el camino fácil, ese que aparentemente te convierte en triunfador de la noche a la mañana. Léase corrupción o delincuencia.

Quién sabe si las generaciones futuras –a pesar de las instituciones que funcionan, y otros oropeles actuales– analizarán estos primeros 200 años de nuestra República simplemente como una etapa primitiva –de barbarie- que no habría tenido otro sentido que la explotación desmedida de un puñado de grupos económicos sobre las grandes mayorías nacionales.

Porque lo que es claro a estas alturas es que en 2010 el libro de Alejandro Venegas, “Sinceridad, Chile íntimo en 1910”, y la conferencia de Luis Emilio Recabarren, “Ricos y Pobres”, dictada a propósito del primer Centenario, no necesitarían casi correcciones para referirse al Bicentenario.

Y más vergüenza nos dará -yo espero que nos quede- como ciudadanos si en el Bicentenario volviéramos a leer fragmentos del discurso “La Crisis moral de la República” de Enrique Mac-Iver en 1900. Y omito comentar “El manuscrito del diablo”, ensayo escrito a fines del S. XIX por José Victorino Lastarria – del cual sólo advierto que donde diga Europa cámbienlo por Miami -, porque al igual que las grandes mayorías, pese a todo quiero guardar un cachito de ilusión para poder creer que de verdad en estos dos primeros siglos hemos ayudado a construir una nación y no una factoría.

Escuché alguna vez una cueca del folklore que tal vez sustente mi corazón chileno: “La ilusión la esparce el aire/ y una niña jardinera/ Lo hace con su mano suave/ cuidando de que no muera…”

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