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16/12/2005


JORGE ABELARDO RAMOS

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GARCÍA MÁRQUEZ HISTORIÓGRAFO:
BOLÍVAR Y GARIBALDI
(Nuestro homenaje en el 175 aniversario de la muerte
del Libertador Simón Bolívar)

En 1989 salió a la venta “El General en su Laberinto”, genial obra de Gabriel García Márquez que relata los últimos días de la vida del Libertador Simón Bolívar. El éxito editorial fue inmediato. En poco tiempo se vendieron más de un millón de ejemplares. Sobre las razones de ese fenómeno Jorge Abelardo Ramos escribió la nota que transcribimos a continuación y que es nuestro homenaje, este 17 de diciembre, a un nuevo aniversario de la muerte del genial Simón Bolívar. (Tomado de “La Nación Inconclusa” – Jorge Abelardo Ramos – Ediciones de la Plaza – Montevideo – Abril de 1994) - (Mirando Al Sur)

¿Una agonía en lugar de una vida? No dejará de complacer al europeo dispéptico este relato de innegable belleza trágica, ya que en los “países centrales” hay un estereotipo firmemente establecido desde los tiempos de la trata de negros. Para ellos, “América Criolla” es exactamente como el plato picante que les ofrece aquí el escritor colombiano: mariposas gigantes, mulatas cimbreantes de bocas feroces, generales lascivos, árboles de los que mana leche, muerte y barbarie. Y también héroes derrotados. Sobre todo, héroes derrotados. ¡Buffón en estado puro! La naturaleza americana es subyugante. ¡Sí! Pero su historia resulta aborrecible. Exactamente lo mismo pensaba Borges cuando aludió desdeñosamente la “horrible historia de América”. Así se nos presenta un Bolívar espectral, cuya talla, roída por la tisis, disminuye cada día y, cuyo implacable retrato se dibuja con el filoso lápiz de García Márquez, de traición, mundanidad, obsesión erótica y baraja.

No resulta usual que se publique un libro en el mundo con una tirada de 1 millón de ejemplares en 32 lenguas. Tal interés ¿obedece al magnetismo de Bolívar? Cabe dudarlo.

¿Será más bien el prestigio del Premio Nobel, su particular vínculo con el Este y también con el Oeste? ¿Su cautivante pluma ejerce tamaño poder? No cabe duda que es gracias a García Márquez que la gente se ha precipitado a comprar el libro. No puede tratarse de Bolívar. Nuestros grandes hombres yacen bajo el peso de hagiografías sofocantes que les impiden respirar. La estructura cultural de nuestras repúblicas semicoloniales sólo cumple con los héroes escolares en cada aniversario fúnebre. No podía esperarse que los mismos intereses que derrotaron a San Martín, Artigas y Bolívar hiciesen otra cosa que cerrarles la boca en los somnolientos libros de texto y embalsamarlos en bronce. El sistema de puertos exportadores de América Latina, después de haber contribuido a expulsar a los españoles, volvió sus espaldas a los libertadores. Expatrió a San Martín, sepultó a Bolívar en Santa María, encerró a Artigas en la selva paraguaya.

En tanto, sus oficiales, auxiliados por comerciantes, hacendados y periodistas, fragmentaban la “gran Colombia” y se proclamaban jefezuelos de cada aldea. En lugar de una “Patria Grande”, tuvimos 20 repúblicas simiescas. Cada “Estado” exhibía orgullosamente su Constitución copiada. Y cada República vivía de un solo producto, casi en estado de naturaleza: con sus plátanos aquella, esta con su cobre, otra con su petróleo, o su carne, su estaño o su azúcar. Apoyada en cada producto exportable, se erigió una arborescencia política, jurídica, aduanera, literaria y militar llamada “Nación”. Sobre cada una de ellas se elevó la sombra de los Imperios anglosajones. La historia se trocó en fábula, Bolívar resultó, para el lector corriente, un ambicioso, celoso de San Martín, y nuestro Libertador, una especie de Santo, “renunciador” y asexuado, envuelto en su mortaja de asceta. Ambas imágenes resultaron tan falsas como el boceto despiadado que Marx trazó sobre Bolívar (lo llamó “canalla”) nutrido de la folletería inglesa. De algún modo, García Márquez continúa esta tradición, aunque en el plano de un arte refinado y, por lo mismo, más sutil y peligroso.

La novela-historia narra la desintegración física y moral de Bolívar, a través del río Magdalena hasta Santa María. Nada se le ahorra al lector: un moribundo lucha entre el sueño y la muerte; el poder se le escurre entre las manos; sus generales lo traicionan y desprecian en todas partes; exhausto, todavía le queda ánimo, entre vómitos de sangre, para alzar a las mulatas o damas mantuanas hasta su hamaca. Lisonjea y desacredita a un tiempo sus fieles, descree de todo y de todos.

Este viaje de Caronte a los infiernos urde una visión horrenda del Libertador. Es precisamente García Márquez, muy atento a su trabajo, quien emplea la palabra, en un apéndice sobre fuentes, de la página 274: “El horror de este libro”.

En dicha página titulada “Gratitudes” el autor revela sus propósitos: “Más que las glorias del personaje me interesaba entonces el río Magdalena... Los fundamentos históricos me preocupaban poco, pues el último viaje por el río es el tiempo menos documentado de la vida de Bolívar”. No obstante, nos dice luego que consumió dos años en la lectura de documentos sobre la vida del Libertador, labor que lo autoriza más adelante a referirse al “rigor de esta novela”.

En materia de “rigor”, digamos que San Martín no fue el “Libertador del Río de la Plata”, como afirma García Márquez, sino de las Provincias Unidas, de Chile y de parte del Perú. Tampoco es cierto que Garibaldi, quien visitó a Bolívar en su lecho de muerte, fuera “el patriota italiano que regresaba de luchar contra la dictadura de Rosas en la Argentina”.

El joven Garibaldi, que deambuló por Sudamérica a mediados del siglo XIX, era un aventurero peninsular, a la cabeza de una turba de forajidos, que el propio Garibaldi, en sus “Memorias” llama “chusma cosmopolita”, conocida en todas las escuadras filibusteras con el nombre de “fréres de la cóte”. Esta banda temible saqueó Colonia y Gualeguaychú (en particular, poblaciones civiles desarmadas) a sueldo de los imperialistas franceses que ocupaban Montevideo.

Ese otro Garibaldi, que ayudó al Conde Cavour en 1870 a fundar la unidad del Estado en una península despedazada, es un personaje de la historia italiana. En el Río de la Plata trabajó para dividir. Allí, patriota, dicen. Aquí, sin duda, forajido.

En la historia colombiana García Márquez, se presenta como liberal. Al referirse al general Santander, un viscoso y pérfido Mitre bogotano, el gran novelista escribe que “sus virtudes civiles y su excelente formación académica suscitaron su gloria. Fue sin duda el segundo hombre de la independencia y el primero en el ordenamiento jurídico de la República”.

¡Qué interesante! Sin embargo faltaría agregar que participó en la organización del atentado contra la vida del Libertador Bolívar y que fue durante toda su carrera pública, abierta u ocultamente un adversario personal y político del Libertador, el hombre de confianza de comerciantes y picapleitos hartos de heroísmos, fiel de la burguesía comercial, amigo de Estados Unidos y favorito de la opinión europea librecambista.

No pocas desgracias póstumas se acumularon sobre Bolívar, comparables a las que martirizaron su vida. Si de un lado el pensamiento conservador y oligárquico de los puertos ha instalado el bronce de Bolívar en un lugar tan sospechoso como la OEA, del otro, la farándula izquierdista de la inocente América Criolla, lo ha condenado con frecuencia bajo la inspiración del hechicero de Tréveris.

García Márquez, en su ensayo bibliográfico de Fidel Castro, (escribe el historiador colombiano José Consuegra) ha dibujado el perfil del revolucionario cubano con exquisita cortesía y no ha entrado en su vida amorosa por “considerarla un ámbito privado”.

Con Bolívar no ha procedido con tantos miramientos. Sin duda, la “inteligencia” de América Latina percibe exactamente la dirección de la brisa. Una cosa es un hombre de Estado vivo, y otra un hombre de Estado muerto. Cuando García Márquez recibió en 1982 el Premio Dimitrov, de la Bulgaria “socialista” no se habían olvidado sus palabras: “Mi gran sueño es figurar en la Enciclopedia Soviética que será el único eco que la literatura tendrá en el porvenir”. Maravilloso artista, este genio de la lengua criolla no entrará al porvenir por su poder profético. La gran Enciclopedia Soviética, un monumento bizantino elevado a la grandeza moral de la Policía Secreta, ya ha muerto. García Márquez vive y vivirá. Para un intelectual del siglo XX, colocarse en cierto período bajo la protección de una gran potencia constituía un salvoconducto a la fama. Pero si se amparaba bajo la sobra de ambas, en el Este y en el Oeste, entre el Nobel y el Dimitrov, era mucho mejor. Si a lo dicho se agrega que García Márquez no sólo es un gran escritor, sino el favorito de todo latinoamericano, cabría acariciar la esperanza de que la América mestiza pueda ofrecer algún día a sus intelectuales un ámbito protector que los vuelva más dueños de sí mismos. Porque la literatura, como la ciencia, no es una “disciplina neutral”.

Realmente ¿por qué sería para García Márquez el Dr. Francia, dictador del Paraguay, un personaje risible y abominable y en cambio Fidel Castro un paradigma de jefe de gobierno? Las dos grandes figuras, el dictador paraguayo y el caudillo cubano, son dos revolucionarios, dos héroes, cada uno en su siglo. Requiere coraje moral y un enérgico desbrozar del pasado y del presente la no sencilla tarea de entender a ambos.

¿Garibaldi, “patriota” italiano y Rosas “dictador” a secas? Estos juicios erróneos nacidos de la influencia deformante del pensamiento europeo, revelan la urgente necesidad de una descolonización historiográfica en América Latina.

En muchas ocasiones García Márquez no ocultó sus opiniones políticas. A la luz de su Bolívar ¿podrá reiterar que la guerra de Malvinas fue una aventura “estúpida” y la invasión de Afganistán una proeza “socialista”? La gloria del escritor no podría constituirse en un factor paralizante de la crítica en disciplinas ajenas a la literatura, como la política o la historia, en cuya “selva oscura” se interna García Márquez sin vacilar y con poca fortuna.

“El General en su laberinto” es, sin duda, una obra de arte. Reposa sobre la agonía de un hombre que ambicionó fundar una Patria Grande, una “Nación de Repúblicas”.

¿Y por qué esta trama de estupenda prosa americana, suculenta de pájaros, perfumes, apetitosas mujeres y paisajes que sólo en América viven, debía ser el itinerario de una agonía? ¿Sólo muerte y derrota puede ofrecer nuestra tierra al ansioso paladar de la cruel Europa, inventora de la guillotina? La pequeña burguesía latinoamericana, colonizada por la izquierda y la derecha, siempre ansiosa y peripatética ¿esperaba quizás este bocado exquisito, pero amargo en su núcleo, para decirse a sí misma, con un suspiro, que la revolución fue nada más que un hermoso sueño?

En el fondo ¿no será ese el secreto del millón de ejemplares? ¿No le resultará agradable, a cierto tipo de lector, saber que al fin y al cabo aquí nada es posible y que los genios más atrevidos encontrarán de todos modos su agonía y hasta un poeta diestro para describirla?
 

Sin embargo, Bolívar es un héroe vivo. Esta época exige mucho de ellos. Solo queda por agradecer al ilustre escritor colombiano, (nuestro verdadero Cervantes), por ese millón de lectores: ahora saben que en Santa María murió en 1830 un hombre más grande que Bonaparte. No dudamos que el vientre de la América que lo produjo es insaciable y fértil y seguramente engendrará muchos otros.

Viernes, 16 de Diciembre de 2005 22:10 Autor: aonike. ;?> No hay comentarios. Comentar.

01/12/2005


REDESCUBRIMIENTO DE UGARTE

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Manuel Ugarte (1878 - 1951) 

EN UN NUEVO ANIVERSARIO DE SU MUERTE

(2 DE DICIEMBRE DE 1951) 

“Los latinoamericanos deben tender a formar una confederación contra el panamericanismo, porque el Río Grande no solamente es la frontera de México sino de la América Latina” – Manuel Ugarte.


Por Jorge Abelardo Ramos
Febrero de 1985
 

Tengo en mis manos un retrato amarillento y algo borroso, de ambigua retícula. Una muchacha francesa, con una chispa maliciosa en los ojos, observa arrobada a un criollo sereno, bien plantado. Es su marido. Joven todavía, en su pelo rizado se advierten canas. El criollo, de traje, corbata y ancho cuello de camisa a la moda, luce bigotes recortados a la 1914 y un aire formal. Ella se llama Therese. El marido es Manuel Ugarte, un argentino en el destierro. La escena se fija en un solemne estudio de Niza. Son años felices. Las catástrofes del siglo XX aún se incuban en el inescrutable provenir. Pero Ugarte vive su estadía europea con melancolía. 

No era para menos, pues en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él. No solamente porque, como decía Miguel Cané, escribir una página desinteresada en Buenos Aires equivalía a recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio, sino a causa de que Ugarte iría a desenvolver su vida contra la lógica de la factoría euro-porteña: era socialista, aunque criollo y católico; argentino, pero hispanoamericanista. Si bien es cierto que lucharía por la neutralidad en las dos guerras inter-colonialistas del siglo, debería hacerlo contra la opinión dominante del rupturismo demo-izquierdista favorable a las potencias democráticas; más tarde, asumiría la defensa de la industria nacional y de la clase obrera en un país agropecuario, librecambista y antiobrero. En fin, al final de su vida, apoyó al Coronel Perón y fue su Embajador en México. La obra de Ugarte no fue publicada nunca en la Argentina. El único libro que vio la luz entre nosotros, lo publiqué yo en 1953 cuando Ugarte había muerto ya hacía dos años.

En realidad, se había convertido en un muerto civil mucho tiempo antes. Sin el respaldo de un partido, de una capilla, de los grandes diarios, o del orden vigente, ningún editor manifestó nunca el menor interés por publicar algún libro de Ugarte. Semejante maravilla se explica porque la formación del gusto público, en 1914 o en la actualidad, corría por cuenta de los intereses creados por la oligarquía anglófila y su dócil clientela de la clase media urbana, en suma, el cipayo ilustrado, que se cultiva a la orilla de los grandes puertos de la América Latina. La norma de prestigio consistía en que lo bueno se impone. Según el sociólogo alemán Levin Schucking, corresponde formularse la pregunta siguiente: ¿no será que aquello que se impone es lo que después se considerará bueno?

Mi relación personal con Ugarte se redujo a una carta y una frustrada llamada telefónica. En 1949 le envié a Cuba, donde era Embajador, un ejemplar de América Latina: Un país. Me agradeció el libro con unas líneas. En 1951, vivía yo en España. Un día de diciembre lo llamé por teléfono a su casa, pero había viajado a Niza, donde conservaba un pequeño departamento. Tito Livio Foppa, el Cónsul General en Barcelona, me informó días más tarde que Ugarte había muerto en Niza. No me ocultó el consul su creencia en un suicidio. Esto último nunca fue esclarecido. Al regresar de Europa, en 1953, edité El Porvenir de América Latina. Escribí un estudio preliminar, como tributo de homenaje al gran precursor, desaparecido en la oscuridad más completa. Al año siguiente, en noviembre de 1954, organicé una Comisión de Homenaje. Recibimos los restos de Ugarte en el puerto de Buenos Aires, que llegaron con aquella Therese Desmard cuya foto hoy miro a través del tiempo.

Declinaba el gobierno de Perón. Un silencio sepulcral reinaba sobre la República, en cuyo subsuelo toda la reacción conspiraba. Pugnaban por derribar a Perón tanto la agónica partidocracia democrática, como la izquierda cosmopolita y el nacionalismo puramente retórico de ciertos grupos de la derecha antiobrera. En ese momento, Therese Desmord regresó al país con los restos de Manuel Ugarte.

Enseguida organizamos en el salón “Príncipe George” un Funeral Cívico en su homenaje. Hablaron en el acto Carlos María Bravo, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke y yo. Corría el mes de noviembre. A pesar de la tensión reinante, congregamos unas cuatrocientas personas. Salvo el Presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la “inteligentzia” llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática estaba en marcha. El año 1955, año clave para explicar la profundidad de la crisis orgánica que se abatió sobre la sociedad argentina, ya estaba a la vista. 

Al rendir justicia histórica a la solitaria lucha de Manuel Ugarte, no perseguía yo un simple propósito de vindicación personal, por legítima que fuese. Ugarte resumía en su largo exilio el infortunado destino del pensamiento nacional. Y nosotros veíamos reflejarse en su peripecia individual la suerte que corrían los disconformistas y rebeldes de todos los tiempos en un país semicolonial. Exiliados en el espacio o en el tiempo, en la geografía o la historia, emigrados interiores gracias al olvido organizado, la desfiguración o la murmuración histórica, todos los revolucionarios, que ambicionábamos una patria nueva de un modo u otro, diferencias políticas aparte, sufríamos tribulaciones similares a las de Ugarte.

Decidí titular el ensayo sobre el Precursor, Redescubrimiento de Ugarte. Desprendido del volumen de Ugarte El Porvenir de América Latina, al que servía de prólogo, el ensayo hizo una vida propia y fue reeditado varias veces en la Argentina y en España. Ofrezco a la paciencia del lector aquel prólogo de 1953, con los retoques piadosos que la geriatría literaria exige a un viejo texto.

Jueves, 01 de Diciembre de 2005 19:53 Autor: aonike. ;?> No hay comentarios. Comentar.

13/11/2005


LA PLUMA DE UN MAESTRO

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Por Jorge Abelardo Ramos
“Advertencia” para una nueva edición de su libro “Las masas y las lanzas”, Buenos Aires, Octubre de 1981.
 

He pensado y escrito este libro muchas veces. Cada vez imaginaba que sería leído ávidamente por algún argentino muy joven, atraído hacia la búsqueda de la historia patria por la marea y contra marea del turbio presente. Siempre ocurre así: es el presente, con su borroso perfil, su confusión, propia de lo inacabado y de lo que está naciendo, el mayor impulso que recibe la generación nueva para indagar el pasado y explicar su propio destino en el mundo que descubre ante sus ojos.

Perseguido por esa obsesión me propuse exhibir ante ese supuesto lector, mi contemporáneo, en orden coherente, la multitud de hechos no escritos o maliciosamente interpretados por la historia oficial, aquella tediosa historia que se reza en escuelas y universidades. Aunque extraje los hechos de los papeles y libros antaño publicados, el olvido de las generaciones y la censura oligárquica habían filtrado sutilmente tales documentos hasta volverlos poco menos que inéditos.
 

En Las masas y las lanzas relato la aventura de los argentinos en el período comprendido entre la hispanoamericana Revolución de Mayo y la dictadura porteña del general Mitre. Son los años del famoso y mal comprendido San Martín –revolucionario, conspirador, camarada de armas de Bolívar-, ni varón casto, ni jubilado europeo, siempre calumniado, siempre sigiloso, en lucha infatigable por la independencia y unidad del continente-Nación. Son los años de Artigas, el caudillo rioplatense, proteccionista y unificador, padre político de Andresito, el indio misionero y encarnación de la esperanza de los últimos indios guaraníes. Son los años de la rebelión gauchesca en la guerra civil contra los patrones de la Aduana de Buenos Aires, importadores de la pacotilla inglesa que destruía la industria argentina del Interior productivo.
 

Explico en este volumen el significado del gran conflicto entre el Puerto y las Provincias que se extiende por décadas, así como la patraña del dilema entre “Civilización” y “Barbarie” que aún hoy justifica el desdén de Buenos Aires por los criollos de las patrias de provincia. Juan Manuel de Rosas, el dictador de Buenos Aires, es descripto en su complejidad de estanciero y político y, aunque jamás soltó la Aduana nacional de su mano, no se olvida que enfrentó a franceses e ingleses en el Paraná.


En las últimas páginas asoma su barba bíblica el soldado federal José Hernández. El genio poético del autor del Martín Fierro anonadó a los cultos doctores de la época y sus labios infundieron inmortalidad al desconocido hijo de la pampa. El volumen se cierra con la figura venerable del Chacho Peñaloza. Caudillo de los Llanos riojanos, fue degollado por orden del pedagogo Sarmiento, su cabeza clavada en una pica y expuesta al horror público en una plaza de Olta. Pero ni el Chacho moriría del todo, ni Sarmiento era solamente un degollador. El autor se propuso entrelazar la historia personal de héroes y villanos y recortar sus figuras sobre la trama estructural de los intereses económicos y regionales de las clases sociales y poderes mundiales de la época. Para nacer, las Provincias Unidas del Río de la Plata tuvieron que deshacerse del viejo imperio español, sólo para encontrarse con los Imperios anglosajones en la boca del gran río, con sus dientes filosos, su diplomacia y hasta su literatura. Aquí se cuenta lo que ocurrió.

Domingo, 13 de Noviembre de 2005 19:31 ;?> No hay comentarios. Comentar.

11/10/2005


J. A. RAMOS Y EL 12 DE OCTUBRE

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Tomado de “DE BOLÍVAR AL MERCOSUR” - Entrevista efectuada por “La Patria Grande” en el mes de octubre de 1992

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Octubre es un mes de significativos aniversarios. El V Centenario de la llegada de los españoles a estas tierras; la formidable manifestación popular que funda un nuevo movimiento nacional (el peronismo), que cambia la historia del país; la lejana revolución que marcó a varias generaciones de intelectuales latinoamericanos. América Latina, el peronismo, los avatares del Este, fueron algunos de los grandes temas sobre los que La Patria Grande consultó al Embajador Jorge Abelardo Ramos, Presidente del Movimiento Patriótico de Liberación y uno de los más brillantes observadores de la realidad social y política latinoamericana.

-¿Qué opinión le merece el surgimiento de grupos indigenistas que se oponen a los festejos por el V Centenario del Descubrimiento de América y que conmemoran el 11 de octubre como último día de la América Libre?



En realidad el imperialismo contemporáneo, que es el que sucedió de alguna manera a la influencia española desde las revoluciones de emancipación, tiene múltiples tácticas para perpetuar la división de la América Latina. Una de ellas es la hipertrofia del tema indigenista. Nadie ignora que la Patria Grande, vale decir la herencia hispana-lusitana que hemos recogido los latinoamericanos como propia, ha sido fragmentada por obra de dos factores determinantes: uno de ellos son los intereses extranjerizantes de las oligarquías portuarias de toda América Latina y el otro es la intervención decisiva que han puesto en nuestra impotencia y balcanización las grandes potencias imperialistas. La alianza de las oligarquías internas y de los imperialismos externos procuró desde los tiempos de San Martín y Bolívar separar a las partes territoriales que habíamos heredado de España y Portugal, porque de ese modo las repúblicas insulares podían ser mas fácilmente dominadas que una gran entidad confederada como la que tuvo la posibilidad de realizar la sociedad norteamericana. Una y mil veces desde los tiempos de Manuel Ugarte y de Torres Caicedo se afirmó, pero no entró eso en la educación popular ni en las estructuras culturales de las repúblicas latinoamericanas, que si EEUU había logrado su gran progreso material era porque se llamaban, respondiendo al contenido, los Estados Unidos de Norteamérica y Torres Caicedo y Ugarte reiteraban que nosotros éramos los Estados desunidos de la América del Sur, entendiendo el sur no en un sentido puramente geográfico sino en el mas amplio de lo político, cultural y lingüístico. Para nosotros el sur comienza en México, en el río Bravo.

-Bien...pero ¿Cuál es la causa de la desunión?



Nosotros, los Estados desunidos del Sur hemos pagado dolorosamente el haber logrado la independencia de España y Portugal sin haber consumado al mismo tiempo la unidad. No estamos desunidos porque somos subdesarrollados sino que somos subdesarrollados porque no logramos la unidad. En ese sentido la unión es la única estrategia y doctrina revolucionaria de América Latina.

El tema del indigenismo nos lleva a preguntar porque existe en Alemania, en Suecia, en Inglaterra, en Holanda un interés tan vehemente en proteger a los indígenas de América Latina. Seguramente no se trata de un acto de generosidad pura; sabemos que no han sido Inglaterra, ni los países nórdicos, ni Bélgica, ni Holanda quienes se han destacado por un amor especial por los indígenas de los continentes marginados.

Sabemos que la India fue subyugada por Inglaterra durante 400 años. Como dijo alguna vez un historiador inglés "las llanuras de la India están blanqueadas con los huesos de los tejedores de algodón", muertos de hambre a causa del exterminio de las viejas industrias por los tejidos de algodón de Lancashire.
Quiere decir que si Inglaterra por medio de las armas y del libre cambio impuso su dominio al inmenso continente hindú, nos parece raro que ahora este preocupada por los indígenas de América Latina.

-¿Cómo aparecen las diferentes tesis?



Nacen de las preguntas: ¿Esto que es? ¿Un encuentro de dos culturas?, ¿Es un descubrimiento?, ¿Es una conquista?, ¿Es un genocidio? La respuesta es que es un poco de todas esas cosas, pero es sobre todo una fusión. Es un descubrimiento de América por parte de los europeos y es un descubrimiento de Europa por parte de las civilizaciones precolombinas. Es un encuentro sangriento de culturas, como son todos los encuentros de culturas diversas. No es pura y exclusivamente un encuentro, una conquista o una colonización, como tuvo lugar por parte de Inglaterra respecto de la India, donde después que se van los ingleses, esta mantiene integras sus lenguas, sus religiones y su cultura, como si los británicos no hubieran estado nunca allí, salvo en Calcuta, en Bombay o en Madrás, donde las clases altas educadas en Inglaterra y parte de las clases medias "cultas" hablan el inglés y otras lenguas. Salvo esto no hay restos de los ingleses. Lo mismo podríamos decir de Indonesia, del Congo Belga, de Malasia o de Birmania. En cambio aquí no, aquí estamos hablando la lengua de aquellos que vinieron, portugués y español. ¿Por qué? Por razones que no vienen al caso aquí, que son razones teológicas, ellos no tuvieron el menor inconveniente en fusionarse, en hacer el amor con las mujeres indígenas y eso produjo en los primeros treinta o cuarenta años de la llegada de los españoles y los portugueses, la aparición de los hijos de la tierra, de los mancebos de la tierra, como se los llamaba, o sea de los criollos. Y esos criollos, que al principio eran hijos de españoles e indias, poco a poco se fueron mezclando más porque llego el aporte africano y entonces aparecieron los mulatos, tercerones, como se les llamaba, cuarterones y quinterones, que eran sucesivas mezclas, descendientes de mulatos con descendientes de criollos y mestizos, de indias con mestizos de negros. Así se hizo una especie de Babel racial o sanguínea en que consiste, como dice Vasconcelos, la raza cósmica.

Somos una fusión de las razas del mundo originadas por el pueblo mas mestizo que había en Europa, que era el pueblo español. Desde fenicios, visigodos, árabes y judíos, todos vinieron con los españoles y mezclaron sus sangres con la nuestra. Decir portugués en la América colonial era sinónimo de judío. De modo que aquí encontramos todas las mezclas, por lo que ser antisemita, o antiitaliano o antiespañol es renegar de parte de lo que somos.

Se trata de un formidable crisol de razas que ha determinado que el rasgo específico y distintivo de América Latina sea que somos mestizos.

Si nosotros hipertrofiamos el rol del indio o el rol del europeo estamos negando lo que somos. Nosotros somos el indio y somos el europeo, somos el inmigrante del siglo XX, el del siglo XIX y el del siglo VXI. Nuestra fuerza es ser lo que somos. Y aquel que quiera quitarnos la evangelización, nos quita una parte esencial de nuestra cultura. Quién pretenda despojarnos de los aportes traídos por los inmigrantes, sean españoles, portugueses, italianos o judíos, nos esta quitando en nombre del indigenismo (o sea en nombre de una raza en estado puro, que sin duda resultó vencida), parte de nuestra individualidad nacional y, en consecuencia, es un enemigo de América Latina.

El indigenismo por eso es impulsado por el imperialismo contemporáneo hasta transformarse, en muchos de los casos, en uno de sus instrumentos.

Es preciso en este momento dejar en claro los derechos de incorporación a la civilización latinoamericana de las minorías indígenas, predominantes sobre todo en Perú y en Bolivia y en el mismo México, donde hay alrededor de 10 millones de aborígenes que conviven en un gran pueblo de 83 millones de habitantes. México, que es esencialmente un país mestizo, ya no es un país indígena.

Donde el indígena logra ingresar a la vida económica, inmediatamente absorbe la lengua española o portuguesa. De esta manera se favorece al romper el aislamiento al que algunos lo quieren someter. Este es uno de los tantos derechos que las oligarquías criollas les han negado. También se los han negado a los gauchos y a los pobres, que junto con los indígenas, forman esa masa explotada por estas oligarquías nativas junto con el imperialismo extranjero.
Martes, 11 de Octubre de 2005 22:34 ;?> No hay comentarios. Comentar.


JORGE ABELARDO RAMOS

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Jorge Abelardo Ramos

¿Por qué se plantea hoy la unidad de América Latina?
(De “Historia de la Nación Latinoamericana”)



La unidad del Estado se forma en Europa como resultado del desarrollo del capitalismo. Al trocarse en potencias imperialistas, impiden a su vez a otras regiones del planeta históricamente rezagadas que ingresen al camino del capitalismo y se constituyan en Estados Nacionales unificados. Tal es el caso del Medio Oriente árabe o de los Estados de la América Criolla. El imperialismo se opone al crecimiento del capitalismo en las colonias. Gracias al resorte propulsor e involuntario de las grandes crisis mundiales (1914, 1939, el crack del 1929) aparecen en los países coloniales o semi-coloniales formas embrionarias de capitalismo industrial. Grupos de burguesías locales se vinculan al mercado interno. Por su parte, el gran capital imperialista, estrechamente vinculado a las oligarquías agrarias, mineras o financieras, se opone al desenvolvimiento de estas nuevas burguesías, empleando todos los medios, sean políticos, económicos o militares.

Esta lucha de clases se da con frecuencia, pero no se trata de la lucha de clases habitualmente conocida como el duelo entre la burguesía y el proletariado según el modelo europeo, sino de una lucha menos mencionada en los libros y más vista en la realidad, que es la lucha entre la clase oligárquica y la nueva burguesía. En este sentido, podría decirse que la dictadura militar en la Argentina, guiada por la pandilla de Martínez de Hoz, ha luchado con tal éxito contra la burguesía nacional, que ha terminado por destruirla. Pero esto no podría significar en modo alguno que Martínez de Hoz ha llegado al socialismo, sino, por el contrario, que la oligarquía ha logrado dejar sin trabajo a dos millones de obreros y obligado a los industriales a transformarse en importadores, financieros, estafadores, o, en otros casos, a emigrar. A diferencia de todos los países de Europa o Estados Unidos, donde la norma es el triunfo económico y político de la burguesía urbana sobre sus antiguos adversarios de la nobleza agraria, en América Latina la burguesía industrial es minoritaria en todas partes y rara vez está en condiciones de ocupar el poder, sino mediante caminos indirectos como en el caso del Ejército y del peronismo entre 1945 y 1955, en la Argentina.

Resulta evidente, ante todo lo dicho, que la unidad de América Latina no se plantea hoy como exigencia del desarrollo de las fuerzas productivas en busca del grandioso mercado interno de las 20 Repúblicas, sino justamente por la razón opuesta. A fin de lanzarnos resueltamente por el camino de la civilización, la ciencia y la cultura, exactamente para desenvolver el potencial económico de nuestros pueblos sea por la vía capitalista, por medio del capitalismo de Estado, por la ruta de un socialismo criollo o por una combinación de todas las opciones mencionadas, América Latina necesita unirse para no degradarse. No es el progreso del capitalismo, como lo fue en Europa o Estados unidos el que exige hoy la unidad de nuestros Estados, sino la crisis profunda y el agotamiento de la condición semi-colonial que padecemos.

La guerra de las Malvinas, en el cuadro de esta lenta decadencia, ha irrumpido y vuelto a plantear todo de nuevo y aquella figura retorizada, abrumada en el bronce, venerada en la rutina escolar inmovilizada y divinizada, es decir Simón Bolívar, ha cobrado vida en el Atlántico Sur. Vuelve a montar a caballo. Toda la América Latina ha recobrado la memoria histórica perdida. Ahora se entiende al fin el significado de voces olvidadas y precursoras: Torres Caicedo, Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Haya de La Torre. Y se podrá comprender que ni el nacionalismo, ni la democracia, ni el socialismo poseen el menor significado en América Latina, si no se reencarnan en un programa general de Revolución Nacional Unificadora de La Patria Grande. La guerra de Malvinas, con el fulgor del relámpago, enseñó a los latinoamericanos que realmente tienen una patria común.
Martes, 11 de Octubre de 2005 22:20 ;?> No hay comentarios. Comentar.

16/06/2005


16 DE JUNIO DE 1955

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LA OLIGARQUÍA CONTRA EL PUEBLO

JORGE ABELARDO RAMOS NARRA LA MASACRE.
EN ELLA SE ANUNCIA LA OSCURA NOCHE QUE PRONTO ENVOLVERÁ A LOS ARGENTINOS.
FUE EL PRELUDIO DE LA “REVOLUCIÓN LIBERTADORA”, QUE DEVOLVIÓ AL PODER A LOS AGENTES Y PERSONEROS DE LA ANTIPATRIA, DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS SEUDO-DEMOCRÁTICOS Y DE LAS EMBAJADAS IMPERIALISTAS



Causa Popular - 15 de junio de 2005

“La atmósfera social es irrespirable. Se ha llegado al límite. Monseñor Tato y Monseñor Novoa son detenidos por la policía y expulsados del país. Cuatro días más tarde, al mediodía del 16 de junio, la aviación militar debía rendir un homenaje al Libertador, sobrevolando su tumba en la Plaza de Mayo. El singular homenaje consistió en bombardear por sorpresa a la Casa de Gobierno. Pero también cayeron bombas en la Plaza de Mayo y sobre el Ministerio de Hacienda, en la avenida Paseo Colón. Fue un mediodía de horror. Perón rehusó dar a conocer las víctimas del bombardeo aéreo. Cifras extraoficiales de la época hacían ascender a 400 los muertos. Mientras bombardeaban los aviones, el Capitán de Fragata Argerich, al frente de un grupo de infantes de marina, intentaba matar al presidente en una irrupción de comando a la Casa de Gobierno. A pocos centenares de metros de la Casa Rosada, se reunían los jefes del fracasado golpe de mano. El edificio del Ministerio de Marina había sido rodeado por tropas y tanques leales al gobierno. En su interior se encontraban los Almirantes Benjamín Gargiulo, Samuel Toranzo Calderón y el propio Aníbal Olivieri, Ministro de Marina, plegado a la rebelión. Los acompañaban el nacionalista conservador Luis de Pablo Pardo, el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz, los conservadores Adolfo Vicchi, Alberto Venegas Lynch y el industrial Raúl Lamuraglia, aquel del famoso “cheque” de la UIA en 1945. Perón se había refugiado en el Ministerio de Ejército. Las Fuerzas Armadas permanecieron leales, salvo la Marina. Algunos complotados en el Ejército, como el General Bengoa y el General Aramburu, nada pudieron hacer.
El drama culminó cuando el Almirante Benjamín Gargiulo, jefe del movimiento, se suicidó en su despacho del Ministerio de Defensa. Diversos grupos católicos, organizados por Mario Amadeo y fuertemente armados, se concentraron esa mañana en la Plaza, pero el fracaso del movimiento los privó de toda posibilidad de actuar.
Por la noche, una multitud de trabajadores enfurecidos acudió a la Plaza de Mayo, devastada por la aviación militar. El espectáculo era impresionante. Decenas de vehículos particulares, ómnibus y colectivos, aparecían destruidos por las bombas en Paseo Colón e Hipólito Yrigoyen junto al Ministerio de Hacienda, entre grandes manchas de sangre. Dicho edificio conservó largos años después los impactos de las ametralladoras aéreas. El despacho del Presidente Perón y un sector de la parte central de la sede gubernativa resultaron destruidos. La ferocidad del ataque y el claro origen social que lo inspiraba quedaban a la vista.
Entre el fuego del mediodía y las llamas de la noche entablaban su duelo dos grandes bloques sociales: la oligarquía, ahora reforzada por la Iglesia, y el gobierno peronista, ya debilitado por la defección de una parte de las Fuerzas Armadas. Un estado de angustia generalizada ganó todos los estratos de la sociedad argentina. Cabe agregar que la derrota de la Marina constituía en modo alguno una victoria para Perón. El malestar profundo de un conflicto no resuelto envenenaba la vida nacional. Había que seguir adelante o depositar la esperanza en un enigmático ‘statu quo’”.

“Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” – Jorge Abelardo Ramos.
Jueves, 16 de Junio de 2005 19:57 ;?> No hay comentarios. Comentar.

21/12/2004


MIRANDA Y EL "IMPERIO COLOMBIANO"

miranda.jpgPor Jorge Abelardo Ramos (*)

A fines del siglo XVIII aparece el primer latinoamericano que habla públicamente de "Sudamérica" como un país y lucha por su independencia. Francisco de Miranda, venezolano, era oficial del Ejército español en América. Sus padres eran ricos terratenientes criollos y le compraron, como se estilaba entonces, un cargo militar. Las dificultades en su carrera y su apetito de aventuras empujaron a Miranda a una ruptura abierta con la Corona. Se transformó desde entonces en ese rostro de camafeo que la historia ha conservado: una cabeza romana y criolla, un hombre universal, un aristócrata de la independencia americana. Viajero por toda Europa, lector voraz, amigo de Wáshington, de Pitt, de Catalina la Grande, y de varias docenas de reyes, filósofos, mariscales y sabios de su época, sus aptitudes múltiples lo convierten hasta en general de la Revolución francesa, bajo el gobierno girondino.

Es Miranda el primero que plantea en Europa la emancipación política de la América española. Ofrece a Pitt sus servicios militares y franquicias comerciales a Inglaterra si ésta facilita una flota y ayuda a expulsar a los españoles. Miranda fue un característico representante de los terratenientes criollos que odiaba la dominación española, pero que no temía menos la liberación de los negros y los indios; excluía de sus planes conspirativos la participación y la liberación económica y política de las grandes masas explotadas. Pertenecía a la clase de los criollos que ayudaron a los españoles a reprimir el levantamiento de los campesinos de Tupac Amaru.

Cuando Miranda, con el apoyo de la flota inglesa desembarcó por primera vez en las costas de Venezuela, lanzó un manifiesto llamando al pueblo a levantarse contra los españoles. En ese documento no se decía una sola palabra acerca de la emancipación de los esclavos negros y de los indios, pero se indicaba, en cambio, la protección de las fuerzas marítimas británicas. Las grandes masas permanecieron indiferentes a ese llamado, que no poseía para ellas ninguna significación. La expedición de Miranda terminó en un fracaso.

Su mérito histórico será el de haber manifestado por primera vez la concepción de una nación unificada. Miranda la imaginaba como un vasto "Imperio colombiano", que se extendería desde el nacimiento del Missisipi hasta el Cabo de Hornos, gobernado por un monarca hereditario inca. Transmitió sus ideas a su más inmediato discípulo, Simón Bolívar, que habría de intentar, con las armas en la mano, llevar hasta el fin, aunque confusa y contradictoriamente, el programa que Miranda, la historia y la economía sugerían para una emancipación integral del continente.

(*) "América Latina: Un País" - Ediciones Octubre, Buenos Aires, 1949 - Páginas 48 y 49.
Martes, 21 de Diciembre de 2004 01:40 ;?> Hay 1 comentario.


IDEAS Y SISTEMAS DE LOS LIBERTADORES

simon_200.jpgPor Jorge Abelardo Ramos (*)

San Martín, Bolívar, Miranda, Rivadavia, preferían el sistema monárquico o un nuevo régimen de presidencialismo vitalicio. El general Iturbide llegó a proclamarse emperador de México, el general Santander propuso coronar a Bolívar, el general Belgrano defendió la tesis monárquica en el Congreso de Tucumán. Para todos ellos Europa (o Estados Unidos) eran la “civilización” y el “orden”, frente a las masas anárquicas americanas que se orientaban instintivamente a una modificación radical de la propiedad de la tierra y a una defensa de las industrias nacientes, semi-domésticas, formada en los modestos mercados internos. A los caudillos del latifundismo criollo les bastaba con la soberanía política formal, con la dominación y explotación de las masas indígenas y la enajenación de la política económica a las potencias “civilizadoras” europeas. Tal es la realidad inconmovible de nuestra historia.

Ni Miranda, ni Bolívar, ni San Martín, llegaron a establecer los fundamentos de un programa de unificación nacional del continente, aunque lo intuyeron, Bolívar en especial, adelantándose a la pobre realidad de su tiempo. Tropezaron también con la hostilidad (que ellos confundieron con “¡ayuda!”) de las naciones europeas, para todo intento de unificación: Inglaterra, como Estados Unidos hoy, apoyó siempre en América Latina la “soberanía” de las pequeñas repúblicas frente a las tímidas tentativas de aliarse con sus vecinas, tan débiles como ellas. Las naciones europeas aprovecharon la desarticulación latinoamericana para penetrar profundamente en su economía y en su política y subordinarla a su propia expansión mundial. Pero la incapacidad de los grandes caudillos del siglo pasado para comprender se derivaba de la base de clase en que se apoyaban.

La historia no había proporcionado a las comunidades agrarias o pastoriles y a la embrionaria industria doméstica, otra cosa que el organismo invertebrado y centrífugo, aunque en desarrollo, de los antiguos virreinatos españoles. Toda la intelectualidad era “antinacional”, como los generales y los terratenientes criollos, en el sentido de que identificaba el progreso con la existencia de minúsculos estados, instrumentados con los órganos visibles de la nación: burocracia, parlamento, ejército, aduana. Podríamos añadir su oscuro reverso: consulados extranjeros, librecambio, empréstitos, golpes de estado cíclicos. La pequeña burguesía intelectual que formó los cuadros dirigentes de esos veinte estados, entre la que se contaron muchos hombres eminentes, creyó firmemente, y su credulidad ha formado una tradición intelectual, que el capitalismo extranjero era un factor de desarrollo material y espiritual para el nuevo continente.

Esta asimilación mecánica y puramente externa del proceso histórico del capitalismo, ha encontrado en la historia latinoamericana adictos, y no por casualidad, en las tendencias ideológicas más opuestas de la Argentina: el stalinismo, por ejemplo, en amable fraternidad con la historia de Mitre, López, Groussac, y de su pequeño heredero contemporáneo, Ricardo Levene.

(*) “América Latina: Un país” – Buenos Aires - Ediciones Octubre, 1949 – Páginas 62 a 64.
Martes, 21 de Diciembre de 2004 01:21 ;?> No hay comentarios. Comentar.

11/12/2004


JORGE ABELARDO RAMOS Y LA UNIÓN SUDAMERICANA

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Texto completo de la intervención del pensador cordobés Enrique Lacolla en el panel realizado el 2 de diciembre en Buenos Aires en homenaje a Jorge Abelardo Ramos y a la Unidad Sudamericana, organizado por CEDEA y Causa Popular



La unidad bajo la España parasitaria


El concepto de unidad de América latina ha estado presente en nuestra historia desde la Independencia. Era, por aquella época, la consecuencia natural de nuestra subordinación a España, que proveía a la vasta geografía iberoamericana de un relativo grado de unidad política, reforzado por la religión y por el cemento de la lengua que se hablaba en las dependencias regionales en que se dividía la América hispana: el virreinato del Río de la Plata, el reino de Chile, el virreinato del Alto Perú, la gobernación de Quito, el virreinato de Nueva Granada y el de Nueva España.

Esa vinculación a la Corona española era laxa y escondía apenas las tendencias centrífugas que recorrían a estos territorios, resultado de la existencia de núcleos de burguesía compradora situados en las ciudades portuarias y que propendían a comerciar sin someterse al monopolio español, recurriendo en ocasiones, si era necesario, al contrabando. No se distinguían, sin embargo, estos sectores, por una genuina voluntad de autonomía regional, sino que propendían a un localismo acendrado, que visualizaba la perspectiva económica que podría aparejar la independencia no como una oportunidad para proyectar un país integrado en torno a una economía autosuficiente, sino sobre todo para visualizarlo como un mercado en el cual descargar los mismos géneros con los que comerciaba; barriendo, si convenía a la ocasión, las industrias artesanales que atendían al mercado interno. La diferencia con el carácter de las colonias anglosajonas de la América del Norte no podía ser más marcada.

La responsabilidad de la misma España en este estado de cosas era enorme. Como apunta nuestro homenajeado Jorge Abelardo Ramos en su estupenda Historia de la Nación Latinoamericana, la industria española había sido arruinada o abandonada por el descubrimiento de América y la fluencia de los metales preciosos que desde allí hincharon las arcas reales, acrecentando el parasitismo de las clases ricas y acentuando la pobreza de las clases pobres. Sin industria, España no podía proveer a sus colonias de los elementos manufacturados que estas necesitaban. Pero este fenómeno, en vez de incentivar la creación de industrias en las colonias, por efecto de una rara, o no tan rara, traslación psicológica, vino a replicar en el continente americano los mismos rasgos que distinguían a los potentados españoles que monopolizaban el comercio con las colonias desde el puerto de Cádiz. Ese monopolio impedía el comercio entre las colonias entre sí y asimismo con puertos extranjeros, "pero sólo superficialmente era españolista -dice Ramos- puesto que el comercio exterior de ese monopolio estaba en mano de los proveedores europeos de España. Los monopolistas españoles tan solo remarcaban esas mercaderías y las revendían a las colonias… Los monopolistas de Cádiz eran, en realidad, un sector de la burguesía importadora de España y virtuales agentes comerciales de la industria inglesa, holandesa, francesa o italiana".

¿Debemos sorprendernos porque nuestras burguesías comerciales repitiesen esta condición y ese modelo de conducta? En la negación de la autoctonía que a lo largo del tiempo ha formulado nuestra clase dirigente, cabe rastrear quizá este volverse de espaldas al mercado interior y esa introyección de una actitud dependiente del extranjero. La mirada exógena sobre nuestra realidad reproduce en cierto modo la de aquellos ávidos comerciantes de la Península. A eso habría que añadir la herencia de aquella proclividad a la existencia suntuaria que hipnotizó por largo tiempo a los "palurdos españoles" (la definición es de Ramos) trasladados al nuevo mundo y ennoblecidos no ya por la conquista de América sino por su colonización.

En la España de la Ilustración

Pero esa era la mirada sobre América propia de la España inmóvil. La otra mirada, la de la España contagiada por los ideales de la Ilustración, la de la España popular que se manifestó en la guerra contra el invasor napoleónico, se proyectaba hacia el continente americano de forma muy distinta. Y como la primera, estuvo fuertemente enraizada entre nosotros y tuvo como parámetros a nuestras figuras señeras: San Martín y Bolívar. ¿Cuánto había de la comprensión unitaria del Imperio español en la visión unitaria de América que compartían los dos Libertadores?

Esa conciencia, que en ellos era con toda probabilidad sistemática y lúcida, también existía, a un nivel visceral, en las capas populares; pero su factibilidad a la hora de la guerra de la Independencia se vio trabada por la existencia de obstáculos que a la postre la paralizaron. El poderío económico y el secesionismo de los núcleos de la burguesía compradora -que, en el caso argentino, monopolizaba la renta del Puerto, cosa que le permitía dotarse de recursos militares y comprar voluntades-, se veían incrementados por los obstáculos geográficos de los que estaba sembrado un territorio enorme; por la exigüidad y dispersión de la población y por la inexistencia o escasa presencia de una producción manufacturera que excediese el nivel artesanal. Este conjunto de fatalidades determinó el triunfo de las tendencias centrífugas sobre las centrípetas en la América española, y decidió nuestra suerte por casi dos siglos. Pero la tendencia aglutinadora, esa oscura hermandad que vinculaba a los pueblos iberoamericanos, nunca se extinguió del todo y encontró voceros en el campo del arte y analistas en el plano de los estudios sociales, de los cuales nuestro Manuel Ugarte fue uno de los más preclaros.

La visión de Jorge Abelardo Ramos

Con el curso del tiempo, con el surgimiento de los proletariados modernos, con la progresiva abolición de las barreras naturales por obra del ferrocarril, las carreteras y el avión; con el surgimiento de los movimientos nacional populares que expresaron la voz de los sin voz, lo que Tulio Halperín Donghi ha llamado el orden neocolonial comenzó a entrar en crisis. Fue entonces cuando la reivindicación poética de la Amerindia empezó a convertirse en la reivindicación crítica de la misma. Y fue entonces cuando Jorge Abelardo Ramos ingresó a la palestra ideológica con varios libros fundamentales, en los que muchos de nosotros nos reconocimos y que proveyeron de una columna vertebral a lo que vagamente presentíamos.

El concepto de unidad latinoamericana se convierte por primera vez en un instrumento ideológico operante a través de la obra del "Colorado". Ramos no estuvo solo, desde luego; fue acompañado o anticipado por una pléyade de figuras entre las que cabe mencionar a Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós, Alberto Methol Ferré, Jorge Enea Spilimbergo y Alfredo Terzaga, entre otros, pero él fue el condensador y divulgador genial de una visión americana en la cual ingresaba la óptica interpretadora del marxismo con una fuerza que devenía de su adaptación de esa doctrina a nuestra propia circunstancia. Lejos de leer la realidad iberoamericana con anteojos europeos, como solían y suelen hacer los exponentes de todas las variantes del espectro ideológico que se obstinan, desde nuestros orígenes, en vernos con ojos ajenos, Ramos supo incorporar las categorías críticas del marxismo a partir de la experiencia de nuestra propia historia. "Lo nacional es lo universal…, visto desde aquí", dice un aforismo, que nunca será citado bastante, de Arturo Jauretche.

Una visión marxista de nuestra Historia

Esta percepción fue la que permitió a Ramos estructurar la primera visión marxista de conjunto de nuestra historia. Pero la apoyó en un talento que fue esencial al logro de su obra y que residía en sus excepcionales dotes de escritor. Ramos poseía un estilo pleno, rebosante de giros ingeniosos, estupendamente dotado para el sarcasmo cuando la ocasión lo requería; ágil y rico en un vocabulario que sabía otorgar plasticidad y consistencia a los hechos que describía. No tenía nada que envidiar, desde mi punto de vista, al acerado estilo de León Trotsky; pero no era en absoluto imitativo: brotaba de su propia mollera y de una captación sensual de la historia, que encontraba en sus dotes de narrador y en su capacidad para plasmar las ideas en conceptos fuertes, un magnífico vehículo de persuasión crítica.

Había en el Ramos escritor mucho de la facundia española y latinoamericana, ponderada por el método marxista. Pero recuerdo haberle oído manifestar una vez que, tras muchos años de reprocharse su propensión a la desmesura expresiva, había decidido no preocuparse más por esa conciencia purista que le susurraba al oído cuando escribía, y aceptar esa forma de manifestarse como la legítima emanación de su propia naturaleza iberoamericana. Aunque fue también esta aceptación de su propia naturaleza tumultuosa que lo llevó quizá a excederse a veces en su propensión a la diatriba, cosa no siempre aconsejable en un constructor político.

Todos sus libros llevan la impronta de su visión latinoamericana. Desde América latina, un país, un libro secuestrado por la comisión Visca, de infausta memoria, emanación de los aspectos más negativos del primer peronismo que tuvieron mucha gravitación en la creación de las condiciones que llevaron a su derrocamiento en 1955, a la Historia de la Nación Latinoamericana, pasando por Revolución y Contrarrevolución en la Argentina que si bien se ocupa de este pedazo de América no deja verlo inserto en una peripecia continental, la apreciación como conjunto del destino iberoamericano estuvo en el centro de su interpretación de la historia. Y digo iberoamericano no porque esta formulación se oponga a la más abarcadora de latinoamericano, sino porque en ella se sitúa también Brasil, cuya existencia reproducía muchos de los rasgos que distinguían a nuestras oligarquías dependientes y también la proyección de otra fragmentación, de otra división hasta cierto punto artificialmente inducida: la del reino de Portugal respecto del de España, favorecida por el interés británico.

La nueva realidad latinoamericana

Hoy, las divisiones y las tendencias centrífugas que fueron casi fatales en el pasado, está perdiendo su razón de ser. No sólo porque los puntos señalados más arriba –comunicaciones, demografía, infraestructuras productivas, cuyos datos conspiraron durante mucho tiempo contra la unidad latinoamericana- están revertiendo su signo y de menos pasan a más, sino porque el modelo semicolonial que ha presidido nuestro desarrollo y contra el cual estos países se han rebelado confusamente muchas veces, exhibe el agotamiento de sus posibilidades y sólo tiene para ofrecernos mercados desregulados, desindustrialización, derogación del Estado, asimetría social y pauperización generalizada.

Pero, cuanto más herida esté la bestia, más peligrosa se hace. El brutal disciplinamiento del patio trasero efectuado en los ’70 con expedientes militares, fue seguido por una oleada falsamente democratizadora que, valiéndose de la condición postraumática de nuestros pueblos, culminó la labor desintegradora y le añadió, como remate, la sanción de una legalidad ficticia.

Las naciones latinoamericanas han empezado a salir del estado catatónico provocado por la represión de "los años de plomo" y se buscan para configurar un reducto regional que permita resistir las mareas de una globalización asimétrica, regulada desde arriba. Esa búsqueda enfrenta enormes obstáculos, pero estos provienen ahora del imperialismo y de las complicidades internas con este, no de dificultades de orden objetivo. Esto representa un salto decisivo, cuantitativamente mensurable, pero que requiere de una cualidad dirigencial que seguimos echando de menos para tornarse en plenamente efectivos.

Expresiones de esta resolución las hay –por ejemplo, el rechazo en el foro de Quito de las pretensiones estadounidenses sobre la transformación de las fuerzas armadas de nuestros países en prolongaciones policiales del Pentágono, ocupadas en combatir el "narcotráfico-, y también cabe contar entre ellas el rechazo que el ex presidente Eduardo Duhalde formuló contra la arremetida del secretario de Comercio norteamericano, Robert Zoellick, efectuó contra el Mercosur. Pero sigue faltando la vertebración político-ideológica que transforme estas tendencias en una corriente sostenida.

En este contexto, la obra de Ramos respira nuevamente y se transforma, en realidad, en un recurso necesario para volver a acercarnos a la raíz de la problemática latinoamericana. Más allá de la sorprendente inflexión que tuvo su trayectoria al final de su vida -que no se puede disimular ni negar-, los aportes que efectuó a la comprensión viva de nuestra historia son definitivos. Revolución y contra y la Historia de la nación latinoamericana son hitos insoslayables que han de sostener la lucha de las generaciones actuales y futuras, proveyéndolas de un instrumento interpretador de las claves de nuestro pasado y, por consiguiente, de nuestro futuro. Pues, como afirmara Hernández Arregui, la historia fue la política de ayer, así como la política de hoy será la historia de mañana."
Sábado, 11 de Diciembre de 2004 17:32 ;?> No hay comentarios. Comentar.

25/11/2004


LA FRAGMENTACIÓN DE AMÉRICA LATINA

JAR.gifPor Jorge Abelardo Ramos

En realidad, la política del librecambismo, sin mencionar la formación de una ideología “democrática” semi-colonial que implicó, aniquiló toda posibilidad de industrias regionales, en la medida que podían significar un peligro de competencia en sus similares extranjeras. Así quedó subordinado el destino histórico del continente latinoamericano al capitalismo europeo en su etapa preimperialista. Y fue justamente esta subordinación la que permitió a las naciones adelantadas obtener la capitalización suficiente para facilitar al régimen capitalista su proceso hacia el imperialismo. Redondeando el ciclo, la etapa imperialista remachó las cadenas del continente semicolonial. Aumentó su dependencia del mercado europeo, transformándolo en proveedor de materias primas y en comprador de productos industriales.

La tradición ideológica de la revolución francesa, fundamental y fecunda para la lucha contra el feudalismo europeo antihistórico, resultó funesta para la evolución latinoamericana, pues fue uno de los factores paradojales que le impidió realizar en suelo americano una revolución semejante; bajo la máscara del liberalismo político, se introdujo el liberalismo económico, dos caras de una moneda colonial que iba a circular como símbolo de nuestro atraso histórico. En esta contradicción fundamental radica el fraude elaborado por un siglo y medio de crónica oligárquica.

Los fundamentos materiales de la unificación no estaban al alcance de los precursores. Apenas disponían de la limitada realidad aludida en el aforismo de Sarmiento: “Las ideas de los pueblos están escritas en el suelo que habitan”, aforismo no menos limitado, pero ideal para deducir de las llanuras de Venezuela y Argentina un destino de países ganaderos –y el mito de la barbarie llanera o gaucha-. Bolívar y San Martín, y los que siguieron, no tenían otra cosa que el suelo, inmenso, despoblado, inculto. Representantes de una clase dominante, ligada primero por la geografía y luego por la historia a los litorales extra-nacionales, era la suya una sociedad de transición surgida en el siglo de los grandes estados, y, peor aún, en el siglo engendrador de los grandes imperios del capital financiero. América Latina pagaba con la entrega de su economía el tributo de haber sido descubierta y colonizada por España en el período de su “putrefacción lenta e ingloriosa”.

Ese es, en grandes líneas, el itinerario de la desintegración de los viejos Virreinatos americanos. A pesar de que recién en el período iniciado con la guerra de Cuba (1898-1914), puede situarse la aparición histórica del imperialismo, a mediados del siglo XIX las grandes potencias daban los primeros pasos para consolidar políticamente sus conquistas coloniales. Es de fundamental importancia indicar que, según Lenín, antes del surgimiento formal del imperialismo, ya existían en Inglaterra dos de sus grandes elementos distintivos: inmensas posesiones coloniales y situación monopolista en el mercado mundial. El continente latinoamericano era un bocado apetitoso y de su fragilidad política dependería que el régimen de inversiones que sucedió al régimen de saqueo, tuviera abierto el camino, favorable la legislación, reducidos los impuestos, abiertas las aduanas. Convenientes eran también gobiernos amigos, pero poco fuertes. La política de división en las colonias emancipadas fue la norma número uno del capitalismo europeo. Es por ese motivo que la diplomacia británica, desde los comienzos de la existencia política “independiente”, ejerciese un importante rol en América Latina. Las palabras del Ministro Canning definían en 1825 la política británica: “Los hechos están ejecutados, la cuña lanzada. Hispano América es libre y si nosotros llevamos bien nuestros asuntos ella será inglesa”. En cuanto a los resultados prácticos de esa política, el Imperio inglés no pudo quejarse de sus ministros.

Los ganaderos y terratenientes argentinos, agentes de esa política inglesa, gobernaron la Argentina desde la caída de Rosas. Ellos designaron con el nombre de Jorge Canning una calle de Buenos Aires.

En algunos casos, la diplomacia europea promovió y financió directamente la guerra de independencia de España; en otros, apoyó a los terratenientes criollos que iniciaron el movimiento. En los casos restantes, se vio reducida a esperar y “observar”. Los desinteresados viajeros ingleses que animaron la literatura de costumbres con sus detallados relatos, no deben haber escrito solamente esas crónicas en sus instructivos viajes. Los archivos del Ministerio de Colonias de Su Majestad Británica podrían revelar quizás que esos viajeros cultivaron otro género de “reports”, además de la literatura descriptiva. Pero esta es una conjetura estética. Lo indudable es que la abierta aparición del capitalismo europeo en el continente latinoamericano (en 1823 Inglaterra abre consulados en todos los “países” y Baring Brothers realiza el primer empréstito en 1824), coincide simétricamente con la pérdida efectiva de la autodeterminación nacional de América Latina. En el período mundial en que se organizaban las naciones, era quebrantada la unidad política del continente hispánico. La verdadera colonia comenzaba.
Jueves, 25 de Noviembre de 2004 20:45 ;?> No hay comentarios. Comentar.

24/10/2004


LA INTELIGENCIA SEMI-COLONIAL

JAR.gifPor Jorge Abelardo Ramos (*)

(*) De su libro “La era del peronismo”, Ediciones del Mar Dulce, 10° edición, Buenos Aires, Junio de 1982 – Páginas 188 a 190.

Los intelectuales argentinos, una parte de ellos ¿rechazan su país? Vale la pena indagar el asunto.

Si Rabindranath Tagore, en la India de Gandhi, hubiera adoptado la ciudadanía inglesa mientras el pueblo hindú era azotado y expoliado por Gran Bretaña, el hecho hubiera ocasionado un escándalo. Pero la circunstancia de que Julio Cortázar –ex gerente de Editorial “Sur”, y habilidoso urdidor de cuentos leves y “puzzles” literarios- adoptara la nacionalidad francesa, no impresionó a nadie en la Argentina semi-colonial y “europea”. Al contrario, cuando el mismo Cortázar, que había manifestado una altanera indiferencia o, en el mejor de los casos, escasas simpatías hacia el peronismo, se declaró bruscamente partidario de la Revolución Cubana, despertó una acusada admiración entre sus lectores, que integran la misma clase a la que pertenece Cortázar (la clase media, más o menos mejorada por una mano de cultura). En Francia, Cortázar, como ciudadano francés, observa buena conducta hacia De Gaulle. Solo se manifestaba contra la dictadura de Onganía en Argentina y a favor de Fidel Castro en La Habana. El primero se encontraba, por lo menos, a unos 12.000 kilómetros de París; y el segundo, a unos 6.000 kilómetros. El cultivo de esta prudente ideología geográfica ha deparado muchas satisfacciones a Cortázar. La tranquilidad no es la menor de ellas. Todo era distante en Cortázar, menos su condición de francés, que le imponía buenos modales. En la Polonia martirizada y humillada por el zarismo ruso del siglo XIX, los poetas cantaban a su pobre patria. Aquí en la Argentina, el más notable de todos, Borges, se burla de la noción misma de patria: acaso, dice, ¿debemos repetir como algunos antiguos el absurdo de que la luna de Corinto sea más bella que la luna de Atenas? Y aboga por la extinción de las fronteras.

La Argentina, a diferencia de las colonias de corte clásico, que sufren la dominación extranjera directa (como en el caso de Argelia, la India o Angola) es una semicolonia en cuyo suelo habita un desdoblamiento de una parte de la sociedad española y europea mestizada con los criollos originarios. Hablamos y escribimos en lengua europea. La religión dominante es el catolicismo de Roma. El núcleo criollo de la Argentina, y la constitución multiétnica de su población es, pues, muy diferente a las colonias antedichas, en cuyo territorio se oponen dos religiones, dos lenguas, dos culturas, dos estilos de vida y de hábitos. La formación de la conciencia nacional es más simple y directa en la colonia africana o asiática que en la semi-colonia latinoamericana, impregnada de ideas, lenguas, costumbres y hasta intereses de clases internas articuladas a las grandes metrópolis. Las dificultades del proceso de autoconciencia crítica de su identidad nacional y cultural surgen para los argentinos –y para los intelectuales en particular- de ese hecho.

No es posible olvidar en este análisis que una parte considerable de las clases medias urbanas (y portuarias) de la Argentina habían sido destinatarias específicas de los beneficios proporcionados por la estrecha asociación entre el Litoral cultivable y la economía europea. El “europeismo” y el librecambismo de esas capas de las clases medias no eran flores del aire. Todos los patrones culturales de Europa eran absorbidos a bocanadas, como aire fresco renovador, por incontables generaciones del mandarinato. Según las épocas y modas, la “inteligencia” había literalmente renovado el positivismo, el simbolismo, el evolucionismo, el ultraismo, el socialismo y el comunismo, la arquitectura de Gropius y Le Corbusier, la literatura proletaria de la escuela de Lunatcharsky y el arte abstracto de Mondrian, la música de Stravinsky. Toneladas de Anatole France y Romaní Rolland, Huxley y Eliot, Milosc o Sartre, sin olvidar a Monnier, Marx, Russell y (hablando lúgubremente) Giovanni Gentile y Stalin. Más cerca aún, Althousser y Gramsci. ¿Para qué serviría a la fastuosa colonia rioplatense esa tienda de “bric a brac” teórica, esa ropavejería de las culturas clásicas o revolucionarias, sino para trabar, por ausencia de elaboración interior, el crecimiento de una visión singular de la Argentina, nacida y acariciada en el latido del subsuelo, formada en el aire, sabor y perfil del cielo hispanocriollo, sustancia única que no puede encontrarse fuera de aquí en el ancho universo? No había servido para nada.

Y no había servido para nada porque cuando la historia, con su vozarrón, se ponía en movimiento, todo ese equipaje europeo era demasiado pesado para comprender como argentinos lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos. De un solo trazo los acontecimientos desnudaban la imagen del pueblo real, del pueblo de aquí. Y los intelectuales de izquierda manifestaban el mismo desagrado visceral que los intelectuales de derecha ante aquello que presenciaban. Es que el “pueblo-Nación” del que hablaba Gramsci (se decían en voz baja, como en secreto) no era éste, que tenía olor a sudor y era procaz en sus grandes días, sino aquél otro, el amado pueblo de los libros, esa multitud abstracta de las bibliotecas y de los cafés humosos, dócil multitud que podría ser adecuadamente ilustrada en un falansterio situado en el futuro.

Los ejemplos de ese desinterés esencial por lo propio son innumerables. La inteligencia argentina (que se reclutaba entre algunos pocos hijos de la oligarquía y la tropa de la ambiciosa clase media) desconocía todo lo importante y acogía con pasión aquello que no merecía ni una mirada. En 1944 había pasado como una sombra melancólica por Buenos Aires el impar venezolano Rufino Blanco Bombona, ante la indiferencia general. Era una de las pocas voces de América Latina. Había sido amigo de Manuel Ugarte y de Unamuno. Su vida de conspirador, prisionero, gobernador en América y España duelista y polemista era más extraordinaria que la más intensa de las novelas. Hombre de carne y hueso, lleno de vitalidad, brillo e ironía, conocía la historia argentina y sus supercherías mejor que la mayor parte de los argentinos. Esto no se perdonaba. Sus memorias y ensayos son de los pocos libros que pueden leerse con placer después de ochenta años de haber sido escritos. (Confesemos que esto es muy raro en América Latina, donde con frecuencia no vale la pena leer hasta libros que aún chorrean tinta fresca). Blanco Bombona vagó por las calles de la gran ciudad totalmente solo. Murió un día de 1944 y en la comisaría donde yacía su cadáver nadie sabía cómo identificarlo.

Había vivido sus últimos días en el City Hotel. La SADE (Sociedad Argentina de Escritores) opuso reparos para velarlo en su sede. ¡Y pensar que era la única actividad a la que se consagraba! “La Nación” omitió su muerte, como había ignorado su vida. ¡Qué poderoso es el silencio de esos diarios que ahogan la verdad en el océano de sus avisos de rematadores! “Crítica”, espuma del chantaje, lo difama. Justo homenaje de los coloniales al gran bolivariano. Blanco Bombona ya los había retratado:

“Nadie deseaba la originalidad, sino la imitación: continuar a Europa, simularla, simiarla. El mono es animal del Nuevo Mundo. Haremos con la cultura lo que hizo con la navaja el orangután que vio afeitarse a un hombre: nos degollaremos”. (1)

(1) Rufino Blanco Fombona, “Camino de imperfección”, Ed. América, Madrid, 1932.
Domingo, 24 de Octubre de 2004 03:05 ;?> No hay comentarios. Comentar.

07/10/2004


JORGE ABELARDO RAMOS

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”Para llamar a los leones calvos,
de una vez y para siempre, pumas"



Por Julio Fernández Baraibar
Buenos Aires, 3 de octubre de 2004

A poco más de una semana de publicado, acabo de leer la abyecta deposición que un renegado político -al que por alguna misteriosa razón académica se lo ha ungido con los perfumados óleos de la sabiduría social- ha escrito sobre Jorge Abelardo Ramos, como presunto homenaje a los diez años de su desaparición física. Me refiero al deshilachado artículo -y nunca mejor usada la palabra en su etimología originaria de arte pequeño, cautela, maña, astucia- aparecido en el suplemento "Ñ" del Clarín, bajo el título "Abelardo Ramos: sarcasmo y revolución", firmado por el señor Horacio González.

Las miserables y mezquinas palabras del miserable y mezquino escriba, que hoy convive con los espectros de Paul Groussac y Jorge Luis Borges -mas no con sus talentos- en los sótanos de la Biblioteca Nacional, en el mismo solar donde Juan Domingo Perón y Eva Duarte desarrollaran el idilio más trascendental del siglo XX argentino, hablan más del retratista que del retratado, más de su esterilidad intelectual, de su envidia mediocre por el talento ajeno, de su pusilánime admiración por el mandarinato intelectual oligárquico, de su vacío formalismo, de su derrotada visión del mundo, que de la figura cuyo pensamiento profético pretende escamotear bajo un torrente de "sonido y furia, como el discurso de un idiota".

Jorge Abelardo Ramos perteneció a una muy criolla tradición de pensadores que eran a la vez políticos y escritores y que la medianía de la "democracia colonial" -para utilizar un concepto acuñado por el propio Ramos- y sus corifeos consideran, erróneamente, anacrónica y agotada. Como no puede sino reconocer el casi bibliotecario González, sus dos libros fundamentales "Revolución y contrarrevolución en la Argentina" e "Historia de la Nación Latinoamericana" fueron devorados por los jóvenes de la generación a la que él mismo pertenece, convirtiéndose sus tesis históricas y políticas fundamentales, en las décadas posteriores, casi en un lugar común del pensamiento político argentino.

Posiblemente, el primer tomo de su "Revolución y Contrarrevolución.", llamado "Las Masas y las Lanzas" esté llamado a ser un clásico de la literatura argentina, a la altura literaria del "Facundo" de Sarmiento, "Una excursión a los indios ranqueles" de Mansilla o "Grandes y Pequeños Hombres del Plata" de Alberdi. Es que todo lo que Ramos ha escrito, desde sus artículos periodísticos, que son miles, hasta sus trabajos de más largo aliento, están escritos con la misma pasión fundacional, con el mismo deseo de construir una Patria a la altura de sus compatriotas y de sus sueños.

Si según ha dicho Marx de su relación con Hegel es haberlo puesto patas para arriba, la misma tarea se puso Ramos frente a la herencia intelectual de Carlos Marx. Donde el adocenamiento marxista de la época -con sus socialistas, comunistas y trotskistas- veía atraso, Ramos veía el verdadero y sólido camino al progreso histórico. Donde aquellos, haciendo abuso de sus categorías, veían barbarie, Ramos veía el fundamento de una civilización real y sustentable. Donde la subordinación al pensamiento dominante veía una ruptura con la negra herencia hispánica, Ramos veía la continuidad con las aspiraciones revolucionarias peninsulares. Donde la admiración de siervos a Gran Bretaña veía el peso de la tradición católica y española, Ramos veía la formidable capacidad de cohesión que la religión y la lengua tenían para enfrentar al imperialismo inglés y protestante. Donde la ceguera eurocentrista veía naciones, Ramos veía fragmentos desarticulados de una inmensa nación a construir.

Para llevar adelante esta ciclópea tarea debió combatir encarnizadamente el aislamiento y desprecio que el establishment político e ideológico de la Argentina colonial impuso a su herejía, desprecio del cual el asmático libelo de González es un edulcorado y tardío ejemplo, Ramos debió apelar a su formidable pluma, a su singular talento y a su inagotable capacidad polémica.

Eran épocas de una insoportable soledad. Sostener al régimen instaurado con la movilización obrera y popular del 17 de Octubre y a su conductor, el general Juan Domingo Perón, desde la tradición de la Comuna de París de 1871, la Revolución Rusa de 1917, la Oposición de Izquierda a la dictadura burocrática de José Stalin y la rebelión de Cataluña en 1935 era colocarse en una situación en la que el pensamiento políticamente correcto de la época podía ver un síntoma de insanía o de colaboración con la policía. Ver en Perón a un jefe bonapartista -rescatando una categoría que sólo aparece en la correspondencia Marx-Engels- en lugar de un demagógico dictador fascista, nazi o "nipo-nazi-falanjo-peronista" como macarrónicamente trató de definirlo Victorio Codovila, requería entrar al debate pateando puertas, llevándose por delante, sin falsos respetos, la totalidad de la estructura dominante de pensamiento, lanzarse a un combate en todos los frentes y contra todos los enemigos, simultáneamente. Sólo un cerebro privilegiado, una voluntad de acero y un enorme talento posibilitaban entrar al ruedo, y, por supuesto, no garantizaban la victoria. Esta sólo sería el resultado de que las ideas se convirtiesen en fuerza material encarnando políticamente en las nuevas generaciones de trabajadores, peones de campo, estudiantes, militares, profesionales y maestros.

Y esa fue la tarea sobre la que volcó toda su actividad intelectual y literaria. Sus trabajos, con toda la erudición de que hacen gala, con el enorme aparato crítico con que están sostenidos, con el novedoso y antidogmático uso de las categorías e interpretaciones marxistas, no fueron escritos para la esterilidad de la academia o la obtención de subsidios universitarios. Fueron escritos como herramienta de una vasta y compleja actividad política que significaba generar los cuadros militantes necesarios para la constitución de un amplio movimiento popular que, con sus propias banderas socialistas, aportase a la causa común de la liberación nacional o la acaudillase, si caían las banderas iniciales.

La unidad latinoamericana, la reconstrucción de la Patria Grande fue el otro objetivo central de su vida y su actividad intelectual. También en esto fue un profeta. Mucho ha tenido que sufrir nuestra Patria, mucho ha debido perder de su vieja e inmotivada soberbia que se expresaba en aquel "Dios es argentino" que ha desaparecido afortunadamente de los lugares comunes nacionales, para que la idea y el sentimiento de pertenencia a la mancomunidad latinoamericana, a la herencia hispánica en el Nuevo Mundo, se haya convertido, por fin, en punto de partida para un nuevo renacimiento.

En 1950, la idea de que formábamos parte de una unidad inconclusa con Ecuador o con Paraguay podía ser considerado un delirio obsesivo. El conjunto de las fuerzas políticas, a excepción de Perón y un grupo de allegados, entendían el sistema de relaciones entre nuestros países del continente del mismo modo que el que se establecía entre el Reino Unido, Alemania, Francia, Bélgica y los Países Bajos, entre nacionalidades distintas, entre estados definitivamente constituidos y cuyas fronteras eran producto de siglos de guerras y diplomacia. Tan sólo Juan Domingo Perón, desde la cúspide del estado argentino -y sin ser muy comprendido por sus propios seguidores- y Jorge Abelardo Ramos, un joven de 30 años, sin títulos universitarios, sin prestigio académico y sin cuenta corriente bancaria, sostenían con firmeza y convicción el objetivo estratégico de la unificación de nuestras pequeñas patrias. Su afirmación "Fuimos argentinos, porque fracasamos en ser latinoamericanos" puso en negro sobre blanco el drama de nuestra fragmentación y el norte de nuestra historia.

A lo largo de cincuenta años formó a miles de compatriotas en este pensamiento. Recorrió varias veces el país, a lo largo y a lo ancho. Explicó su punto de vista millones de veces en conferencias universitarias, en reuniones de militantes, en charlas personales -su magnetismo personal era irresistible- en artículos en la prensa partidaria, en notas de la prensa comercial -en una época en que ya no era posible silenciarlo-, en folletos y en libros. Pocos hombres han influido como él en el pensamiento de sus contemporáneos. Sería sorprendente saber la cantidad de diputados, senadores, gobernadores, ministros y funcionarios de la actualidad que han abrevado en sus obras o lo han acompañado en parte del camino.

Su última gran batalla fue la Guerra de Malvinas. Dice el poeta romano Horacio que "Dulce y honroso es morir por la Patria: / la muerte persigue al hombre que huye / y no perdona de una juventud cobarde / ni las rodillas ni la temerosa espalda". Dice Horacio González, el degradado intelectual colonizado: "imaginó que la Guerra de Malvinas era 'un nuevo Ayacucho'. Estaba construyendo así el lenguaje que lo convertiría en un alma en pena, expulsada de nuestra actualidad". Y al decirlo, ratifica y hace cada vez más cierto el desprecio que producía en Ramos la fatuidad vacía y la cobardía moral del pensamiento oficial de la Argentina semicolonial.

Ramos vio en la Guerra de Malvinas lo que vio el conjunto del pueblo argentino, sin necesidad de frecuentar a Horacio, y desconociendo la certeza de este otro Horacio González: la inesperada posibilidad de romper militarmente con el bloque imperialista anglo norteamericano y arrancar a las Fuerzas Armadas argentinas de su sujeción ideológica a éste, reintroduciendo en ellas el viejo espíritu sanmartiniano, el de los ejércitos de la Independencia. Ignoro si esto ayudó a expulsarlo de la actualidad de González. Lo que sí es cierto es que el nombre de Jorge Abelardo Ramos y sus libros entraron en los casinos de oficiales, su convincente palabra pudo alternar con jóvenes oficiales que por primera vez enfrentaban con las armas -y quizás sin tener mucha conciencia de ello- al enemigo histórico de los argentinos. Y si la influencia del imperialismo impidió que esas ideas y esa política pudiesen influir en las jóvenes generaciones militares de la década del 60 como influyeron en jóvenes trabajadores y estudiantes, el enfrentamiento bélico con el imperialismo las hizo entrar en las discusiones militares posteriores a Malvinas.

En más de cincuenta años de una intensa vida política, Jorge Abelardo Ramos tuvo cinco años de extrema defección, convirtiéndose, como se ha señalado hasta el hartazgo, en defensor del menemismo, llegando a disolver su partido e ingresándolo al PJ presidido por Menem. Enanos mediocres de cuya cabeza jamás ha salido una idea, politicastros sin principios, ganapanes académicos han pretendido aprovecharse de esta triste y humana defección para intentar ensombrecer una personalidad, una acción y una obra que, antes de ese final, vituperaron, silenciaron y calumniaron.

Jorge Abelardo Ramos, su genial obra literaria, su juvenil impulso revolucionario y sus magistrales aportes a la causa argentina y latinoamericana, no han muerto para quienes hemos sido formados por su enseñanza, ni la importancia estratégica de su pensamiento se opaca en el recodo final de su vida. La causa de la liberación nacional y la unidad latinoamericana, la lucha por una sociedad libre y justa, nos obligan, no a recuperar, pues nunca lo perdimos, sino a profundizar, actualizar y poner en marcha el poderoso sistema de ideas políticas que constituyen su más grande legado.

En las últimas palabras de su magnífica conferencia en Rimini, Italia, se condensa este emocionante mandato para nuestra generación y las que nos sobrevendrán:

"Pero una gran época define su carácter por el tamaño de las empresas que son capaces de concebir sus contemporáneos. Hemos brindado tolerancia -impuesta o inducida- durante cuatro siglos. Ahora necesitamos cincuenta o cien años de conflicto. Conflicto político, cultural, económico, para unir a la gran Patria disgregada. Después podremos ofrecer al mundo, de igual a igual, milenios de tolerancia. Con la realización de ese magno objetivo, transformaremos una historia pasiva en historia creadora. La utopía se trocara en acto. Y llamaremos pumas, soberbios pumas, a los leones calvos de la leyenda europea".

A esta tarea estamos llamados todos, según nuestra experiencia y de acuerdo a nuestras convicciones.
Jueves, 07 de Octubre de 2004 22:33 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LA IMPORTANCIA POLÍTICA DE LA HISTORIA

JAR.gifPor Jorge Abelardo Ramos (*)

Es un fenómeno reciente en el país la comprensión de la importancia política de la historia. El carácter semicolonial de la Argentina y de América Latina no podía manifestarse tan sólo en la esfera de su economía, pues el imperialismo extranjero, al modelar a la sociedad colonial, deformó asimismo su cultura y su historia, “maestra de la vida”. No cabía esperar otra cosa, si bien se mira, pues la dominación imperialista en un país semicolonial, (donde no pernoctan las tropas extranjeras), se habría vuelto imposible sin cierto grado de conformidad ideológica con la situación existente, que sólo una concepción interesada de la historia, la literatura y la sociedad puede lograr. Este es el rasgo fundamental que diferencia a una colonia de un país semicolonial o dependiente y por el cual un partido revolucionario libra su combate en dos frentes simultáneos: el de la política y el de la cultura nacional, incluida la reelaboración de una nueva historia.

La juventud histórica del país determina que los problemas del pasado y las valoraciones de las clases y sus héroes de ayer se combinen y se empleen en las luchas políticas del presente. Esta participación de las generaciones muertas en las luchas de las generaciones vivas obedece al incumplimiento de las tareas clásicas de la revolución democrática; en nuestro caso, el de la Unidad Latinoamericana y la creación del Estado Nacional. A la balcanización consolidada por el imperialismo, sucedió la justificación teórica del provincialismo “nacional” en la historia escrita. Y a la derrota de las fuerzas nacionales en cada “provincia” latinoamericana se agregó su lapidación literaria, que se prolonga hasta nuestros días a pesar del desarrollo capitalista nativo y del desplazamiento de las clases oligárquicas del antiguo predominio absoluto del poder. Tal es el caso de la Argentina, donde la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial han perdido el control exclusivo del poder sin que la burguesía industrial haya podido a su vez obtenerlo por entero.

Llegada demasiado tarde a la escena, la burguesía nacional quizás ya no lo logre jamás, mientras que, por el contrario, la oligarquía cuenta todavía con el viejo dispositivo cultural e ideológico creado a lo largo de su prolongada dominación. Es así que la lucha por la emancipación política y económica del país y del continente, a la clase obrera y a su partido le corresponden no sólo la primogenitura en la revolución nacional, sino también el primer puesto en la lucha crítica contra la vieja historia falsificada y su constelación de mitos. Esta búsqueda de una historia verídica y científica no está espoleada por ningún afán académico extraño a la política revolucionaria, sino que dimana de las necesidades de la revolución misma. Todos los partidos y las clases actuantes en la Argentina invocan sistemáticamente a la historia, cuyos prototipos, ideas o símbolos intervienen en las luchas contemporáneas, lo que revela la vitalidad actual de los intereses que encarnan.

Si la formación del radicalismo está vinculada con la crisis del roquismo, del mismo modo que la aparición del partido conservador, ¿acaso el surgimiento del Partido Socialista primero y del Partido Comunista más tarde, no se vinculan con un proletariado europeo, desvinculado orgánicamente de la historia argentina? Es así que por primera vez y como fruto de la penetración imperialista, una nueva clase social argentina crea partidos que no pueden filiarse en las tradiciones nacionales sino en las tradiciones extranjeras. Esta fisura no será salvada nunca por los partidos “obreros”, ni el “marxismo” proclamado en sus declaraciones servirá para inteligir las leyes del proceso histórico argentino. Muy por el contrario, tanto el Partido Socialista como en Partido Comunista aceptarán las ideas históricas que la oligarquía terrateniente impuso al país como credo oficial. Semejante impostura sólo puede explicarse en virtud de la quiebra de la tradición oral. Viva aún en los partidos argentinos a pesar de los manuales escolares, será inexistente para los artesanos europeos de la clase trabajadora que formarán los partidos obreros y que ajenos al tejido vital de la sociedad que venían a integrar, sólo pudieron conocerla por sus textos.

El nacionalismo liberal de Roca, fundado en la Argentina precapitalista del Interior y en los soldados del Desierto, se extingue sin que el yrigoyenismo semiliberal, semiclerical, sea capaz de engendrar una historia nacional veraz. En suma, la burguesía nacional, muy débil todavía, aunque toma el poder varias veces, es totalmente incapaz de sustituir en la enseñanza y en el “aparato” de la cultura general, una concepción histórica diferente a la sostenida por la burguesía comercial mitrista que será la que realmente impondrá sus normas de valor. A los artesanos europeos de los partidos obreros, a sus hijos y a sus nietos, se les enseñará la historia que todos conocemos, y sus partidos asimilarán las categorías de la “civilización y la barbarie”, modernizándolas con los vocablos recién importados: capitalismo y feudalismo. Por su propia condición de partidos europeos en América, el esquema despectivo de la oligarquía portuaria será admitido integralmente por los comunistas y socialistas, que antes ni después sabrán aplicar el pensamiento nacional de Lenin a la política argentina ni a su historia.

Al mismo tiempo que el stalinismo introducía en la política argentina las fórmulas abstractas del marxismo europeo, sometidas a las ya mencionadas variaciones “tácticas” de la burocracia soviética, se adaptaba al sistema de ideas históricas creado por la oligarquía mitrista, cuyo carácter extranjerizante satisfacía la visión extra nacional del stalinismo. El Partido Comunista incorporará a su ideología oficial la historia oligárquica, sin encontrar resistencia en sus filas, precisamente porque esa historia era anticriolla y proeuropea. Los europeos, europeizantes, cosmopolitas, o pequeños burgueses del stalinismo se sentirán interpretados en la condenación mitrista de las montoneras, de los caudillos, de Solano López y la guerra del Paraguay, de Rosas como de Roca. Esa identificación en la historia equivalía a la coincidencia política de la oligarquía con el stalinismo en las horas decisivas de la política contemporánea, cuando los nietos de los montoneros, trocados en obreros industriales, bajaron de las provincias bárbaras como otrora las peonadas yrigoyenistas, para protagonizar el 17 de Octubre de 1945. La misma burguesía comercial del Puerto que enviara los Ejércitos de línea contra las provincias federales, prolongará su influencia y sus intereses en la burguesía comercial, financiera y terrateniente del siglo XX, dotada de Universidad y de prensa, de partidos y de “instituciones”. A su izquierda tendrá también sus unitarios, que serán los “unitarios” stalinistas, permanentes partidarios de la “unidad”, aunque sea a palos, como querían los rivadavianos siempre que los palos fueran contra el pueblo.

Pacifistas en la época de la revolución mundial, partidarios de la representación proporcional contra los partidos de masas, unitarios y liberales a fuer de cosmopolitas, sostenedores de la intervención militar extranjera contra su propio país, ayer en la Vuelta de Obligado como luego en la Vuelta de 1945, alvearistas en lugar de yrigoyenistas, antirroquistas y antirrosistas, rivadavianos y adversarios de los caudillos, antirreformistas cuando la Reforma del 18 tenía un sentido latinoamericano y reformistas cuando la Reforma se vuelve cipaya, stalinistas en lugar de marxistas, he aquí la figura y contrafigura del Partido Comunista en la política argentina.

(*) De su libro “Breve historia de las izquierdas en la Argentina”, Tomo II – Editorial Claridad, Buenos Aires, 1990. Capítulo XIV – “La historia argentina y el stalinismo”, páginas 175 a 180.
Jueves, 07 de Octubre de 2004 17:22 ;?> No hay comentarios. Comentar.

29/09/2004


JORGE ABELARDO RAMOS (II)

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UN PIONERO REBELDE, INFLUYENTE Y VISIONARIO



Por Ernesto Laclau (*)

Publicado en diario Clarín de Buenos Aires, Suplemento “Ñ”, edición del sábado 25 de septiembre de 2004.

A diez años de la muerte de Jorge Abelardo Ramos, es tiempo de evocar la significación de su obra. Puntualizo dos aspectos de su reflexión. El primero se vincula a la trayectoria del socialismo internacional en el siglo XX; el segundo al modo en que Ramos reflejó esa trayectoria en su interpretación de los procesos políticos argentinos.

El marco teórico-político de referencia de Ramos es la tradición leninista y hay un aspecto de esa tradición que fue para él decisivo: la consideración de los fenómenos del desarrollo desigual y combinado y el modo en que ella se reflejó en la crítica al socialismo "etapista" de la Segunda Internacional. De acuerdo a este último, el epicentro de la transformación político-social en los países en vías de desarrollo era la revolución democrático-burguesa contra el feudalismo y sus versiones adláteres. En la Argentina, el socialismo de Juan B. Justo era la expresión acabada de esta visión evolucionista. El leninismo había roto con esta visión gradualista. ¿Qué ocurría si la burguesía era demasiado débil para llevar a cabo su propia revolución democrática? La idea trotskysta de una "revolución permanente" era la expresión más acabada de esta lectura: la revolución democrática debía iniciarse bajo banderas burguesas, pero sólo podía consolidarse bajo un liderazgo socialista.

Este fue el punto de partida de Ramos, que lo llevó a una relectura profundamente original del proceso político argentino. El liberalismo político, lejos de ser en la Argentina la expresión de una burguesía en proceso de ruptura con el Antiguo Régimen, era la forma política de la dominación oligárquica. Frente a él, las formas de la revolución democrática tenían que ser necesariamente anómalas respecto a los esquemas clásicos: ellas se expresaban a través del nacionalismo militar aliado, en el caso argentino, a la fuerza de los