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17/08/2005


EL TRISTE OCASO DEL TIGRE

sm12[1].jpgPor Abel Posse
Diario La Nación - 17 de agosto de 1998
(Fragmentos)

CUERVOS DE LA POLÍTICA

Las cotorras y cuervos de la política temen el retorno del Príncipe, del águila. Los mediocres se invisten de puntillosos, legalista, los fundadores del caos son formalistas: se encuentran que, si bien venció al mayor ejército del Imperio en América y liberó la Argentina, Chile y Perú, y transformó a la ciudad de los reyes en la Lima de la república independiente, «realizó estas operaciones sin la debida obediencia al Gobierno de Buenos Aires, pues actuó sin sus órdenes tanto en 1817 (Chile) como en 1820 (Perú)».

La Argentinita enana muestra sus uñas al tigre. Estanislao López desde Santa Fe, le advierte que le han preparado un consejo de guerra, no lo tiene por un libertador generoso y genial, sino por una especie de montonero, alzado en un uniforme de gala. Es el mundo de lo absurdo: otros equivocados le piden que por favor forme una dictadura.

Obviamente se agrava su enfermedad. En su chacra padece crisis que lo oponen al borde de la muerte, sin que se pueda definir la causa orgánica de su mal. («El infierno son los otros», escribirá Sartre. San Martín sentirá que su enfermedad son los otros). La Argentina enana (de ayer y hoy) envenena no solo sus grandezas sino también su renunciamiento a las grandezas. Es «El país mal pensado»: todos desconfían como si siguiesen enfrentados al desierto del desembarco.

Es la Argentina que expulsará hacia el exilio o la muerte a sus grandes. San Martín por unos ocho años en el país pagará 30 de exilio. Rosas será condenado a 30 años en la niebla (con ingleses). Sarmiento será «el loco Sarmiento», morirá en el Paraguay como huyendo de las burlas. Alberdi, sin conseguir ser reconocido por el poder (fue el mayor pensador–estadista) morirá «en París con aguacero», en el hospital de Neully, en la sala reservada a los clochards. Artigas pagará su grandeza con décadas en una atroz cárcel del Paraguay. Y Belgrano, y el caballero de Laprida, Facundo, Urquiza, Dorrego, Lavalle, todos ejecutados por partidas asesinas o fusilados [...] Es la némesis, el rito de venganza contra el príncipe que trajo el bien o la gracia, que prevalece en ciertas tribus primarias.

En nuestra republiqueta de gozadores, carnívoros, solo los mediocres, los atinados, mueren en la resplandeciente armonía de la clínica.
Miércoles, 17 de Agosto de 2005 14:47 ;?> Hay 1 comentario.

02/05/2005


EL SIDA Y LA ENFERMEDAD ESPIRITUAL

sida.gifPor Abel Posse
La Nación
(Buenos Aires) - Abril 2005

En los evangelios de Marcos (9.42) y Mateo (18.6-11), el tema claro es el escándalo. Se narra que Cristo está rodeado por sus apóstoles y seguidores y es preguntado acerca de qué es lo principal en el Reino de los Cielos. Jesús, sin vacilar, llama a un niño al centro del grupo. Afirma que ese niño es lo principal. “Quien sea humilde como este niño entrará en el Reino de los Cielos? Pero si alguno escandalizare uno de estos pequeños, que creen en mí, sería mejor para él que le fuese atada una piedra de molino al cuello y echado al mar.

La palabra “escándalo” proviene del griego skándalon, “trampa u obstáculo para hacer caer a alguien”. Así pasa al latín. Monseñor Baseotto procede con no menos loable pasión cuando señala que repartir esos preservativos conlleva un acto escandaloso: de algún modo, se banaliza la sexualidad, se suspende el pudor como estilo de una sociedad católica (constitucionalmente católica, según el artículo segundo), y se lleva a los jóvenes a la perplejidad de una contradicción entre lo público y los límites del estilo familiar y del uso y costumbres de la gente de este pueblo.

El ministro de Salud combate legítimamente la enfermedad física sin reparar en la enfermedad espiritual y metafísica de la permisividad. El sexo aparece como un simple acto corporal, como una facultad gimnástica cuyo único peligro puede ser el contagio de un mal incurable, mortal.

Al recibir los preservativos repartidos como caramelos, los chicos quedan perplejos; en el sentido bíblico, escandalizados. ¿Se incentiva la sexualidad precoz? ¿El sexo, entonces, carece de toda importancia? ¿Es una simple gestualidad física cuyos únicos peligros son el sida y la procreación precoz? ¿El pudor de las familias carece de todo sentido? En suma, el conflicto se sitúa entre dos buenas intenciones: la del ministro y la de la Iglesia, que es consciente de la enfermedad y de la perplejidad de la juventud argentina (y de buena parte de la del mundo).

Todos los valores, los respetos, los estilos culturales están siendo contaminados por una atroz polución de subcultura comercializada en una escala global. Encender un televisor en familia es una incómoda peripecia de impudor y de degradación estética y moral. Una runfla de comerciantes de la audiovisualidad destruye todo lo que podemos intentar construir en la escuela.

Sin prevenciones espirituales, morales ni religiosas, tácitamente se invita a la banalización del sexo y también a la precocidad sexual. Se preserva el cuerpo y, al mismo tiempo, se sigue enfermando el alma juvenil.

A partir de esta doble realidad, de difícil síntesis, continuó en la Argentina este nuevo capítulo de Don Camilo y Pepone. La Argentina piensa mal y prevalecen los malpensados. Un grupo de idiotas que buscan espacios de obsecuencia de algún modo vieron en la palabra de la famosa parábola cristiana algo así como la invención, dos mil años antes, de los vuelos de la muerte.

En vez de comprender la ineludible posición católica, prefirieron creer que el obispo quería arrojar al mar al doctor Ginés González García, que, a su vez, debe de haber quedado también perplejo al encontrar en el diario la noticia de que había sido víctima de un intento de asesinato (parece que hubo una denuncia penal).

En el mundo aburridamente serio de los países normales no pasa que un obispo trate de matar en forma burda a un ministro. Por su parte, el ministro no procedió con voluntad de escandalizar, sino con voluntad de curar. Actúa en los límites de su profesión y es un ministro brillante, al que se le deben grandes logros en lo que hace a medicina social (desde el plan Remediar hasta el reciente tema de la vacunación contra la hepatitis A).

Fabricaron un conflicto de sainete que terminó en deliberado y ridículo incidente diplomático. Un embajador extranjero comentó: “El avión, la soga y el ministro están, ¿pero dónde podrá conseguir monseñor Antonio Baseotto una piedra de molino?” Sin ética, sin estética y sin sentido filosófico alguno, todo desemboca en la nada, en puro nihilismo.

La política, alienada económicamente en este sistema perverso, ya no lucha por valores o por una renovación cuidadosa de los valores existentes, vigentes. En el decadente Occidente de tanta riqueza y de tantas exclusiones y soledad, la Iglesia, desde su testimonio de dos mil años, intenta responder con energía a este nihilismo, cuyas víctimas más ostensibles son, paradójicamente, los jóvenes, sobre quienes se ejercita un juego de libertades anárquicas, demoledoras, falsas.

La Argentina está espiritualmente enferma. De allí proviene nuestro default, nuestra política de patio, esa ridiculez reiterativa, pese al intento de querer ser un “país serio”. A todos nuestros males se suma ahora la patológica preferencia de los conflictos en vez de la concordia creativa y la armonía. Es grave para un pueblo golpeado por la más grande crisis de su historia y que debe, por lo tanto, afirmar más que nunca su posibilidad de unidad.

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Lunes, 02 de Mayo de 2005 15:56 ;?> No hay comentarios. Comentar.

06/01/2005


ZAPATILLAS CALIENTES, REMERAS SUDADAS

um136.jpgPor Abel Posse

Para LA NACION - Miércoles 5 de enero de 2005

La tragedia ocurrida en la discoteca República Cromagnon nos obliga a una interpretación que trasciende la realidad de tanta muerte y de las posibles culpas.

Centenares de jóvenes reunidos en uno de los tantos centros de desquicio se inmolaron en una tremenda llamarada que conmovió al país. Esa terrible antorcha ilumina hacia los cuatro puntos cardinales de la Nación la nada en que malvive buena parte de la juventud argentina.

La llamarada de los inmolados nos muestra el mundo chato y sin salida de probablemente tres millones de adolescentes y jóvenes a la deriva, sin convocatorias ni vocaciones, excluidos en silencio en los márgenes de una sociedad que calla y no sabe integrarlos, positivizarlos.

La tragedia señala la insoslayable realidad de nuestra caída educativa y cultural. Nos muestra el grado de improvisación y de indisciplina colectiva. El problema está más allá de la puerta de emergencia cerrada con cadenas o de la renovación de las inspecciones o de las supuestas responsabilidades de los políticos. Más bien se habla de estos aspectos para omitir la realidad del desbordamiento subcultural que padecemos.

Los sacrificados representan esos miles de jóvenes que una o dos veces por semana se entregan al rito de saltar, gritar, sudar, emocionarse hasta el éxtasis ante el ruido estupidizante y las contorsiones de esas bandas de música estupidizadora, chamánica.

Se acepta sin mayores comentarios esa fatalidad de sound and fury (el sonido y la furia) de las discotecas y bailantas. Los chicos sienten que afuera y durante la larga semana es el territorio de inexistencia y de frustración. En el enloquecimiento colectivo y la confraternización, encuentran una imitación de lo espiritual, de cierta plenitud.

En ese otro mundo, penumbroso y ensordecedor, impulsados por el alcohol y las pastillas de moda, encuentran la exaltación vital que la sociedad diurna no sabe darles. En esa liberación patológica de energía y de afecto fácil encuentran alguna recuperación de la nadería de los estudios sin convicción y ante el escepticismo y las dificultades para acceder al universo del trabajo. Sienten que están en una tierra de nadie. Sobreviven incluso al margen en sus propios hogares. Nadie supo encender en ellos la pasión educativa, la cultura del trabajo o un sentido atractivo de la vida. Sólo al ingresar en la discoteca irán
creciendo desde su aburrimiento a una exaltación vital al menos parecida a la de los avisos del hedonismo televisivo.

Nadie los convoca. Los políticos no tienen respuesta. Se finge que todo es normal. Agredidos y expulsados por el sol del domingo, los padres los verán llegar como a demacrados vampiros, con sus zapatillas calientes y sus remeras sudadas. Descienden del éxtasis falso a la pura nada .

Esta vez muchos no regresaron. Se sublimizaron en esa llamarada que ojalá nos sirva para una reflexión comprometida y extensa del tema, más allá del problema de las inspecciones y responsabilidades empresariales o municipales.

La Argentina está sumida en una costumbre de indisciplina y de permisividad comodona. Las expresiones colectivas se cargan invariablemente de un tono agresivo, insultante. Sea una protesta gremial o piquetera, sean las barras bravas o un mitin político, todo asume una expresión simiesca. Saltos y cánticos idiotas, insultos fáciles. La constante es el bombo atronador. El bombo, el
instrumento más primario de la sinfónica.

¿Quién hubiera podido contener a esos miles de adolescentes que buscaban el delirio, el desarreglo de todos los sentidos? El empresario del local imploró para que no encendiesen las bengalas y los petardos. Fue insultado. En la Argentina, toda transgresión parece digna de mérito. Toda llamada a la disciplina parece ejercicio de represión.

El permisivismo de Estado (aparentemente una buena cualidad democrática) en el fondo oculta la cobardía del Estado. Para los políticos, desobligarse del mando es una forma de sobrevivir, escabullendo su presencia ante los problemas. Para los padres, desobligarse de la corrección y educación de los hijos es una
comodidad que se paga cara.

Tal vez es por esto que los padres de los jóvenes muertos y heridos se empeñan en encontrar un chivo emisario que los calme de su hipocresía de renunciantes. Si involucran al jefe de gobierno o al empresario, creen poder aliviar el tremendo dolor de la pérdida. No saben que la culpa pertenece a otro mundo. El dolor es absoluto, intransferible, insuperable. La justicia, entendida como venganza, en nada cambia el absoluto existencial de la muerte.

Los padres, en su dolor, reiteran el esquema de exculpación personal y de inculpación de alguien que pueda cubrirlos de la responsabilidad que no supieron asumir ante sus hijos.

Pero más allá del problema legal, la llamarada trágica del Cromagnon ilumina la indigencia juvenil y la enfermedad profunda de esta Argentina incapaz de enfrentar con coraje y movilizarse ante la evidencia de su caída educativa, cultural, espiritual.

(*) El autor es diplomático y escritor.
Jueves, 06 de Enero de 2005 02:25 ;?> Hay 1 comentario.

17/10/2004


17 DE OCTUBRE

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Una jornada muy particular



Por Abel Posse
(para La Nación – Octubre 1998)

Días agobiantes de verano húmedo, malsano. Buenos Aires jadeaba como una bestia desganada y febril. Victoria Ocampo debió de haber abierto su balcón en Barrio Parque para refrescar desde la mañana sus jazmines y rosales.

Eran tiempos de afirmación democrática mundializada. Todavía humeaban las ruinas de Dresde, de Hamburgo, de Hiroshima. Los vencedores se repartían el mundo y escribían la nueva cartilla moral. La Argentina, gracias al neutralismo de Yrigoyen, de Justo, de Ruiz Guiñazú y de los militares, emergía económicamente triunfante. Pero se presentía que estaba terminando un ciclo de estabilidad y de corrección monetarista y macroeconómica, que como hoy, en 1998, dejaba un trasfondo de graves postergaciones sociales, de olvidos. Como lo había detallado Bunge en su famoso libro, el 80 por ciento de la riqueza argentina se concentraba en torno a Buenos Aires, en un irrisorio radio de 500 kilómetros. Era la increíble Reina del Plata con su noche incesante, su babilonia racial, ideológica, moral, y, por el otro lado, el bostezo infinito de las provincias olvidadas.

Braden, el toro de combate

Desde el Barrio Norte hasta Flores eran días de fervorosa movilización contra «la amenaza nazifascista» del coronel Perón. Una mañana después del generoso riego de geranios, Victoria habló con sus amigos. Se habían coordinado para enviar un telegrama al Departamento de Estado, en el que solicitaban el urgente envío de ese toro de combate que sería el embajador Spruille Braden. Sólo eso nos podía salvar de la fundación de un cuarto Reich. (Aparte de la promotora, lo firmaron Houssay, González Iramain, Moreau de Justo, Alejandro Ceballos, Juan Antonio Solari, y una decena más de gente seria y responsable.) El 19 de septiembre se había producido la Marcha de la Constitución y de la Libertad. Tal vez medio millón de porteños se expresó urgiendo el inmediato paso del gobierno a la Corte Suprema. Aunque ya había empezado en Berlín la Guerra Fría, Joaquín de Anchorena y Antonio Santamarina sellaban un caluroso pacto moscovita con Rodolfo Ghioldi y Ernesto Giúdice, los líderes del estalinismo local, que habían recibido desde el Kremlin el diagnóstico del fascismo terminal de Perón... Durante las jornadas de protesta en la plaza San Martín, el Comité Insurreccional comunista organizaba con Anchorena, María Rosa Oliver y Américo Ghioldi las idas y venidas de la conspiración democratizadora. El centro de operaciones estaba en la deliciosa y fenecida cervecería Adam.

Los militares, con su simpleza geométrica de entonces, pensaron que para mantener en el poder a la revolución del 43 y negociar con la presión nacional e internacional era necesario cortar la cabeza de la revolución: la del coronel Perón. No viene al caso repetir lo que está brillantemente escrito por Félix Luna o Ruiz Moreno. Perón fue desposeído de todos sus cargos y demonizado por los diarios, desde The New York Times hasta La Prensa. Nadie comprendía entonces que era pionero de una renovación de signo social que el mundo legitimaría después, con las socialdemocracias y hasta con esta temblequeante "tercera vía", laica, pragmatoide y municipal que hoy intentan ante la implosión mercantilista. Detuvieron a Perón, separaron a Evita a los empujones. (Ella estaba segura de que se lo llevaban para matarlo.)

La chispa y la leña

Antes, él se había despedido en la Secretaría de Trabajo y Previsión ante setenta mil, empleados, sindicalistas y obreros, lanzando su bomba secreta: esas generosas medidas que habían soñado los socialistas en su estética parlamentaria, después de aceptar el golpe de Uriburu-Justo y la institucionalización del fraude "patriótico" contra la mayoría radical. Aumento inmediato de sueldos, salario vital móvil, vacaciones pagas, participación obrera en las ganancias... Un fuego de revuelta y convocatoria recorrió la Argentina desesperada. Tal vez el capitán Russo, el coronel Mercante y un grupo de sindicalistas de izquierda encendieron una hoguera. Fue la chispa, pero la leña estaba reseca y había un líder...

A las seis de la mañana lo trajeron a Perón de Martín García en una lancha que se zangoloteaba. El coronel debe de haber visto en el capitán Mazza el perfil de carente, porque le preguntó con su humor medio ladino: "¿Me llevan a mi departamento de Posadas o a fusilarme?" Quedó detenido, con un piyama celeste, en el quinto piso del Hospital Militar. Conocemos la crónica. El levantamiento de los puentes, los camiones municipales, los tranvías desviados hacia la Plaza de Mayo.

Perón llamaba continuamente a Eva para tranquilizarla. Le dijo la verdad: que la política le daba asco y que ya en dos ocasiones le había pedido al presidente Farrell el retiro. Estaban perdidamente enamorados. Pondrían una chacra en Chubut. Era cuestión de horas... Pero ella no creía que no lo matarían. Lloraba y esperaba en el departamento de Posadas.

Algo pasa en la calle, Bachi...

A las siete de la tarde, Perón le preguntó al coronel Pistarini, emisario de los mandos militares: "¿Es verdad qué hay mucha gente, che?"

Vernengo Lima, el almirante, creyó que todavía había tiempo para "reprimir", pero ya eran casi cien mil y seguían viniendo como si cayesen de todas las costuras invisibles de la Argentina sumergida. Sanmartino los llamaría "el aluvión zoológico". El calor era agobiante. Gritaban estribillos pidiendo por Perón y se refrescaban los pies en las fuentes circulares, hasta entonces sólo mancilladas por las obesas palomas municipales, por el novio zambullido en despedidas de soltero o por el Negro Raúl vestido de almirante, que la barra de Macoco había tirado al agua.

A las nueve de la noche era un mar nuevo, de cabezas y torsos nada elegantes para la París del Plata. Pero era la mayor multitud espontánea que había conocido la historia argentina.

El coronel llegó a las seis de la tarde, preso y descompuesto. A las siete de la tarde era el hombre más poderoso de la Argentina y de nuestra América.

Después de la apoteosis se encontró con Eva, en el departamento de Posadas. Se abrazaron y partieron para refugiarse en lo de Subieza, en San Nicolás.

Para quien esto escribe, aquel día tan particular conlleva todo el recuerdo de ese octubre caliente, con las interminables tardes que pasaba preparándose para el ingreso al Nacional de Buenos Aires. La abuela estaba ya enferma. Era una tucumana orgullosa, de pocas palabras, como si su verdadera vida quedase para siempre hasta dos décadas atrás.

Al anochecer, aunque vivíamos a tres cuadras de Rivadavia, se oían los estribillos de las tandas de camiones. Mi abuela, cosa rara, abrió el balcón de la calle. Le pregunté:

-¿Qué pasa, abuela?

-Algo raro pasa en la calle, Bachi- me dijo.

Ella murió diez días después. No pudo enterarse de mi difícil ingreso al Nacional Central para las torturas educativas.
Domingo, 17 de Octubre de 2004 20:03 ;?> No hay comentarios. Comentar.

09/07/2004


9 DE JULIO: ENTONCES Y HOY

acta11.pg..jpgPor Abel Posse
Para La Nación 9 de Julio de 1999

Por suerte no fueron sensatos. No creyeron en la evidencia cuantitativa. No tuvieron en cuenta que en el Congreso de Viena (la Yalta de entonces) las superpotencias repartían el mundo sin considerarlos. No se agobiaban ante esa España que había derrotado a Napoleón. Contra ella se alzaban con sinrazón ibérica en Tucumán, corazón perdido de esa América remota.

Eran los meses amargos cuando aquel primer ejército de centauros pobres retrocedía por el Altiplano reseco: Vilcapugio, Ayohuma, Sipe-Sipe. Había que tener mucha convicción para sentir la derrota como pasajera, como un incidente sin importancia en el océano de una gran causa.

No contabilizaban el mal: por eso siempre crecían. Buenos lectores de la Biblia, sabían que el rey David fue reprendido como "insensato" por haber contado sus huestes. Avanzaban a través de los desiertos hacia Tucumán, desde los cuatro puntos cardinales, con sus levitas polvorientas y sus sotanas zurcidas. Obstinados en sus galeras por aquella Patria agreste que nacía desnuda y desamparada. Iban a los tumbos entre las vizcacheras y seguramente el libro de Rousseau rodó entre las nueces confitadas entregadas con el beso de la despedida. Más de una vez saltarían las páginas del misal y del sabio Samuel se caería en el Apocalipsis.

Sabían que España preparaba la mayor expedición transoceánica que se hubiera conocido. San Martín vaticinaba que de no atacarse a los españoles en los dos años inmediatos, ya no sería posible vencerlos. Ellos recordaban estas cosas con la mirada perdida en el desierto durante las largas horas sin paz de la travesía. Crecían en la amenaza. Iban a la patriada, al puro coraje, a la quijotada. Y casi sin gestos, desnudos de discurso: eran gente de acto grande y palabra breve.

Tierra seca. Polvareda lejana de ganado cimarrón. Batallas de ejército de perros hambrientos. Lodazal del litoral: tardes enteras luchando por salir del zanjón. Cielos de tormenta. Solazos rajantes. Amenaza del indio, del puma, de la duda. Postas miserables con agua turbia y un apenas de charqui en la fiambrera.

Espacios desiertos

¡Hacer una patria de aquella heredad infecunda! De aquel espacio que por entonces era sólo desierto.

En esas distancias, hoy todavía poco humanas, el poder político era teoría. Era la tierra del gaucho bárbaro y errante. Si algo unía, era el agua de los sentimientos. Un algo perdido en el aire del tiempo. Un sobrentendido en el rasgueo de guitarras, junto al fuego de la posta.

Fueron llegando a Tucumán después de los calorones. A fines de junio estaban los necesarios. El 9 de julio declararon la Independencia con el laconismo de lo verdadero e irreversible. Fue en casa de Zavalía. Se debatieron entre la monarquía constitucional, que entonces era la forma de gobierno recomendable para vivir internacionalmente, y el retorno al inca, ambición justa pero nostálgica. En todo caso, por la libertad y la democracia.

Se permitieron el lujo de ser y declararse libres. Era la gente que había quemado los instrumentos de tortura y abolido la esclavitud ya en 1813.

El 10 festejaron el desafío. Pueyrredón presidió las ceremonias en su calidad de director supremo. Caminó hasta la Catedral y pasó revista a un ejército que todavía no tenía ni tiempo ni dinero para uniformes (cada insignia se ganaba con un acto de coraje). Eran cinco mil gauchos de poncho y lanza de pobre: un cuchillo atado a una estaca. (Cuenta Mitre que a tres cañones de fundición se los llamaba "batería".) Luego, un sarao inolvidable. Los héroes se pelearon por bailar y enternecer a Lucía Aráoz, la belleza mayor de entonces. Intentaron salir a los jardines, hacia el perfume alcohólico de los jazmines, con Camelia Muñecas, con Juana Rosa Gramajo (tan cercana al corazón de San Martín), Belgrano con su amada y seducida Dolores Helguero. Hubo mucho vino, el blanco suave de Cuyo y el duro y profundo de los valles riojanos. Vals vienés y minué.

Ataque al imperio

El mismo 10 partió Pueyrredón a revientacaballos hacia Córdoba. Llegó en cinco días, un verdadero récord. Lo esperaba San Martín, que había llegado en secreto desde Mendoza. Revisaron los detalles de la pobreza, las dificultades. Pero se decidió el ataque al imperio. Esta vez se proponían algo más insólito que embestir molinos de viento: cruzar los Andes y atacar. Otra vez triunfaba la dignidad sobre el cálculo.

En aquella reunión quedó decidida la aventura genial de la liberación de Chile y de Perú. El gigante Bolívar embestía por el norte contra la mejor fuerza militar de España.

¿Callejón sin salida?

Ahora todo cambió. La tierra está dominada. El desierto es sembradío. Los galerones amenazados por los perros salvajes, grandes ciudades. A Tucumán se llega en dos horas de avión. Infraestructura, caminos, sanidad, hoteles, correos, satélites. Y un pueblo apto para lo mejor, en el que todavía persisten los efectos del genial esquema cultural sarmientino.

A pesar de todo, enmarañados en la posibilidad siempre mal conducida, el final de siglo nos encuentra desalentados. El traspié nos parece drama. Nos permitimos el inconsciente lujo de equiparar una crisis financiera a un bombardeo atómico. Es poco serio. El único subdesarrollo del que nos podríamos acusar es el político. Tenemos todo lo externo y una voluntad pagana de vivir, pero no sabemos ordenar la marcha. Inmaduros, oscilamos entre la exultación vana y la queja aún más que vana, despreciable.

El desierto aquel ya no existe. Pero ahora la tierra yerma parece haberse refugiado en nuestras mentes. Esta es la "travesía" que nos toca superar. ¿Temeremos la cultura, la libertad, la democracia? ¿Echaremos todo por la borda porque el rojo del debe es muy abultado?

Aquellos hombres con nada hicieron todo. (En 1928, todavía por su aliento de gigantes, éramos la sexta potencia financiera del mundo.) ¿Es posible que nosotros, que tanto nos jactamos de la Patria y de la estirpe, teniéndolo todo no nos animemos ya a nada? ¿Que nuestra política nos parezca un callejón sin salida? ¿Que el economicismo mercantilista termine por amedrentar y frenar todo el impulso político creador que se necesita en esta hora de crisis mundial?
Viernes, 09 de Julio de 2004 17:29 ;?> No hay comentarios. Comentar.

03/07/2004


MERCOSUR

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LA PASIÓN DE UNA REALIDAD FUNDADORA



Por Abel Posse - Para LA NACION
15 de marzo de 2004

Estamos viviendo una etapa decisiva. Después de la aniquiladora ilusión globalizante y de economicismo sumiso, el país vira hacia la realidad nacional y a sus intereses. Somos la presa herida que va recobrando sus fuerzas recónditas, para empezar las de la dignidad. Volvimos a nuestra moneda, a la producción de lo que sabemos hacer, a desarrollar nuestra creatividad. El mundo se sorprende de una recuperación que ningún autor del totalitarismo economicista hubiese atinado a prever. Y lo que es más importante: los argentinos van recuperando su autoestima. Pero sin consolidación de poder regional, un país como el nuestro queda expuesto a dependencias y tensiones como las que vivimos, sea con el FMI, con el Banco Mundial o con los tenedores de bonos de nuestra descomunal deuda pública.

Más allá de la integración y de los beneficios de crear zonas de libre comercio, hoy los pactos regionales son realmente pactos de existencia ante la aplanadora del poder financiero mundial desmadrado. Sin una zona fuerte en apoyo a los estados nacionales débiles, no hay posibilidad de resistencia. Ni política, ni económica, ni cultural, que es lo más importante. (En realidad, la dependencia económica se corresponde con el ingreso en un esquema de transculturización y de decadencia moral, que no queremos o no sabemos cuantificar). El Mercosur nos convoca a diseñar un polo de poder mundial. Una unidad política múltiple y funcionante. Hay que tender puentes, caminos, trenes de alta velocidad; unificar formas jurídicas, unir empresarios, fundar una estrategia militar defensiva y disuasoria, institucionalizar las formas de conducción de la gran nación de naciones que tenemos entre manos. Tarea homérica, supremo desafío. El de nacer.

No interesa ya el Mercosur como un mero campo para el mercantilismo mundializado. Debemos vivirlo con la pasión de una realidad fundadora, de un renacimiento. Significa el rescate de nuestro anémico sentido de soberanía y la posibilidad de recuperar un puesto mundial que está en la base del orgullo de la genial ocurrencia fundacional de la Argentina.

Un Mercosur aliado de la Comunidad Andina sería el camino hacia esa Unión Sudamericana que parecería el bolivariano destino manifiesto de nuestros países y, sobre todo, de esa gran cultura euroamericana que vivimos todavía de pantalón corto, sin darnos formas civilizatorias propias. Somos los retrasados, los eternos nonatos, del octeto de culturas que Huntington imagina como protagonistas del futuro de este mundo, donde el todopoderoso Occidente entró en su etapa decadente, implosiva.

En efecto, el siglo XXI se abrió desde el agotamiento de los grandes programas decimonónicos. Estamos ocultando la esencia de dos imposibilidades, de dos caminos gastados:

1) El capitalismo liberal entró en mercantilismo y financierismo terminal. Enfrente, el límite ecológico y cultural. El futuro de expansión de consumismo feliz y democracia para todos ya es ilusorio: se sabe que se engendra pobreza y miseria, que se consolidan mínimos islotes de opulencia y continentes de postergación. (Dos ejemplos de la anormalidad que estamos viviendo: se necesitaría un planeta tres veces más grande que la Tierra para abastecer la energía y las materias primas que exigiría el bienestar de los pobres del mundo, según los criterios actuales de producción y consumo. En este mundo absurdo, cada vaca europea recibe 2,67 dólares de subvención diaria. Sesenta y siete centavos más que esos 2700 millones de pobres que actualmente malviven con 2 dólares o menos por día. Casi la mitad de la población mundial, según las estadísticas de la ONU.

2) Por otra parte, se evidenció, en el último ventenio, que ninguno de los socialismos, desde el soviético a los de China, América del Sur o Africa, ni las socialdemocracias europeas, lograron consolidar un camino de vida distinto, alternativo, libre de la fuerza de atracción del liberal-capitalismo que termina por fagocitar los sueños de libertad, igualdad, fraternidad. No pudieron hacer prevalecer lo social sin recaer en lo esencial del capitalismo.

Esto sugiere que estamos ante una laguna de creación renovadora a escala mundial, disimulada por el statu quo y la repetición de lo fracasado. Los dioses han muerto y no sabemos pensar otros, los que necesitamos para dar sentido a contenidos de vida que abran un nuevo horizonte y estilo.

El momento es crucial: hay que pensar nuevas formas económicas que no signifiquen una trasnochada dialéctica entre fuertes y explotados, opulentos y condenados de la Tierra.

Esta reflexión geocultural viene al caso si pensamos que estaríamos consolidando con el Mercosur ese gran espacio que nos debemos. Pero sería ingenuo y estéril recorrer los caminos de probada decadencia y la reiteración de un mercantilismo tardío, ya inviable. Debemos pensar en una Gran Política para la gran casa en construcción. Sin un sentido de retorno ético y de afirmación de nuestra cultura y espiritualidad, estaríamos apenas en otra repetición.

Como afirma Edgar Morin, hacer verdadera política es marcar "direcciones, rearme espiritual y otorgar un sentido de vida que pueda remontar la disgregación y decadencia del mundo occidental".

Ya no se trata de sobrevivir de cualquier manera. La política grande que hagamos deberá responder a la pregunta: sobrevivir, integrarnos, pero ¿para qué calidad de vida, para cuál concepto del hombre, para qué espiritualidad y para cuál forma social que nos libre de un futuro en el que cuatro de cada seis humanos vivirán en la miseria?

Ahora que arrancamos con un nuevo Mercosur, el de Lula y Kirchner (por cierto en una línea de creación política absolutamente diferente a la de Menem y Cardoso) debemos convocarnos con la misma energía con que se conmueven los pueblos para sus empresas fundacionales. Junto con la política de integración física, económica y de convergencia en líneas políticas básicas, debemos tener presente, con todos los países hermanos con los que iniciamos una nueva etapa de unidad, que esta tarea de proyección mundial tiene que fundamentarse en los valores culturales que compartimos, con la ineludible responsabilidad de ser protagonistas de una nueva conciencia para contener y superar la atroz involución subculturizadora.

Tendremos que pensarnos el mundo no como profesores asustados que traducen lo que otros piensan o hacen, sino como renovadores, capaces de afirmar nuestra dimensión poética, creativa, religiosa, dentro de un Occidente que parece huir de sus valores sin saber recrearlos. Esa idiosincrasia latino-mediterránea que vivimos casi con culpa, como una personalidad de trastienda, es lo único que nos distingue, al punto que justifica nuestro ingreso en la clasificación de grandes culturas, ya aludida, del libro del profesor Huntington. Y hasta ahora es como una reserva enmohecida sin estrenarse todavía en el "mundo de primera".

Somos el adolescente que debe asumir su adultez. Para nosotros, los argentinos de la generación del fracaso, el Mercosur y la eventual Unión Sudamericana sería la oportunidad del resurgimiento que nos adeudamos. Si supiéramos convocarnos a la grandeza del propósito nos liberaríamos de tanto lloriqueo por el pasado y del pesado aburrimiento y humillación de pasarnos los años melancólicamente, juntando monedas para pagar la quiebra del siglo .
Sábado, 03 de Julio de 2004 21:56 ;?> No hay comentarios. Comentar.

22/05/2004

AQUELLA TENTACIÓN DE EXISTIR

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Mayo de 1810 en la perspectiva de la Argentina de hoy



Por Abel Posse
Para La Nación
- 25.05.2000

SE VIVÍA ESTUPENDAMENTE DURANTE LA COLONIA. Era un país de Jauja, el reino de las proteínas: las vacas cimarronas se acercaban sin malicia, pisando los sembradíos hasta las puertas del aldeón llamado Buenos Aires.

La historia no molestaba, éramos como ahistóricos, previos a la responsabilidad propia. Nos decidían. Se vivía para la mesa, se moría en la cama. El mundo (con su Revolución Francesa, la flota británica, el mítico Napoleón) era lejano y ajeno, como el mundo de los grandes visto desde el Kindergarten. Tampoco nos importunaba la cultura o la metafísica. Dios estaba siempre a mano, entre San Ignacio, La Merced y el Pilar. En la confesión de los sábados la ciudadanía de Buenos Aires, de Tucumán o de Córdoba quedaba purificada de los pecados de su erotismo primario.

Deberíamos haber parecido una sociedad diseñada por Botero: una señoría agallegada y rechoncha, como sotas de naipe. Ellas, según los viajeros, eran más pizpiretas y ambiciosas, pero ya a los veinte años tomaban aires de matronas. El ocio mataba. Essex Vidal observó una generalizada aversión al trabajo basada "en la creencia de que la esencia de la nobleza consiste en no hacer nada".

Según el viajero Concolorcorvo, los porteños hacían un almuerzo fuerte, familiar, a eso de las once, al menos de cinco platos casi rituales: asado de costilla, pollos y perdices, pescado frito, cordero y puchero, sin contar entremeses y postres. Observa que los perros no eran menos obesos que sus amos y merodeaban jadeando con las patas muy abiertas por el exceso de grasas.

No había en Buenos Aires adulterios inquietantes como en Lima. Ni conspiraciones. Éramos un virreinato tardío y de segunda. El poder no interesaba. Significaba ser empleado del Cabildo. Éramos la periferia remota del imperio, no existíamos, éramos felices como adanes antes de la serpiente, antes de la "tentación de existir".

Dicen que la "tentación" llegó como un duende, tal vez teóricamente, en esos libros de Rousseau, Voltaire y Diderot que se leían a escondidas, como pornografía ideológica. Otros hablan de las Invasiones Inglesas y de ese triunfo militar que nos llevó a la ocurrencia y luego a la febrilidad de querer existir. Tal vez la derrota de Napoleón en España.

Lo cierto es que las sotas se convulsionaron y el sueño ganó la calle. Todo es pasión, invento espiritual. Conocemos los detalles y los nombres. Lo cierto es que en aquella mañana del 25 de Mayo caímos en la historia como huyendo definitivamente del aburrimiento.

Se decidieron a ser, a desafiar. Guiados por un militar cetrino libraron batallas homéricas. Hicieron un camino increíble: apenas cien años después estaban contratando a Caruso para el Colón y recibían a Clemenceau y a la Infanta de España de frac, en el flamante palacio del Congreso.

De la nada habían logrado casi todo lo que hoy tenemos.

Quien retorna a la Argentina después de cierto tiempo, como es mi caso, percibirá un clima de desorientación, de desilusión colectiva. Como si se viviese más la perplejidad ante el fracaso de los sueños economicistas de la última década que el empuje que suele suscitar todo gobierno nuevo.

Las ruinas del palacio imaginario levantado por el otro gobierno caen sobre el actual, que sin embargo parecería resistirse a creer que camina sobre los escombros de una ilusión.

Alfonsín le pasó a Menem un país quebrado. Menem le pasa a De la Rúa la quiebra del sistema.

Mientras los argentinos nos resistamos a creer que terminó un ciclo y demoremos el viraje que se impone, estaremos en un limbo o tierra de nadie cada vez más peligroso. Por este camino ya no hay salida. Perdimos la apuesta ingenua de ser tenidos por socios. No hubo un retorno simétrico de Norte a Sur. Ahora la política tiene que volver a ocupar su lugar histórico usurpado, arrasado por el economicismo feroz que ni siquiera dejó lugar para "la moral y las buenas costumbres". Política es conducir, armonizar intereses y derechos, manejarse con astucia en la selva mundial, ser vanguardia de la Nación según nuestra voluntad de vida y de bienestar. La comodidad de sobrevivir en la corriente manejada por otros no nos dio el rédito esperado: somos un país económica, moral y socialmente en crisis. Tenemos que saltar fuera del marsupio como en aquel día lluvioso de 1810 y sacudirnos de esta nueva parálisis colonial.

Fin del ciclo

El Fondo Monetario Internacional tiene en nosotros el espejo de su fracaso. Nos asegura por goteo de dólares no la vida, que es desarrollo, sino la sobrevivencia del enfermo terminal. Si después de ser durante diez años el niño modelo del "modelo", con el país mejor dotado del continente, hemos llegado a tener que usar la cesantía de los empleados del Estado como variable de ajuste, es porque hemos tocado el fondo. A partir de aquí cualquier insistencia no significaría más que una insistencia desesperada.

Aquel Estado que había que adelgazar hoy es un enclenque que no puede cumplir sus funciones esenciales de defensa, seguridad, salud, educación (¡ni siquiera podemos solventar debidamente la fiesta del 25 de Mayo!). Ciertos dogmas de integración hoy nos cuestan la desintegración de buena parte de nuestro empresariado. La atroz deuda eterna/externa hace rato que dejó de ser un episodio de la economía para transformarse en un monstruo aritmético opuesto a toda razón económica, un fatal cáncer extraeconómico y paralizante. Y la desocupación humillante, con su sombría mayoría de trabajadores desempleados, inseguros o amenazados desde cada plan de "reajuste... ¿Qué habrá que agregar para que se comprenda que éste es el fin del ciclo y que se impone un viraje, una gran convocatoria para evitar la implosión, la explosión o esta larga e indecorosa agonía del inhumanismo mercantilista?

La clase política argentina está asustada. Interpreta honestamente el miedo generalizado. Se impone refundar, crear otras formas de vida. El viraje no debe ser vuelco. No podemos salir de una trampa estrellándonos contra los barrotes. Hay que salir con cuidado, tal vez por el mismo camino de ingreso, pero sin despertar al tigre. Es la hora de responsabilidad para los grandes partidos nacionales, para crear alternativas y el proyecto de los pasos del viraje.

La Argentina está intacta en su realidad de dones y riqueza. Su voluntad de existir es tan firme como la de aquellos fundadores de 1810."
Sábado, 22 de Mayo de 2004 20:07 ;?> No hay comentarios. Comentar.

09/05/2004


NERUDA JUNTO AL SENA

ft_neruda.jpgPor Abel Posse
La Nación de Buenos Aires
- 2004

Para el gran poeta chileno, escribir poesía era celebrar el mundo, es decir, una tarea religiosa. En política, como en todas las cosas, siempre eligió lo que él consideraba, más allá del error o del acierto, la posibilidad de la vida.

Era Neruda por el borde del Sena, solo, en la alta noche de verano. Iba desde el Pont Saint-Michel hacia el Quai Voltaire, al Hôtel du Quai Voltaire. Corpulento, poderoso, entregado a su vagabundeo. Había en su paso un titubeo de cetáceo en tierra. Siempre me dio la sensación de un ser anfibio pero preferentemente oceánico. (Si le hubieran dado a elegir, se habría quedado con el mar.)

Cuando alguien muere nuestra memoria procede como los sueños, rescata imágenes, signos, que de algún modo sintetizan todos los recuerdos. Para mí Neruda será siempre aquel gran animal de fondo marino que miraba las vidrieras y los techos de París con renovado asombro, en una noche del verano de 1960.

Era lógico que un ser así se edificase un océano donde morar. Lo logró con su poesía. Fue de metáfora en metáfora hasta desembocar en las palabras libres. Comprendió que todas las palabras eran metáforas y se transformó en un sublime nombrador, en el celebrante de un descomunal canto general.

En la raíz de su pasión hay una pánica religiosidad imposible de reducir a esquemas. Su dios moraba en todas las cosas. Para él poetizar era adorar el mundo, la materia del mundo, sin recaer en las racionalizaciones, misticismos y ortodoxias de todos los que no pueden creer.

Por pura fe en el mundo cantó todo lo imaginable: una castaña caída en el suelo, una mujer llamada Rosalía, los gatos, esos primos que a la siesta juegan extrañamente con sus primas, los barcos varados en Valparaíso, su Chile de lluvia y nostalgia, los mares, los trópicos, el sabor del caldillo de congrio, el inolvidable Madrid de los amigos y la libertad, la Casa de las Flores, García Lorca, Alberti, Aleixandre... Simón Bolívar, astros, frutas, astrolabios, el picaflor, Joseph V. Dugashwili, su hígado, y hasta el día lunes "que arde como el petróleo". Hizo justicia al dedicarle una oda a la proletaria cebolla y al destacar el apogeo del apio y los sagrados estatutos del vino.

Lo alcancé en el borde del Sena y seguimos derivando juntos. Lo había conocido o saludado, en la cervecería de Santa Fe y Pueyrredón, con mis amigos poetas, Luis Alberto Ballester, Héctor Teme y Rogelio Bazán. Me trató como un viejo amigo joven. Habló de los anticuarios del puerto de Copenhague, donde había conseguido un cuerno de narval que entronizaría en su casa de la Isla Negra, junto a las delicadas caracolas de la colección que pisotearían los asesinos trece años más tarde de aquella noche amable. Habló con cariño de poetas argentinos, de Ricardo Molinari y de José Hernández. Luego, con entusiasmo, se explayó sobre San Juan de la Cruz, tal vez su mayor admiración en el campo de la poesía.

Habló también de Rusia, de donde venía o donde había estado hacía poco. En política era, también, oceánico, trataba de entrever los polos, las metas lejanas. No se detenía a analizar corrientes circunstanciales o marejadas. Como el piloto de altura, buscaba las grandes líneas y trataba de mantener el rumbo soportando las contradicciones. En el socialismo, como en todas las cosas, Neruda buscó la posibilidad de la vida (otros eligen desde su resentimiento, contra algo, o por sus intereses). Neruda siempre eligió --más allá del error o del acierto-- lo que creía vital frente a lo superado y decadente. Este punto es difícil de comprender para muchos que se permiten descalificarlo desde el "pensamiento supuestamente correcto" (que habría descalificado a Rimbaud, a Flaubert, a Borges y a casi toda la literatura, por un motivo o por otro). Siempre apasionan a los mediocres la moral y la corrección política. Como dijo Sartre, son las ratas que no pueden acercarse al león hasta cuando está muerto.

Neruda estaba convencido de que el materialismo capitalista era inviable e indigno de la espiritualidad humana. Creía en un socialismo universal, como lógica de justicia distributiva. En Rusia y hasta en Stalin vio --y no se desdijo-- una apertura violenta, un episodio de poder, pero no el destino de una humanidad también imperial. (Este aspecto de las creencias de Neruda lo escuché del común amigo, el gran poeta Ricardo Molinari, que comprendía estos matices tan sonoros de Neruda a pesar de detestar al comunismo.)

Me doy cuenta ahora del error juvenil de dejarme inhibir por aquel gran cardenal pagano. Neruda, como todo tímido, mantenía en reserva la expresión de una humanidad que, por suerte, prefería desplegar en sus poemas. Hasta su voz, desgarbada y monótona, parecía no querer quitarles espacio preferencial a la verdad o al verso que llevaba. Especialmente cuando recitaba sus poemas, suspendía todo énfasis o esos empujones tonales con que los poetas novatos tratan de disimular la modestia de la obra.

Como en todo gran escritor su fuerza estaba en el lenguaje, en la creación metafórica. Neruda fue baudelaireano en la inolvidable Residencia en la Tierra, épico en la Tercera Residencia y en su Canto General, y goetheano y pánico en sus odas.

Le interesaron la vida y la tierra. En el prólogo de su Tercera Residencia cree haber escapado de Rilke y de la metafísica de Buenos Aires, capitaneada por sus amigos del grupo de Victoria Ocampo. Pero estaba equivocado, había cumplido con la máxima ambición del Rilke esotérico, que era trascender hacia la tierra, celebrarla, como la inmediata expresión del Ser. Y coincidió en toda su obra con el Heidegger que escribió que el lenguaje es la Casa del Ser.

Neruda logró que el lenguaje fuera el Palacio del Ser.

Trece años después de aquella noche se encontraría con una muerte sórdida. Su agonía, en Santiago de Chile, coincidiría con el fin de una etapa de libertad. Días sombríos. Su cuerpo devorado por la enfermedad, su casa vejada por esbirros. Pero él ya no moraba en esas residencias. Su cuerpo y su casa ya no eran más que dos metáforas saqueadas. Poco después, aquella Rusia de su política poética se disolvió también. Se sumergió en la nada de los imperios, que no es muy distinta del anonadamiento de los hombres.

Nos despedimos en la puerta del Hôtel du Quai Voltaire. Neruda subiría y antes de acostarse contemplaría maravillado la magia espiralada del cuerno del narval que llevaría a la Isla Negra en la cabina del avión, como el tótem de algún jefe vikingo, como el cetro de mando que él mismo usaría si pudiera entronizarse como el príncipe pagano que era.
Domingo, 09 de Mayo de 2004 20:26 ;?> No hay comentarios. Comentar.

20/04/2004


RIQUEZA Y MISTERIO DE BUENOS AIRES

basgtango[1].jpgAbel Posse

Mi Buenos Aires. Tu Buenos Aires. Nuestro Buenos Aires. La Ciudad se conjuga con cada uno de sus protagonistas. Hay tantas Buenos Aires como vivencias individuales.

Incluso ahora, en tiempo de miseria, penuria y dolor, sigue creciendo su prestigio de fascinación. Esta ciudad sin palmeras, pirámides o playas rientes, logra seducir con su misterio. Tiene carisma. Miles de turistas la acosan. Es destino preferido de diplomáticos de todo el mundo. Podríamos decir que es una de las cinco o seis urbes capaces de ejercer una misteriosa devoción, de segregar su leyenda.

A diferencia de las ciudades de belleza evidente, como Río de Janeiro, el poder atractivo de Buenos Aires es inefable. ¿Dónde situarlo en estos tiempos de sombríos cartoneros que parecen condenados de un nuevo círculo dantesco, en estos años de indefensión urbana, de agresividad, crimen y peligro?

Esa calle Corrientes, roñosa, con sus veredas quebradas y el desaliño de sus edificios desparejos, ¿cómo puede seguir reteniendo algún interés?, ¿qué extraña metafísica planea sobre el desorden urbano?, ¿qué indicarle o señalarle al entusiasmado turista que bajó del avión?

No es ciudad para turistas. El turismo apenas se desliza sobre lo afamado o lo evidente, desde el Taj-Mahal hasta la Plaza de San Marcos. Buenos Aires parece hecha para viajeros lentos, para descubridores de gestos inesperados, para quienes son capaces de observar la discreta fuga de un gato por la pared baja con malvón y jazmín del país.

Para los porteños, más allá de lo tanto perdido, ganado, padecido o gozado, Buenos Aires es un ser vivo, un marco insoslayable. Una presencia indirecta, de madre regando en el jardín, de amigo desolado en una mesa de café.

Los que vienen de Europa hacia nuestro profundo sur encuentran un bastión marginal de su propia cultura. Una Europa exterior. Una Europa desvencijada. Un Shangri-La en los confines de Occidente.

“Insoportable, nadie podrá componerla. No tiene arreglo”, dijo Le Corbusier cuando la visitó. Escándalo para urbanistas, sin embargo tiene ese encanto de ciertas callejas de Nápoles, de Roma, de París. Carece de la monumentalidad de Manhattan, pero destila iguales blues de angustia y de inesperadas alegrías. Rilke decía que toda gran ciudad es un hecho contra natura. Buenos Aires nació como un acto de voluntad. La Ciudad empujó al país tradicional, alteró con sus angustias y su fuerza la siesta sudamericana. Sin Buenos Aires, la Argentina entera carecería de profundidad. Hay en sus calles mucho dolor y esperanza de inmigrantes, muchas generaciones que aspiraron a lo mejor, muchos sueños de poetas, carreristas, inventores, erotómanos, revolucionarios, chicas que dejaron el percal y buscaron el Centro. Alegría de tierra prometida, dolor de ilusión perdida. El tango es el verdadero corpus poético que la describe cabalmente. El tango es la caja de resonancia de un particularísimo sentido trágico de la vida (o de la vida como insignificancia y desilusión de efímeros triunfadores).

Incluso el tango for export del actual auge, con sus coreografías falsas y bailarines atléticos, sigue transmitiendo la esencia de la Ciudad. Todo porteño lleva en el alma dos compases o dos versos de tango que lo sitúan en los días de la infancia perdida, en la exaltación del primer amor o del primer fracaso.

El tango. Un silbido en la noche alta, unas notas que caen de una ventana o iluminan de nostalgia el viaje en taxi. Siempre está a lo lejos, en lo profundo, en el margen, en la más rigurosa intimidad.

Buenos Aires de las fruterías abiertas en la madrugada, de librerías de urgencia metafísica extrema, de bobería de fútbol y de domingo arruinado por las disonancias de locutores vulgares. Buenos Aires, hacia Recoleta, va de francesa a colonial; de las meditaciones de Ortega por la calle Quintana, enamorado de una patrona de estancia, a los gomeros que Severo Sarduy consideraba asombrosos dioses vegetales.

El sino y el signo de Buenos Aires es la creatividad, el talento, una persistencia y recóndita mirada de nostalgia. Es la alegría del encuentro de amor. Es sus mujeres, deliciosas, elegantes, juguetonamente perversas, complicadas hasta el freudismo.

Es también la torpeza y la incapacidad políticas como un destino incesante. El destino de un Sísifo sureño.

En Praga y en Venecia, aprendí que hay ciudades con otra dimensión. Tal vez en esto se centre ese inexplicable atractivo de Buenos Aires. Y creo que más que en el Barrio Norte o en la Recoleta, es internándose por las calles empedradas, Buenos Aires adentro, donde aparecen los signos de su encanto. Sábato situaba la particularidad de Buenos Aires en esa profundidad de barrio, enriquecida por tantas razas y sensibilidades quebradas. Españoles, criollos, italianos, alemanes, judíos askenazis, ucranios, fueron dejando en esas calles su alma perdida, su nostalgia, los logros y desesperanzas.

Calles arboladas en siesta de verano. Calles de Evaristo Carriego, de improbables malevos de Borges. Cuchilleros de letras de tango, prostitución a destajo y la amoralidad chic de los años treinta con aquellas mujeres de fabulosas espaldas desnudas y boquillas a lo Pola Negri en el Armenonville, el Royal Pigalle y después el Tabarís. La elegancia de una burguesía que se cargó a Europa por asalto, a golpes de cultura. Y luego, el Buenos Aires de los cafés donde el respetado era el inteligente, el soñador. Las mesas de Arlt, de Discépolo, de Eva Perón y sus amigos del teatro. El Buenos Aires de los exiliados españoles y de todo el mundo, desde Ramón Gómez de la Serna, con su pipa en el Edelweiss hasta Gombrowicz a las cuatro de la tarde en la vacía confitería del Rex esperando a Sabato, o a su partner para el ajedrez.

Las calles largas que se abren hacia Flores, Villa Crespo, Colegiales y el espanto del cementerio... Calles custodiadas por la disciplinada legión de plátanos o de tipas, sahumadas en la primavera por el jazmín de las macetas. Las paredes bajas que domina aquel gato que se dijo y que nos mira fijo, durante un instante, para luego desaparecer en su reino de sombra.

Si el viajero pudo iniciarse en el misterio de esas calles infinitas, puede estar seguro de llevarse su Buenos Aires, el personal, para siempre.

Nuestra América era en 1880 un desierto insignificante. Buenos Aires, por entonces, un aldeón con más adobe que ladrillo, con más lapacho que metal. Un extraño daimón, una misteriosa voluntad de ser la sacudió y la arrebató del placer soso de la siesta colonial.

Misteriosamente se le ocurrió ser. Ser la puerta abierta al mundo ofreciendo la nada del desierto como posibilidad para todos. Ya en 1910, apenas en tres décadas, se asombraron los europeos, desde la infanta Isabel hasta Clemenceau. El Congreso, el Colón, los hospitales, los palacios de la avenida Alvear, los bosques de Palermo, el hipódromo con los fracs, las capelinas y las galas de Longchamps en aquel 9 de Julio triunfal.

Buenos Aires ya lanzaba su mitología propia. Esa voluntad de poder se plasmó en un cosmos entrañable de la Ciudad. Su sola presencia nos debería dar la energía que necesitamos en este mal paso histórico en el que nos hemos metido. Tenemos una amiga poderosa. Una gran amiga que no tolera la queja ni la flojera.
Martes, 20 de Abril de 2004 19:49 ;?> Hay 1 comentario.


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