Por Volodia Teitelboim Revista Casa de las Américas, Octubre Diciembre de 2002.
Su padre, el capitán de barco ballenero, al momento de morir le dijo: "Volvamos al mar". Cuando al hijo le llegó la hora, empleó la misma expresión paterna: "Volvamos al mar".
El lunes 5 de agosto de 2002 se despidió en secreto de Eliana, su mujer. Le entregó también su última voluntad: no digas a nadie que me he muerto, espera un par de días. Y luego, que me cremen calladamente. En seguida, como mi padre, volveré al mar.
Siempre volvió al mar el más anfibio de los escritores chilenos, con un pie en la tierra y otro en el agua. Se reintegra al ciclo de la naturaleza, que ese autodidacta amaba y convirtió muchas veces en alegorías asombrosas. Desde su isla natal de Quemchi al Cabo de Hornos y a la Antártica contemplaba el coirón, el pasto de las estepas magallánicas, pero también fijaba los ojos en los astros. Es uno de los hombres a quienes más les he escuchado hablar de las estrellas. En medio de las borrascas de la Tierra del Fuego siempre miró y amó el paisaje interminable y salvaje. Sabía que para que éste fuera un tema literario y revistiera la grandeza trágica era necesario que lo transitara el ser humano. Redescubre la alianza entre hombre y naturaleza, pero también navega por dentro del caminante de los últimos confines. Realiza el viaje interior, se aventura en los ventisqueros y golfos misteriosos, a veces inenarrables, en la sicología de los tristes, los tiernos, los crueles y los solitarios.
Francisco Coloane incorporó a las letras universales las tierras finales del globo. Y lo hizo con una de las prosas más precisas y cristalinas que registra la literatura contemporánea. Completó el mapa entrañable de esas latitudes australes, como Jack London lo hizo con los extremos septentrionales. Allí trenzó también el nudo dramático: no la fiebre del oro sino la quimera del oro, como un Chaplin trágico, no cómico, que concibe la desesperada búsqueda de la riqueza, como una tarea titánica casi siempre infortunada.
Junto a Baldomero Lillo permanece como el más grande cuentista chileno del siglo XX. Coloane no es un observador o recreador fotográfico sino un hombre que dentro de cada palabra introduce una entraña, cierto estremecimiento que se transmite a los lectores de muchas lenguas. Es elocuente y sintomático que de repente en Francia, cuando él ya ha cumplido ochenta años, se lo haya descubierto como "el milagro Coloane". Y que lo saluden y lo hagan suyo en remotas comarcas. En el futuro, quien lea sus páginas sentirá asimismo que está descubriendo algún ángulo desconocido en la historia del corazón humano. Lo suyo sigue siendo válido para todos los tiempos y sus obras son traducibles a todos los idiomas porque él habló el lenguaje único e insuperable: el de la verdad, la sinceridad. También de la esperanza y la desolación del hombre que busca la felicidad sin encontrarla.
Los pianos del océano
Neruda lo llamó "el hijo de la ballena blanca", en alusión al libro de Melville, que Coloane leyó apasionadamente. Pero lo cierto es que él hablaba poco de literatura. Cuando citaba libros se trataba de páginas traspasadas por el sentido, por la tristeza, por la aventura riesgosa, a ratos sombría, que chocaba con el triunfo imposible. Buscaba a los amigos para compartir, hablar de la vida. En aquellas conversaciones se lo podía ver indignado ante las injusticias del mundo. Era hombre puro y recto, ávido de amor.
Su voluntad final de morir en silencio y de ocultar la noticia de su deceso por cuarenta y ocho horas pareció a muchos extraña. Creo que nunca antes sucedió un caso así en la historia de la literatura chilena. Su padre, el inolvidable capitán de barco ballenero, era desconocido para el gran público, un anónimo cuya muerte quizá fuera registrada por unas pocas líneas en un diario de Magallanes. Él quiso morir en la misma manera, en silencio. No necesitaba discursos en su tumba que recordaran cuán extraordinario escritor era. Siempre se sintió incómodo con las alabanzas. Era hombre de mar y de estepa, que siempre quiso estar en relación con el agua y dormir finalmente en sus profundidades, como una gota o un gramo más de sal. Mal que mal, lo primero que vio cuando nació fue el océano. Cuando le llegara la hora deseaba retornar a sus orígenes insondables.
En Francia lo vi en uno de esos tormentosos festivales dedicados a los escritores navegantes. Contaba, ante el deslumbramiento del auditorio, la historia de ese barco lleno de pianos que venía de Europa hacia Chile y naufragó en el Estrecho de Magallanes.
Con el tiempo el mar se volvió músico, porque los pianos empezaron a hablar y a cantar. Era una melodía traspasada por el enigma, ejecutada en el teclado, accionando las cuerdas interiores sacudidas por el movimiento oceánico. Se oían sonatas, patéticas, como lamentos de ahogados; allegros tempestuosos o insólitos arpegios, resonancias inauditas que cautivaban a los viajeros que cruzaban por esos parajes de vida o muerte. Al parecer, el relato de Coloane es verídico. De lo que no me cabe duda es que para él no sólo era real. Lo consideraba también una expresión de la belleza cósmica.
Recuerdo a Coloane como un ser conmovido. No olvido su llanto incontenible cuando su esposa Eliana se encontraba en China y él no podía viajar a verla. Físicamente tenía trazas de gigante armonioso. Si alguien lo comparó con un toro, ocupaba su fortaleza física para enfrentar al injusto, al prepotente, al que trataba de atropellar la dignidad de las personas. Desde muy temprano se definió políticamente, ingresando primero al Partido Socialista y luego al Comunista. Nunca quiso ser dirigente ni tener cargos. Se consideraba una persona de base. Quería vivir, vivir a plenitud, escribir, seducido por la belleza y animado por la bondad. Y hay que usar la palabra bondad porque lo define bien.
No cabe un adiós para Pancho sino un hasta siempre. Noble Hermano. Incomparable. Uno de los hombres más puros que hayan pasado entre la tierra y los vendavales, para instalarse ahora en su morada ancestral, la de su padre: el mar de todas las tormentas y los más grandes horizontes.
Viernes, 22 de Abril de 2005 19:04 ;?> No hay comentarios. Comentar.
25/03/2005
EL VELLONERO
Cuento de Francisco Coloane
Cuando el pequeño Manuel Hernández despertó después de una pesadilla en que le pareció andar por un camino polvoriento entre nubes de tierra que le picaban las narices, se encontró en el suelo junto a los camarotes de los peones, sobre los tres clásicos cueros lanudos de oveja que se usan de cama en las estancias, doblados y ajustados con esa maestría campesina que los convierte en un mullido colchón.
Sentándose, vio que se hallaba en medio de una pieza grande en la que había seis u ocho hombres durmiendo en literas adosadas a la pared, como en la tercera clase de los barcos de pasajeros.
El acre olor a cuero de oveja y el tibio y algodonado del sudor humano, que flotaban con pesadez en el ambiente, le recordaron, patético, el sueño del camino polvoriento cuyos remolinos de tierra atascaban sus narices.
Las primeras luces del amanecer le hicieron adquirir más conocimiento del lugar; en las literas destacándose los cuerpos de los hombres cubiertos, la mayor parte, con pieles de guanaco, con el pelaje para adentro, para producir más calor. La carnaza verdoso-amarillenta del cuero, estriada de líneas pálidas donde habían estado los hilos vitales del animal, daba a aquellos cuerpos dormidos una impresión cadavérica. Dibujábase en tal forma la estructura de la huesambre humana, especialmente en los que dormían con las piernas encogidas y las rodillas en alto, que a no mediar el ruido de las respiraciones silbantes o roncas hubiéraseles creído momias reconstruidas en un museo.
El niño miró un momento sin pensar, tan extraña era su situación que se sintió como despegado de su cuerpo, mientras sus dos ojos volaban como dos moscas por sobre las cosas. Un impulso de levantarse y echar a correr lo conmovió. Luego, al inquietarse, se dobló en congoja, tuvo deseos de llorar y no pudo, embargándole una angustia de orfandad y desolación.
La claridad del día entró de lleno por un tragaluz, y con ella un poco de confianza llegó a su espíritu. Se envolvió en las mantas, acurrucóse y empezó a recordar su viaje a la estancia.
II
En el día sentimos una sensación más primitiva de estar en la tierra… Pero en las noches, especialmente cuando en un cielo brillante distinguimos con claridad los astros, nos damos cuenta de que habitamos sólo una isla perdida en el espacio, pues la tierra se pierde, caminamos con los ojos fijos en la vía láctea, y corazón, alma y cerebro vuelan por el cosmos para bajar de nuevo, hasta caer un día definitivamente bajo las cuatro paladas de tierra.
El pequeño Manuel recordó cuando en la pampa infinita, cuya superficie parecía combarse con la redondez de la tierra, surgió de pronto una llamarada grandiosa, y, al rato, una bola de fuego, sanguínea, monstruosa, fue levantándose en el horizonte con gravidez. Los pastizales quietos se cuajaron de oro; una cabeza levantó la cabeza dorada; los alambrados se convirtieron en hilos de luz y las lejanías azules empezaron a palpitar como espejismos.
Recordó el recogimiento de su cuerpo en un rincón oscuro del automóvil, asombrado, y cuando luego avanzó la cabeza, levantó una punta de la capota y sus ojos, tímidamente, se anegaron en el espectáculo que por primera vez veía: una salida de luna sobre la Tierra del Fuego.
El auto avanzaba sobre la huella dilatada, desde la estancia “Bahía Inútil” hacia la de “San Sebastián”, con un rumor poderoso y estremecido por el tubo del escape libre, e iluminado por la luna parecía una cucaracha extraña sobre la costra del planeta dormido.
Después, cuando en una hondonada apareció el bello conjunto de las casas de la estancia, simétricas, trizadas de luz y de sombras, fue para él un oasis de cordialidad en medio del paisaje hermoso pero estático, frío e igual.
El cocinero salió a abrirles y los llevó a la cocina, donde comieron las tradicionales chuletas, pan y café caliente.
- Ese muchacho que me ha pagado sólo medio pasaje. Viene de vellonero a la estancia -dijo el chofer refiriéndose a Manuel, que comía ávidamente su pan.
¡Ah, si supieran su treta! ¡El corazón le saltaba de angustia y creía ver en todos los ojos una mirada de desconfianza, como si ellos supieran que era un mentiroso!
Los latigazos de la arpía de su tía y las patadas del hombrote de su marido habían marcado ronchas en el espíritu del niño, morenos en su corazón tembloroso de adolescente, y así, en cada adulto, mujer u hombre, sus doce años atormentados le hacían ver un verdugo y una azotadora.
Qué alivio cuando desapareció el cocinero con su cara de rata molinera, y el mozo coloradote, que habíase levantado para probar el pisco que convidaba el chofer! Éste lo llevó a la casa de los peones. Él mismo le acondicionó los cueros contra el suelo y le arregló las mantas.
III
Después de despachar al último peón, el capataz de la estancia, un gringo espigado con cara de borracho, con la cachimba entre los dientes y las manos a medio entrar en el pantalón de montar, quedóse mirando distraído las vegas lejanas.
Manuel se hallaba a tres metros de su lado. Se encontraba bajo esos característicos cobertizos donde se guardan los tractores y otras maquinarias de la estancia. Hubiera querido interrumpirle con un “¡Señor…!”, pero qué frialdad emanaba del acero del tractor y de la ventisca que remolineaba bajo el cobertizo revolviendo unas virutillas hostiles. ¡Y aquel hombre silencioso, torvo, más horrible que la arpía de la tía y el hombrote de su marido!
De pronto, el capataz se dio vuelta, levantó el ceño y preguntó intrigado al niño:
- ¿Y tú…?
- Vine a buscar trabajo de vellonero.
- No hay trabajo de vellonero; están todos los puestos ocupados.
- No tengo dónde ir.
- Que te lleve el que te trajo.
- No tengo más dinero.
- ¿Tienes libreta de seguro obrero?
- No me la quisieron dar en la oficina de Magallanes.
- ¿Por qué?
- Porque tenía que llevar una papeleta firmada por mi patrón… y como todavía no tengo patrón no pude hacerlo.
- ¿Te mandaron tus padres?
-No tengo padres; me mandaron mis tíos. Supieron que muchos niños de las escuelas, a mi edad, salían en las vacaciones a trabajar de velloneros a las estancias y que ganaban trescientos treinta pesos mensuales.
El capataz lanzó una gruesa interjección en inglés y continuó:
- Ustedes ya vienen siendo una peste como los caranchos en las estancias. Cruzan los alambrados en manadas como los “chiporros” cuando pierden la madre en tiempo de marca, tiritando de frío, hambrientos y balando en las tardes. Y lo peor, que dan lástima. No se les puede echar a la huella como a los hombres; son tan débiles. ¿A dónde te voy a echar a ti? ¡Y si te doy trabajo sin libreta, las leyes multan a la sociedad y ésta me larga a mí también! Dime: ¿Qué hago contigo?
El muchacho agachó la cabeza entristecido, pero hipócritamente, pues su pequeño corazón ya saltaba alegre y su instinto le decía que ese hombre, rudo por fuera, era bueno por dentro y que le ayudaría. ¡Bueno, anda a “tumbear” entre tanto a las casas! -dijo el capataz, mientras volvía a ensimismarse en las vegas lejanas.
IV
El galpón de esquila vibraba con un ruido ensordecedor. El ¡oh!, ¡oh! De los corraleros y breteros se mezclaba con el ladrido de los perros, el bochinche de los tarros con piedras de los encerradores y el estridente silbido de los ovejeros.
Como una mar gris de lenta corriente, el ganado entraba jadeante por una manga al corral más amplio del galpón, luego a los más pequeños, finalmente a los bretes, de donde eran sacadas las ovejas por los agarradores y llevadas a mano del esquilador. Éstos, sudorosos, sentaban el animal entre sus piernas y hacían resbalar la máquina esquiladora desde el cogote hasta el cuarto trasero, levantando el espumoso vellón. Después largaban al animal trasquilado, blanco y huesudo, por un portalón que daba a otros corrales desde donde serían reintegrados a sus campos.
Allá en el fondo de un ala del galpón, cuando cesaba el infernal ruido de la aprensadora, se oía, monótona, la voz del clasificador de la lana de las fábricas británicas, el cual en un inglés cerrado iba repitiendo, a medida que unos muchachos le presentaban sobre la mesa los vellones: Quarter!, tree quarter!, a half!
Los velloneros parecían ardillas corriendo desde las guías esquiladoras hasta el mesón de clasificación. El galpón jadeaba como un monstruo; mientras por un extremo entraba una cinta grisácea de ganado, por el otro salía blanca, plateada, después de una extraña elaboración en su vientre gigantesco.
Era vísperas de Año Nuevo, la esquila llegaba a su fin; se detendría sólo para festejar la entrada del nuevo año y luego continuaría hasta terminar la faena, que dura más o menos un mes.
De uno a otro extremo los velloneros, peones, esquiladores, aprensadores, embretadores, fueron reuniéndose en grupos.
- ¡Subiadre, Katunaric, Véliz, Díaz, Vidal! -se llamaban los velloneros.
El mes de trabajo los había cambiado; ya no se gritaban los nombres sino los apellidos, como corresponde a verdaderos “hombres de campo”.
- ¡Qué programa tienen para mañana, “gauchitos”! -exclamó uno de los muchachos.
Lo mismo se decían allá en otros rincones del galpón los hombres. Unos irían a chupar ginebra y whisky al boliche del “Tuerto Santiago”, al otro lado de la frontera, a una cuarta de Chile; algunos a los puestos lejanos a visitar a los amigos, y otros, los más, se quedaron tumbados en sus camarotes dando vueltas a su aburrimiento.
V
Un grito como de guanaco herido estalló en la huella, traspasó los turbales y fue a perderse allá en el páramo.
Manuel Hernández detuvo su cabalgadura. El niño volvía del boliche del “Tuerto Santiago”. Un caballo y una montura prestados; insistentes invitaciones; un “aprende a ser hombre”, y ya el whisky había quemado por primera vez sus entrañas y su alma adolescentes.
Nuevamente el grito vibró sobre los pastales bajo el cielo de plomo. Ahora supo de dónde venía; de atrás, de la huella. Era el “Guachero”. Venía dándole alcance a todo el correr de su caballo y lanzando esos gritos muy suyos, resabio de algún antepasado que trotó por esas mismas pampas corriendo a los “chulengos” o a los onas.
- ¿Por qué te arrancaste, Mañuco, si estaba tan buena la fiesta? -gritó al sentar de una tirada a su zaino nervudo, junto a la cabalgadura del niño, a quien trató de dar un abrazo que éste esquivó con una agachada de cabeza.
- ¡Cuidado, “Guachero”; vamos juntos para la estancia, pero no me abraces; estás borracho y puedes botarme del caballo!
- ¡Y para qué “tenís” piernas entonces, “chulengo”! - exclamó con voz aguardentosa el “Guachero”, y pasando el brazo derecho por la cintura del niño, trató de arrancarlo de la montura, como hacen los jinetes ebrios por la huella, bromeando, mientras se pulsean las fuerzas y la embriaguez por si sobreviene la contienda.
El muchacho se agarró del cojinillo que cubría los bastos, tomó el rebenque por la lonja con la cabeza en alto, iba a descargar el golpe cuando el asaltante lo soltó.
- ¡No seas bravo, vamos como buenos amigos! -continuó apaciguando el “Guachero”.
Ahora marchaban al tranco. El niño nunca supo por qué le llamaban “Guachero”, término campero que venía de “aguachar”, domesticar animales, aquerenciar, criar guachos. Era un mestizo bastante repulsivo, chato, ñato y con un cuerpo de rana, vigoroso. Sus compañeros de trabajo no lo estimaban. Uno de ellos le había dicho un día al niño Hernández. “Guarda, cuidado con ése; cuando se emborrachaba en la noche se arrastra por los camarotes como una babosa inmunda; lo han dejado medio muerto a patadas y no escarmienta!” Tampoco Manuel entendió claramente esto. Recordó sólo que su cara de cascote le había sonreído una vez con expresión estúpida y que su única gracia era imitar el relincho de los guanacos.
Por la imaginación del muchacho pasaron con rapidez los dramas de las huellas patagónicas, leídos junto a la estufa en las informaciones de El Magallanes. Aquel compañero de huella que degolló al otro en la soledad de la pampa para quitarle el “tirador” con el dinero de una faena. Otros muertos a cachazos de rebenque por unos cuantos cueros de “chulengos”. Pero él no tenía dinero ni cueros y no comprendía la agresividad del “Guachero”.
Éste, de pronto, empezó a mirarlo de hito en hito, con ojos de perro apaleado, sedosos y vengativos. La cara color de teja se iluminaba de vez en cuando, se volvía siniestro el brillo de los ojos y resbalaban hacia el campo y las “matas negras”, que parecían guardar la complicidad de estas miradas. Algo extraño se ocultaba en los pastizales de “coirón”. Del gris del día,, grávido, de la pampa tendida, surgían un anhelo y una angustia primitivos. En el corazón del niño, a huir, y en las sombras del mestizo se convertían en reflejos malsanos, en bestialidad y crimen.
De súbito, el niño largó riendas, pegó un fuerte rebencazo y su caballo saltó disparado en loca carrera. Tomó una delantera de diez metros mientras el “Guachero” se lanzaba a la carrera también.
Los pingos recalentados, corrieron desbocados. El muchacho llevaba las ventajas de la partida y del menor peso; pero el zaino del “Guachero” era superior y empezó a acortar la distancia.
Lastres atávicos revivieron en el alma del mestizo; desde cuando el patagón, montado en pelo y con arco y flecha en una mano, atravesaba las tolderías para raptar doncellas.
El perseguidor emparejó al otro animal, y de un tirón, hacia atrás, arrancó de la montura a su presa y, desviando el corcel de la huella, cortó pampa adentro.
Con una torcida brutal atravesó el débil cuerpo del niño sobre su montura; éste se debatía furiosamente, entablándose una dura lucha en plena carrera.
El niño sintió un bofetón más fuerte que los otros y gritó: “¡No me mates!” Con una mano, desesperadamente, alcanzó a tomar por el pelo al mestizo y lo inclinó hacia un lado; pero luego sintió que un brazo de hierro le doblaba la espalda. Oyó más cerca las resolladas de su victimario, sintió la humedad sudorosa de su rostro asqueroso y…, en un instante, dos ojos negros, fríos y opacos, como algunos sapos de los pantanos, se clavaron en los suyos. Fue un instante supremo. Tembló la carne que presiente el helado filo del cuchillo; pero, en un arrebato, su cuerpo se azotó en forma increíble. Ambos se desprendieron del caballo y cayeron…
El niño se levantó del suelo medio atontado y vio que a la distancia corría el zaino desbocado, arrastrando al “Guachero” prendido del estribo.
Al otro día encontraron el caballo en medio de un pantano con su macabra carga al lado. El cadáver estaba completamente destrozado, y la pampa, como siempre, infinita y silenciosa.
Cuando la campana del liceo llamó a los cursos para la primera formación del año, allá en un rincón del patio, un muchacho cabizbajo que estaba sentado sobre su bolsón de libros, como un viajero abandonado por su barco con un equipaje inútil ya, fue interrumpido por el grito dichoso de un compañero:
Viernes, 25 de Marzo de 2005 19:08 ;?> No hay comentarios. Comentar.
20/12/2004
COLOANE:PADRE DE LA PATRIA
Comedor de ulte y huevos de raya, descendiente honorario de los onas y descubridor literario del inabarcable territorio magallánico, Francisco Coloane ahora se ha convertido en coleóptero. Darwini coloanei se llama el verde espécimen que le dedicó un entomólogo francés a este tótem nacional que ahora en julio cumple 89 años.
- - - - - - - - - - Por Claudia Donoso - Revista Paula - Julio de 1999
(Francisco Coloane falleció en Agosto de 2002) - - - - - - - - - -
Hijo ilustre de Quemchi y Caballero de las Artes y las Letras de Francia, poco le importan hoy día todos esos laureles a Francisco Coloane. No quiere saber nada con el ruido o la fama internacional que le ha caído encima y pasa la mayor parte del tiempo tendido de espaldas en su dormitorio que, lleno de conchas de locos, lapas, picorocos y soles marinos, ilustra su histórica y declarada pertenencia al mar oceáno.
Está cansado y no fue menor la hazaña cumplida. "Para producir un libro importante hay que elegir un tema importante. Jamás se ha escrito un libro grande y perdurable sobre una pulga aunque hay muchos que lo han intentado", anoto Herman Melville por ahí y Coloane no se quedó chico. Al recuperar artísticamente el mundo de los confines patagónicos -desconocido incluso para los chilenos- se convirtió en el conquistador literario de ese territorio austral donde enloquecen las brújulas. Describió a los hombres de a caballo o de a bordo que circulan por aquellos páramos y los transformó en un mito.
Los franceses lo han comparado con el autor de Moby Dick, con Verne y Conrad pero se aburrieron de este ejercicio. "contentémonos con encontrar en él a un escritor que no se parece a nadie y cuya obra tiene el sabor agrio y fuerte de los alcoholes clandestinos" expresó el crítico de Le Figaro. L´évènement du jeudi por su parte terció: "Lean a Coloane: es una orden".
Sabíamos que el anciano autor de Cabo de Hornos no quería ver a nadie y menos dar entrevistas. Sabíamos que no estaba bien de salud y que hace unos meses suspendió su cotidiano paseo a la librería Zamorano y Caperán de la Plaza de Armas. Eliana Rojas, su mujer, nos había confidenciado, entre otras cosas, que la reciente visita de Walter Salle -el director brasileño nominado al Oscar por su película Estación central, que ahora quiere filmar El camino de la ballena- lo había dejado por completo indiferente.
Estaba claro que había que respetar su silencio -por lo que nos habíamos contentado con ir varias veces a su departamento de la calle Miraflores en busca de material bibliográfico- cuando de pronto se produjo lo impensable: sorpresivamente emergió Coloane de su cueva marina. Como el capitán que siempre ha sido le preguntó a Eliana Rojas cuánto marcaba el barómetro y se sentó un rato a conversar. Salimos pues de allí con un pequeño e inestimable tesoro bajo el brazo. Lo reservamos, a guisa de corolario, para el final.
Aunque a él ya no le importe, nadie puede detener las reediciones de sus libros a las que se agrega ahora la publicación, por parte de la editorial Alfaguara, de Cuentos completos, en una serie reservada para los clásicos contemporáneos de habla hispana. Será la oportunidad para leer y releer a Coloane, quien ha declarado: "No soy un intelectual. A mí me ha hecho escritor la vida. A los personajes de mis libros los conocí. Yo no invento nada". Su vida, eso sí, ha sido una novela de las buenas.
SÁNGUCHES DE OSTRAS
Nacido en Quemchi en el año 1910 -año en que también se vió pasar al cometa Halley-, se crió rezando padrenuestros dentro de barquichuelas durante los temporales. Su madre, Humiliana Cárdenas, usaba un revólver con cacha de concha de perla al cinto y salía a recorrer sus trescientas cuadras de tierra de a caballo. Además manejaba un bote de cuatro remos -a menudo con el niño Coloane dentro-, en el que iba a cuidar una hijuela plantada con frutillas, que tenía al fondo del estero de Tubildad. En la huerta sobresalían los huesos de ballena traídos por el padre, Juan Agustín Coloane, de sus travesías en su barco ballenero. Quería que su hijo también fuera marino y desde chico lo llevó a navegar por los canales. A veces bajaban a tierra y hacían picnic con ensalada de nalcas y sánguches de ostras que Coloane padre sacaba a cuchillo de las rocas orilleras.
A los 5 años el niño Coloane escuchó que había hombres que emigraban a Argentina y se arrancó de la casa. Su progenitor salió a buscarlo y llegó de vuelta con él en brazos. Marino autodidacto, Juan Agustín Coloane llegó a ser capitán de la Yelcho, el primer barco ballenero que en Chile cazó cetáceos con arpón, y murió de diabetes cuando su hijo tenía 9 años: "Antes de morir me dio la mano y me dijo: "volvamos al mar", ha dicho el escritor. En El camino de la ballena y, a través de su protagonista Juan Nauto, Coloane revivió la memoria de su padre.
ESPONJA DE NIEVE
A los 13 años Coloane dejó el seminario jesuita de Ancud y partió a estudiar al colegio de los sacerdotes salesianos de Punta Arenas. Corría el año 1923. "Por primera vez me encontré en una ciudad que, al llegar, me pareció como una esponja envuelta en nieve", ha contado. Marcada por la presencia de yugoslavos, españoles, noruegos, rusos e italianos emigrados y de los tripulantes de los barcos que pasaban por ese extremo del continente desde el oceáno Atlántico hacia el Pacífico, Punta Arenas tenía un toque internacional pródigo en personajes poco convencionales. El profesor de francés, por ejemplo, era un anciano alemán de apellido Von Streusse que sorbía rapé desde su larga uña del pulgar derecho, y el amigo de adolescencia del joven Coloane se llamaba Jáksic, Esteban Jáksic, un yugoslavo medio poeta que cuando se detenían a mirar las encrespadas aguas del Estrecho de Magallanes, declamaba el siguiente verso: "Allá anda Cristo sobre el mar apacentando sus ovejas".
Cuando a Coloane le han preguntado por su formación de escritor ha insistido en la importancia que tuvieron los suplementos literarios que llegaban a Punta Arenas , desde Buenos Aires, a bordo de los barcos y donde leyó adelantadas traducciones de poetas y novelistas contemporáneos como Rilke y Somerset Maugham.
"El ambiente cosmopolita de Magallanes y el desaparecimiento de mi madre cuando yo tenía 15 años crearon lo que soy hasta la fecha: un ser que no se siente bien en ninguna parte" señaló Coloane en el discurso con que agradeció el Premio Nacional de Literatura, en 1964. La muerte de Humiliana Cárdenas le desencadenó una tremenda crisis. De ser un alumno destacado pasó a ser uno de los peores de su curso y no terminó el colegio. Huérfano y sin dinero, se embarcó hacia Tierra del Fuego y allí se ganó la vida cazando baguales, nombre que se les da a los ovinos, vacunos o caballares que se apartan de la manada y se tornan salvajes. A los 18 años hizo el servicio militar y a los 19 se empleó como aprendiz en la Estancia Sara, en la Tierra del Fuego argentina. Su primer cuento, Perros, caballos, hombres, da cuenta del clásico trío que recorre pampas donde a menudo se asiste al crudo espectáculo de la explotación del débil por el más fuerte. "El hambre obliga al hombre a comer y la cárcel a trabajar para que no robe su comida", dice el temible "rey del páramo" en el cuento Tierra del Fuego que Miguel Littin ahora ha llevado al cine. Con ese relato Coloane, como siempre lo recalca, no hizo sino recoger los datos de la realidad. El protagonista, el rumano Julio Popper, no sólo existió -hacia fines del siglo XIX-, sino que acuñó monedas de oro con su propia efigie y organizó un ejército particular ataviado a la usanza austrohúngara dedicado, entre otras cosas, al exterminio de los indios fueguinos. Una libra esterlina se pagaba por oreja.
Coloane conoció a fondo aquel mundo austral poblado "de hombres de corazones apeñascados por la codicia" y de ventisqueros azotados por "la serpentina ululante del viento". Le tocó investigar personalmente el asesinato de un yámana a patadas, fue peón, alambrador, capó corderos a diente, amansó caballos, llegó a capataz de estancia y trabajó en las primeras exploraciones petrolíferas de Magallanes. Dice que nunca pensó en ser escritor y que si se convirtió en uno fue por nostalgia de una época que él ha calificado como la más feliz de su vida. Allá en Magallanes se enamoró de Manuela Silva Bonneaud, de la que enviudó muy luego y con la que tuvo a su hijo Alejandro: Alejandro Silva se llamaría luego el joven protagonista de El último grumete de la Baquedano.
Buscando ganarse la vida, Coloane se vino a Santiago donde obtuvo un título como técnico sanitario; después se empleó como jefe de taller de imprenta y desembocó en el periodismo. Su primer trabajo fue como cadáver: posó para un colega reportero gráfico de Las Últimas Noticias con el cual llegaron atrasados al lugar del crimen. El primer cuento, Lobo de dos pelos, lo escribió en cama, gracias a una gripe. No tenía plata ni para los remedios y El Mercurio le pagó por su relato. El último grumete lo escribió en quince días, esta vez aprovechando una intoxicación. Lo envió a un concurso de novela juvenil de Zig-Zag y se sorprendió al ganar el premio. En 1944 se volvió a casar. Lo hizo con Eliana Rojas, asistente social, madre de su hijo Francisco.
DARWINISTA Y ZOOLÁTRICO
Cuando ganó el Premio Nacional también se sorprendió de veras y lamentó que no se lo hubieran dado a Nicomedes Guzmán. Modesto a más no poder, a la cronista que aquí escribe le comentó en 1994 -a propósito de su éxito en Francia y muy en serio- que las traducciones al francés habían mejorado mucho sus libros. Poco tiempo antes había vuelto a Magallanes. Perdió la maleta pero volvió con un pingüino embalsamado. En esa oportunidad también tuvimos la impresión de que su departamento, ubicado frente al Parque Forestal, tenía algo de cueva submarina y Coloane lo confirmó: "Yo me siento muy bien con el ruido de la movilización. En este momento va pasando una ballena blanca con un chorro de smog muy hermoso que se llama, no espanto sino espauto: un espauto de smog. Por lo demás Neruda lo dijo: la casa de un poeta es como un barco. Y yo le agregaría: en eterno naufragio".
La conversación fue animada y siguió en tecla naútica: "Las palabras tienen resonancia y también tienen algo de caracol. La palabra caracol, por ejemplo, es muy distinta a la de jibia. Caracol es una palabra que se afirma. En cambio jibia es escurridiza", elucubró el escritor. Dijo frases locas y artísticas y se declaro además darwinista y zoolátrico:
-En el mar no se puede mentir. Un barco naufragando encierra toda la humanidad y ahí usted ve las grandezas y traiciones en una síntesis tremenda que no se produce en la tierra. El espíritu de los naúfragos siempre permanece allí. Yo creo en los espíritus del mar; en cambio no alcanzo a ver los del cielo. Por eso en mi pieza tengo la concha de un loco con una lapa adentro y, como la lapa es más chica, a través de la lapa se ve la locura del loco.
-¿Podría decirse que su dormitorio es una concha en la que usted habita?
-Claro y también tengo un sol de mar, ¿Usted conoce la playa de los enamorados en Quintero? Es muy peligrosa. Yo no estaba enamorado sino que estaba en las rocas sacando jaibas cuando me resbále y me alcancé a agarrar de ese sol de mar que me salvó la vida. En vista de eso, tengo mi creencia zoolátrica. A mi mujer le pedí tres turquesas con las que se estaba haciendo un collar y se las incrusté al sol de mar en el corazón, así es que se ha convertido en una obra de arte y en un dios. Soy un zoolátrico. ¿Por qué el sol verdadero crea en el fondo del mar otro sol a su imagen y semejanza? Hay un infinito en la profundidad del mar que el hombre todavía no conoce.
-¿Usted cree que venimos de ahí?
-Siempre he sido darwinista. Creo en la evolución de las especies y en que toda la vida vino del océano. En el vientre materno estuvimos como flotando en el mar y la misma tierra, vista desde la estratósfera, se ve azul porque es el mar el que le da color al planeta. Nuestra sangre tiene la misma densidad que el agua de mar y cuando uno se zambulle recibe su energía por osmosis.
ULTIMA CONVERSACIÓN
Desde ese diálogo, en 1994, han pasado cinco años y ahora estamos de nuevo allí. Nos vamos enterando de que está casi ciego y que lo que más hace es escuchar música clásica y noticias en la radio Universidad de Chile. A veces da una breve caminata por el Parque Forestal. Cuenta también Eliana que, después del viaje a Italia que hicieron el año pasado, perdió el apetito y que lo único que le hacía ilusión comer era leche con merengue.
-Le toca cumplir años en julio...
-En julio, 89. Me parece bien llegar al año 2000. Ahí nos encontraremos. Lo que dice Octavio Paz, el mexicano, es grandioso. Dice: "La muerte me habitaba y me abandonó para habitar otro cuerpo" (se ríe con ganas). Ella, la muerte, habitaba en él.
-Es así, tal vez, como va sucediendo.
-Claro porque de uno en otro cuerpo se traslada.
-En un cuento de Cabo de Hornos dice que la gente en esas lejanías se suicida de soledad. ¿Cómo es la muerte por esos lados?
-Hay una piedra muy conocida cerca del Cabo de Hornos que se llama "La piedra del finado Juan". Los marinos de allá de Magallanes saben la historia muy bien. Se trató de un individuo que se resbaló en la piedra y se ahogó, entonces dejó su propio monumento que es una piedra redonda, sobresaliente durante las mareas bajas que llaman "La piedra del finado Juan".
-Oiga ¿y existe ese roquerío del faro del fin del mundo llamado Evangelistas?
-Sí, yo conocí, porque yo trabajé en la Armada. Y conocí, pero se me escapan las cosas y se me vienen.
-En la mesa de la entrada hay un fósil que tiene un papel pegado con un verso de Pablo de Rokha: "Nadie quiere a nadie / todos se quieren en los otros..."
-"El amor es lento / como el crecimiento de las piedras". Cuando joven escribí un solo verso: a mi mujer. A Eliana. Y resultó una cosa fantásticamente premonitoria respecto de lo que me pasa ahora: "Una huella de luz queda en mis ojos / por donde pasó tu imagen fulgurante y una gota de sombra en mi corazón / que de tarde en tarde por mi sangre se reparte". Y sucedió que tengo mis ojos medio ciegos. Con el ojo izquierdo no la veo a usted: su rostro. Veo sus contornos y con el derecho la veo pero me duele. Así es que resultó el verso fulgurante.
-Una premonición. ¿Y usted durmió alguna vez debajo de pieles de guanaco?
-Es muy corriente en Magallanes tener de sobrecama una piel de guanaco. Con los cangurús de Australia hacen lo mismo. Son muy calientitas.
-Me gustó mucho el cuento de La gallina de los huevos de luz, con esos dos hombres aislados dentro del faro. ¿Es también una historia real?
-Sí. Uno de los fareros me contó la síntesis. Como quedaron aislados con las tormentas y no llegaba el escampavía con los víveres. Tenían una gallina que ponía huevos y de ellos se alimentaron, por lo que el faro seguía encendiéndose gracias a una gallina que ponía un huevo que se convertía en una noche de luz para los barcos.
-Lo otro es que usted ahora se ha transformado en un coleóptero verde oscuro que se llama Darwini coloanei.
-¡Ah sí! Y también hay una isla cerca de Macao que se llama Coloane, así es que estoy repartido entre los coleópteros y las islas.
- A propósito: ¿ser isleño como usted, que es chilote, es una condición que define algo?
-Mire, una amiga me mandó un poema, "El hombre isla". Nos conocimos en el sur. Así me llamó y me recuerda. Yo la recuerdo ahora a ella como a una gran isla flotando en mi mente.
-¿Y qué pasa ahora en la mente suya?
-Mire, mi mente a veces no piensa en nada. A veces me tiendo aquí y me quedo dormido y de repente hay un temblor o cualquier cosa y me asusto y me despierto.
-Tal vez se esté usted mineralizando.
-Sí. Ruben Darío dice: "Dichoso el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra dura porque esa ya no siente". Yo recuerdo un cuento de Jorge Luis Borges. El era ciego y está en su ventana mirando a un hombre que lo va a matar, a él, con cuchillo, entonces cuando le pega la puñalada le dice: "Despierta Borges".
-Qué buena.
-Había sido un sueño.
-La otra vez contó un sueño en el que usted estaba en la terraza de su casa de Quintero y veía en el cielo a un hombre envuelto en una lona que venía volando y era un naúfrago. ¿Sueña últimamente?
-¿Ahora? No. No sueño. Con todas las cosas que ocurren no hace falta soñar.
-¿Y está pendiente de las cosas que ocurren?
-Pendiente completamente. Me conmueve lo que está pasando en todo el orbe. Eso de Yugoslavia por ejemplo.
-Pensé que podía estar muy afectado usted con eso.
-Muy afectado porque Milosevic, ese apellido, existe en Punta Arenas. Conocí un Milosevic; gente buena para mí, toda.
El entomólogo francés Eric Jiroux le dedicó el coleóptero Darwini coloanei al autor de Cabo de Hornos.
-Con el coleóptero Darwini coloanei su nombre se juntó con el de Darwin a quien usted aprecia tanto...
-Yo soy un enamorado de Darwin. He leído toda su obra y lo considero un poeta. En él se mezcla ciencia y poesía. Tenía 25 años cuando dio la vuelta al mundo y muchas de sus imágenes son extraordinarias. Por ejemplo nombra a la península de Tres Montes, que yo conozco, y ahí la piedra es la que envuelve el corazón de la tierra. Entonces Darwin se admira y se pregunta por qué esas piedras están fuera del mar cuando estuvieron en su profundidad: para contener el calor del corazón de la tierra. Y entonces Darwin dice con mucha precisión: eso ya pertenece al reino de la imaginación. ¿No ve? Era un poeta.
-Más o menos la misma edad de Darwin tenía usted cuando estuvo haciendo su aventura magallánica.
-Claro. Todo lo que he escrito es de cuando joven.
-De lo absorbido en esa época.
-De lo absorbido en esa época. Y trabajando. De ahí salen muchos de mis cuentos.
-¿Cree que los animales son inteligentes?
-Sí. Son. Sobre todo a los que se les enseña. Por ejemplo, yo me he perdido en un bosque en Magallanes y me ha sacado del bosque en que me perdí, mi caballo.
-¿Cómo se llamaba su caballo?
-Jerezano: lo saqué de una canción que había y era un caballo medio tordillo. Nosotros arriábamos caballos salvajes. Ése es el rodeo más difícil.
-¿Era buen jinete?
-No. Eramos corrientes todos pero nunca me botó un caballo. Cuando niño mi padre tenía un caballo que se llamaba Maule, que corría. Mi madre tenía uno que se llamaba Mulato y yo tenía uno que se llamba Huaso. Ese era chiquito y yo lo montaba. Yo mismo casi lo amansé, nos queríamos mucho. Una vez salí del mar agarrado de la cola del caballo de mi abuelo Feliciano Cárdenas y ahora que tengo los ojos así, recuerdo, no sé por qué, que me mordió un caballo al lado izquierdo de la cara y me dejó huellas. Las tuve mucho tiempo, como cicatrices, como lágrimas, y ahora lo recuerdo así también: como lágrimas.
-¿Cómo es la aurora austral?
-Las auroras australes, cuando sale el sol del océano, es ya fantástico. Parece que estuviera uno en otro planeta. Ésa es la impresión que yo tuve siempre, andando a caballo, recogiendo animales, qué sé yo, entonces sale el sol de repente sobre el mar y me descompone: creo que estoy en otro planeta. En um mundo prehistórico también, cuando se formaba el universo.
-Otro misterio de la Tierra del Fuego es que siendo tan inhóspita la gente siempre está pensando en irse y se va, pero después echa de menos y vuelve, como ese escosés de uno de sus cuentos...
-Ese fue compañero mío. Sí. Eso es porque comen un calafate y hay una leyenda que dice que el que comió calafate, siempre vuelve a Tierra del Fuego. Es un espino con una baya chica pero muy rica. Muy rico el calafate. Se hace mermelada con él.
-Y el caballo llamado Flamenco, que en el cuento El Flamenco se venga de la crueldad de los hombres, ¿existió?
-El pelaje de ese caballo era del color de los flamencos. ¿Usted conoce a los flamencos? Era rosado, muy bonito, alto, de pura sangre. Pero no me acuerdo exactamente cómo inventé el cuento.
-No, claro, pero usted sí se acuerda de la crueldad de los que allá en Patagonia mataban a los potrillitos.
-Claro, con una puñalada en el pecho. Se eliminaban porque había demasiados. Si los dejaban libres se reproducían mucho, entonces los rodeábamos una vez al año para dejar los mejores.
-¿Y en qué está ahora?
-Bueno. Me cuida mi mujer. Ella me ayuda. Es más inteligente que yo y cuando estoy intranquilo la llamo. A veces, en este mismo diván donde me duermo, me pasa lo de Borges."
Lunes, 20 de Diciembre de 2004 22:54 ;?> Hay 2 comentarios.
24/10/2004
EL CHILOÉ DEL NIÑO
El Mercurio, noviembre de 2001
Por Francisco Coloane
Nací en la costa oriental de la isla grande de Chiloé, que protege con su base granítica de la cordillera de la Costa a las islas menores, desde el canal de Chacao hasta las bocas del Guafo. La vida de esta región está regulada por el flujo y reflujo oceánico que viene desde los cuernos de la luna y de lo que habrá más allá de los astros, y por las lluvias esparcidas con toda la rosa de los vientos. Llueve allá de mil formas, con cerrazones bramando huracanadas, copiosos llantos celestiales que traspasan el corazón de los vivos en comunicación con sus muertos, que reposan bajo los cementerios de conchales.
Mi infancia lejana se desarrolló entre dos islas del archipiélago de Chiloé, en la costa oriental de la isla grande y frente a la de Caucahué, que en huilliche quiere decir "lugar de gaviotas grandes". Entre las dos islas pasa el canal de Caucahué, formando un ángulo obtuso, en cuyo vértice está el puerto de Quemchi, que tenía poco más de quinientos habitantes cuando yo nací.
Al oriente del varadero, en "la tierra de la punta", en una casa construida sobre pilotes de madera alquitranados, mi madre, Humiliana Cárdenas Vera, campesina de Huite, hija de Feliciano Cárdenas y de Carmen Vera, me dio a luz a las cinco y media de la mañana, el 19 de julio de 1910. En esos días, mi padre, Juan Agustín Coloane Muñoz, andaba navegando de capitán de barco de cabotaje.
En la casa había una especie de puente de tablones para ir del comedor a la cocina. En la alta marea, el oleaje llegaba hasta debajo del dormitorio y así no demoré mucho en pasar del rumor de sus aguas al de las aguas del mar. Hasta hoy me acompañan el flujo y reflujo de esas mareas y sangres. La voz de mi madre y el rumor del mar arrullaron mi infancia. Los sigo amando y temiendo. De madrugada ella me gritaba siempre: "¡Panchito, arriba, está listo el bote!". Y yo me levantaba a regañadientes para tomar desayuno y embarcarme en un bote de color plomo, de cuatro bogas, hecho de tablas de ciprés y cuadernas de cachiguas, que nos llevaba al alto del estero de Tubildad. Allí teníamos siembras de trigo, papas, linaza y legumbres, y nuestros animales: algunos cientos de ovejas y unos cientos de vacunos.
En nuestro bote demorábamos cerca de una hora de Quemchi a Tubildad, según la corriente y el viento. Había que doblar el promontorio de Pinkén, extraña formación sedimentaria que penetra al mar como un angosto paredón selvático, con una abertura en el centro por donde se puede pasar en pleamar para acortar la navegación.
En lo alto del promontorio siempre había un martín pescador al acecho, que se desprendía de las tornasoladas bromelias como una saeta para zambullirse y emerger luego con un pejerrey o un róbalo en el pico. A veces una foca nos seguía como un perro cuando los remeros le silbaban. Los cahueles, como llaman allá a los delfines, bufaban saltando a nuestro derredor. Una vez ví uno blanco jugando con uno negro. Saltaban al aire, se daban vueltas y caían como tirabuzones. Esto ocurría en primavera.
Cerca de la playa de Tubildad había un gran banco de choros grandes, de los llamados "zapato" por su tamaño. Deteníamos a veces el bote y con una fisga, una vara de luma astillada en cuatro partes en su extremo, separadas las hendiduras con clavijas, ensartábamos los choros que queríamos. Los buzos acabaron después con este banco de gigantescos moluscos.
En lo alto de Tubildad teníamos una casa de madera de piso y medio, con dos miradores, uno de los cuales daba a un lago bordeado de bosques en sus extremos y con pampas suaves en sus costados. En la otra orilla se divisaban casas con arboledas de manzanos, humos y gentes con sus siembras y cosechas. Aquello para mí era un país lejano. El mío estaba en esta orilla, donde teníamos nuestros sembrados, que a veces los coipos venían a destrozar. Los perseguíamos con perros, les colocábamos trampas y hasta entrábamos a la laguna en un bongo para cazarlos, lo mismo que a buscar huevos de patos silvestres.
Al frente de nuestra casa, después del camino de entrada, mi madre cultivaba una huerta-jardín, donde había de todo, especialmente frutillas que vendía en el pueblo, grosellas y frambuesas. Mi padre había traído blancas costillas de ballena y vértebras que servían de asientos y mesas. Yo jugaba entre esas grandes osamentas sobre el césped y las flores, y me sentía como un Jonás, navegando por el vientre de un cetáceo. De allí tal vez provenga mi romanticismo por la caza de ballenas. Si hubiera sido poeta habría escrito un gran poema de un niño navegando por las profundidades de los mares y pasando de una ballena a otra como los astronautas en el espacio. Es curioso: dicen que la vida y el hombre vienen del mar, pero aunque aquel ya ha caminado por la luna, todavía no ha podido hacerlo por las grandes profundidades marinas.
Un vecino de Tubildad, puerto muy próximo a Quemchi, autóctono del lugar, me ha contado que la palabra viene de quenche, que quiere decir "gente de cabeza grande". El abogado Carlos Olguín, oriundo de Quemchi, en su trabajo sobre Instituciones políticas y administrativas de Chiloé en el siglo XVIII, nos cuenta que ella significaría "lugar de hombres sabios". Ojalá fuera así. Sin embargo, no hay que olvidar que todo ser humano, pueblo, etnia, raza o nación, se ha creído el ombligo del mundo, lo que ha llevado a los peores desastres de la humanidad. Quemchi no podría ser una excepción.
Salir a suplicar gente
Mi padre era un autodidacta del mar, como yo de la literatura. Solo que yo nunca pude usar la pluma como él su arpón. Me cuentan que primero anduvo en las "lobadas", como se dice allá en las cacerías de focas. Luego fue patrón de chalupas balleneras que pescaban para la factoría de Corral. Era la época en que se cazaba con el arpón de mano. Más tarde cazó el cetáceo con cañón arponero en la Yelcho, nave de la que fue capitán. Fue este mismo barco, adquirido por la Armada y al mando del piloto Pardo, el que salvó a Shakleton en la Antártida. De mis abuelos paternos, solo escuché hablar de la "abuela Muñoz" y de un tal "Pancho Yegua", que vivió sus últimos años en una casa solitaria.
Con el tiempo permanecíamos más en Tubildad que en Quemchi, yo montando ya a mi propio caballo, un mampato negro llamado Huaso. Con él me iba de Tubildad a Huite, a aprender las primeras letras a la escuela rural. Me acompañaba de a pie Virginia, hija de un inquilino, un poco mayor que yo.
En nuestros bolsones de loneta, Virginia y yo llevábamos la pizarra, el "lápiz de leche" (un lápiz de mina blanca que hacía las veces de tiza), con una pita amarrada al marco de madera, y el silabario Matte, cuya primera lección empezaba por OJO, ilustrada con un gran ojo de párpados abiertos sobre la palabra. Este ojo de pestañas negras me ha perseguido toda la vida: hermoso cuando lo veo en una niña, sombrío en una mujer, trizado en una vieja.
Mi abuelo Feliciano murió aplastado por un árbol que hacheaba en un bosque alto de su propiedad. Lo encontraron con el tronco sobre el pecho. Cada vez que visito el cementerio de Huite llego hasta su tumba, que siempre conserva un avellano como tratando de arrancarlo de sus raíces. Tantos derribó su hacha de leñador que "el que a hierro mata", a veces con el árbol de la vida muere. Por su edad debe haber calculado mal los últimos tres hachazos que se dan en el tronco al otro lado del corte y que determinan la dirección en que el hachero quiere que caiga el árbol.
¡Qué noches estas en que un niño por primera vez olfatea los rastros de lo que llaman muerte! Había escuchado músicas celestes y las imágenes religiosas con que mi madre y mi hermana decoraban sus habitaciones. En noches de tempestad junto a su brasero de cancagua, se acordaba de su marido y de su hijo que navegaban, rezaba por ellos; pero no dejaba de tomar su mate con sopaipillas. En el día de los muertos, plena primavera, la gente iba al cementerio portando coronas de siemprevivas, lianas que se arrastran como un llanto luminoso bajo el bosque, adornándolas con los dorados "zapatitos de la virgen" o la restallante y diabólica granada del sonrosado ciruelillo.
"Hay que salir a suplicar gente", decía mi madre cuando llegaba el tiempo de cosecha o de siembra. Se pagaban por estas labores ochenta centavos diarios, más tres comidas en la cocina de techo de paja que se levanta solitaria en el fondo del patio. Los trabajadores, pequeños propietarios, no tienen mucha necesidad de trabajar para otros y de allí lo de "suplicar". En verano llegaban de vacaciones mis hermanos Alberto y Claudina, ambos mayores que yo. Habían dejado el seminario y las monjas. Veo a Alberto guiando una yunta de bueyes para arar. Es una mancorna no bien amansada y se le viene encima. El boyero huye a las perdidas, dejando al hombre del arado batiéndose solo con los novillos encabritados. La gente se ríe burlonamente de mi hermano, y comenta que con sus altos estudios ya ha perdido la costumbre de arar con sus propios bueyes.
Claudina asistía cual toda señorita, con sus tejidos y bordados, y se sentaba en un extremo del trigal para "vigilar a la gente". Las echonas resonaban mientras tejía y yo correteaba en medio de los trabajadores. No me permitía entrar en su pieza decorada de santos e imágenes. Una vez me dijo que Dios estaba en todas partes y que si yo hacía algo malo desde el arrayán del patio me estaría observando para castigarme. Le contesté si me creía tonto; sin embargo, creo que debo haber usado una palabra más irreverente porque me dio un tapaboca y me echó escalera abajo.
Oía decir a menudo que la gente se iba para Argentina a buscar trabajo. Una mañana desperté solitario en la pieza en la que dormía, junto a la de mis padres, en Tubildad. Llamé a mi madre y nadie me respondió. Solo el silencio. La casa estaba sola, vacía y habían cerrado la puerta con llave. Las ventanas son fijas. Me encuentro encerrado. Miro a través de los vidrios y grito. Nadie. Salgo al camino real y me voy caminando hacia el sol. En la lejanía aparece de pronto mi padre con algunos hombres de trabajo. Me pregunta para dónde voy. Le contesté que "para la Argentina". Me toma en sus brazos y viene conmigo de vuelta a casa. No puedo precisar la edad que tenía cuando por primera vez me fui a Argentina a buscar trabajo y tuve que volver en brazos. Como tampoco cuando le daba de comer al caballo Maule, un negro cariblanco de gran alzada comprado en Osorno, junto a mi pequeño Huaso. Ponía el manojo de avena en la trompa del grande y cuando este iba a dar la mascada, se lo pasaba al chico. De repente siento los dientes del Maule que rasgan mi cara. Corro a gritos, espantado por el dolor y la sangre. Las cicatrices de los dientes del caballo quedaron mucho tiempo marcadas en mi mejilla izquierda. A veces me sobo la cara como si aún las conservara; tal vez por eso me habré dejado barba. Mis padres se asustaron tanto como yo. Sin embargo, mi Rosa Millalonco más; pero después me dijo que el caballo podía haberme comido, y luego botarme como bosta en el pasto o entre los troncos, igualito que los excrementos del trauco, un hongo amarillo que después de la lluvia sale en los palos podridos.
Dios malo, Dios bueno
Del mar sacábamos calamares y pulpos grandes. Las pinucas las preparaba a la manera china, tostadas en las brasas. La famosa piedra puntuda es una verdadera baliza puesta por la naturaleza a la orilla norte del canal de Caucahué. Cilíndrica, terminando en cono, señala las grandes mareas cuando queda en seco. En sus alrededores, cubiertos de laminillas, huiros y sargazos, entre piedras de todo tamaño y trechos arenosos, tendíamos las lienzas con anzuelos y carnadas de holoturias. Había ostras, caracoles, pancoras y, en ciertas épocas, cangrejos grandes y amarillos que se pescan de noche con faroles y chonchones. Vienen hacia la luz y se cogen con la mano.
Una diabetes aguda desembarcó a mi padre a los 54 años de edad. Él murió el 11 de agosto. En tierra enflaqueció y envejeció rápidamente. Lo veo junto a un gran brasero y me pide que le traiga el diario. Me equivoco en la fecha o le traigo una revista de las que acostumbraba a leer, recostado en el sofá del costurero de mi madre. Se enoja y por primera vez me castiga en la cara con su ancha y ya enflaquecida mano. Solo otra vez me había pegado con cierta dureza. Lo recuerdo todavía. Fue cuando metí el dedo entre las valvas de una cholga puesta con otras en una vasija para el curanto. Gritos, llantos y la cholga colgando. Tomó una cuchara y dando con el revés en la concha la partió, liberándome de la tortura, mas, con la misma cuchara, me dio en la boca para que no siguiera llorando. Aprendí su lección y esa noche no lloré. Mi madre me despertó ese fatídico 11 de agosto de 1917, gritándome: "Levántese, el papá está muriéndose". Corrí a la pieza contigua y él alcanzó a tomarme de la mano. Con voz apagada me dijo: "Volvamos al mar". Su rostro ceniciento se inclinó hacia la pared y sus dedos se soltaron de los míos como si fueran la cabilla de un timón, dejándola a la deriva. Llovía torrencialmente; mi madre no llamó a nadie y se puso a llorar a solas con su muerto.
La lluvia tiene olores y colores como los frutos de los avellanos de la tierra en que nací, y lo que más recuerdo de esas lluvias de mi lejana infancia es su transparencia empozada en los charcos sobre el pasto después que ha pasado en temporal. Es como si se hubiera cuajado la mirada de Dios sobre la hierba. Un Dios bueno, el que me enseñara a amar mi madre desde la cuna, no así el Dios malo con que me amenazaba mi hermana Claudina, espiándome desde las hojas de los árboles para castigarme por lo que hacía o no hacía.
Hay veces en que despierto al borde de un abismo donde termina el mar de mi infancia; pero siempre encuentro a alguien a mi lado. O una música lejana que viene de mis islas, traída por el tamborileo de la lluvia sobre los techos del viento. Bajo esas aguas del tiempo y en el fondo de mí mismo, no veo otra cosa que un hombre, una mujer y un niño, jugando con un bote a orillas de nuestro mar interior de chilote, al cual le han puesto un mástil y un timón, esperando un soplo en la vela, para hacerse a la mar entre las islas.
Domingo, 24 de Octubre de 2004 23:14 ;?> No hay comentarios. Comentar.
18/09/2004
EL GUANACO BLANCO
Por Francisco Coloane (*)
Durante muchos decenios, a lo largo de todo el siglo, y sin duda desde siglos y milenios anteriores, el gran territorio de Magallanes, con un millón trescientos ochenta y dos mil kilómetros cuadrados de llanuras y sus millares de islas, ha sido escenario de catástrofes telúricas y de atroces iniquidades humanas. Desde mi primera juventud, durante el período en que trabajé en la estancia Sara, en Tierra del Fuego, escuché los relatos de los trabajadores ganaderos sobre las masacres: la de Puerto Natales en 1919, la de la federación obrera de Magallanes en Punta Arenas, en 1920. Luego, la gran huelga, casi una insurrección, que terminó en 1924 con la matanza de cuatro mil hombres, tanto chilenos como argentinos, por unidades del ejército argentino al mando del coronel Varela.
En varios de mis cuentos -"De cómo murió el chilote Otey", "Un madero entarugado" y algún otro- registré algunos de los episodios que la historia oficial ignora o refleja muy débilmente. También en la novela “Rastros del guanaco blanco” y en el cuento "Tierra del Fuego", aunque el trasfondo de este último es más bien la enorme tragedia histórica y social del exterminio de los onas o selk' nam, habitantes originales de la gran isla austral. Los aniquilaron salvaje y metódicamente para hacer de sus tierras campos de pastoreo para la crianza de ovejas. Son asuntos enormes y terribles, con los que estoy y estaré siempre en deuda.
También hubo cataclismos, posiblemente anteriores a la aparición del hombre sobre la Tierra. En la era secundaria sobrevino el gran frío. El padre sol se ocultó, se ausentó y al parecer se olvidó de incubar los huevos de los grandes reptiles prehistóricos, como los dinosaurios, que galopaban a ochenta kilómetros por las planicies interminables de lo que hoy llamamos Patagonia. Al no ser incubados sus huevos por el calor del sol, la familia de los grandes acorazados terráqueos no tuvo descendencia. Eso los condujo a desaparecer. Pero la extinción de los onas fue obra de la ilimitada codicia del homo sapiens.
Mi primer conocimiento de los primitivos habitantes del extremo sur se produjo durante mi infancia. Oí decir que entre los chilotes había gente emparentada con "otros" que no eran sus iguales. Estos a los que llamaban "otros", para marcar la diferencia, eran los huilliches. Yo los conocí desde niño, porque varios de ellos trabajaron en las tierras de mi madre y sus mujeres atendían las labores de la casa.
Se dice que los huilliches fueron los primeros habitantes de las islas que componen el archipiélago de Chiloé. No se sabe con certeza desde cuándo la poblaron, pero allí estaban cuando llegaron los colonizadores españoles. La palabra huilliche significa en mapudungun, la lengua mapuche, "hombres del sur". Según el abate Molina, ellos habrían llamado Chiloé a la isla Grande, nombre derivado de Chile. Mas el presbítero Cavada dice que la palabra viene de chille ("gaviota") y hué, "lugar poblado de gaviotas". Se supone que los hulliches llegaron a las islas empujados por otros grupos indígenas de Osorno, Valdivia o Arauco. Es interesante hacer notar que todos los antiguos pobladores de estas tierras tenían estrechos vínculos de amistad y de parentesco, además del mismo idioma. No así los chonos, patagones y fueguinos, que llegaron también a Chiloé, pero en muy escaso número. Obligados por la necesidad, ellos tuvieron contactos con los huilliches y por eso hay algo de mestizaje en ellos.
Las expediciones de goletas chilotas se dispersaban por los canales australes en cacerías de miles de focas para obtener su fina piel, de preferencia la del llamado "lobo de dos pelos". Los alacalufes, nómadas navegantes, trabajaban en la preparación de las pieles, a cambio de alimentación: galletas, papas, cebollas. Trocaban sus capas de piel de nutria por ponchos y frazadas de lana. Eran esquilmados, pero se sentían contentos. En todo caso, no eran tontos y en cuanto tenían ocasión se apoderaban de herramientas, chalupas y todo lo que podían. También ocurrían actos de violencia, como el rapto de mujeres o muchachas aborígenes. Así un número apreciable de alacalufes llegó a Puerto Montt, Chiloé y Punta Arenas. Hoy es difícil precisar dónde está la pureza de algunas de estas etnias.
En casa de mi madre y de una prima trabajaban en los quehaceres de la casa la Juana y la Carmela, que eran de origen alacalufe. Me acuerdo siempre de la Juana, una muchacha alta y huesuda, firme para los trabajos pesados. Era el sostén de mi madre para el cultivo del campo. Igual pasaba con los cuatro hombres que la ayudaban en el bote pesquero y la chalupa. Ella los llamaba "chonos" en sentido peyorativo. No creo que doña Humiliana supiera que esos indígenas, los chonos, eran un grupo étnico diferente que vivió entre Chiloé y el golfo de Penas. Sin embargo, a mis años, ésos eran asuntos que estaban lejos de mis pensamientos. A pesar de esos contactos con las muchachas que servían en la casa, no recuerdo haber conversado nunca con ellas. Ellas sí entendían las órdenes que se les daban.
Creo haber visto a los alacalufes por primera vez en su medio natural, en el curso de mi primer viaje marítimo, desde mi Chiloé natal a Punta Arenas. Yo tenía catorce años de edad. En las cercanías de la Angostura Inglesa, surgieron dos o tres canoas de indios alacalufes, cual si brotaran de los cantiles costeros. Las montañas estaban cubiertas de una gruesa costra de nieve hasta el borde de la alta marea, dejando un chaflán erosionado o parejo, según la tranquilidad o turbulencia de las corrientes y el oleaje. Me parecieron unos seres exóticos, tanto las mujeres como los hombres, los niños y los perros que llevaban. Al acercarse el barco, todos gritaban "cueri cueri", "guachacay". Agitaban sus cueros de nutria y lobo marino ofreciendo cambiarlos por aguardiente, el "guachacay". Se les puso una escalera de gato y por ella subieron a la cubierta los alacalufes, con quienes los tripulantes y los pasajeros hicieron un activo intercambio, que incluía hasta ropas viejas. Eran más bien bajos, con ese corte de melena conocido como "a lo Beatle", pelos negros, gruesos, narices chatas y rasgos que parecían esculpidos con hachas milenarias. Vestían harapos, salvo uno que llevaba una chaqueta que fue alguna vez de un comandante de la marina, y que conservaba sus galones dorados. Un capitán de navío alacalufe. Al alejarnos, se divisaba desde lejos el humo de sus pequeñas fogatas, acomodadas sobre champones de turba en la cala de sus canoas. Eran signos de interrogación en medio de la soledad de los canales.
Además de las balas y el veneno, los alacalufes o qawáshkar así como los yámanas o yaganes, han sido exterminados, casi por completo, por medio de los venenos más sutiles del alcohol y del mero contacto con la "civilización". Eran seres virginales, incontaminados, no en un sentido abstracto o espiritual, sino en el muy concreto y material de los microorganismos. Carecían de defensas frente a los bacilos, bacterias y virus con los que convive el hombre occidental. Fueron así diezmados por simples catarros, que le resultaban mortales, y por enfermedades endémicas como la tuberculosis y los males venéreos. Un solo beso podía bastar para transmitirles la muerte. Así se fueron apagando.
Desgraciadamente nuestras historias se saltan, por lo general, aspectos muy decisivos del desarrollo de nuestra sociedad, cuando no los tergiversan. En un texto de historia, que se podría decir moderno, y que se usa en la enseñanza, leo: "Los indios fueguinos se extinguieron por las enfermedades y el alcoholismo". Que se enfermaran no se puede dudar y que bebieran, tampoco. Pero la causa es muy distinta: crueldad, despojo y exterminio. Ésa es la verdad histórica que se debe afirmar.
(*) en “Los pasos del hombre” - Memorias Editorial Mondadori, Barcelona. 2000
Sábado, 18 de Septiembre de 2004 15:15 ;?> No hay comentarios. Comentar.
15/05/2004
EL CHILOTE OTEY
Cuento de Francisco Coloane
Alrededor de novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; eran los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia. Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la altiplanicie, que se elevaba como una isla solitaria en medio de un mar estático, llano y gris. La altura de sus cantiles, de unos trescientos metros, permitía dominar toda la dilatada pampa de su derredor, y, sobre todo, las casas de la estancia, una bandada de techos rojos, posada a unos cinco kilómetros de distancia hacia el sur. En cambio, ningún ojo humano habría podido descubrir la reunión de los novecientos hombres sobre aquella superficie cubierta de extensos turbales matizados con pequeños claros de pasto coirón. En lontananza, por el oeste, sólo se divisaban las lejanas cordilleras azules de los Andes Patagónicos, único accidente que interrumpía los horizontes de aquella inmensidad. Los novecientos hombres avanzaron hasta el centro del turbal y se sentaron sobre los mogotes formando una gruesa rueda humana, casi totalmente mimetizada con el oscuro color de la turba. En el centro quedó un breve claro de pampa, donde se movían los penachos del pasto con reflejos de acero verde. -¿Estamos todos? -dijo uno. -¡Todos!... -respondieron varios, mirándose como si se reconocieran. Muchos habían luchado juntos contra las tropas del Diez de Caballería, que comandaba el teniente coronel Varela; pero otros se veían por primera vez, ya que eran los restos de las matanzas del Río del Perro, Cañadón Once y otras acciones libradas en las riberas del lago Argentino. Este lago, enclavado en un portezuelo del lomo andino, da origen al río Santa Cruz, que atraviesa la ancha estepa patagónica hasta desembocar en el Atlántico. En época remota, un estrecho de mar, tal como el de Magallanes hoy día más al sur, unió por esta parte el océano Pacífico con el Atlántico, burilando en su lecho los gigantescos cañadones y mesetas que desde el curso del río ascienden, como colosales escalones paralelos, hasta la alta pampa. Por estos cañadones de la margen sur, un amansador de potros, cabecilla de la revuelta, apodado Facón Grande por el cuchillo que siempre llevaba a la cintura, obtuvo éxito con tácticas guerrilleras, tratando de dividir los tres escuadrones que componían el Diez de Caballería. Usando más sus boleadoras, lazos y facones que las precarias armas de fuego de que disponían, mantuvieron a raya en sus comienzos a las fuerzas del coronel Varela. El río mismo, cuyo caudal impide su paso a nado, sirvió para que Facón Grande y sus troperos, campañistas y amansadores de potros, se salvaran muchas veces de las tropas profesionales vadeándolos por pasos sólo por los indios tehuelches y ellos conocidos. -¡Parece que nos va a llover! -exclamó un amansador alto y espigado. Los que estaban sentados a su alrededor alzaron la vista hacia un cielo revuelto y la fijaron en un nubarrón más denso que venía abriéndose paso entre los otros como un gran toro negro. -¡Ese chubasco no alcanza hasta aquí! -dijo un hombrecito de cara azulada por el frío y de ojos claros y aguados, arrebujándose en su poncho de loneta blanca. El amansador de potros dio vuelta su angulosa cara morena, sonriendo burlonamente al ver al hombrecito que hablaba con tanta seguridad del destino de una nube. -¡Que no nos va a alcanzar..., luego veremos! -le replicó. -¡Le apuesto a que no llega! -insistió el otro. -¿Cuanto quiere apostar? -¡Aquí tengo cuarenta nacionales! -respondió el del poncho blanco, sacando unos billetes de su tirador y depositándolos sobre el pasto, bajo la cacha de su rebenque. El amansador, a su vez, sacó los suyos y los depositó junto a los otros. En ese momento un hombre de mediana estatura, ágil y vigoroso, de unos cuarenta años, se levantó del ruedo y avanzó hasta el breve claro de pampa. Iba vestido con el característico apero de los campañistas: espuelas, botas de potro, pantalón doblado sobre la caña corta, blusón de cuero, pañuelo al cuello, gorro de piel de guanaco con orejeras para el viento, y atrás, en la cintura, el largo facón con vaina y cacha de plata. Facón Grande puso las manos en los bolsillos del pantalón y las levantó empuñadas adentro, como si se apoyara en algo invisible. Se empinó un poco, levantando los talones, y adquirió más estatura con un leve balanceo; el gesto, ceñudo, miraba fijamente hacia el suelo; una ráfaga pasó con más fuerza por sobre la meseta y los penachos del coirón devolvieron la mirada con su reflejo acerado. Los novecientos hombres permanecieron a la expectativa, tan quietos y oscuros como si fueran otros mogotes, un poco más sobresalidos, del turbal. De pronto todos se movieron de una vez y el círculo se estrechó un poco más en torno de su eje. -Bien -dijo aquel hombre, dejando su balanceo y soldándose definitivamente a la tierra-; la situación todos la conocemos y no hay más que agregar sobre ella. Esta misma noche o a más tardar mañana el Diez de Caballería estará en las casas de la última estancia que queda en nuestras manos. El traidor de Mata Negra ya les habrá dicho cuál es el único paso que nos queda por la cordillera del Payne para ganar la frontera. Ellos traen caballos de refresco, se los habrán dado los estancieros; en cambio, los nuestros están ya casi cortados y no nos aguantarán mucho más... Nos rodearán, y caeremos todos, como chulengos. No queda otra que hacerles frente desde el galpón de la esquila de la estancia, para que el resto de nosotros pueda ponerse a salvo por la cordillera del Payne. El círculo se removió algo confundido al escuchar la palabra "nosotros"... ¿Quiénes eran esos "nosotros"? ¿Acaso Facón Grande, uno de los cabecillas que habían iniciado la revuelta en el río Santa Cruz, también se incluía entre los que debían escapar por el Payne, mientras otros disparaban hasta su último cartucho en el galpón de esquila? Un murmullo atravesó como otra helada ráfaga por el oscuro ruedo de hombres. -¡Que se rifen los que quedan! -dijo alguien. -¡No, eso no!... -exclamó otro. -¡Tienen que ser por voluntad propia! -profirieron varios. -¿Quienes son esos "nosotros"?... -inquirió uno con frío sarcasmo. Facón Grande volvió a empinarse, tomando altura; se inclinó cual si fuera a dar un tranco contra un viento fuerte, y levantó los brazos calmando el aire o como si fuera a asir las riendas de un caballo invisible. La murmurante rueda humana se acalló.- ¡Nosotros, los que empezamos esto, tenemos que terminarlo! -dijo con una voz más opaca, como si le hubiera brotado de entre los pies, de entre los mogotes de la turba. Empinándose de nuevo, dirigió la vista por encima de los que estaban sentados en primer plano, y agregó, con un acento más claro-: ¿Cuántos quedamos de los que éramos del otro lado del río Santa Cruz? Unas cuarenta manos levantadas en el aire, por sobre las novecientas cabezas, fue la respuesta. El mismo Facón Grande levantó la suya, con las invisibles riendas en alto, ahora tomadas como si fuera a poner pie en el estribo de su imaginaria cabalgadura. -¿Qué les parece? -dijo el hombrecito de poncho de lona blanca, codeando al amansador de potros, que se sentaba a su lado y quien había sido uno de los primeros en responder con la mano en alto. -No quedaba otra..., está bien lo que ha hecho Facón. -No...; yo le preguntaba por lo de la nube -dijo, haciendo un gesto hacia el cielo. -¡Ah!... -profirió el amansador, levantando también la cara con una helada mueca de sorpresa. Ambos divisaron que el toro negro empezaba a deshacerse, descargándose como una regadera sobre la llanura, a la distancia. El aguacero avanzaba con sus cendales de flechecillas espejeantes; pero al aproximarse a los lindes de la meseta desapareció totalmente, quedando del oscuro nubarrón sólo un claro entre las nubes, por donde pasó un lampo que lamió luminosamente a la llovida pampa. -¡Da gusto ver llover cuando uno no se moja! -dijo el amansador con sorna. -¡Sí, da gusto! -replicó el del poncho blanco, y se agachó a recoger el dinero ganado en la apuesta. Los hombres empezaron a esparcirse por entre el turbal hacia el faldeo en donde habían dejado ocultos sus caballos. El viento del oeste sopló con más fiereza por el claro que había dejado el nubarrón, y aquel páramo, desnudado, adquirió bajo el cielo una expresión más desolada. No hubo ninguna clase de despedidas. Los que partieron hacia la cordillera del Payne lo hicieron cabizbajos, más apesadumbrados que alegres de avanzar hacia las serranías azules donde estaba su salvación. Los cuarenta troperos de Facón Grande, también sombríos, se dirigieron inmediatamente hacia el cumplimiento de su misión. De pronto, desde la multitud en éxodo hacia el Payne se desprendió un jinete que a galope tendido avanzó en pos de la retaguardia de los troperos. Todos, de una y otra parte, se dieron vuelta a mirar aquel poncho de lona blanca que flameaba al viento, como si fuera una última mirada de despedida. -¿Otra apuesta? -díjole burlonamente el amansador, cuando lo vió llegar a su lado. -Es... que... -repuso el del poncho, dubitativamente. -¿Qué?... -Yo le llevo su plata, y usted... se queda guardándome las espaldas... -¡A usted le va a hacer más falta! -replicó el amansador, fastidiado. -¡Chilote tenía que ser!... -profirió rudamente por lo bajo otro de los troperos. El rostro de ojos claros y aguados se encogió parpadeando, como si hubiera recibido un violento latigazo. -¡Aquí está su plata! -respondió con voz ronca, y agregó-: ¡Yo no la necesito tampoco! -¡El juego es juego, amigo, llévesela y parta pronto! -exclamó otro. -¿Qué le pasa a ese hombre? -dijo Facón Grande, sofrenando su caballo. -Es una plata de juego -le explicó el amansador-. Apostamos a una nube y él ganó. Ahora parece que quiere devolvérmela como si me fuera a hacer falta..., ¿habráse visto? -Yo no he vuelto por la plata -manifestó el aludido, dirigiéndose al cabecilla-. Lo de la plata salió sin querer entre mis palabras... Pero yo he venido hasta aquí porque quiero también pelear con los del Diez de Caballería. Los que escuchaban el diálogo haciéndose los distraídos, se dieron vuelta de súbito a mirarlo. -Pero usted no es del otro lado del río Santa Cruz -le dijo Facón. -No; era lechero en la estancia Primavera cuando empezó la revuelta. Después me metí en ella y aquí estoy; quiero pelearla hasta el final, si ustedes me lo permiten. -¿Qué les parece? -consultó el cabecilla a los troperos. -Si es su gusto..., que se quede -contestaron varias voces con gravedad. Antes de perderse en la distancia, muchos de los que marchaban camino del Payne se dieron vuelta una vez más para mirar: el poncho blanco cerraba la retaguardia de los troperos, flameando al viento como un gran pañuelo de adiós. Al caer la noche, los troperos se hallaban ya atrincherados en el galpón de esquila de la estancia. Acomodaron gruesos fardos de lana en los bretes de entrada y de salida, a fin de que por entre los intersticios dejados pudieran apuntar sus armas hacia un amplio campo de tiro. En cambio, desde afuera, se hacía poco menos que imposible meter una bala entre los claros de aquellas imbatibles trincheras de apretada lana. Centinelas permitieron que todos descansaran un poco mientras la noche avanzaba. -¡De puro cantor se ha metido en esto! -dijo el amansador de potros al hombre del poncho blanco cuando acomodaban unos cueros de ovejas para recostarse junto a sus trincheras comunes. -¡Ya estoy metido en la cueca y tengo que bailarla bien! -replicó. -A lo mejor le picó aquello de "chilote tenía que ser"... -Sí, me picó eso; pero yo venía decidido a que me dejaran con ustedes... ¡Quería pelearla también! ¿Por qué no? Y a propósito, dígame, ¿por qué miran tan a menos a los chilotes por estos lados? ¿Nada más que porque han nacido en las islas de Chiloé? ¿Qué tiene eso? -No, no es por eso; es que son bastante apatronados... y se vuelven matreros cuando hay que decidirse por las huelgas, aunque después son los primeros en estirar la poruña para recibir lo que se ha ganado... A mí también me dolió un poco eso de "chilote tenía que ser", porque yo nací en Chiloé. -¿Ah..., sí? ¿En qué parte? -En Tenaún..., me llamo Gabriel Rivera. -Yo soy de la isla de Lemuy..., Bernardo Otey, para servirle. -¿Y siendo lemuyano, cómo se metió tan tierra adentro? ¡Cuando los de Lemuy son no más que loberos y nutrieros! -Ya no van quedando lobos ni nutrias... Los gringos las están acabando. Aunque uno se arriesgue a este lado del golfo de Penas, ya no sale a cuenta, y la mujer y los chicos tienen que comer... Por eso uno se larga por estos lados. -¿Cuántos chicos tiene? -Cuatro, dos hombres y dos mujercitas... Por ellos uno no se mete de un tirón en las huelgas... ¿Qué dirían si me vieran volver con las manos vacías? ¡A veces se debe hasta la plata del barco, que se le ha pedido prestada a un pariente o a un vecino! Y uno no puede andarle contando todo esto al mundo entero... Por esos seremos un poco matreros para las huelgas... ¿A usted no le pasa lo mismo? ¿No tiene familia allá en Tenaún? -No; no tengo familia. Me vine de muchacho a la Patagonia. Me trajo un tío mío que era esquilador. Murió al tiempo después y me quedé solo aquí... Siempre que me acuerdo de él, pienso cómo me embolinó la cabeza con su Patagonia -continuó el amansador, cruzando sus manos por debajo de la nuca, y agregando con voz nostálgica-: Tocaba la guitarra y cantaba tristes y corridos de por estos lados... Me acuerdo la vez que me dijo: "Allá en la Patagonia se pasa muy bien..., se come asado de cordero todos los días..., y se montan caballos tan grandes como los cerros..." "¿Dónde está la Patagonia?", le pregunté un día. "¡Allá está la Patagonia!", me respondió, estirando el brazo hacia un lado del cielo, donde se divisaba una franja muy celeste y sonrosada. Desde ese día la Patagonia para mí fue eso, y no me despegué más de sus talones hasta que me trajo. Una vez aquí, ¡qué diablos!..., ¡los caballos no eran tan grandes como los cerros y el pedazo del cielo ese siempre estaba corrido por el mismo lado y más lejos!..."Trabajé de vellonero -continuó el amansador-, de peón y recorredor de campo. Después, por el gusto a los caballos, me hice amansador. He ganado buena plata domando potros, soy bastante libre, pero... fuera de las ñatas que uno baja a ver de vez en cuando a Río Gallegos o Santa Cruz, no se sabe lo que es una mujer para uno, ni lo que sería un hijo... ¿De qué vale la plata entonces, si uno no ha de vivir como Dios manda? El corazón se le vuelve a uno como esos champones de turba: lleno de raíces, pero tan retorcidas y negras que no son capaces de dar una sola hebra de pasto verde... Por eso será que uno no le tiene mucho apego a esta vida tampoco, y se hace el propósito como si no valiera nada... Le da lo mismo terminar debajo del lomo de un arisco o en una huifa como esta en que nos hallamos metidos...En cambio, usted debiera agarrar su caballo y espiantar para el Payne..., lo esperarán allá en Lemuy una mujer y unos niños. -¡Ya no, ya!... ¿Quiere que le diga una cosa? ¡Me dió vergüenza que nadie se hubiera quedado de los que cortaron para el Payne! -Muchos quisieron quedarse, pero Facón los convenció de que debían marcharse. Cuantos menos caigamos es mejor, les dijo, y yo le encuentro razón... ¡Ah..., cómo se la habríamos ganado con Diez de Caballería y todo si no es por ese krumiro de Mata Negra! -¿Por qué habrá empezado todo esto? -¡Hem..., quién lo sabe! La mecha se encendió en el hotel de Huaraique, cerca del río Pelque... La tropa atacó a mansalva y asesinó a todos los compañeros que allí estaban... Entonces nos bajó pica, y con Facón Grande nos echamos a pelear todos los que éramos de campo afuera, campañistas, amansadores, troperos y algunos ovejeros que eran buenos para el caballo... Se la estábamos ganando cuando sucedió la traición del Mata Negra, hijo de..., ése; se dio vuelta y se puso al servicio de los estancieros. -Más o menos todo es sabido -dijo Otey, con voz apagada entre las sombras-; pero yo me pregunto por qué diablos no se arreglan las cosas antes de que empiecen los tiroteos, porque después no las arregla nadie. -¿Qué sé yo!... Bueno, unos dicen que es la crisis que ha traído la Gran Guerra... Parece que los estancieros ganaron mucha plata con la guerra, pero la despilfarraron, y ahora que vino la mala nos hacen pagarla a nosotros... Y todo fue por el pliego de peticiones..., pedíamos cien pesos al mes para los peones y ciento veinte para los ovejeros... Ni siquiera yo iba en la parada, porque la doma de potros se hace a trato... También se pedían velas y yerba mate para los puesteros, colchonetas en vez de cueros de oveja en los camarotes, y que se nos permitiera más de un caballo en la tropilla particular... Pero parece que había otras cosas todavía... En el Coyle, compañeros con varios años de sueldo impago y que habían mandado a guardar el dinero de sus guanaqueos fueron fusilados y esa plata se la embuchó el administrador. A otros les pagaron con cheques sin fondo y se quedaron dando vueltas en las ciudades. El coronel Varela se dio cuenta de todo esto y primero estuvo de nuestra parte; pero los potentados reclamaron a su gobierno, en los diarios le sacaron pica al coronel diciéndole que era un incapaz y hasta cobarde. Entonces el hombre tuvo rabia y pidió carta blanca para sofocar el movimiento; se la dieron, regresó a la Patagonia y empezó la tostadera -dijo el amansador de potros dando término a su versión de la huelga. Con las primeras luces del alba se repartió un poco de charqui, y, por turnos, se dirigieron a la casa de máquinas, en el fogón de cuya caldera algunos habían hervido agua para el mate. Arriba, en el altillo de la prensa enfardadora de lana, oteando los horizontes, un tropero modulaba a media voz una lejana vidalita: Más de un año ausente, vidalitá... estuve de esta tierra. Hoy al encontrarte, vidalitá... ya me has despreciado. Y eso es lo que llamo, vidalitá... ser un desgraciado. La tonada fue interrumpida de pronto por una voz de alarma que desde otro lugar del techo anunció la entrada de las tropas del Diez de Caballería por la huella que conducía a las casas de la estancia. Todos corrieron a sus puestos, mientras dos escuadrones de caballería, de más o menos cien hombres cada uno, desmontan a la distancia, tomando posiciones en línea de tiradores. No bien entrada la mañana, se dejaron oír los primeros disparos de una y otra parte. Una ametralladora empezó a tartamudear sus ráfagas, destrozando los vidrios de las ventanas, y las tropas empezaron a cercar desde el campo abierto al galpón de esquila. Con un disparo aislado uno de los troperos volteó visiblemente al primer soldado de caballería; mientras rastrillaba su carabina para dispararle a otro, profirió en voz alta la conocida versaina con que se tiran las cartas en el juego de naipes llamado "truco": Viniendo de los corrales con el ñato Salvador, ¡ay, hijo de la gran siete, ahí va otro gajo de mi flor! El duelo prosiguió sin mayores alternativas durante toda aquella mañana, entre ráfagas de ametralladora, fuego de fusilería y grandes ratos de silencio muy tenso. Habían caído ya varios soldados, sin que una sola bala hubiera logrado meterse por entre los sutiles intersticios de los gruesos fardos de lana, tras los cuales los troperos estaban atrincherados después de haber cerrado las grandes puertas del galpón de esquila, enorme edificio de madera y zinc, construido en forma de T, y sólo circundado por corrales de aguante, mangas y secaderos para el baño de las ovejas, todo hecho de postes y tablones. Pronto ambos bandos se dieron cuenta de que eran difíciles de diezmar. Los unos, dentro del galpón, bien atrincherados tras los fardos; y los otros, soldados profesionales, avanzando lenta pero inexorablemente en línea de tiradores, con la experiencia técnica del aprovechamiento del terreno. El objetivo de éstos era alcanzar los corrales de madera para resguardarse mejor en su avance. Pero los de adentro conocían bien la intención y la hacían pagar muy cara cada vez que alguien se aventuraba a correr desde el campo abierto para ganar ese amparo. Fatalmente caía volteado de un balazo, y su audacia sólo servía de seria advertencia para los otros. Facón Grande había dado la orden de no disparar sino cuando se tenía completamente asegurado el blanco, con el objeto de ahorrar balas, causar el mayor número de bajas y demorar al máximo la resistencia, a fin de que los fugitivos tuvieran tiempo de alcanzar hasta los faldeos cordilleranos del Payne, donde se encontrarían totalmente a salvo. Otra noche se dejó caer con su propio fardo de sombras, interponiéndolo entre los dos bandos. Ambos la aprovecharon cautelosamente para darse algún respiro, y con la madrugada reanudaron su porfiado duelo. En este segundo día ocurrió algo insólito: uno de los soldados, enloquecido posiblemente por la tensión nerviosa del prolongado duelo, se lanzó solo al asalto con bayoneta calada. Los del galpón no lo voltearon de un tiro, sino que abrieron curiosamente las grandes puertas y lo dejaron entrar; luego lanzaron el cadáver por una ventana para que nadie quisiera hacer lo mismo. Pero la táctica empleada dio al coronel Varela un indicio: que las balas de los sitiados estaban escasas, si no se habían agotado ya. Era lo que él había previsto y esperaba ansiosamente dar la orden del ataque que pusiera término a ese porfiado duelo, en que había caído ya cerca de un tercio de sus escuadrones. El toque de una corneta se dejó oír como un estridente relincho, dando la señal de que había llegado esa hora. Las ametralladoras lanzaron sus ráfagas protegiendo el avance final. Los de adentro ya no tenían una sola bala y no tuvieron más armas que sus facones y cuchillos descueradores para hacer frente a esa última refriega. En heroica lucha cuerpo a cuerpo, la muerte de Facón Grande, el cabecilla, puso término al prolongado combate cuando todavía quedaban más de veinte troperos vivos, pues muy pocos habían caído con los tiroteos y la mayoría había perecido sólo en la refriega final. Esa misma tarde fue fusilado el resto sobre el cemento del secadero del baño para ovejas. Los sacaron en grupos de a cinco, y el propio Varela ordenó no emplear más de una bala para cada uno de los prisioneros, pues también sus municiones estaban casi agotadas. Gabriel Rivera, el amansador de potros, y Bernardo Otey, con otros tres troperos, fueron los últimos en ser conducidos al frente del pelotón de fusilamiento. Promediaba la tarde, pero un cielo encapotado y bajo había convertido el día en una madrugada interminable, cenicienta y fría. Al avanzar hacia la losa del secadero, vieron el montón de cadáveres de sus compañeros ya dispuestos para recibir la rociada de kerosene para quemarlos, la mejor tumba que había prescrito Varela para sus víctimas, cuando no las dejaba para solaz de zorros y buitres. Entre aquellos cuerpos se destacaba el de Facón Grande, que el coronel había hecho colocar encima para verlo por sus propios ojos, pues había sido el único cabecilla que, si no interviene la traición de Mata Negra, hubiera dado cuenta de él y de todo su regimiento. Un frío intenso anunciaba nevazón. Cuando los cinco últimos fueron colocados frente al pelotón de fusileros que debían acertar una bala en cada uno de esos pechos, el sargento que los comandaba se acercó y comenzó a prender con alfileres, en el lugar del corazón, un disco de cartón blanco para que los soldados pudieran fijar sus puntos de mira. Una vez que lo hizo, se apartó a un lado y desde un lugar equidistante desenvainó su curvo sable y lo colocó horizontal a la altura de su cabeza. Iba a bajar la espada dando la señal de "¡fuego!", cuando Bernardo Otey dio una manotada sobre su corazón, arrancó el disco blanco y arrojándoselo por los ojos a los fusileros les gritó: -¡Aprendan a disparar, mierdas! La tropa tuvo una reacción confusa. Pero, en seguida, enderezaron las cinco bocas de sus fusiles hacia un solo cuerpo, el de Bernardo Otey, que cayó doblándose segado por las cinco balas que replicaron como una sola a su postrera imprecación. Pero en aquel mismo instante, aprovechando la reacción de los fusileros, los otros cuatro hombres dieron un brinco y se lanzaron a correr mientras el pelotón rastrillaba sus armas para cargarlas otra vez con bala en boca. -¡A ellos! -vociferó el sargento, al ver que mientras tres corrían por la huella, otro, el amansador de potros, daba un gran salto por sobre una alambrada, caía a horcajadas en uno de los caballos de la tropa y disparaba campo afuera, abrazado al cuello del animal. El sargento hizo primero unos disparos con su revólver, pero luego tomó uno de los fusiles de los soldados, y, arrodillándose en posición de tiro, continuó disparando al caballo y su jinete tendido sobre el lomo, que corrieron velozmente hasta que se los tragó una hondonada. Los otros tres fugitivos, de a pie, fueron pronto alcanzados por las balas, cayendo definitivamente sobre la huella. La interminable madrugada espesó aún más su ceniza y una densa nevada empezó a caer sobre los campos, ocultando definitivamente al fugitivo con sus tupidas alas. Bien entrada la noche, el amansador Rivera alcanzó a darle un respiro a su cabalgadura. Cuando desmontó, ambos, caballo y hombre, quedaron un rato acompañándose en medio de la cerrazón de nieve y noche. Las sombras, a pesar de todo, abrieron un poco su corazón con el leve resplandor de la caída de los copos. Su propio corazón también dio un respiro aprovechando aquel oculto ámbito, y a su memoria acudió el recuerdo de una superstición india: el águila de las pampas debe ser cazada antes que logre dar un grito, pues si lo lanza, la tempestad acude en su ayuda... No bien la recordara, montó de nuevo y siguió galopando, en alas de su protectora. En uno de esos amaneceres radiantes que siguen a las grandes nevadas, el amansador de potros dio alcance al grueso de los huelguistas cuando ya se habían puesto al reparo en uno de los faldeos boscosos del Payne, todos sanos y salvos. Al encontrarlos, la cabalgadura se detuvo sola, y la rueda humana, como en la Meseta de la Turba, volvió a reunirse en torno del amansador como de su eje. El animal se había parado sobre sus cuatro patas muy abiertas, y cuando un hilillo de sangre escurrió de sus narices, los belfos, al percibirlo, tiritaron, y luego fue presa de un extraño temblor. Como buen amansador, Rivera sabía que un caballo reventado no obedece ni a espuela ni a rebenque, pero no cae mientras sienta a su jinete encima. Por eso su relato fue muy breve, y, al terminarlo, se bajó del caballo al mismo tiempo que la noble bestia se desplomaba. Con la nevada, toda la Patagonia parecía un gran poncho blanco que ascendía por los faldeos del Payne hasta sus altas torres que, como tres dedos colosales, apuntaban sombríamente al cielo. Y así se conservó memoria de cómo murió el chilote Otey."
Sábado, 15 de Mayo de 2004 20:22 ;?> Hay 1 comentario.