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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL CAYLEN

<hr><h2><u>EL CAYLEN</h2></u>
Hemos publicado en "Mirando al Sur" otros textos de Enrique Zorrilla, tomados de su libro "La América Destemplada" (Editorial Andina, Buenos Aires, 1967). En otros libros relata su peregrinar por América. En este caso describe de modo brillante a la Patagonia, su paisaje, su gente, su historia.


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Las aguas de Angelmó reflejaban grotescamente las enormes moles de cemento del muelle volcadas como dados gigantescos por el último maremoto y que formaban una barrera que impedía el paso hacia el Sur.

La naturaleza se ha empeñado siempre en herir el territorio de Chile, demoliéndolo implacablemente. "Un solo terremoto tiene más efecto que la acción del mar y del tiempo durante un siglo", observaba Darwin al pasar por Chile. "Uno solo, explicaba, basta para destruir la prosperidad de un país". Así lo habían ratificado los sismólogos japoneses al comprobar los destrozos de nuestro territorio en 1960. Los pilotos extranjeros habían agregado que la destrucción era peor que cualquier explosión atómica. Pero los hombres que en todo tiempo habitaran Chile habían resistido. Podrían hundirse las costas y desmoronarse las cordilleras, los chilenos seguirían aferrados a su suelo, dispuestos siempre a comenzar. Pero el avance hacia el Sur había sido extraordinariamente difícil.

A mis pies terminaba la vía propiamente terrestre puesto que el camino y el riel encuentran en Puerto Montt su terminal y se abrían las amplias rutas del aire y del mar para proseguir hacia el Sur.

Más allá se abría otro mundo. Un mundo recién salido de la cáscara de los hielos. El Sur ya era un término inadecuado de ubicuidad. Además, el austro anunciaba, en sus ráfagas angustiadas, la existencia de un continente aprisionado por los hielos polares. Más allá del Sur se hallaba la América Destemplada y la América Antártica.

Hacía tiempo que debía haber partido hacia las regiones destempladas de la América del Sur para completar mis itinerarios americanos. Pero el destino parecía oponerse siempre a mis propósitos. Para forzarlo, había debido partir con un pie fracturado que no me había dejado enyesar. Yo debía realizar este viaje y hacía todos los esfuerzos para sobreponerme a los contratiempos que cada año se iban interponiendo a mis objetivos. Y ahora, frente a los destrozos brutales del maremoto, en el puerto de Angelmó, comprendí que no eran solamente reconocimientos históricos y geográficos los que iba yo a satisfacer. Detrás de mí dejaba la tierra firme y la civilización integrada. Partía hacia la América destemplada, recién descubierta de los hielos, en plena formación geológica y humana, apenas (y sin embargo cuánto) rasguñada por la historia. Al momento de embarcarme, sentí que dejaba atrás una parte de mí mismo.

Me encontraba por fin en la órbita de la gran constelación americana, a la vista de sus dominios desolados. En esa órbita, el pasado y el presente formaban un solo todo vago, difuso, estridente, en que el hombre parecía no dejar huellas.

Es indescriptible la fragmentación del Chile destemplado. Islas, tras islas y más islas. Enjambre de fiordos, canales, archipiélagos, islas deshabitadas, hostiles, carentes de playas, montañosas, envueltas en vahos perpetuos que repentinamente y como por milagro dejan ver a veces las copas de los coihues, cipreses, robledales y las crestas nevadas que se elevan amenazantes sobre el dorso de los andes patagónicos. Canales tallados a pique entre farellones perpendiculares de centenares de metros que chorrean sinúmero de cascadas que se van a estrellar sobre el mar de los canales. Farellones a los que desesperadamente se aferran por un milagro de equilibrio árboles y bosques, en una titánica lucha contra el roquerío y el hielo, recubriendo la desnudez de los lugares y humanizando la roca. Es la humedad que permite ese milagro de vida y arraigamiento, esa proliferación vegetal, los colchones de musgos, los inmensos helechos, las gramíneas arborescentes, las selvas, estilando crónica humedad, salpicadas de magnoláceas lustrosas, canelos verdes, loros verdes que guardan tan íntimo pero lejano contacto con el trópico americano.

La conformación de los archipiélagos confiesa, sin embargo, su reciente origen glaciar. El hielo se había retirado de las grandes hendiduras y los bosques habían germinado entre los resquicios en lucha abierta contra el mar que se precipitó y ocupó el hueco dejado por las masas de hielo en retirada, anegando valles y transformándolos en canales marinos de agua agridulce. El deshielo no ha terminado e inmensas masas azulosas siguen descendiendo lentamente de los Andes hacia el Pacífico y los lagos interiores de Chile y Argentina, desprendiendo con estruendo témpanos que se disuelven lentamente. Allí las obras inanimadas de la naturaleza, las rocas, el hielo, el viento y el agua, seguían, como lo advirtiera Darwin, su guerra coaligada contra el hombre y conservando su autoridad absoluta.

Me hallaba en los confines de la Cristiandad, en los límites del "Caylen" (1). En las regiones desoladas y salvajes cuyas tormentas habían asombrado a los más expertos marinos de todos los tiempos. Por el lado de Chile era la fragmentación masiva, la vida insular marítima, lóbrega, batida por el viento, la lluvia, la nieve, la soledad y el aislamiento. Por el lado de Argentina, no era ya la pampa suave y fértil, sino la patagonia desolada y yerma de pedregales, batida también por el viento incesante, enemigo de la tierra. La América destemplada austral nace en Argentina, en los límites del lago Llao Llao y por el lado de Chile lo hace del mismo seno de Reloncaví. La tierra de más al Sur, por ambos lados de la cordillera, estaba por hacerse y poblarse. La gran estrella del Sur lo señalaba e invitaba a los hombres a la empresa de conquistar, amar y fecundar esas regiones salidas apenas del regazo de la creación.

(1) "Caylen": el fin del mundo. Era el término con que los indios denominaban los territorios de más al sur del golfo de Reloncaví.
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