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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA REVOLUCIÓN DE MAYO Y LA LIBERTAD DE MERCADO

<hr><h2><u>LA REVOLUCIÓN DE MAYO Y LA LIBERTAD DE MERCADO</h2></u> Por Alberto Guerberof
Causa Popular


Muchas generaciones de argentinos fueron educadas en el concepto de que la Revolución de Mayo y sus notables se propusieron dos objetivos: la independencia de España y el comercio libre. Esta interpretación se asociaba a otra: los revolucionarios de Mayo actuaron bajo la doble influencia de las ideas políticas de la revolución francesa y del liberalismo económico inglés. Y una tercera: en Mayo nace, de alguna manera, la República Argentina.

Nada más alejado de la realidad. Los acontecimientos del 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires fueron parte indisociable del levantamiento nacional revolucionario de España y América, desencadenado por la invasión napoleónica a la península y la capitulación de la monarquía borbónica. Como es sabido, el absolutismo, con el retorno de Fernando VII, triunfó en España y fue derrotado en América, la que entonces marchó a la independencia. Es decir, que la Revolución de Mayo fue una revolución hispanoamericana y no el eco tardío en el Río de la Plata de afiebradas lecturas de Rousseau y Adam Smith. Su propósito fue construir una nación, con España o sin ella. Gracias a ese intento nacimos a la existencia histórica.

Tampoco Mariano Moreno y Manuel Belgrano perseguían el establecimiento del comercio libre, o sea lo que hoy llamaríamos la “libertad de mercados”, que no es otra cosa que el librecambio propagado por el imperio británico en su afán por imponer su hegemonía mundial. Una de las primeras globalizaciones, diríamos hoy, respaldada por libros sesudos, hábiles diplomáticos y una poderosa flota. Para los historiadores liberales, a la manera de algunos “comunicadores” de nuestros días, nada podía hacerse sin ingresar como apéndice dependiente al globalismo británico. Pero los autores del 25 de Mayo no pensaron así.

Aquellas ardientes jornadas se expresaron en un gran programa. Fue el Plan de operaciones de Mariano Moreno, inspirado en parte por Belgrano. Se trata de un notable proyecto, ocultado y negado durante muchos años, que propone desplegar una política de inconfundible nacionalismo revolucionario de índole americano. Moreno sostiene en el Plan la necesidad de extender la Revolución por toda América y advierte de los peligros de la incidencia británica en el proceso emancipador. Pero el Plan sorprende por su audacia y por la actualidad de las medidas económico-sociales. Entre otras: expropiación de las grandes fortunas improductivas, monopolio del comercio exterior, control de cambios y del tráfico de oro, monopolio estatal de la minería, fomento de la educación técnica, la navegación y la agricultura.

Lejos de propiciar la reducción del Estado, Moreno se manifiesta favorable a un franco intervencionismo estatal para compensar la debilidad de las fuerzas económicas nacionales de la época. ¡Propone un Estado banquero, empresario e industrial! Para desgracia de los apologistas liberales de Moreno, que lo presentan como un inofensivo abogado deslumbrado por las luces de Europa, y de algunos críticos del revisionismo que vieron en él a un “agente inglés”, las ideas y el programa de Moreno anticipan más bien una concepción adoptada por la generación de la Independencia, los caudillos federales que le siguieron y los movimientos nacionales de este siglo.

De donde no es osado afirmar que Moreno se encuentra más cerca de Jauretche y Scalabrini Ortiz que de Adam Smith, y que la Revolución de Mayo con ese programa no recibiría sin duda la aprobación de los “mercados” ni del FMI. Sin embargo, sus hombres desafiaron al globalismo de entonces encarnado por el vetusto colonialismo español e intentaron enfrentar al pérfido y arrollador colonialismo inglés que se propuso ocupar su lugar. Es cierto que el gran proyecto de Moreno, San Martín, Bolívar, Artigas, de hacer de Iberoamérica una sola y gran nación se frustró. Pero plantaron bandera. No se rindieron, no se sometieron a “relaciones carnales”, propusieron defender las riquezas propias, rechazar la invasión de chatarra foránea y los consejos de banqueros globalizantes. Cuando la Revolución y la Independencia en la unidad no pudieron ser, sonó la hora de los Rivadavia, de los Mitre, de los comerciantes ingleses y de la oligarquía portuaria. Pero se había abierto un camino que otros patriotas -Rosas, Yrigoyen, Perón- retomarían una y otra vez. ¿Cuándo será la próxima?
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