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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


UNA HIJA DE TOLSTOI EN LA PATAGONIA

<h2><hr><u>UNA HIJA DE TOLSTOI EN LA PATAGONIA</h2></u>

Cuando el gran poeta Evtushenko vino a Natales



Volodia Teitelboim (*)- Publicado en Patagonia Mía

A comienzos del año 1968 escuchamos de los labios del poeta Eugenio Evtushenko una historia que nos dejó pensando. Por los días de Navidad del 67, junto al escritor chileno Francisco Coloane, viajó al extremo austral de Chile y del mundo, a Punta Arenas. El poeta, de amanecida, se arrodilló con toda la teatralidad de su temperamento, a las orillas del Estrecho de Magallanes y se lavó la cara con esa agua que para él estaba llena de símbolos. Llegaron a Puerto Natales, poblado patagónico, que para nosotros comparte su condición de “finis térrea” con esos andurriales remotos que llevan el nombre sugerente de Ultima Esperanza, donde el Gobierno nos fijó sitio de relegación en octubre de 1947.

Época, de verano, noches blancas chilenas. El borrascoso “cicerone” Coloane, que conoce esas comarcas y esos hombres como la palma enrevesada de su mano, hace de Virgilio pecaminoso y decide acortar la larga claridad nocturna invitando a su amigo a remojar la sed del camino. La dama que atendía el mesón al parecer se sintió halagada y hasta conmovida cuando le presentaron con gran prosopopeya al poeta ruso de tono rubio pajizo. Según Evtushenko, enhebró con ella el siguiente diálogo, del cual pido confirmación a Coloane, quien garantiza su veracidad silenciosamente, con leve inclinación de cabeza.

El ruso somete a la mesonera, casi como un agente provocador de conversaciones, a un interrogatorio con mezcla de estilos, literario y policial: ¿le gusta la poesía? Responde con un sí, que puede interpretarse como la contestación convencional y a la defensiva que cualquier mujer daría en un caso análogo aunque la poesía le interese sólo para barrer el suelo. ¿Y que poeta le agrada? Se acoraza, tras el peto frágil de la ambigüedad: varios. El poeta, como un perro rastreador de almas desconocidas, quiere saber que hay detrás de esa respuesta demasiado genérica e imprecisa. Persiste implacable, escudriña, intrusea, indiscreto, cercándola con las púas de un cuestionario fisgón y minucioso. ¿Le gusta Neruda? Sí, es el poeta chileno que más me agrada. ¿Y Nicanor Parra?- Lo encuentro interesante. ¿Conoce usted algún escritor ruso? La misma anfibología de antes: Sí, varios. ¿Pero en particular? Silencio. ¿Conoce a León Tolstoi? -Sí. ¿Qué conoce de él? Varias cosas, responde la damisela oscurecedora y equivoquista. ¿Cuáles? Nómbreme una. Ana Karenina. ¿Conoce Resurrección? La mujer contesta: yo soy un personaje de Resurrección. ¿Cuál? -Katiuscha Maslova.

El poeta se asombra. La ventera le cita otros libros de Tolstoi, diversos autores rusos, muchos títulos. Hasta pretende haberlos leídos. Evtushenko la observa por el rabillo del ojo incrédulo. Ella le propone: “Vamos a mi pieza”. Convite sumamente antiguo, un millón de veces oído en los burdeles pobres o lujosos. Helo aquí en el taller de trabajo horizontal de una mujer de la vida, donde ella atiende sus negocios, recibe a sus clientes y amigos, por donde noche a noche pasan trashumantes agentes viajeros, capataces de arreo, campañistas, peones y domadores, contrabandistas, marineros, obreros venidos de los frigoríficos, velloneros, esquiladores, hombres con olor a bestia, a pampa, a soledad y a distancia.

Pero los muros están cubiertos de libros. Divisa obras de Tolstoi, de otros escritores rusos. Saca un volumen del estante. Con su práctica del lector siente que esas páginas han sido recorridas por ojos y yemas de dedos. Están trajinadas por el tráfico constante de las manos que pertenecen a un cuerpo que es de la comunidad y a un alma que en medio de todos los contactos permanece solitaria.

Se queda atónito cuando descubre el único cuadro del cuarto. En lugar de la Virgen María o del Sagrado Corazón de Jesús -que son en Chile las púdicas o sangrantes imágenes habituales y perdonadoras que decoran los muros en las habitaciones de las meretrices arrabaleras- lo contempla, instalado en una vieja y gran fotografía tutelar, el viejo conde. Si, ¡convéncete! León Tolstoi preside la pieza de ese cisne perdido. Si viviera, tal vez esto hubiese alegrado su corazón y su cuerpo que de mozo fornicaba en los burdeles y se emputecía como loco. Surcado por vientos de duda y desesperación aún peores de los que cruzan las estepas magallánicas, conoció las busconas. Quizás alguna vez las amó y por eso escribió un cuento desolador sobre el hombre que se acuesta en un lupanar con su hermana ignorada. Y después, no recuerdo bien si el o ella, se pega un tiro.

El poeta Evtushenko grita, en su castellano desvergonzado, sólo un ¿Cómo? ¡Tolstoi!

-Si-asiste. Cuando mis amigos de las estancias entran a esta pieza, miran siempre el retrato y muchos preguntan: ¿Quién es ese caballero? Comprendo que no puedo entrar en explicaciones que no comprenderían. Casi siempre vienen muy apurados. Sólo les contesto: “Es mi padre”.

No era Francisca, la hermana. Era su hija chilena. La hija pecadora del gran pecador arrepentido y nunca redimido. El poeta termina el relato muy exaltado (no le cuesta mucho). Anuncia: “cuando vuelva a Rusia, escribiré un poema que tendrá por titulo: ‘La Hija de León Tolstoi’”.

Lo escribí -me dice junto a una mesa instalada en la oscuridad de una dacha en Peredelkino, en junio de 1969- pero quedé muy insatisfecho. Resultó una hija pálida de Tolstoi.

Su nombre, a medio siglo de su muerte, sigue penando como anima de la discordia en el centro de la polémica contemporánea, sin exceptuar a Chile.

(*) El autor es Premio Nacional de Literatura. Este artículo es de su libro " Hombre y Hombre" y llegó a nosotros gracias a la gentileza de Carlos Vega Delgado
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