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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado

aristóteles españa


PUTAS TRISTES

<h2><hr><u>PUTAS TRISTES</h2></u> Por Aristóteles España

“Memoria de mis putas tristes”
(“Editorial Sudamericana, 2004) es el último libro del Premio Nóbel Gabriel García Márquez. Se trata de la historia de Mustio Collados, cronista del diario local, en una ciudad del trópico, captador de ondas cortas y teletipos, que decide regalarse una noche de amor con una adolescente virgen el día de su cumpleaños 90. Para tal efecto, toma contacto con Rosa Cabarcas, dueña del mejor prostíbulo de la ciudad y comienza una aventura esperpéntica, llena de locura y ensueño. Nuestro personaje se jacta de que nunca se ha acostado con una mujer sin pagarle y a las pocas que no eran del oficio tuvo que rogarles de que aceptaran dinero aunque después lo botaran a la basura.

Esta novela es una recreación del clásico japonés “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata donde el personaje pagaba por dormir (“tan solo mirarlas”, dice el personaje original) con niñas drogadas y alcohólicas.

Collados, frecuentador de todas las casas de remolienda del pueblo, es un personaje solitario, sentimental, aferrado a la vida a través de lo que ha aprendido en los libros de la literatura griega, española. Vive un mundo de fantasía; toda su vida es buscar espacios para dar rienda suelta a su líbido lleno de frustraciones. Hace el amor con su nana mientras ella enjuaga ropa en un lavadero, de pie. Se masturba con el olor de amantes de cinco minutos.

La cabrona Cabarcas le consigue una muchacha pobre que Mustio Collados llama Delgadina. Ella trabaja pegando botones en una fábrica y por las noches acude al extraño ritual de dormir mientras el anciano la observa, hasta que se enamora perdidamente. El pánico se apodera del galán pues se aterra ante la cercanía de su muerte. Mientras tanto, aprovecha este instante de locura y anda en bicicleta, conversa con antiguas amantes, repasa cada etapa de sus noventa años. La decrepitud física es dura mientras el alma está cada día más joven, le dice su amiga Rosa. La regenta le aconseja que haga por primera vez en su vida el amor; con amor.

Eso lo enloquece. Mustio Collados por primera vez en su vida sonríe y quiere vivir hasta los 150 años. Estos momentos de frenesí erótico, mantiene en pie a la novela hasta el final, sin concesiones. El lector quiere saber el final de esta historia, sencilla pero de gran complejidad.

Este libro no tiene el esplendor de “Cien años de soledad”; no está a la altura de “El amor en los tiempos del cólera”. Pero Don Gabo es fiel a sí mismo. Su prosa es ágil; todo está donde debe estar, sin perder de vista la emoción, y la magia de la palabra. El estilo garciamarquiano sigue intacto.


POESÍA DELSUR DE CHILE

<hr><h2><u>POESÍA DELSUR DE CHILE</h2></u>

SERGIO MANSILLA TORRES



Por Aristóteles España

“Óyeme Como Quien Oye Llover”
es el título del nuevo libro del poeta Sergio Mansilla Torres, actual académico de la Universidad de los Lagos en la ciudad de Osorno y oriundo de la Isla de Quinchao del Archipiélago de Chiloé, donde nació en 1958. El nombre del poemario está basado en un verso de Octavio Paz, lo que permite introducirnos a este espacio poético lleno de reminiscencias del mundo lárico fundado por Jorge Teillier, pero con una acabada reelaboración escritural y cósmica donde cohabitan sus vientos de infancia, islas remotas, perdidas en los mapas, con fantasmagorías de otras culturas que el autor conoció en sus viajes de estudios en Estados Unidos, Francia, en lecturas de los clásicos de nuestra lengua.

En sus poemas se escucha la lluvia del sur chileno, el agua territorial, metafísica donde sueñan los alerces, los chucaos, los viejos traucos que cantan al atardecer cerca de Chonchi o Llau-Llao, las mareas altas y bajas donde aparecen rocas que raras veces se ven al aire, dice el poeta, para contarnos “que la marisca se entume por el frío y se endurece por la sal invisible de los muertos”.

Por todas partes se respira el sur del mundo y especialmente Chiloé, su patria ancestral, llena de mitologías, leyendas, peces, la lluvia torrencial del invierno con crepúsculos llenos de aves que no pueden volar, brujos que sobrevuelan Quellón, Ancud, Quehui, junto a La Fiura, La Voladora, El Camahueto, y se escucha a lo lejos música en la cubierta de El Caleuche, esa nave que ha hecho soñar a muchas generaciones.

El escritor, junto a otros autores del Grupo Literario “Aumen” de Castro, creado en 1975, que en lengua Huilliche significa “Eco de la Montaña”, son los fundadores de la poesía contemporánea en ese lugar del planeta. Citaremos, además, a Carlos Alberto Trujillo, Nelson Torres, como los tres mejores exponentes de ese universo donde se conjugan la fabulación, con una cosmogonía clásica que representa fielmente el habla de su pueblo, la historia y geografía del mundo Chono, Veliche, la presencia española desde el siglo XVII, donde se hace más fuerte el mestizaje.

Este libro nos entrega una fisonomía de la nostalgia por un mundo que fue. Sergio Mansilla viaja por el tiempo, juega con las nubes que anuncian un aguacero, o el temible surazo que los abuelos chilotes describen como un castigo de los dioses. A lo lejos se divisan embarcaciones que recorren las islas buscando paisanos que van a la feria de Dalcahue a intercambiar papas por chombas, corderos por camisas, azúcar, remedios, como en uno de sus poemas de juventud donde dice “Anda al pueblo, hermano, a vender estas cuantas gallinitas”.

Todo un acierto este libro que recrea un mundo poco conocido en nuestra poesía y lo
transforma en aire, belleza, magia.

Sergio Mansilla Torres es autor de “De la huella sin pie”, “Respirar en el desfiladero”, “Noche de Agua”, “El sol y los acorralados danzantes” y una decena de textos de crítica literaria. Pertenece a la Generación NN, poetas que comienzan a escribir en los inicios de la dictadura militar. Obtuvo un doctorado en literatura en la Universidad de Washington, Seattle.


NELTUME: EL VUELO QUEBRADO

<h2><hr><u>NELTUME: EL VUELO QUEBRADO</h2></u>

(Cuentos de Rubén González)



Por Aristóteles España

En las selvas cordilleranas de Neltume, al interior de Valdivia, en el sur de Chile, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) intentó desarrollar una experiencia guerrillera a comienzos de los años 80, con el objetivo final de derrocar a la dictadura y llegar al poder con un sistema de alianzas -en ese período- en vías de construcción. Esta apasionante e histórica experiencia ha sido analizada desde el punto de vista político por los actores de ese proceso, por la institucionalidad orgánica e ideológica de quienes llevaron a cabo ese proyecto y las conclusiones han sido conocidas en parte: la derrota, el desamparo, la aniquilación física de los combatientes.

Rubén González nos propone otra lectura: los retratos íntimos de esos seres que hace veinticinco años creyeron que esa vía era la mejor para su pueblo y fueron capaces de abandonar estudios, planes personales, familia, en pos de una idea: la utopía central, el paraíso en la tierra.

El autor ingresa a la memoria del lenguaje, atrapa fantasmas, traza un corpus donde reconstruye visualmente hechos, situaciones, sonidos en los bosques, ruidos de hojas invisibles, el olor a la persecución, los nidos donde pernoctan pensando en un mañana luminoso; por todas partes hay sueños, tanto de futuro como de espacios blancos donde ese destacamento de hombres va escribiendo en el pasto de la selva chilena un croquis de los análisis que los convencían que estar ahí era luchar en el centro del mundo. No era Viet Nam, ni Angola: sólo Chile, un remoto país al cual un grupo de gendarmes había confiscado a sus habitantes, pertenencias metafísicas y terrenales. Ellos luchaban por la liberación. Ahí estaba el nervio de todo. Por otra parte, estaba el ejército, los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas, quienes habían desplegado todo el poder del Estado para aniquilarlos.

"Conversación en un bar", "El vuelo quebrado", "Aquel largo tiempo del amanecer", "Los Extraños". "El otro retorno", "Repliegue" son textos de largo aliento. El lector no queda indiferente. Rubén González crea una atmósfera intimista, donde se dialoga con la historia, y los paisajes mentales de sus personajes adquieren ribetes fantasmagóricos.

Este tipo de episodios de la vida nacional han sido obviados por la mayoría de los escritores; les da pavor volver al miedo, jugar con él, como quien tiene un bomba en las manos. Sin embargo, este tipo de libros contribuye a reencontrarnos con nuestro pasado más reciente y a pensar en un mañana distinto para las nuevas generaciones.

Hoy resulta inverosímil pensar qué motivación poderosa los llevó a un lugar tan desamparado, sin pertrechos ni apoyo social; un territorio desconocido a enfrentarse con un ejército de miles de hombres armados hasta los dientes. A una muerte segura, sin ninguna duda. El libro cuenta esas motivaciones, esos momentos frente al espejo de la soledad. El escritor cumple aquí dos funciones: recrear un tiempo que fue, con talento y vigor. En segundo lugar, rescatar del olvido una de tantas gestas de seres anónimos cuyo afán de justicia los llevó a dar la vida por sus ideas. Ni más ni menos.

Conocimos a Rubén González (Valdivia, 1950) en la Isla de Chiloé en los años 80. Fue fundador del famoso Festival Internacional de Cine de Valdivia. Actualmente vive en la capital del Río Calle - Calle donde se dedica a la docencia universitaria en la Universidad Austral de Chile y a la difusión cultural. Ha publicado: "El último crepúsculo" (Cuentos, 1994); "Historia del Cine y Video en Valdivia" (1996) y varias antologías de cuentos y poesía del sur del país. Como cineasta tiene varias realizaciones, entre ellas "Chiloé, la cultura de la madera" (1982).

“Neltume, El Vuelo Quebrado” (Pentagrama, Editores, Valdivia, 2003) es su última publicación.


PAZ MOLINA

<h2><u><hr>PAZ MOLINA</h2></u>
MEMORIAS DE UN PAJARO ASUSTADO


Por Aristóteles España

Así se titula este libro de poemas de Paz Molina (Santiago, 1945) editado en 1982, es decir, hace 22 años y siempre vigente. Autora también de “Noche Valleja (1990) y “Cantos de Ciega” (1994), es una de las principales voces femeninas de Chile y una de las primeras en identificarse y cultivar la imagen del poeta como personaje, como ser que mira al vacío pero con la mente puesta en la historia y en el devenir del tiempo. “El poeta es un espécimen –dice Molina- que vive una dualidad o duplicidad, de tener que estar siempre dispuesto a vivir de cualquier cosa menos de la poesía. Esa forma de vida, siempre me interesó, aunque reconozco que puede ser desgarradora en algunos momentos de la vida”.

“Memorias de un Pájaro Asustado” es un libro revelador, lleno de instantes de plenitud donde el hablante usa máscaras para descifrar la angustia del hombre del siglo XX. No de otro tiempo. Sus textos son fieles a su pensamiento poético: la voz lírica no es la de “los escritores”; “los poetas están al otro lado de la escritura”, dice.

Interesante propuesta porque esta forma de abordar el lenguaje conlleva riesgos, saltos mortales, intentos de suicidio, caídas al vacío desde un despeñadero. Sobre todo cuando no hay talento, lo cual no es su caso. Paz Molina construye lugares míticos a partir de conversaciones con esos fantasmas de las duplicidades; transforma a esas máscaras de las que hablábamos en referentes de la nostalgia. La angustia de vivir una hora al cual no se pertenece.

En sus poemas se advierten los humus vallejeanos, las desolaciones mistralianas, pero no como influencias definitorias, sino como escenarios donde la escritora dibuja poéticamente, paso a paso, esos fantasmas aún vivos, de un corpus literario que alcanza toda la fuerza y el desgarro que la transformaron en la década del 80 en un ícono de la poesía escrita por mujeres en Chile. En su escritura hay olas de magia, la emoción no es un dogma como en otras escritoras de su generación, sino es sangre compartida, frenesí erótico, las palabras cobran significado a medida que enumera los rituales de la cultura en la que está inserta y a la cual rinde homenaje por la variedad de significados de las obras que contribuyeron a su formación y que le permiten seguir escribiendo, ya sea en Isla Negra o Santiago.

El año 1983 Paz Molina fue editora de poesía de la Revista “Huelén” que dirigió Hernán Ortega. Contribuyó desde sus páginas a dar a conocer a una pléyade de jóvenes poetas de norte a sur del país y rescató a Miguel Arteche como una voz ineludible para esos días complejos en que todo el sistema literario, o mejor dicho, el escenario poético chileno estaba dominado por la presencia de Nicanor Parra, Jorge Teillier, Enrique Lihn. Paz Molina nos habló de la religiosidad, de las vanguardias, del rescate de los vates que en las provincias daban a conocer su canto llenos de fuerza, en la adversidad total. Viajó, editó, difundió, sobre todo a las artistas mujeres que aún no tenían la presencia vigorosa que hoy poseen en la narrativa y la lírica nacional.

“Memorias de un Pájaro Asustado”, un libro que debe ser reeditado, nos trae a la memoria el furor del lenguaje de Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Olga Acevedo, Stella Díaz Varín, las mejores de este tiempo y del otro.


JUAN CAMERON: JUGAR CON LA PALABRA

<hr><h2><u>JUAN CAMERON: JUGAR CON LA PALABRA</h2></u> Por Aristóteles España

A través del historiador chilote Renato Cárdenas conocimos el libro de poesía “Perro de circo” (1979) del poeta Juan Cameron (Valparaíso, 1947) a comienzos de los ochenta en la ciudad de Castro, Chiloé. El texto, una obra singular, de gran arquitectura y oficio era y es parte de un proyecto mayor cuyos resultados se expresan veinte y tres años más tarde en un libro antológico titulado “Jugar con la palabra” (Ediciones Lom, Santiago, 2003).

Esta obra, dotada de la belleza y magia que producen los grandes artistas es una compilación de casi toda su producción poética que comienza con “Las manos enlazadas” (1971), hasta sus textos escritos en Suecia y otros países nórdicos donde residió durante una década.

Cameron maneja un tipo de ironía difícil de encontrar en los poetas chilenos actuales. Desacraliza la realidad, juega con los mitos urbanos, con el tiempo que está detenido en sus lugares personales y que al mirarlo a través de sus ventanas cobra vida independientemente del texto. Es decir, el tiempo recorre la fisonomía del lenguaje de sus versos, ya sean telúricos, de amor, urbanos, marítimos, con un hondo pesimismo por los días que corren. La mirada del autor es escéptica, no confía en los mitos instalados en la sociedad actual y hace crecer una vertiente llena de paradojas a lo largo y ancho de sus poemas.

La relación entre escritura y vida adquiere en este libro un doble significado. Por una parte, el poeta dialoga con los espejos de la humanidad; esos sitios donde se configuran los proyectos de vida; y, por otro lado, la cosmovisión de su poesía instalada en el escenario cultural chileno: sus guiños a Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Enrique Lihn; la búsqueda de una identidad y el sello que lo identifica como un escritor comprometido con su tiempo histórico. El desenfado, sus críticas a las obsesiones de un Chile en decadencia, que debe reinventarse a si mismo si no quiere naufragar.

“Jugar con la palabra” es una casa de la memoria. Por su paredes, ventanas, puertas, rincones, se respira una aire gogoliano; sus imágenes llenas de obsesiones nos hacen pensar en lluvias, truenos, nunca en días de sol o bonhomía. Los trazos de sus adverbios o adjetivos comprueban lo que decía Huidobro: la vida en el poema es fundamental para buscar lugares donde el ensueño, el encantamiento, formen parte de un corpus donde sea posible inventar un mundo nuevo o, al menos, morir en ese intento.

Conocimos al autor en la Sociedad de Escritores de Chile a fines de los años 70, en Santiago; en las recordadas tertulias literarias de la Editorial Nascimento presididas por Oreste Plath. Frecuentamos bares, tugurios, bibliotecas, asistimos a recitales y nos tocó entrevistarlo para el primer número de la revista de poesía “La Pata de Liebre”, el año 1986.

Nos reencontramos en su “puerto principal”, el mismo Valparaíso cuya atmósfera se respira en su libro “Cámara Oscura” en el verano de este año 2004. Estaba preocupado de editar obras de autores jóvenes de esa ciudad. La difusión cultural es una de sus pasiones. En un mundo mezquino, las personas como él ennoblecen el espíritu y crean corrientes positivas para el desarrollo de nuevas expresiones, no sólo literarias.

Esta muestra antológica debiera ser material de estudio en los colegios de enseñanza media del país, en los departamentos de literatura chilena de nuestras universidades. Un autor con voz propia como Juan Cameron corrobora lo que decía Juan de Luigi, el recordado crítico chileno: “que la poesía redescubre los sonidos, nos ayuda a mirar la interioridad con ojos de niño; que es posible atrapar el tiempo, jugar con la eternidad, esa díscola muchacha”.


ARISTÓTELES ESPAÑA: EL POETA DE DAWSON

<h2><hr><u>ARISTÓTELES ESPAÑA: EL POETA DE DAWSON</h2></u> Por Alejandro Lavquen

Fuente www.puntofinal.cl

Nacido en Castro, Aristóteles España es licenciado en derechos humanos en el Instituto Argentino por los Derechos del Hombre, y tiene estudios en comunicaciones y guión cinematográfico. Ha publicado entre otros libros Incendio en el silencio (1978), Equilibrios e incomunicaciones (1980), Dawson (1985), Contra la corriente (1989), El sur de la memoria (1992), Poesía chilena: la generación NN (Antología, 1993), Los pájaros de post-guerra (1995), Tardes extranjeras y otros poemas (1998) y Materia de eliminación (1998). En 1983 obtuvo el Premio Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago; en 1985, el premio especial Rubén Darío por el libro Dawson, del Ministerio de Cultura de Nicaragua y en 1998, el Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile y el Consejo Nacional del Libro por Materia de eliminación. Trabaja en la Fundación Educacional de Chuquicamata, en el Departamento de Extensión y Comunicaciones y dirige talleres de literatura en la Universidad Arturo Prat. Aristóteles España fue quizá el prisionero político más joven en Isla Dawson, Punto Final conversó con él de este y otros temas.

Usted fue uno de los prisioneros políticos más jóvenes de Isla Dawson. ¿A 30 años del golpe de 1973, cómo recuerda aquel suceso?

-“Con mucho dolor aún. Fui detenido por la Fuerza Aérea a los 17 años de edad. Era presidente de la Federación de Estudiantes Secundarios de Magallanes. También dirigente regional de la Juventud Socialista. Me llevaron a la Base Aérea Bahía Catalina y posteriormente a Dawson, con un grupo de cuarenta dirigentes políticos, sociales y juveniles de Punta Arenas. A Francisco Alarcón, dirigente comunista, lo desnudaron y hundían en el Estrecho de Magallanes, en redes de pesca. Al resto, nos tenían convencidos de que nos iban a ‘fondear’. Sentíamos pánico. Además, todos vestíamos ropas livianas y estábamos muertos de hambre. Fuimos recibidos por el mando naval en la playa, y con infantes de Marina armados hasta los dientes. Se nos comunicó que éramos prisioneros de guerra, que estábamos en Isla Dawson y que seríamos tratados de acuerdo a los convenios de Ginebra. Esa fue la primera gran mentira. No sólo nos torturaron salvajemente sino que, además, practicaron simulacros de fusilamiento con los presos, nos hacían comer comida hirviendo, fuimos sometidos a un régimen de trabajos forzados que consistía en cavar hoyos y zanjas, colocar postes, botar árboles en medio de golpes e insultos. La idea, como me dijo un oficial de la Armada ‘es que pierdan la capacidad de pensar, ustedes deben entender que son sólo números’; en mi caso era el F-13. Recuerdo a Clodomiro Almeyda, Orlando Letelier, Sergio Bitar, Aniceto Rodríguez, y al Dr. Arturo Jirón, quien me cuidó cuando fui sometido a torturas y me envió al hospital naval de Punta Arenas, junto a José Tohá y Orlando Letelier. Otros dawsonianos con quienes tengo historia fueron Sergio Urrutia, Osvaldo Puccio (hijo), Sergio Cárdenas, Fulvio Molteni, Manuel Reyes, Antonio González Yacksic, con quienes conversábamos cosas de este mundo y del otro. Historia aparte fue nuestro traslado al campo de concentración de Río Chico, una réplica en miniatura de un campo nazi. No lo podíamos creer. Nunca pensé que eso iba a suceder en Chile. A treinta años de esos sucesos pienso que nuestro país estaba enfermo del alma. Yo era un adolescente que adhirió a la causa de los desposeídos y por eso me castigaban”.

¿De qué manera influyó la prisión en su poesía?

- “Me enseñó a entender el mundo desde otra perspectiva, aparte de la ideológica. Aprendí que el poder total distorsiona a los seres humanos y su visión se vuelve reduccionista, excluyente, y que los dictadores se creen enviados de Dios, de cualquier signo sea la dictadura y cualquiera sean sus dioses. La poesía me enseñó a ser libre y a creer en la diversidad. Escribir poesía en un campo de concentración como Dawson fue escribir un canto de amor en medio de la muerte. La prisión influyó en mi poesía para darle un carácter más cósmico. Mi libro Dawson es un texto que se inscribe en el género testimonial, pero al releerlo me di cuenta que está vigente porque logró atrapar el tiempo, y a una remota isla en el paralelo 53 sur de este mundo”.

Su generación fue importante en el sentido de representar la resistencia contra la tiranía desde la palabra escrita. ¿Es la poesía (al decir de Gabriel Celaya) un arma cargada de futuro?

-“La poesía es poderosa en el sentido de representar los vientos de la historia y de no sucumbir ante los cantos de sirena del poder de turno. En ese sentido, adquiere mayor fuerza en su expresión creadora durante los períodos de dictadura, sean de Izquierda o derecha. Mi generación, junto con salir a las calles a luchar contra el tirano, mantuvo una actitud ética y de responsabilidad frente a la palabra escrita. Además, siempre estuvimos cerca de los escritores que se habían quedado en Chile, como Jorge Teillier, Enrique Lihn, Nicanor Parra, Miguel Arteche. Estuvimos cuando regresó Gonzalo Rojas, nos acercamos a Manuel Silva Acevedo, Jaime Quezada, Floridor Pérez, Stella Díaz Varín, Cecilia Casanova, Edmundo Herrera, Rolando Cárdenas, Miguel Morales Fuentes. Y muchos otros. Contribuimos a organizar concursos, revistas como La Gota Pura, cuyo creador fue Ramón Díaz Eterovic y La Castaña, de Jorge Montealegre”.

¿Es tan NN su generación, como generalmente se la califica?

- “Fuimos NN en el sentido de la marginalidad casi total, sin apoyo del mundo académico ni de becas ni trabajos públicos. Muchos fuimos dirigentes clandestinos de las juventudes opositoras a la dictadura. Habíamos estado en las cárceles siendo muy jóvenes, como Raúl Zurita, Jorge Montealegre, Mauricio Redolés, Heddy Navarro, Bruno Serrano. Nuestros refugios muchas veces eran la Biblioteca Nacional y los bares. Eso sí, creo que hicimos un aporte a la literatura escribiendo desde el miedo, desde el terror con textos que quedarán en la memoria histórica”.

Usted participó en la Unión de Escritores Jóvenes, de la Sech. ¿Cómo recuerda esa experiencia?

- “Nosotros fuimos la continuidad de esa experiencia que desarrolló en 1976 Ricardo Wilson (¿qué será de él?). Nos denominamos Colectivo de Escritores Jóvenes. Los dirigentes fueron Carmen Berenguer, Diego Muñoz, Ramón Díaz Eterovic, Jorge Montealegre y el suscrito. Me tocó presidir este Colectivo en 1985. Un año antes, organizamos el Primer Encuentro de Escritores Jóvenes de Chile, en la Sech. Allí, por primera vez y ya con un movimiento político, social y estudiantil más o menos desarrollado, se muestra a una generación de creadores que venía desarrollando una enorme labor en las regiones. A este evento llegaron delegaciones de todo Chile. No sé cómo lo hicimos, pero había un ambiente bastante ideologizado, fruto de nuestras experiencias; los temas programáticos tenían que ver con nuestro desarrollo escritural y como telón de fondo, el retorno a la democracia. Los temas estéticos no fueron relevantes. Una época dura, sin duda”.

¿Cómo ve hoy a esa generación de escritores? ¿Cuál diría que es su mayor aporte en el Chile de hoy, literaria y políticamente hablando?

-“Es -somos- una generación audaz y sin miedo que hoy está disgregada, pero que mantiene siempre una preocupación por lo social y por la difusión editorial, y un respeto absoluto por la palabra. Pía Barros es un ejemplo, dirige talleres, editoriales alternativas, su escritura es de gran calidad. Ya vendrá la hora del análisis, de los recuentos. Aparecimos casi cerca de los treinta años en el mundo editorial y todo el mundo nos mira con desconfianza. Los muy jóvenes dicen que fuimos más comprometidos con lo político que con lo poético, y los viejos nos miran con sospecha. Fuimos dignos de la historia literaria del país; continuamos lo que décadas atrás realizó la generación del 38 en el ámbito político. Pero fuimos cómplices con la generación del 50, con Teillier, Lihn, Martín Cerda, y amigos de los creadores de Tebaida y Trilce. Los contenidos de nuestras propuestas no te los podría decir, porque estamos en la mejor etapa en lo creativo. Y en lo político, somos diversos, y eso se nota en el gobierno del presidente Lagos”.

Respecto a los derechos humanos, ¿cree que en Chile habrá verdad y justicia de manera real?

- “En Chile nunca va a existir justicia de manera real, eso lo tengo claro. El país está demasiado polarizado y los bandos en pugna no ceden en sus posiciones, de tal forma que tendrán que desaparecer los protagonistas para aquietar las pasiones. Pero en los círculos intelectuales y culturales la pugna va a seguir por mucho tiempo. Acá hay que tener claro que esa generación se equivocó. La Izquierda y la derecha. Pero hoy hablan ambos sectores como héroes. El absurdo
total”.

En cuanto a su trabajo, ¿prepara algún libro?

- “Terminé la novela Chayanco que narra historias de la visita de Charles Darwin a Chiloé. Tengo varios libros de poesía inéditos. Mi vida ha sido y será siempre la poesía”.

Finalmente, ¿cómo recordará estos treinta años en lo personal?

- “En paz conmigo mismo. Y a los torturadores que conozco les deseo lo mismo, pero no sé si podrán dormir. El 11 de septiembre en la mañana, donde quiera que esté, voy a escribir un poema de amor”


STELLA DÍAZ VARIN

<h2><hr><u>STELLA DÍAZ VARIN</h2></u> Por Aristóteles España

Conocimos a Stella Díaz Varín (La Serena, agosto 11 de 1926) en 1980 en casa de la escritora y fotógrafa Leonora Vicuña en calle San Isidro en Santiago. Estaban Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Eduardo “Chico” Molina, Germán Arestizábal, Alvaro Ruiz, José María Memet, Verónica Poblete, Bárbara Martinoiya, pintores, escultores. Era el cumpleaños de alguien; un invierno de lluvia en el Santiago del Toque de Queda y de uniformes verdes en cada esquina. Todo el mundo le decía “la Colorina” y ella se dejaba querer como Dios manda. Habíamos leído “Razón de mi ser” (1949), “Sinfonía del hombre fósil” (1953), “Tiempo, medida imaginaria” (1959). Alone la había comparado con Huidobro, y Enrique Lihn decía que era una de las pocas artistas con voz propia en el mundo literario chileno. Ni más ni menos. Admirada por toda una generación, Stella conservaba la viveza de sus ojos y una fuerte voz para declamar textos propios o ajenos. Solía recitar de memoria versos de Rimbaud; “Los motivos del lobo”, de Rubén Darío; algo de “Las Flores del Mal”, con un acento baudeleriano inconfundible, según Molina. Leamos a Lihn: “Su poesía tiene un fondo de violencia y en sus versos largos, acumulativos, se ve la fuerza de su voz interior, imperiosa, arbitraria, como una cantante desconsolada y frenética, orgullosa de sus imágenes”.

Esa noche de tertulia nos habló de su vida en La Serena; de cómo –al igual que Neruda- le escribió un poema al Presidente Gabriel González Videla, antes de la traición de éste. Estoy arrepentida, nos dijo, pero a los 16 años uno es demasiado joven. Llegó a Santiago a estudiar medicina, trabajó en los diarios “La Opinión”, “Extra”, conoció a los mejores de su tiempo, fue muy amiga de Pablo de Rocka, quien la apoyó señalándola como una de las grandes de nuestra lírica. Compartió tertulias con Francisco Coloane, Carlos Droguett, Nicanor Parra, Luis Oyarzún, Humberto Díaz Casanueva, Alberto Romero, Teófilo Cid, Andrés Sabella.

En los poemas de Stella Díaz Varín uno puede observar la angustia de la descomposición del tiempo en las imágenes, a través de perros azules que se confunden con la vigilia, semillas que huyen despavoridas y la palabra, las famosas palabras de su cotidianidad que la llevan a la infancia, a los riachuelos de su despertar sexual. Poesía dentro de la poesía. La originalidad de esta autora consiste en que supo incorporar lecturas de los clásicos franceses y alemanes en pequeñas dosis de locura y frenesí, a través del cual, medita, indaga en la razón de la existencia en un mundo como el nuestro, tan lleno de copias, de maderas de Dios, como dice en uno de sus textos.

Reflexiona la escritora: “Nunca he pensado qué es la poesía. Es algo absolutamente fuera de mi misma. En el mismo momento en que lo haga jamás volvería a escribir un poema. Existen instantes poéticos en los que tú existes, pero no se puede decir nada más, porque la poesía trasciende a todo. Tampoco sé lo que siento cuando escribo, porque me encuentro totalmente ida”.

Organizamos eventos en la Sociedad de Escritores de Chile, junto a Luis Sánchez Latorre, Emilio Oviedo, Isabel Velasco, Teresa Hamel, Walter Garib; solíamos tomar café con Enrique Lihn en la Plaza del Mulato Gil, compartimos la militancia contra la dictadura. El año 1990 (con Stella) fuimos campeones de polka en un baile de la Sociedad de Escritores de Chile ante la envidia de decenas de poetas que deseaban bailar con ella. Nos reencontramos este año en la Feria del Libro de La Serena. Andaba con sus últimas obras: “Los dones previsibles” (Premio Pedro de Oña, 1987), “La Arenera” (1993), “De cuerpo presente” (1999). El año 1994 los escritores cubanos le rindieron un homenaje en La Habana y editaron una antología de su obra en la misma Colección de Clásicos junto a Mallarmé y Dylan Thomas, sus favoritos. Ahora, y después de haber contribuido durante décadas a nuestra literatura espera sentada junto a sus nietos, el pago de Chile.


CHILE: POESÍA Y FIESTAS PATRIAS

<h2><u><hr>CHILE: POESÍA Y FIESTAS PATRIAS</h2></u> Por Aristóteles España

Poetas y narradores han contribuido a la búsqueda de la denominada “identidad nacional”; recreando gestas, epopeyas, cánticos donde la vida de Chile se va conformando lentamente. Somos un país joven, que construye elementos de paisajes terrenales y metafísicos. Fue Alonso de Ercilla quien describió como ninguno los lugares habitados por nuestros pueblos originarios diciendo “Aquí llegó donde otro no ha llegado”. La inmensidad de la cordillera, los bosques, ese enorme mar que inspiró a Samuel y Eusebio Lillo.

Carlos Pezoa Véliz descubrió al pintor pereza, a los vagabundos que pululaban en ríos y callejones de las ciudades que comenzaban a arder. Diego Dublé Urrutia le cantó a las tías Paulinas de Chile que tejían bufandas y sueños. Víctor Domingo Silva le puso alma a la bandera de una nación que necesitaba y necesita aún de símbolos para reconocerse.

Huidobro creó “Altazor”, ese enorme túnel por donde atraviesan los hálitos de Chile, sus costas y besos perdidos. Neruda reescribió la historia a pesar de los historiadores; Pablo de Rokha cantó a las comidas y bebidas del país, de norte a sur. Gabriela Mistral indagó en las desolaciones del austro y en el desierto florido de Coquimbo.

Andrés Sabella describió un norte riguroso y nostálgico, las ensoñaciones del desierto más árido del mundo.

Raúl Rivera, homenajeó a la mujer chilena que cría chiquillos, da comida al marido, lava la ropa, sustenta el hogar lleno de privaciones de la clase media desde tiempos inmemoriales.

Francisco Coloane da vida y más fuerza al Cabo de Hornos y construye su otra península con el Chilote Otey incomparable.

Nicanor Parra dio un remezón a la poesía de este Chile en crecimiento tenaz como dice Gonzalo Rojas y funda un corpus maravilloso en lo estético con la Antipoesía. Jorge Teillier funda la lírica de los lares inventando un lugar donde habitan mariposas y pueblos perdidos y se escuchan desde lejos los pitos de los trenes.

Nicomedes Guzmán en su “Autorretrato de Chile” da cuenta de las ilusiones y leyendas que dan vida a una comunidad tan disímil como la chilena. El pueblo Lican Antai y los Chonos son tan distintos y habitan históricamente el mismo territorio para efectos del estudio de nuestra historia y geografía.

Sólo la poderosa palabra poética y literaria nos une como el cielo, la nubes , el aire. Poesía para volver a los 17 como decía Violeta Parra. Para decir “Gracias a la vida”. Canciones para amar como en los textos de Sergio Hernández, para imprecar como Armando Uribe Arce, para fabular con ciudades de sol como dijo Humberto Díaz Casanueva, para inventar lluvias de aire como Rolando Cárdenas, jugar con sonetos, como lo hizo Enrique Lihn, en la misma atmósfera de la poesía chilena, única en su matriz y en sus sonidos en estos días en que celebramos la independencia de un imperio, poéticamente hablando.