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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA CHILLONA SINFONÍA ELECTORAL

<hr><h1><u>LA CHILLONA SINFONÍA ELECTORAL</h1></u>

Portada de "Loco afán"

uno de los libros de Pedro Lemebel 

 Por Pedro Lemebel

Enviado por Isabel Lipthay que dice: "Es el escritor chileno más leído y popular de las últimas décadas”.

Total en estos tiempos del consumo caníbal la política farándula es la diva del show. La estrella de dientes plásticos que le sonríe a la cámara ocultando su pasado militante, su pasado marihuanero, su siniestro pasado pinochetista, su libertino pasado hippie.

Si se trata de candidatos al tablado político, los hay por miles, desde el cantante o actor que nunca deslumbró por sus actitudes artísticas y hoy quiere usar su fama ratona para llegar al Parlamento, hasta el hijo, nieto o sobrino de la casta partidista que usa el apellido para colgarse del carro democrático. Total, en estos tiempos del consumo caníbal la política farándula es la diva del show. La estrella de dientes plásticos que le sonríe a la cámara ocultando su pasado militante, su pasado marihuanero, su siniestro pasado pinochetista, su libertino pasado hippie. En fin, el ayer no cuenta a la hora de los cómputos, y si por ahí aparece una foto de juventud tras alguna barricada, si por ahí el candidato sale retratado chascón y volado en alguna partusa del sesenta, todos contestan lo mismo, todos se justifican diciendo que alguna vez fueron jóvenes idealistas.

Casi todos los candidatos dicen que alguna vez en la universidad se pegaron su piteada, solo para probar la marihuana, pero que nunca se volaron los tontos. Y uno les va a creer. Todos dicen que militaron en alguna juventud política de izquierda, que usaban boina, amaban al Che y eran miristas, pero que nunca pusieron bombas. ¿Y quién los va a desmentir si el MIR casi no existe? Y lo peor, a quién le interesa develar esta memoria si los propios ex miristas que van en el mismo carro al Parlamento ya no se acuerdan quien era su compañero de célula. Más bien no quieren acordarse y prefieren sumar el recuerdo al tranvía amnésico de la renovación.

Por eso, en estas fechas candidateadas de pololeos ideológicos y campañas de adhesión, la ciudad despierta cada mañana empapelada de nombres pomposos que prometen barrer la droga de Santiago. Y los volados se preguntan: ¿y a dónde la barrerán para ir a buscarla? Todos los días las murallas cambian de apellido con el brochazo nocturno que impone una nueva promesa. Así, nombre tras nombre, se pega en la retina el candidato empresario que tiene más recursos para reiterar su firma en la pizarra descascarada de la urbe.

Entonces la carrera política de los nombres transforma la ciudad en un silabario electoral que panfletea la nobleza de algunos apellidos impresos en las murallas poblacionales. Como si los nombres cuicos le subieran el pelaje al callamperío autografiado por estos ricachos populistas. Como si al revés los apellidos proletas tuvieran que pedir permiso en la maratón política para escribirse tímidamente, a la rápida, casi clandestinos en el sitio eriazo, con escasos medios para hacerse presentes en la propaganda electoral. No hay otra forma de equilibrar la publicidad fastuosa de la derecha, que noche a noche contrata brigadistas que repasan las consignas morales y los nombres pirulos. Que noche a noche imponen violentamente sus apellidos sobre la acuarela borrosa del candidato piojo, el candidato de izquierda que sale con su familia y amigos a repasar la caligrafía de su aporreado nombre. El candidato sin recursos, que se metió en esta cueca sin saber por qué, más bien sabiendo que va a perder, que va a quedar en la ruina y embargado hasta el cogote. Pero qué importa si su error no fue el arrepentimiento, porque él no se declaró renovado ni justificó su pasado izquierdista diciendo que fueron errores de juventud. Y ese fue su error, diferenciarse sin culpa de la hipocresía parlamentaria.

Decir que sí creyó, y que sigue creyendo en los arranques de la pasión, que no sólo son problemas de juventud, porque las causas progresistas son besos que dio el corazón, seguramente irrepetibles, únicos en su porfía amorosa por la justicia. Son besos rojos tirados al aire inolvidable de otro tiempo. Por cierto difíciles de recuperar, pero aun tibios en la boca arrugada de la utopía.

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