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19/07/2005
CHILE
EL CIERRE DE LA TRANSICIÓN INEXISTENTE
por Tomás Moulian El Mostrador - 18 de Julio del 2005
¡¡¡Terminó la transición!!! afirman a coro los voceros. ¿No había terminado ya, no una sino varias veces? Primero la acabó Tironi, por razones desconocidas y seguramente eufemísticas; más tarde terminó en otras varias oportunidades. Seguramente cuando Pinochet dejó de ser comandante del Ejército la transición volvió a acabarse, pero como luego se apoderó del asiento de senador vitalicio es probable que se haya decidido que recomenzaba. Cuando Lagos ganó la segunda vuelta estoy seguro que se proclamó que volvía a terminar. Pero la semana pasada la opinión pública fue informada que en realidad aún no había terminado, pero que ahora sí, las decisivas reformas constitucionales la eliminaban para siempre, sin posibilidad (se supone) que vocero alguno la vuelva a revivir.
Una transición que es cerrada tantas veces con algarabía pero de manera efímera, puesto que revive sin que medie ningún decreto, lo más probable es que ni siquiera haya comenzado, que todavía viva su propia prehistoria.
Hay un problema conceptual de fondo. Se ha tomado la mala costumbre intelectual de llamarle transición a cualquier cosa o, para ser más riguroso, a un acontecimiento importante pero que no marca un verdadero quiebre. En la tradición sociológica la noción de transición significaba el proceso de pasaje de un tipo de sociedad a otra. En Chile y en América Latina se ha optado por llamar transición a procesos que, por lo menos en el caso chileno, no generan cambios institucionales de fondo aunque signifiquen cambios de dirección y orientación en la cúpula del Estado. Es importante que el dictador Pinochet haya entregado el gobierno a un presidente electo y que la serie no se haya interrumpido. Pero conceptualmente no basta para identificar el comienzo de una nueva sociedad.
Lo que caracteriza al proceso chileno es justamente que los cambios de un régimen autoritario a un sistema electoral que respeta normalmente el estado de derecho se ha realizado sin que exista transición, entendida como el pasaje de una sociedad autoritaria a una sociedad democrática. Las limitaciones del proceso chileno tienen que ver con que los gobiernos viven dentro del corsé de una institucionalidad creada por el autoritarismo que impide que la democratización política y socio-económica pueda tener lugar, aun si hubiera voluntad política.
De estas reformas constitucionales puede decirse que constituyen un avance, pero que no abren la transición. Y si no la abren mucho menos la cierran. Para que la transición sea abierta se requiere el cumplimiento de dos condiciones necesarios: a) la convocatoria de una Asamblea Constituyente que permita a la sociedad chilena pensar colectivamente en una nueva Constitución creada para favorecer la democratización más profunda y no como la actual que está pensada para perpetuar el sistema neoliberal y la democracia blanda, y b) el esclarecimiento judicial de la suerte de todos los desaparecidos y asesinados por la dictadura y la sentencia de todos los culpables.
Sólo con una nueva Constitución que favorezca el surgimiento de una democracia representativa real (sin binominal y con ciudadanos activos que no transfieren su soberanía a los representantes y tienen capacidad de iniciativa o veto legal), que permita un control democrático (y no sólo estatal) del mercado, que facilite las necesarios reformas de la salud y la educación, que estimule las luchas sociales por la distribución del ingreso habremos entrado a la transición. Sólo cuando hayamos enfrentado toda la verdad en materias de derechos humanos y hayamos conseguido la certeza de que se ha obtenido la justicia habremos entrado en la transición. Entonces estaremos construyendo una democracia política y social progresiva y no reproduciendo al más salvaje de los capitalismos.
¿Cuándo terminara esa transición? La democratización de la sociedad es una tarea constante, una lucha interminable de los dominados, de los marginados por el empoderamiento, por producir espacios para una economía de necesidades, por una participación real y no ficticia. Por lo tanto, no terminará nunca, las que terminan por decreto televisivo de los voceros son los procesos de mentira.
*Tomás Moulian. Cientista político, Rector de la Universidad Arcis
Martes, 19 de Julio de 2005 23:18 ;?> No hay comentarios. Comentar.
22/07/2004
MAR PARA BOLIVIA: UNA EXIGENCIA HISTÓRICA
Foto: Tomás Moulian
por Tomás Moulian (*) www.elmostrador.cl
Existe en nuestro país una gran cantidad de temas cuyo tratamiento despierta pasiones desproporcionadas. A causa de ello son evitados por columnistas, intelectuales o políticos, puesto que el costo de abordarlos es demasiado alto. Sin embargo, el tupido velo de silencio no los resuelve ni los hace desaparecer, solo impide su discusión y dificulta su abordaje racional. Así, es marginado, de las conversaciones entre ciudadanos, un conjunto de problemas reales. Estas actitudes inquisitoriales contra quienes se atreven a tomar posiciones no convencionales sobre ciertos temas forman parte de un dispositivo de censura y amedrentamiento que opera respecto de ciertos temas culturales y de otros considerados “patrióticos”.
Uno de los asuntos que despierta reacciones viscerales es manifestarse a favor de la concesión de un acceso marítimo a Bolivia. Cuando alguien osa pronunciarse sobre el tema, se arriesga a ser acusado de vulnerar intereses nacionales y de cometer el pecado de mancillar el heroísmo de nuestros soldados caídos en combate.
En esta ocasión estas operaciones de terrorismo verbal han afectado al presidente del Partido Socialista, Gonzalo Martner. Este, en declaraciones a periodistas alemanes, se manifestó a favor de una solución de ese problema histórico, que entorpece nuestras relaciones políticas, culturales y de todo tipo con un país para el cual su reclusión es vivida como una dolorosa herida. En general, no comparto las declaraciones de este dirigente, pero en este caso ha tenido coraje cívico.
Cada vez que este tema sale a colación, la palabra Patria es pronunciada a destajo. Pero es necesario introducir alguna claridad en el uso legítimo de ese concepto. La guerra del Pacífico no tiene el mismo estatuto que la de la Independencia, en la cual estaba involucrada, efectivamente, nuestra identidad nacional.
El más sumario análisis histórico muestra que hay muchos tipos de guerras. Solo algunas afectan intereses nacionales globales y tienen el carácter de patrióticas. Es el caso de los conflictos de liberación nacional o de los conflictos que involucran concepciones civilizatorias, por ejemplo aquel que enfrentó el fascismo y la democracia. Allí puede hablarse con razón de patria o pueden utilizarse con rigor y con verosimilitud legitimaciones universales.
Pero debemos tener el coraje de reconocer que no fue ese el carácter de la guerra del Pacífico. Ella constituyó un conflicto cuyo objetivo era la expansión comercial y la salvaguardia de los intereses contingentes de algunos inversionistas. Se trata de una guerra de gran importancia para nuestro desarrollo como sociedad capitalista, pero no de un conflicto en el cual estuvieran puestos en juego nuestros intereses nacionales de carácter universal.
Ello no significa, por cierto, que los muertos en el combate de Iquique, en la batalla de la Concepción o en la toma del Morro de Arica no sean héroes. Lo son como para Inglaterra los soldados muertos en la conquista colonial de la India. Pero tienen ese carácter pese a que la causa por la que dieron la vida carecía de universalidad o, como en el caso del ejemplo inglés, se trataba de un recurso para la expansión comercial de una sociedad necesitada de materias primas y mercados para sus productos manufacturados, operación envuelta (como es obvio) en la retórica civilizatoria.
El caso de Chile solo se diferencia en los detalles, entre ellos la magnitud de los territorios involucrados. La crisis de los años setenta del siglo XIX que afectó a nuestro tradicional mercado minero y al mercado transitorio del trigo colocó al país en una situación delicada. El triunfo en la Guerra del Pacífico convirtió a Chile, de la noche a la mañana, en una importante potencia exportadora.
Por ello constituye una retórica mañosa escudarse en los grandes valores de la Patria para mezquinarle a Bolivia una salida al mar. Debemos darle un enclave que le permita romper su enclaustramiento por vocación latinoamericana, por realizar gestos políticos de integración. Hace mucho tiempo que debimos hacerlo. Pero, en todo caso, más vale tarde que nunca.
Nada deben tener que ver nuestros gestos de reconciliación con Bolivia con los negocios del gas. Tienen razón aquellos que dicen que los reclamos políticos no son solo un asunto contra Chile. También revelan la postura de ciertos grupos que pretenden que esa gran riqueza no represente solo el negocio de las transnacionales, sino la posibilidad de un polo nacional de desarrollo. Hay pues que separar ambas cosas.
Tenemos con Bolivia una deuda histórica. El verdadero gesto patriótico consiste en reconocerla.
* Rector de la Universidad ARCIS.
Un comentario de Rolando Mermet
Buenos Aires, 22 de julio de 2004
Un buen alegato por la salida al mar. Y escrito por un rector universitario de Chile. Eso es lo principal. Lo aplaudo. Pero discrepo cuando afirma:
(...)hay muchos tipos de guerras. Solo algunas afectan intereses nacionales globales y tienen el carácter de patrióticas. Es el caso de los conflictos de liberación nacional o de los conflictos que involucran concepciones civilizatorias, por ejemplo aquel que enfrentó el fascismo y la democracia. Allí puede hablarse con razón de patria o pueden utilizarse con rigor y con verosimilitud legitimaciones universales. (...)
Abelardo Ramos decía que la guerra entre fascismo y democracia era una guerra entre un imperialismo que había llegado tarde al reparto del mundo, y carecía de colonias (Alemania), y otro que sí tenía Colonias. La ausencia de Democracia de unos, y su belicismo, eran hijos de esa necesidad de conquistarlas como fuera. De ahí su virulencia expansionista y belicosidad militarista. "La democracia" (Interna) de los otros, los Ingleses, o los Franceses, por ejemplo se asentaba en la expoliación y opresión totalitaria de millones de habitantes del Tercer Mundo. Habría que preguntarle a los Hindúes, Argelinos, Sudafricanos, etc., cual era la diferencia entre los métodos de "la democracia" de sus opresores, y digamos, las de Hitler.... Seguramente no encontrarían mucha diferencia.
En Gran Bretaña había parlamento, división de poderes, etc., al igual que en Francia, pero un hindú era poco menos que un esclavo de la Reina. O un Sudafricano o un Argelino, lo era de Franceses o Belgas.
El concepto "Democracia vs. Fascismo", fue adoptado y avalado por los PC latinoamericanos, solo luego de que el pacto Riberntrop-Molotov, fuera roto por la invasión Nazi a la URSS, y a partir de allí, y por necesidades de salvaguardar a Moscú, especie de Meca de la Revolución mundial. Hasta entonces, la caracterización de dicho conflicto era correcta, y era la de "Guerra interimperialista", y " carnicería intercapitalista".
Los Tercermundistas, debíamos mantenernos al margen de esta carnicería mundial, aprovechando al máximo, las favorables condiciones materiales para crecer y consolidar sustitución de importaciones, ganar independencia, y no enviar tropas al conflicto.
Los PC locales, (creo que todos), pagando tributo a su dependencia material y conceptual al eje de Moscú, abogaron por el intervencionismo a favor de los aliados, contra el eje (insisto, sólo después de la invasión Nazi a URSS), y así tildaron de Nazi a Perón, a Ibañez, a Getulio, a los militares Bolivianos nacionalistas, etc. Todo lo que no era pro Aliados, era pro nazi.
El rector chileno que escribe esta nota, probablemente sin saberlo, es tributario de esta concepción, al reivindicar la justicia o el carácter "patriótico" de la causa "Democracia vs. fascismo". Lo Patriótico, fue la neutralidad. Lo verdaderamente patriótico, fue aprovechar la coyuntura para desamarrar la coyunda que nos ataba y sojuzgaba.
Así lo hizo Perón, por ejemplo. Lo otro, era, (y lo es), ser tributarios de un pensamiento eurocéntrico y ajeno a nuestras reales necesidades como Latinoamericanos. Aplaudo al rector, que escribe a favor de la salida al mar para Bolivia. Pero cuestiono su visión eurocéntrica del problema de las guerras.
Como dice Pedro Godoy, otro chileno defensor de esa causa: "Todos los conflictos salvo Malvinas y la Guerra de EE UU contra México, han sido fratricidas. Guerras civiles entre hermanos de una misma Patria”.
En estas materias, y como decía el maestro de Bolívar, Simón Rodriguez: "O inventamos, o erramos".
Rolando Mermet rmermet@yahoo.com.ar"
Jueves, 22 de Julio de 2004 17:17 ;?> No hay comentarios. Comentar.
20/05/2004
21 DE MAYO
La guerra del Pacífico, el mar para Bolivia y la gloria
por Tomás Moulian El Mostrador - 23 de mayo de 2000
Anteayer se celebró el combate naval de Iquique, en el cual Prat y sus compañeros entregaron su vida por defender lo que los grupos dirigentes de la época consideraron e impusieron como un deber patriótico. Junto con ellos murieron miles de chilenos de pueblo. Muchos de ellos creyeron que en lucha con Perú y Bolivia se realizaba el destino de nuestro país, mientras otros fueron reclutados para defenderlo.
Como sociedad debemos mirar esa guerra sin orgullo ni falso patriotismo. Fue un conflicto armado por defender nuestras propiedades y derechos en las tierras del salitre, una guerra comercial como muchas de esa época. Tiene que ver con el desarrollo capitalista de nuestro país, más que con otra cosa. Esto evidentemente no niega el carácter heroico de muchos de los actos de nuestros oficiales, soldados, dirigentes civiles que se comprometieron en la dirección de la guerra. Pero esa guerra, como decisión colectiva, no tiene que ver con la gloria de Chile. En realidad, tiene relación con decisiones de política económica que nos permitían, o si se quiere forzaban, a usar nuestras potencialidades como Estado en la lucha contra pueblos hermanos por el dominio de un recurso natural, cuya conquista nos iba a permitir la primera modernización capitalista de nuestro siglo.
Creo que esto lo sabemos inconscientemente y por ello celebramos con unción las derrotas, el combate naval de Iquique y la batalla de la Concepción. No hablamos de gloria para celebrar la ocupación de Lima por nuestras tropas, quizás porque, en el secreto de nuestra conciencia colectiva, sabemos que lo que en verdad se juega en la guerra es el poder de una sociedad y que en todo conflicto armado con otra nación las miserias de los hombres salen a la luz tanto como sus grandezas.
En la guerra del Pacífico contribuimos a humillar con daños territoriales y simbólicos a dos pueblos hermanos. A Perú, de una manera coyuntural, porque nuestros diplomáticos y políticos contribuyeron a una solución que a nuestros vecinos no les inflingió tanto daño. Pero a Bolivia la hemos obligado a soportar una pérdida que todavía dura. En relación con esa nación no debe importarnos el formalismo de los derechos, debe importarnos la construcción de lazos para el futuro. En algún recodo de nuestra historia nos convertimos en un país aislacionista que contribuyó más al refuerzo de la fragmentación de nuestro continente que al sueño de la unificación. Fracasada en el pasado la unificación creciente de los pueblos de nuestro subcontinente, de nuestra América sureña, es hoy una condición del desarrollo futuro. El necio orgullo de creernos más yanquis que sureños nos llevó, durante la dictadura y después de ella, a creernos del primer mundo. Somos de aquí y para poder ser de aquí con nuestros vecinos, con los más próximos, debemos resolver la pérdida simbólica que le ocasionamos a Bolivia. Ese gesto nos podría dar la gloria a la que tanto nos referimos en nuestros discursos patrióticos.
Jueves, 20 de Mayo de 2004 20:20 ;?> Hay 1 comentario.