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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


PERVERSIONES SEMÁNTICAS

<hr><h2><u>PERVERSIONES SEMÁNTICAS</h2></u>
Foto: José Steinsleger

Por José Steinsleger

La Jornada, México D.F.

A mediados de los ochenta, en una ciudad de los Andes ayudé a organizar el Centro de Estudios para la Liberación Nacional “Simón Bolívar”, organismo no gubernamental no lucrativo, etcétera. Especialidad: investigaciones sobre Comunicación Alternativa (así se decía entonces) y otras yerbas destinadas a poner en evidencia la forma en que los medios meten gato por liebre. Los holandeses ponían la plata. No mucha pero suficiente para que los profesionales el equipo pudiesen realizar la tarea sin sobresaltos.

Once meses después, llegó de Amsterdam una pareja de la financiera con el propósito de evaluar el proyecto. Quedaron encantados. Los objetivos habían sido cumplidos con creces. Sin embargo, a la hora de discutir el nuevo presupuesto, el que era gordo y sudoroso dijo al otro algo en su lengua demoníaca. “What did you say?”, pregunté. Para hacerla corta, el holandés respondió: “¿No convendría que vuestra ONG se llame Centro de Estudios `Simón Bolívar'?”. Lo primero que me vino a la mente fue la situación de Dorita, la socióloga divorciada del equipo, y sus tres niños en edad escolar. Acepté pensando que a Don Simón, hombre sustantivo al fin, poco le hubiese perturbado la eliminación el adjetivo. El presupuesto fue aprobado.

Al año siguiente enviamos a Europa a un integrante del equipo con igual cometido. Ídem anterior: satisfacción total por los objetivos cumplidos. Pero a su regreso, el compañero manifestó que el gordo sudoroso de la financiera propuso que el Centro de Estudios se transformase en “consultora internacional”. Gran despelote. De los cinco que éramos quedamos un investigador y 66 centésimas. Armando se llevó la computadora. Paladines otra más. Dorita dijo que los anaqueles servían para los libros de sus hijos. Invocamos la “memoria histórica”. El Pilas aseguró que éramos “nostálgicos del pasado” y habló durante una hora con términos novedosos que sonaban a rock: perestroika y glasnost.

La centrifugación existencial avanzó. Semanas más tarde participé en un programa de TV para debatir, precisamente, los nuevos aires de la época. No recuerdo por qué usé la expresión “lucha de clases”. Pero sí la displicencia de una doctora de la FLACSO que tenía los dientes amarillos por el cigarro: “¿Usted se refiere a los `grados de conflictividad de los actores en gestión'?”. Atiné a decir: “¿Mande?”.

Quedé descolocado. Sometido a una sutil microcirugía conceptual, las innovaciones semánticas de la “globalización” exigían el “dime qué lenguaje usas y te diré lo que piensas”. Así, entendí que los países ricos “se desarrollan” y los pobres crecen; que “eficiencia” y “productividad” sustituyen a distribución: “inequidad” y “equidad” a injusticia y justicia; “mercado libre” a capitalismo salvaje; “democracia de mercado” a estado de bienestar; “interdependencia” a pérdida de soberanía; “maquila” a enclave colonial; “flexibilidad laboral” a trabajo a destajo; “gente” a pueblo; “agente social” a dirigente (o líder de base); “ajuste” (política de) a hambre (política de); “necesidades básicas” a derechos sociales; “modernización” a desarrollo; “globalización” a imperialismo; “rezago” a subdesarrollo y “gracias a la vida por haberte conocido”, en versión cosquillosa de Thalía, a “gracias a la vida por haberme dado tanto”, en versión dignificadora de Violeta Parra.
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