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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL ECO DE LOS TRIELES

<hr><h1><u>EL ECO DE LOS TRIELES</h1></u>
Montemar alto, Quemchi, Chiloé

Por Sergio Ojeda
Santiago de Chile, octubre de 2005



Víctor Hugo Cárdenas, poeta nacido en Castro, Chiloé, el año que Chile celebraba un mundial de fútbol (1962), nos provoca hoy con una nueva entrega poética.

Cárdenas hombre del sur estremece con su lenguaje sonoro, lleno de palabras que rememoran y trasladan hacia los parajes del sur del planeta.

El poeta ha publicado anteriormente “El juego de la oca” (1977), “Entre la playa y el mar” (1998) y “Las Dalcas bajo la arena” (2002), este último bajo el mismo sello editorial que hoy cobija su nueva creación.

Hablar un poco de la biografía de Cárdenas permite acercarse a su obra y a algunas claves que debemos tomar en cuenta. Víctor Hugo pertenece a una generación de poetas chilotes que ha dejado huella en las letras nacionales. Sus inicios literarios se remontan al recordado taller literario que fundara por allá por 1975 el también poeta castreño, Carlos Trujillo.

Este taller, nacido en los años oscuros de la historia reciente del país, generó a través de la lectura, el estudio y el compromiso poético una verdadera escuela de poesía que me atrevería decir es única en la experiencia literaria, herederos de Aumen son Carlos Truijillo, Aristóteles España, Mario García, Sergio Mansilla y Rosabetty Muñoz, entre otros; todos ellos reconocidos y laureados escritores.

Cárdenas pertenece a esta tribu y se nota. Existe en sus textos una sonoridad y una mirada que denota su tránsito por Aumen. Su voz poética es fuerte, el verso largo y torrentoso nos evoca la lluvia, el bosque, el olor a madera, la costa. Un peregrinaje por los temas del hombre y de la vida que se enmarcan un una estética del vivir.

En El eco de los trieles nos encontramos con dos libros, dos tiempos, dos aperturas, dos puertas que se abren para mostrarnos qué quiere decir el poeta.

La primera puerta es Treca Treca peñi. De justicia habría que decir que el poeta salda una vieja deuda pues estos textos habían sido publicados en edición artesanal hace unos años atrás.

Llama la atención que se construya un universo poético con la experiencia de trabajo de Cárdenas como profesor en la Misión de la localidad de San Juan de la Costa. Es una poesía que toma lo étnico, pero esta vez con los ojos de un afuerino, que toma partido y narra las vivencias del pueblo mapuche, en su formación escolar, en sus temores y angustias, así nos dice:

“Cuando se murió el peñi
el padre Nivardo rezó con los mapuches.
Asaltó el cielo para que se abriera la puerta…”


De entrada nos ubica en el contexto, es una poesía que habla de algo, que tiene una historia y que sostiene en un lugar, en una geografía tanto del cuerpo como del alma.

Dios en medio de los mapuches, una tradición que aplasta, o quizás un convenio después de tantos años de enfrentamiento.

Las imágenes poéticas se pueblan de palabras como lluvias, pájaros, bosques, huellas y tierra. En el plano estético estas palabras junto a otras conforman una sonoridad que construye un ritmo potente y sostenido. Hay un decir de las cosas que atraviesa el texto, un ejemplo de esto lo encontramos en el poema “Nguillatún para el silencio en Misión San Juan de la Costa”:

“Abierto a todos los vientos
el mal augurio es una enredadera
como un remolino de polvo misionero
en los caminos donde han pasado los ángeles,
los pensamientos se despeinan hasta perder las huellas
y la sequía de nuestras palabras solicita lluvias
del agua más linda que riega Dios”
.

Y es así como la vivencia se vuelve poema y se expresa en un decir y un contar de los sucesos. Todo esto al servicio del canto poético que busca situarnos en la miseria de los niños y habitantes de la zona, que reciben la gracia de un Dios que se acordó de ellos. O más bien de un Dios que dentro de una agenda muy apretada destinó parte de su quehacer para educar y enrielar a estos hombres de la tierra que ha costado tanto poner en vereda.

Cárdenas lo logra sin ser miembro de la etnia, sin lágrima, ni postura. Hay que agregar que estos versos fueron escritos mucho antes que se iniciara un verdadero boom de la poesía de raíces étnicas en Chile.

San Juan de la Costa se nos transforma en el alma del libro, es un trozo de mundo que se nos aparece. Un lugar del cual no conocemos ni siquiera sus puntos cardinales.

Y dice:

“Sobre estos cerros de San Juan de la Costa,
el silencio rueda como un zuncho,
bajando siempre desde la cima
(nunca subiendo)
se queda en las puertas de la casas,
donde golpea impaciente,
esperando que salga, tal vez,
un día domingo con ojos de apóstol,
o una melena larga de rosarios
que deje entreabierta la esperanza
y desflore lentamente con sus rezos
la impaciencia que se cuaja”
.

También nos queda en los oídos el Treca Treca, este deambular de lugar en lugar buscando algo. Ese tramite de oficina en oficina, perdiendo la esperanza. Treca parece convertirse en esa búsqueda que cansa, que fatiga, pero que se hace desde la dignidad, desde el territorio que aun late en las venas.

La segunda puerta que nos abre el poeta es el Eco de los trieles. Ya ha transcurrido un tiempo el poeta se ha trasladado a Santiago. Los textos siguen anclados en el sur, la ciudad aparece tangencialmente. Es una voz que habla desde otro lugar, que se hace a cargo de la sonoridad de la cual hablábamos antes.

Cárdenas parece estar de paso por la urbe. Sus textos siguen en la isla, al sur del mundo.

Lo expresa y lo canta a través de estos pájaros, los tríeles, que anuncian la llegada de los visitantes:

“No escuché más a los tríeles cantar.
Los chucaos en las quebradas silencian sus presagios.
Las gaviotas se hunden en la arena de la playa
Con sus picos submarinos.
La huerta detiene su crecimiento
Y las raíces anudan sus respiraciones”


Las motivaciones mantienen su rumbo. Dios aparece con su presencia sonora y omnipresente, las contradicciones de la vida y la muerte. El intenso pasar de las cosas. Cárdenas mira, declama, y en algunos casos denuncia:

Dice:

“La gran pala de dios llena el tiempo vacío
Y arroja las horas para los milagros.”


Los poemas tienen lugares y temáticas y en algunos casos se instalan en la ciudad y en los avatares de la vida del Chile de principios de siglo XXI

“Esa ciudad
donde nuestra sed se bebe
y el tiempo resbaladizo nos hace árbol
(de una vereda a otra)…”


El eco que van trazando los tríeles se configuran como un coro poema tras poema. Esta vez no hay un sitio con San Juan de la Costa; en este caso el territorio es la palabra y las cosas que van constituyendo el mundo de vida del poeta. Es bueno encontrar poemas que tengan títulos y temas. A veces en la búsqueda experimental la poesía pierde sonoridad, río profundo, se convierte en juego de palabras en el que el fin último es la vanidad del escritor.

Con esto quiero decir que Cárdenas se instala desde la simpleza, entiende que la poesía no es un ejercicio de inteligencia, porque sin en rigor existe una inteligencia a la hora de escribir poesía, esta tiene que ver con el texto, con su justificación. Que nada explique lo que la poesía dice por sí misma.

Y que nos diga como en “Medito detrás de la arboleda”:

“He llegado silencioso
De a pedacitos al rompecabezas tuyo
Que camina sin cabeza al lado mío
Que no tiene lado tuyo”
.

Esa es la apuesta de este libro. Decir cosas, escribir poemas sobre lo que sucede. Después de haber leído tantos experimentos e intentos, me quedo con los poemas que me cuentan cosas, me dejan imágenes y sonidos.

Esta opción tiene sus riesgos, pero a la vez nos deja un sabor a poesía que es difícil de olvidar.
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