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26/05/2005


ARTIGAS, CAUDILLO DE LAS DOS ORILLAS

artigas[1].jpgPor Alberto Guerberof

La puesta en marcha del Mercosur está suscitando más de un debate. Para sus detractores -los hay de derecha y de izquierda- la integración es inviable y, más aún, inconveniente. Quienes reivindican el empeño integrador lo ven como el embrión de la reunificación latinoamericana en una sola Patria Grande. Apelar a la dimensión histórica -y en nuestro caso a las ideas y actuación de hombres como José Gervasio Artigas- puede echar luz para comprender mejor y encontrarle sentido al emprendimiento mercosureño, más allá de cuestionables esquemas económicos e intereses trasnacionales que gravitan para desviar en su provecho o frustrar el proyecto de una integración plena.

La independencia

En el proceso histórico de la Independencia iberoamericana se advierte desde el inicio el conflicto entre dos líneas antagónicas. Por un lado, el patriciado mercantil de las ciudades-puerto, ansioso por reemplazar el monopolio español por el comercio inglés. Por otro, los pueblos del interior criollo, que resistían esta hegemonía de las minorías liberal-oligárquicas y su apertura a la libre importación de mercancías inglesas baratas que arruinaban las artesanías domésticas.

Se enfrentaban, por consiguiente, dos universos sociales y culturales. En un caso, la élite dirigente, el poder de la “tienda y la hacienda”, que daba la espalda al propio espacio americano y se enajenaba al liberalismo ultramarino con sede imperial en Londres; por otro, el crepitante subsuelo social de indios, gauchos, negros, artesanos y pastores, intérpretes de una realidad geográfica, económica y social incompatible con los modelos europeístas que procuraban imponer los sinuosos doctores de levita de las capitales.

La región del Plata fue escenario notable de esta pugna y Artigas quien encarnó, con más fuerza y proyección que nadie, el rumbo federal, popular y americano de la Revolución emancipadora, en contraposición al unitarismo liberal porteño, cuyas figuras paradigmáticas serían primero Bernardino Rivadavia, y después de Caseros y Pavón, Bartolomé Mitre, que favoreció un proyecto de reducción y finalmente de desmembramiento iberoamericano en los múltiples fragmentos de ficticios “estados nacionales”, unidos cada uno al Imperio inglés.

¿Héroe o “bandido”?

Es que el Protector de los Pueblos Libres está lejos de ser ese mítico “héroe oriental”, supuesto autor de la independencia uruguaya que todavía 30 años después de su muerte era condenado por los gobernantes porteños y montevideanos como “sedicioso”, “bandido” y “anarquista”.

Vencida la gesta artiguista y su programa de integración federal de los pueblos, el caudillo oriental, que por 1815 encabezó una federación de provincias que abarcaba desde la propia hasta las de Corrientes, Misiones, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba, es rescatado del olvido, como dice el historiador oriental Oscar H. Bruschera, como “un Artigas de bronce, descarnado y difuso, deshumanizado, desarraigado de su mundo, idealizado y falsificado”.

Artigas siempre rechazó la independencia del Uruguay porque consideraba a su Provincia Oriental parte indisociable de las Provincias Unidas y de la patria común iberoamericana. Fue en definitiva un gran caudillo argentino que otorgó a la Revolución de principios del siglo XIX un perfil singular.

El programa político artiguista, contrafigura del que triunfaba en Buenos Aires con el Directorio, postulaba la instauración de una república igualitaria, asentada en una equitativa distribución y tenencia de la tierra y en la regulación del tráfico comercial (Bruschera). De tal modo, el alzamiento oriental adquirió -según el mismo autor- la dimensión de una guerra social que apuntaba a los privilegios de los comerciantes, tenderos y hacendados ricos de Montevideo y la campaña.

No sorprende entonces que la influencia del “Protector” se extendiese rápidamente por la vasta región vertebrada por los tributarios del Río de la Plata y sus afluentes. El núcleo esencial del “sistema” artiguista fueron las misiones jesuíticas, clave de la visión geopolítica del caudillo, eje integrador -con la fórmula federal- de un vasto espacio minero, artesanal y agrícola-ganadero, que con los puertos de Santa Fe y Montevideo podía prescindir, siquiera provisoriamente, de Buenos Aires.

Una revolución agraria

El artiguismo fue el atrevido impulsor de una revolución agraria. La iniciativa -que no deja dudas sobre las razones que alimentaron las injurias que despertaba la sola mención de su nombre entre la llamada “gente principal”- tomó forma en el Reglamento provisorio para el arreglo de la campaña y seguridad de los hacendados, en que se formula la política de reparto de tierras bajo la idea rectora acuñada por el Jefe de los orientales: “Los más infelices serán los más agraciados”.

El Reglamento afectaba de entrada las tierras fiscales y realengas, las abandonadas y aquellas de los “emigrados malos europeos y peores americanos”. Se procuraba, como se ve, tanto un objetivo de incremento productivo como de justicia distributiva. Análoga claridad de fines inspira la normativa aduanera impulsada por Artigas y orientada a frenar el librecambio y a establecer un régimen proteccionista.

El poder al pueblo

Finalmente, cabe reiterar otro rasgo de la gesta de Artigas: su carácter de auténtica revolución popular que busca en las propias raíces el perfil institucional de una democracia apoyada en la deliberación y elección popular, y que rechaza la receta oligárquica del modelo liberal que traían en sus bodegas, junto a las mercancías, ideas y novedades de Europa, las naves de la superpotencia de la época.

La posibilidad de establecer en el Plata una confederación de pueblos, como alternativa al dominio de las oligarquías portuarias socias del poder británico, no pudo prevalecer. “El Protector”, vencido y enfermo, morirá en Asunción -refugiado en el Paraguay gobernado por el doctor Francia- y proclamando amargado: “Ya no tengo patria”.

La Provincia Oriental se había convertido, bajo el auspicio británico, en una “nación independiente”, en la Gibraltar sudamericana, y no faltaba mucho para que el propio caudillo, denostado por la oligarquía de ambas márgenes del Plata por su empecinamiento en defender la unidad federal de los pueblos del antiguo Virreinato, se transmutara en el “héroe” fundador de la nacionalidad uruguaya, como se establecerá por decreto de 1884. De esa manera, Artigas muere dos veces. Pero el ideario de este argentino notable volverá a resplandecer, no ya en el frío mausoleo que en la Plaza Independencia de Montevideo lo consagra falsamente padre de la independencia uruguaya (pergeñada por Canning y Ponsonby), sino junto a San Martín y Bolívar y al proyecto inconcluso de la unión iberoamericana en una única Nación federal.

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Jueves, 26 de Mayo de 2005 23:19 ;?> Hay 1 comentario.

23/05/2005


ARTURO JAURETCHE (1901-1974)

arturo.jpg

SU GESTIÓN EN EL
BANCO PROVINCIA DE BUENOS AIRES


Por Alberto Guerberof
Causa Popular


E1 nombre de Arturo Jauretche (1901-1974) suena poco menos que desconocido a las nuevas generaciones. ¿Cuál es su vinculación con el Banco de la Provincia de Buenos Aires? Más aún: cuando el Banco es epicentro de una batalla en que se mide el interés de la Provincia y de la Nación con la angurria del capital financiero transnacional, ¿qué nos puede decir, todavía, Jauretche?

Empecemos por reseñar de quién estamos hablando. Arturo Jauretche fue autor de una docena de títulos de lectura indispensable: Los profetas del odio, El Plan Prebisch, Ejército y Política, El manual de zonceras argentinas, El medio pelo en la sociedad argentina, entre otros. Todos ellos debieran figurar en los planes de estudios de colegios y universidades.

Político, soldado y poeta

Pero Jauretche no fue para nada lo que convencionalmente se entiende por un escritor. Fue ante todo un político, desde joven enrolado en el radicalismo yrigoyenista, que contribuyó como pocos a cimentar la conciencia nacional en los oscuros días de la Década Infame. Cuando llegó a la conclusión de que el radicalismo, muerto Hipólito Yrigoyen en 1933, había sepultado junto con el caudillo las banderas que habían sido su razón de ser, Jauretche y un puñado de hombres de su generación fundaron FORJA y fueron precursores primero, e integrantes luego, del nuevo movimiento nacional que irrumpiría en 1945.

Ese año dio comienzo una década de revolución nacional. Una verdadera y profunda transformación, de signo totalmente contrario a la que se impuso a América Latina en los años ‘90. Nacionalismo económico, impulso a la industrialización, derechos sociales, política exterior autónoma, fueron los ejes de aquella nueva etapa histórica.

En otras palabras, FORJA vio realizar su programa por obra de ese nuevo fenómeno político que un joven coronel conducía con sagacidad y energía. Por las mismas razones, Jauretche ha sido considerado el nexo viviente entre el yrigoyenismo y el peronismo y el forjador de un nacionalismo democrático, popular y revolucionario. El pensador, el orador, el conversador incansable y punzante, fue también soldado y poeta. Participó como combatiente en las patriadas radicales del años ‘30, y cantó luego la gesta en un poema, porque al igual que el protagonista, Julián Barrientos, el autor “anduvo en ella”. El poema se llama El paso de los libres, y en su momento lo prologó Jorge Luis Borges, antes de consagrarse como el gran escritor anglo-europeo del Río de la Plata, y treinta años después lo hizo Jorge Abelardo Ramos, que rescató el texto del olvido.

Jauretche, presidente del Banco

Este hombre, que se sintió ingratamente marginado por el movimiento nacional que tanto había contribuido a plasmar, fue convocado por el gobernador Domingo Mercante en 1946 para presidir el Banco de la Provincia de Buenos Aires.

En octubre de ese año se hace cargo de sus funciones y emprende de inmediato la tarea de su reestructuración, y así el Banco, que funcionaba como institución mixta, pasó a ser banco estatal. Jauretche se empeñó con firmeza y entusiasmo en poner el banco provincial al servicio de una política de apoyo al pequeño y mediano productor rural en los marcos de una orientación nacional de industrialización y promoción del mercado interno.

Hasta esos momentos -recuerda el historiador Honorio Alberto Díaz- “la función crediticia en la Provincia se encontraba tergiversada. Los chacareros se veían obligados a recurrir a las casas de ramos generales para obtener préstamos. Dichos acreedores compraban después la producción a esos deudores comprometidos que, después, no tenían más remedio que volver a endeudarse”. Jauretche puso fin a ese mecanismo perverso.

Su gestión al frente del Banco le permitió conocer en su trama íntima la labor de funcionarios y empleados de la banca oficial. Así pudo escribir: “He vivido bastante para sorprenderme de nada. En mi adolescencia creía que la virtud se había refugiado fundamentalmente en las dos carreras que deben estar más lejos de las seducciones del dinero: la de las armas y el sacerdocio. Hace mucho que mis creencias juveniles fueron puestas a prueba, y puedo asegurar que es en los bancos oficiales, en sus funcionarios y empleados, donde he encontrado sus mejores testimonios”. Aunque en estos tiempos revueltos no faltan deshonrosas excepciones, la reivindicación que hace Jauretche de la labor bancaria estatal es por demás oportuna y se corresponde plenamente con el ideario nacional de quien contribuyó, en un momento peculiar de su historia, a la transformación del Banco de la Provincia de Buenos Aires en una de las más sólidas y prestigiosas instituciones financieras de América Latina.

Un motivo más para defender lo nuestro de la codicia de la banca mundial, disfrazada de globalización, y para recordar a un eminente argentino, hoy gran olvidado, que dio peculiar impulso al Banco que presidió y que fue, más allá de esa circunstancia, un patriota cabal en el pensamiento y en la acción.

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Lunes, 23 de Mayo de 2005 21:25 ;?> Hay 1 comentario.

20/05/2005


LA REVOLUCIÓN DE MAYO Y LA LIBERTAD DE MERCADO

25dema1[1].jpgPor Alberto Guerberof
Causa Popular


Muchas generaciones de argentinos fueron educadas en el concepto de que la Revolución de Mayo y sus notables se propusieron dos objetivos: la independencia de España y el comercio libre. Esta interpretación se asociaba a otra: los revolucionarios de Mayo actuaron bajo la doble influencia de las ideas políticas de la revolución francesa y del liberalismo económico inglés. Y una tercera: en Mayo nace, de alguna manera, la República Argentina.

Nada más alejado de la realidad. Los acontecimientos del 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires fueron parte indisociable del levantamiento nacional revolucionario de España y América, desencadenado por la invasión napoleónica a la península y la capitulación de la monarquía borbónica. Como es sabido, el absolutismo, con el retorno de Fernando VII, triunfó en España y fue derrotado en América, la que entonces marchó a la independencia. Es decir, que la Revolución de Mayo fue una revolución hispanoamericana y no el eco tardío en el Río de la Plata de afiebradas lecturas de Rousseau y Adam Smith. Su propósito fue construir una nación, con España o sin ella. Gracias a ese intento nacimos a la existencia histórica.

Tampoco Mariano Moreno y Manuel Belgrano perseguían el establecimiento del comercio libre, o sea lo que hoy llamaríamos la “libertad de mercados”, que no es otra cosa que el librecambio propagado por el imperio británico en su afán por imponer su hegemonía mundial. Una de las primeras globalizaciones, diríamos hoy, respaldada por libros sesudos, hábiles diplomáticos y una poderosa flota. Para los historiadores liberales, a la manera de algunos “comunicadores” de nuestros días, nada podía hacerse sin ingresar como apéndice dependiente al globalismo británico. Pero los autores del 25 de Mayo no pensaron así.

Aquellas ardientes jornadas se expresaron en un gran programa. Fue el Plan de operaciones de Mariano Moreno, inspirado en parte por Belgrano. Se trata de un notable proyecto, ocultado y negado durante muchos años, que propone desplegar una política de inconfundible nacionalismo revolucionario de índole americano. Moreno sostiene en el Plan la necesidad de extender la Revolución por toda América y advierte de los peligros de la incidencia británica en el proceso emancipador. Pero el Plan sorprende por su audacia y por la actualidad de las medidas económico-sociales. Entre otras: expropiación de las grandes fortunas improductivas, monopolio del comercio exterior, control de cambios y del tráfico de oro, monopolio estatal de la minería, fomento de la educación técnica, la navegación y la agricultura.

Lejos de propiciar la reducción del Estado, Moreno se manifiesta favorable a un franco intervencionismo estatal para compensar la debilidad de las fuerzas económicas nacionales de la época. ¡Propone un Estado banquero, empresario e industrial! Para desgracia de los apologistas liberales de Moreno, que lo presentan como un inofensivo abogado deslumbrado por las luces de Europa, y de algunos críticos del revisionismo que vieron en él a un “agente inglés”, las ideas y el programa de Moreno anticipan más bien una concepción adoptada por la generación de la Independencia, los caudillos federales que le siguieron y los movimientos nacionales de este siglo.

De donde no es osado afirmar que Moreno se encuentra más cerca de Jauretche y Scalabrini Ortiz que de Adam Smith, y que la Revolución de Mayo con ese programa no recibiría sin duda la aprobación de los “mercados” ni del FMI. Sin embargo, sus hombres desafiaron al globalismo de entonces encarnado por el vetusto colonialismo español e intentaron enfrentar al pérfido y arrollador colonialismo inglés que se propuso ocupar su lugar. Es cierto que el gran proyecto de Moreno, San Martín, Bolívar, Artigas, de hacer de Iberoamérica una sola y gran nación se frustró. Pero plantaron bandera. No se rindieron, no se sometieron a “relaciones carnales”, propusieron defender las riquezas propias, rechazar la invasión de chatarra foránea y los consejos de banqueros globalizantes. Cuando la Revolución y la Independencia en la unidad no pudieron ser, sonó la hora de los Rivadavia, de los Mitre, de los comerciantes ingleses y de la oligarquía portuaria. Pero se había abierto un camino que otros patriotas -Rosas, Yrigoyen, Perón- retomarían una y otra vez. ¿Cuándo será la próxima?

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Viernes, 20 de Mayo de 2005 19:30 ;?> No hay comentarios. Comentar.

23/03/2005


A VEINTINUEVE AÑOS DEL 24 DE MARZO DE 1976

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Con las banderas de Hipólito Yrigoyen, Jorge Abelardo Ramos y Juan Domingo Perón



Por Alberto Guerberof
Causa Popular


Al cumplirse 29 años del golpe de estado del 24 de marzo de 1976, además del justo repudio y de las consignas que lo condenan, es imperioso formular algunas reflexiones políticas, dirigidas principalmente a jóvenes y adolescentes, en busca de una explicación sobre aquella tremenda derrota nacional y sobre su significado.

La conspiración oligárquica

Hay que empezar por recordar que, un año y medio antes de la instalación por la fuerza de la Junta Militar, la muerte del General Perón había sumido al peronismo y al gobierno popular en una profunda crisis de la que ya no saldría. El legado del gran patriota, que había encabezado el retorno del movimiento nacional tras 18 años de proscripción, fue progresivamente abandonado por unos o tergiversado por otros, sin encontrar en todo caso en ninguno de los sectores dirigentes que se proclamaban sus herederos, la energía, la lucidez y la resolución necesarias para defenderlo y aplicarlo en las difíciles circunstancias de la época. Circunstancias que se vinculaban con el agotamiento del impulso histórico que nutrió al ciclo de revoluciones nacionales que irrumpió en buena parte del Tercer Mundo en la segunda posguerra mundial.

En ese marco no tardó en empezar a urdirse en los centros imperialistas de poder, en las oficinas y despachos de los grandes banqueros, de las multinacionales y de la vieja oligarquía, una vasta conspiración que, como en 1930 y 1955, arrastró con facilidad al sistema de los partidos políticos conservadores o progresistas y a las cúpulas liberal-oligárquicas de las Fuerzas Armadas. El terrorismo jaqueando a un gobierno comatoso proporcionó la excusa necesaria. El gobierno de Isabel Perón cayó finalmente abatido por el golpe oligárquico-imperialista.

Al cabo de casi tres décadas y a poco que se encare un balance objetivo de lo acontecido, se impone una primera apreciación: el "proceso" cívico-militar del 76, lejos de haber sido derrotado con la restauración constitucional de 1983 como postula una banal retórica democratista, triunfó ampliamente y en toda la línea en la obtención de sus objetivos principales.

El programa, que en el orden económico, social y político se propuso llevar adelante, siguió vigente sin ser modificado por ninguno de los gobiernos posteriores hasta fines de la década del 90. En sus últimas declaraciones públicas el ex-ministro Martínez de Hoz consideró al plan de Cavallo como una continuación y profundización de su propia gestión. La entrega masiva del patrimonio público, el desmantelamiento del Estado, la apertura importadora, la desindustrialización, la reducción drástica del papel social y político de la clase trabajadora y la liquidación de sus conquistas y organizaciones, han sido objetivos invariables y permanentes del "proceso", tanto como del alfonsinismo y del menemismo.

Los partidos políticos y el "proceso"

No sorprende entonces que la condena al golpe del 24 de marzo por parte de la mayoría de los dirigentes políticos adquiera un carácter ambiguo, cuando no sea la expresión de una franca hipocresía. En toneladas de declaraciones, artículos y reportajes será difícil encontrar algo parecido a un análisis, y menos todavía sobre la naturaleza social y política del justicialismo y del golpe que lo derribó. En el mismo instante en que se proclama la necesidad de "no olvidar" de preservar la "memoria", se esconde deliberadamente al conocimiento de las nuevas generaciones el papel de ciertos sectores sociales y de casi todos los partidos políticos en la preparación del clima del golpe, en su realización y en la participación directa en el gobierno de la dictadura.

En cambio, una cuidadosa campaña ha convertido a las Fuerzas Armadas en responsables exclusivas de aquel régimen siniestro. Lo cierto es que a estas últimas, impregnadas del espíritu antinacional que las envolvía desde la "revolución libertadora", les correspondió la tarea sucia: la represión brutal, realizada con la bárbara metodología aprendida en los manuales de instrucción amablemente proporcionados por los ejércitos de las potencias occidentales democráticas (que la utilizaron sin contemplaciones en Argelia, Vietnam e Irak). Cínicas, hambreadoras y asesinas, resultaron ser las mismas potencias que a continuación alentaron y respaldaron el desarrollo de los organismos de derechos humanos.

Pero el régimen militar no pudo desplegar su poder despótico ni cometer toda clase de abusos de no contar con el apoyo y participación -en grueso número- de los partidos también "democráticos". Es hora de recordar, en tributo a la verdad y en homenaje a las víctimas de la juventud civil y militar que se inmolaron en aquella pesadilla del terror y el contraterror, a los 300 intendentes de la UCR (La Nación, 25/3/79) cedidos sin pestañear a la dictadura, a los embajadores de ese partido, entre otros Tomas de Anchorena en París, Hidalgo Solá en Venezuela, al secretario general de la presidencia de Videla, el radical Ricardo Jofre, al gobernador de Catamarca, Castillo, a Jorge Vanossi, "constitucionalista" eminente que nunca deja de ponerse la toga para hablar, pero olvida recordar que fue asesor de la CAL, entidad que daba forma a los decretos y leyes de la Junta Militar. Fue seguramente contemplando tan generosa participación que Ricardo Balbín diría por aquellos días desde La Rioja: "Videla es un soldado de la democracia".

Los radicales no estuvieron solos. El partido Demócrata Progresista ocupó presuroso el Ministerio de Educación y la intendencia de Rosario junto a innumerables puestos menores. Más aleccionador resultó todavía el papel jugado por el partido Socialista Democrático, de nutrida experiencia en materia de colaborar con golpes y dictaduras oligárquicas, en particular con la "revolución fusiladora" de 1955. Su jefe en 1976, Américo Ghioldi, fue designado embajador en Portugal y a su muerte sucedido en el cargo por Walter Constanza, dirigente del mismo partido. Otro socialista democrático, Luis Pan, practicaba el colaboracionismo con la Junta asumiendo como interventor de EUDEBA, donde su primera medida fue sacar de circulación y guillotinar ediciones enteras de libros del revisionismo histórico recientemente editados. Es un deber señalar que es a este partido al que pertenecen personajes con patente de demócratas, que alcanzan cierta notoriedad por estos días: el diputado nacional Alfredo Bravo y el candidato a intendente porteño Norberto La Porta (que agrega a su curriculum un fructífero paso por la gerencia de compras del Hogar Obrero). Por la misma época, otro voluminoso idealista salido de las filas de los herederos de Juan B. Justo, Simón Lázara, con el tiempo devenido vocero personal del ex presidente Alfonsín, recorría Europa defendiendo en la tribuna de la Internacional Socialista a la dictadura de Videla como el "mal menor".

En el cuadro de apoyos civiles del "proceso" se destacó el Partido Comunista. Con la variante de que mientras sus máximos dirigentes justificaban el golpe y se aplicaban con ternura a catalogar a Videla y Viola como militares "democráticos", señalando que el verdadero peligro provenía de una presunta ala militar pinochetista, muchos de sus afiliados engrosaban las listas de presos y desaparecidos. Eran los días en que comenzaba a crecer el comercio con la URSS. La lista sería interminable.

Entre las pocas voces, en cambio, que lucharon decididamente en defensa del gobierno constitucional a despecho de sus errores y contra el "proceso", condenando las provocaciones de las organizaciones terroristas y la represión, estaba el Frente de Izquierda Popular, manteniendo en alto la bandera caída de la revolución nacional. Pero la relación de fuerzas ya era totalmente desfavorable. Por eso, de nada vale repudiar el golpe de hace 29 años sin desentrañar las causas de fondo del mismo, la alianza social que lo llevó a cabo, los respaldos políticos con que contó, la actitud de la prensa comercial, fiel termómetro de la opinión de las clases dominantes, y la injerencia de los centros extranjeros de poder. Procediendo de esta manera se podrá descorrer el velo con que en los últimos actos conmemorativos se tapaba o minimizaba el hecho esencial: el golpe del 76 se organizó para derribar a un gobierno popular aunque débil y sin voluntad de defenderse a sí mismo, y crear las condiciones que condujeran a liquidar al peronismo como movimiento nacional. No es casual que quienes agotan la cuestión en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos ignoran y encubren el cinismo de la partidocracia semicolonial que tras sostener al régimen militar, esperanzado en su tarea de demolición del movimiento nacional, sólo toman distancia y lo abandonan cuando éste se enfrenta en Malvinas con el imperialismo. Los partidos democráticos apostaron y ayudaron a la derrota militar argentina con todo tipo de maniobras tendientes a una salida "democrática". Tampoco puede obviarse, como se hace, el papel jugado por Montoneros y el ERP y la instrumentación que de sus atentados y acciones terroristas en gran escala hicieron fuerzas extranacionales que al mismo tiempo azuzaban a los mandos militares lanzándolos a una represión masiva, distrayendo su atención mientras que el equipo civil de Martínez de Hoz entregaba la soberanía nacional, enfeudaba al país al capital financiero internacional y suprimía las conquistas obreras.

Veintinueve años después: no volver a confundir al enemigo

Veintinueve años después, ignorar todo lo acontecido y a todos los actores de entonces para denostar indiscriminadamente a los "milicos" , no es sino un burdo engaño criminal maquinado en nombre de una democracia formal y de un derechohumanismo abstracto frente a la realidad desgarradora de un país convertido en colonia miserable del imperialismo mundial, quebrantada la voluntad nacional de forjar un destino propio.

Para no volver a cometer los errores del pasado, para no repetir las tragedias vividas, no hay solución que no provenga de los argentinos mismos, del decantamiento crítico de la propia experiencia, del rechazo de los cantos de sirena que desvían la mirada del enemigo principal, el imperialismo extranjero. Esa es la verdad que debe restablecerse para unir férreamente a los sectores que se procura dividir y enfrentar, porque de ello depende en buena medida la posibilidad de preparar la lucha por una nueva revolución nacional que rehaga de pies a cabeza esta sociedad argentina exhausta de injusticia, dependencia y humillación.
Miércoles, 23 de Marzo de 2005 19:53 ;?> Hay 2 comentarios.

29/11/2004


MANUEL UGARTE: "SOMOS LO QUE SOMOS"

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A 53 AÑOS DE SU MUERTE UN GRAN ARGENTINO OLVIDADO
TIENE ALGO QUE DECIRNOS



Por Alberto Guerberof(*)

A pesar de los esfuerzos desplegados por los teóricos del posmodernismo, que postulaban archivar la historia, ésta vuelve una y otra vez por sus fueros. Y cuando el país, literalmente desmantelado y vaciado por décadas de políticas liberales impuestas desde los centros de poder trasnacionales, queda reducido a escombros, es el turno de ciertos analistas ligados al poder financiero mundial para quienes la Argentina no es ya capaz de ser “autosustentable” y es mejor que desaparezca devorada por el “riesgo país”.

Los contornos borrosos de un contorno caótico, con esa espesa bruma que todo lo envuelve, crean un auténtico clima de fin de época y un afán por comprender lo que ocurre que arranca volviendo una mirada al pasado.

La memoria y la esperanza

Pocas semanas atrás, sorprendió en Buenos Aires el interés que acompañó a los actos con que se recordó el centenario del nacimiento de Arturo Jauretche, ese olvidado y enorme pensador argentino (1901-1974), poeta y verseador, paisano alzado en armas en la patriadas radicales de la Década Infame, orador, escritor y gauchipolítico, nexo entre el yrigoyenismo histórico y el peronismo, sin cuya penetrante mirada no sería comprensible la Argentina del siglo XX. Rescatar la memoria de los argentinos que pelearon por un país distinto, que fuera dueño de su destino, parece ser un fenómeno que se despliega en múltiples direcciones.

El 2 de diciembre se cumplen 50 años de la muerte de Manuel Ugarte, otro luchador notable. Integrante de la Generación del 900 junto a figuras de excepción como José Vasconcelos, Manuel Gálvez, Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Gabriela Mistral, Rufino Blanco Bombona, Ugarte, nacido en Buenos Aires en 1878, sintetizó mejor que ningún otro, uno de los rasgos esenciales de aquella generación: el redescubrimiento de la unidad de Iberoamérica, apenas conquistada la primera Independencia, frustrada por las intrigas de las grandes potencias y la europeización de las clases dirigentes locales.

La reunificación de Latinoamérica, la Nación inconclusa, fue la gran bandera de Ugarte. Ella le valió una gran popularidad en los países latinoamericanos, a los que visitó en resonantes campañas, pero le acarreó la hostilidad o el desconocimiento en su propio país, envuelto en la burbuja de prosperidad agropecuaria en que se sustentaba la alianza anglo-oligárquica que lo gobernaba en los albores del Centenario (1910) de la Revolución de Mayo.

Pero Ugarte no se limitó a enarbolar esa gran causa. Fue un socialista criollo, en un país en que se había formado un Partido Socialista enteramente moldeado en una concepción europea de la cuestión social. Por su postura fue expulsado del citado partido, creado y dirigido por el Dr. Juan B. Justo, un destacado dirigente político y traductor de El Capital, rabiosamente adscripto a los dogmas económicos, históricos y políticos del liberalismo, que Sarmiento había resumido en la célebre antinomia político-cultural: civilización o barbarie.

Ugarte juzgaba pertinente que Hispanoamérica se enrolase resueltamente en el campo de los países pobres, de los así llamados sin historia, mientras el núcleo dirigente del socialismo clásico, con Juan B. Justo a la cabeza, se consideraban a sí mismos y a su proyecto político como parte de “la carga del Hombre Blanco” o, lo que es lo mismo, de la misión “civilizatoria” de Occidente sobre el resto del planeta.

Los libros de Ugarte conforman una obra que es imprescindible conocer para recrear una conciencia nacional sin la cual las nuevas generaciones difícilmente encuentren la salida al laberinto de una crisis como la que se padece. Escribió “El Porvenir de América Española” (1910), “La Patria Grande” (1922), “El destino de un continente” (1923), entre otros títulos, todos ellos editados fuera del país. Recién en 1953, cuando habían transcurrido dos años de su muerte, el historiador y político Jorge Abelardo Ramos publica “El porvenir de América Latina” con un estudio previo que rescata por primera vez la figura y la trayectoria de este argentino de la Patria Grande.

“Somos lo que somos”

No sorprende que Manuel Ugarte fuera un activo neutralista en las dos guerras mundiales que las grandes potencias, Europa y EEUU, libraron en el siglo XX con la complicidad de las clases gobernantes y de los círculos ilustrados de las capitales del continente.

Al mismo tiempo, afirmaba en cada ocasión su condición de argentino, pero sobre todo de latinoamericano que debía recuperar su Patria Grande impedida de constituirse por el imperialismo. En otro período de su lucha encaró con firmeza la defensa de la industria nacional, ahogada por el librecambio. Lo hizo desde las páginas del diario “La Patria” que dirigió en 1915 y desde otras tribunas después. Defensor consecuente de los derechos sociales de los trabajadores, Ugarte había cometido todas las transgresiones que la oligarquía dominante no perdonaba. Concluyó con coherencia su vida política apoyando al Coronel Perón en 1945 y como embajador de su gobierno en México, Nicaragua y Cuba. En la noche del 1° al 2 de diciembre de 1951 falleció en Niza, sin saberse si el suicidio o un desafortunado accidente puso fin a los días de este gran argentino que supo afirmar (1912): “Soy un hombre sereno y amigo de la paz … pero ante la agresión sistemática, ante la intriga permanente, ante la amenaza manifiesta, todos los atavismos se sublevan en mi corazón y digo que si un día llegara a pesar sobre nosotros una dominación directa, si naufragaran nuestras esperanzas, si nuestra bandera estuviera a punto de ser sustituida por otra, me lanzaría a las calles a predicar la guerra santa brutal y sin cuartel, como la hicieron nuestros antepasados en las primeras épocas de América, porque en ninguna forma ni bajo ningún pretexto podemos aceptar la hipótesis de quedar en nuestros propios lares en calidad de raza sometida ¡Somos indios, somos españoles, somos latinos, somos negros, pero somos lo que somos y no queremos ser otra cosa!”.

(*) Publicado en la Revista Compartir – Diciembre 2001
Lunes, 29 de Noviembre de 2004 21:15 ;?> No hay comentarios. Comentar.

20/11/2004


LA VUELTA DE OBLIGADO

20 de Noviembre: Día de la Soberanía



Por Alberto Guerberof (*)

Amanecía el 20 de noviembre de 1845 cuando aparecieron los invasores. Una poderosa escuadra anglo-francesa se internaba en el Paraná al frente de un convoy de 90 buques repletos de mercaderías. El conjunto de la expedición estaba al mando del almirante Hotham. La flota británica, a cargo del almirante Inglefield, estaba compuesta por 9 naves de guerra a vela y 3 vapores portando 136 cañones Peysar de “última generación”, que acababan de ser entrenados en China, en la llamada Guerra del Opio, última tropelía del Imperio antes de su incursión en el Río de la Plata. La francesa, al mando de Lainé, incluía 3 grandes fragatas, corbetas y bergantines en número de 5, y dos vapores. En total 282 cañones-obuses Paixhans que disparaban proyectiles de 80 libras tanto o más potentes que los de sus aliados.

La defensa de la Confederación Argentina fue encomendada por Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires y encargado de negocios de la Confederación, al general Lucio Mansilla, un veterano de la guerra de la Independencia.

En la Vuelta de Obligado, donde el Paraná dibuja un recodo y se estrecha, Mansilla se preparó para resistir. Atravesó el río con 3 gruesas cadenas sostenidas por 24 lanchones. La singular barrera era custodiada por el único barco con el que contaba la milicia criolla, el Republicano. Sobre la orilla derecha del río se colocaron 2 baterías antes de las cadenas, una a la altura de las mismas y una cuarta por encima de ellas. La suma daba 30 viejos cañones de pequeño calibre atendidos por 160 artilleros y 2.000 hombres atrincherados, apenas armados con fusiles.

Soberanía y globalización en el Siglo XIX

¿Por qué se producía la intervención europea? En julio de 1845 los enviados de las potencias europeas, Ouseley y Deffaudis, presentaron a Rosas un ultimátum, exigiendo el retiro de los buques de Brown que sitiaban Montevideo, el retiro de las fuerzas argentinas destacadas por Rosas en la Banda Oriental, y la renuncia del general oriental Oribe a recuperar Montevideo con el apoyo del gobernador bonaerense. El gobierno de Rosas se mantuvo firme y no cedió a ninguna de las pretensiones imperiales. Con la máscara de una “mediación” en la prolongada guerra civil que se desarrollaba en la Banda Oriental, los comisionados de Londres y París encubrían objetivos más vastos, más globales. Estos se cifraban en la obtención de la libre navegación de los ríos, en este caso el Paraná, en la búsqueda de nuevas rutas de penetración comercial. En lo inmediato del mercado paraguayo.

En el trasfondo histórico de los acontecimientos de 1845 se desenvolvía la avasallante expansión del capitalismo británico y –socios y rivales al mismo tiempo- las aspiraciones de la Francia colonialista. Los ejes que guiaban la política exterior inglesa consistían en conquistar mercados para sus exportaciones y plazas para colocar sus empréstitos e inversiones. Para ello los conflictos que escapaban a esa estrategia, debían ser eliminados. Entre ellos estaba la lucha de Oribe por recuperar toda la Banda Oriental para su legítimo gobierno. De ahí que con la excusa de una “mediación” pacificadora se gestó la invasión anglo-francesa.

El clima de la misma fue creado por una copiosa campaña periodística y literaria destinada a probar la barbarie de los argentinos, en la que se destacaron desde Europa, la Revista de los Dos Mundos y desde Chile el diario El Progreso donde el emigrado sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento empieza a publicar un folletín titulado Facundo en el que contraponía la “civilización europea” a la “barbarie gaucha”. Corría mayo de 1845. Las potencias europeas ya estaban alistando la fuerza expedicionaria.

El bloqueo de puertos y países, la apertura forzosa de ríos interiores y la creación de estados-tapón son componentes esenciales de esa estrategia. La “independencia” del Uruguay había tenido ese origen. Ahora se buscaba la segregación de Corrientes y Entre Ríos de la Confederación, y convertir a Montevideo en puerto franco internacional. Se propiciaban las soberanías ficticias para desintegrar a las naciones históricas y reales que se presentaban como obstáculos para la expansión mundial del capitalismo europeo presentado como sinónimo de “progreso”. ¿Aquellos viejos argumentos, no son exhumados hoy, en la era del capitalismo neoliberal, para justificar los bloqueos de Cuba, Irak o Libia y otras delicias intervencionistas de la posguerra fría? Es a la luz de estos rasgos de la política inglesa de la época, que podrá entenderse la naturaleza del conflicto que enfrentó la Confederación Argentina. A mediados del siglo XIX todo el planeta estaba claramente dividido en metrópolis imperiales y opresoras y en pueblos y naciones oprimidos. Las tierras del Plata pertenecían claramente a esta última categoría, y es en ese contexto que debe medirse –cualquiera sea la valoración que se haga de su política interna- la dimensión del patriotismo de Rosas, que rechazó con dignidad y resistió valientemente la extorsión globalizante de la potencia hegemónica de su tiempo.

Una victoria nacional

Los argentinos se encontraron en definitiva ante una instancia crucial. Para el historiador A. J. Pérez Amuchástegui: “Ya no quedaba alternativa, había llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa y decidir cada cual con su conciencia, si peleaba del lado de la soberanía nacional o del lado de los que venían a arrasarla. Nacionalismo o colonialismo eran los términos reales del problema, y nadie se podía llamar a engaño”.
Nadie lo hizo. Ni la emigración unitaria en Montevideo, que mendigó y colaboró con la fuerza intervencionista extranjera, ni el Libertador San Martín que desde el primer momento se solidarizó con la causa de la Confederación Argentina antes de legar su sable a Juan Manuel de Rosas. Dos actitudes diametralmente opuestas que reaparecerían en ocasión de la Guerra de Malvinas y cada vez que el interés nacional entraba en disputa con un poder foráneo.

El día del combate de Obligado, 20 de noviembre, dio comienzo con un intenso bombardeo por ambas partes. La superioridad de la artillería enemiga, en tres horas de fuego nutrido, se impuso a las baterías de la costa. Por dos veces la marinería de los invasores intenta el desembarco pero es repelida por los gauchos-soldados de Mansilla que hacen derroche de heroísmo e infligen fuerte daño al enemigo. Este tiene 150 hombres fuera de combate y 4 naves muy averiadas. Por su parte, las tropas argentinas sufren la muerte de 240 hombres, 400 heridos y la destrucción de las baterías. Mansilla es seriamente herido y Juan B. Thorne, el valiente artillero que ensordece en la batalla, recibirá para siempre el apodo de El sordo de Obligado. Habían sido 10 horas de lucha sin cuartel que cubrieron con cadáveres las barrancas del Paraná.

Forzado el paso, y después de reparar las naves dañadas, la flota imperialista remonta el río. Ha sufrido la deserción de numerosos mercantes, y al resto le espera un completo fracaso comercial al que concurren la pobreza de los pobladores y la hostilidad de los criollos hacia los extranjeros intrusos. El investigador canadiense H. S. Ferns coincide con que: “Los resultados políticos y económicos de esa acción fueron, por desgracia, insignificantes”. En otras palabras, Inglaterra y Francia habían tenido una muy ajustada victoria militar y una clara derrota política. Los gauchos de Mansilla con cadenas y viejos fusiles y la hábil diplomacia de la Confederación habían obligado a las dos primeras potencias mundiales a firmar poco tiempo después la paz y a retirarse del Río de la Plata, envueltas en el fracaso y en el abatimiento.

(*) Revista “Compartir” – Octubre de 1997.
Sábado, 20 de Noviembre de 2004 20:42 ;?> No hay comentarios. Comentar.

18/04/2004


LA TRIPLE FRONTERA DEL PRESIDENTE

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Entre el pejotismo, el progresismo y el peronismo



Por Alberto Guerberof
Causa Popular


El presidente Kirchner inició su gestión disponiendo de un margen muy estrecho de poder real. Para muchos era un presidente sin partido de una nación sin estado. Para otros tantos, sorprendidos por los primeros anuncios, podía pertenecer a ese reducido lote de mandatarios latinoamericanos que suben al caballo por la derecha y bajan por la izquierda. Para todos, en el severo banco de pruebas de la interminable crisis argentina, pronto se desbrozarían las ilusiones de las esperanzas, y ocuparían su correspondiente lugar, las palabras y los hechos.

Se entiende que las poderosas fuerzas que dominan la Argentina semicolonial y que lucran con la impotencia a que la condenaron, propicien la parálisis de la voluntad presidencial. Entretanto, se han hecho apenas audibles los ecos de los acontecimientos de diciembre de 2001 y febriles personeros del establishment buscan sin descanso alentar un escenario de restauración del neoliberalismo; mientras, la dirigencia pejotista mira para otro lado. Los otros partidos están igual de desorientados. La izquierda bochinchera, seudopiquetera e inepta sigue deshojando la margarita y favoreciendo los planes de la reacción.

Una sociedad que cambia

El peronismo, derrocado en 1955, fue – decía Arturo Jauretche – el último ensayo de una economía nacional independiente. Sobre la base de un capitalismo autónomo y una justicia social distributiva, el desarrollo, durante aquellos diez años de gobierno popular no dependió de una burguesía nacional fuerte y propia que no llegó a ser. No siempre se recuerda que la élite gobernante oligárquico-terrateniente que se impone en la batalla de Pavón (1861), se caracterizó por no invertir, por derrochar el excedente, y transmitía esa conducta de “vivir de renta”, a las clases subalternas. El lugar de una burguesía lo ocupó el Estado como el gran empresario y banquero de los emprendimientos e inversiones más importantes. Es un dato que debe retenerse cuando parece que se propicia la creación de una “burguesía nacional” como la clave para retomar aquel camino que frustraron la oligarquía de la época y las potencias mundiales hostiles a la industrialización argentina.
No obstante los golpes recibidos, la producción industrial – como verifica el economista Eduardo Basualdo – siguió siendo el factor preponderante de la economía hasta 1976, en que por medio de la dictadura salvaje del “proceso”, Martínez de Hoz desplazó a la industria nacional y le arrancó el control de los segmentos del mercado interno que había puesto en sus manos con el régimen de sustitución de importaciones.

En la década del 80, y en sintonía con la “revolución conservadora” en los centros de poder mundial, el país ya había pegado un fuerte retroceso. La antigua oligarquía terrateniente y ganadera sucumbía a la sombra de la extinción del vínculo comercial estable con Europa. Ese espacio en la cúspide progresivamente fue ocupado por grandes firmas trasnacionales de la intermediación parásita, mientras los descendientes de las familias oligarcas se volcaban al sector financiero u organizaban circuitos turísticos a sus estancias convertidas en museos.
En medio siglo se había transitado de la República vacuna, conservadora y probritánica de los 30 a la República sojera, monoproductora, excluida y castigada de comienzos de milenio. En el ínterin, la decrépita oligarquía europeizante no pudo ni sostenerse a sí misma como grupo hegemónico, pero tuvo la fuerza e influencia suficientes para frustrar el proyecto industrializador, soberano y con justicia social del peronismo.
Una impresionante vuelta atrás experimentaba el país cada vez que las clases gobernantes se empecinaban en ajustar la realidad al esquema importado. Así fue durante muchos años. Para ponerle una fecha, en el campo de la política financiera, verdadero grifo por el que se producía la descapitalización nacional a favor del capitalismo extranjero, desde que en 1956, la “revolución libertadora” afilió al país al FMI y aceptó sus ajustes y monitoreos. Habitualmente, todo se reducía a un golpe de furca cuyo botín compartían los socios extranjeros del bloque dominante. La convertibilidad fue la culminación de todo un ciclo histórico. Tan virulento retroceso debía tener su correlato en la degradación de las prácticas políticas.

Del peronismo al pejotismo

El peronismo fue parte de los levantamientos nacionales y antiimperialistas que conmovieron al planeta al finalizar la segunda guerra mundial. Con jefes nacionalistas o socialistas, civiles o militares, dichos movimientos se proponían reducir la brecha histórica que separaba a sus países del Occidente hiperdesarrollado que los oprimía. Con la caída del imperio soviético y la globalización capitalista, las revoluciones y movimientos nacionales de aquel período, sin respuestas a la nueva situación, se enfrentaron en crecido número a una franca decadencia. El peronismo no fue ajeno a ese proceso y las peores prácticas de los partidos que apuntalaban la dependencia penetraron profundamente el tejido político del gran movimiento creado por Perón. El clientelismo, la corrupción parlamentaria, los despotismos locales, los internismos salvajes, sepultaron la herencia del 17 de octubre. De ese modo las banderas populares fueron archivadas y con aportes parejos de la “ortodoxia” y de la “renovación” fue posible el apoderamiento del PJ por parte del menemismo y su proyecto ultraliberal.

El transversalismo, concepto y categoría atribuidos al Presidente, se propondría apartar la capa más contaminada de la dirigencia del PJ y de todos los partidos, facilitando el sinceramiento del sistema político y la creación de una fuerza propia. El legítimo propósito del kirchnerismo y la necesidad impostergable de sanear las representatividades políticas enfrenta también no pocos peligros. Si el transversalismo se limita a una operación de aritmética electoral, sumando fracciones y tendencias con una visión que no va más allá de las siguientes elecciones, será el rótulo de un nuevo fracaso o el ingenioso ardid de los personeros del statu-quo. Apuntará en la dirección correcta, en cambio, si se propone ser cauce de unidad de las fuerzas patrióticas y populares hoy dispersas bajo diversas siglas y que constituyen el motor de una profundización de los cambios iniciados.

El enemigo intenta levantar cabeza. Este, a pesar de sus luces y sombras, no es su gobierno. Ya están en los medios, con frecuencia creciente, López Murphy, el Cema, Menem. Los autores y cómplices del gran desfalco de los 90, vuelven a circular. El blanco es el Presidente. Éste a su vez, deberá calibrar muy bien la política de alianzas que le permitirá afirmar y ampliar el espacio del nuevo poder. Será el momento de evaluar con todo rigor el papel del progresismo, estuche brilloso de una quimera que cuando cobró realidad se presentó con la silueta del verbalismo alfonsinista o con la no menos ruinosa de la Alianza de triste recuerdo.

¿Que se hará con las FFAA? Los recientes episodios, incluidos el acto y cierre de la Esma, no contribuyeron a esclarecer el tema. Menos aún, la eliminación de retratos. Los antiguos Incas borraban de sus inscripciones o registros llamados quipus toda referencia a sus enemigos vencidos. Creían de ese modo borrarlos de la historia. Perversidad ingenua a la que no le faltarían imitadores modernos. La galería de retratos podrá estar poblada por figuras venerables o execrables, pero las oportunidades históricas para retomar, las FFAA, la senda de los Libertadores y asumir el papel militar, productivo e iberoamericano que demanda el presente, no se repetirán fácilmente.

¿Que pasará con los sindicatos? ¿Se los seguirá juzgando desde el ángulo de verlos poco rentables electoralmente? La existencia de una clase trabajadora reducida por una brutal y prolongada desindustrialización, no habilita a dejar de lado a un sector decisivo, cuyo realismo político y peso social, se incrementarán en la misma medida que se ingrese en serio a un nuevo modelo económico donde los salarios no los fije el FMI ni el empleo o el nivel de actividad se regulen con los acreedores fraudulentos y bonistas de una deuda ilegitima.

En otras palabras, desde la Izquierda Nacional sostenemos que hay que contar a la máxima brevedad con un amplio frente político y social, nacional, popular, democrático y latinoamericanista, que promueva y organice la movilización popular, que respalde e impulse la profundización de las medidas adoptadas que por sí mismas son insuficientes, que neutralice el peso muerto de aparatos partidarios y que garantice que el cauce abierto con la agenda del kirchnerismo: ruptura y rechazo al neoliberalismo, derechos humanos y sociales, Mercosur y Unión Sudamericana sean los pasos iniciales de la revolución nacional y social que, en diversos modos y tonos el pueblo argentino reclama y merece.
Domingo, 18 de Abril de 2004 19:53 ;?> No hay comentarios. Comentar.


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