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20/07/2005


"TELARES DEL PLATA"

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TALLER DE ARTE TEXTIL
tramando la identidad



Este taller, se dictará en el Centro de Etnología Americana y Argentina (CAEA), unidad ejecutora del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), sito en Av. De Mayo, 1437, 1º "A", de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a partir del 01 de agosto de 2005.

Para informes e inscripción llamar al (011)15 58534008 o dirigirse por mail a caea@sinectis.com.ar, o cabreragra@hotmail.com. / emiliadelinti@hotmail.com

Son objetivos generales:

Rescate de técnicas y diseños textiles tradicionales
Telares y bastidores, de raigambre aborigen, criollo y urbano.
Charlas, cursos y conferencias.
Textilería tradicional aplicada .
Posibilidad de salida laboral.


Prof.: Graciela E. Cabrera
Egresada del Instituto Universitario
Nacional del Arte (IUNA)
ESPECIALIDAD: Arte y artesanías nativas

.
Miércoles, 20 de Julio de 2005 21:01 ;?> No hay comentarios. Comentar.

25/06/2005


CARLOS GARDEL

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A 70 años de su muerte



No para dar por pensado,
sino para dar en qué pensar


Agenda de Reflexión - Nº 294, Año IV.
Buenos Aires, viernes 24 de junio de 2005

Por Máximo Orsi

Para decir lo que era me sobran las palabras,
su nombre es, y ha sido pregón de las barriadas.

Zorzal en todo cerco de las casitas pobres,
farol en una esquina plateando los zanjones.

Fue su chambergo gaucho y su sonrisa franca
el pasaporte criollo de todas las aduanas.

El le cantó a las novias en suaves serenatas,
y puso en sus murmullos dulzor en las palabras.

Lucía como nadie su estampa bien porteña
porque amasó en cien noches su lírica bohemia.

Desde el salón más rico hasta el boliche más pobre
él siempre fue el "Carlitos" humilde, sin retoques.

Las pibas lo querían, las viejas lo adoraban,
él fue como un lucero en toda madrugada.

De pronto, sin quererlo sintióse golondrina,
y en ese viaje sin retorno se fue con su sonrisa.

Lloraron las guitarras, heridas en sus sones
Cuando calló vencido el as de los cantores.

Pero quedó flameando su nombre cual bandera
porque lo lleva el viento como oración porteña
.

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Sábado, 25 de Junio de 2005 01:16 ;?> No hay comentarios. Comentar.

04/05/2005


HOMENAJE A HOMERO MANZI

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Cuando Cátulo despidió a Homero...
"Mirando al Sur" adhiere al homenaje al hombre del tango,
de FORJA y de la Patria



No para dar por pensado,
sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión - Nº 278, Año III

Buenos Aires, martes 3 de mayo de 2005

Ya lo sabíamos todos. Este instante en que había que entregarte el adiós desde un entarimado. Mucha gente. Y una noche muy larga de angustiosos saludos y de lágrimas, y el apretón de manos y el abrazo.

Y tu madre, deambulando entre flores, como un viejo quebracho, con la mirada firme –hora tras hora- hasta el momento mismo en que podríamos recogerla en los brazos, desplomada.

Ya sé que lo sabíamos, pero también lo ignorábamos todo, y a fuerza de ignorarlo lo sabíamos, y esta esperanza nuestra de que no fuera así lo decretado. Y también tus engaños, cuando te sonreías con esa misma cara que miramos durmiendo, afilada y cerúlea, con tu barbita negra que tenía hilachas blancas y el cuerpo lastimado en todas partes.

Ya sé que lo sabíamos, Homero, pero menos que tú, que lo sabías mejor, como supiste todas las cosas que no se aprenden nunca y que se saben.

Porque también sabemos que la muerte no es nada y no tiene misterio.

Misterio tiene un verso, una sonrisa.

Pero tú estás durmiendo, y entonces hay que evitar la muerte de un recuerdo, y escribirte estas cosas que nos hizo más honda la vigilia y el regresar atrás, rumbo al principio, para verte mejor, sin el cansancio oscuro del café, del alcohol, de muchas muertes, como la tuya ayer, la más sentida.

Para hacerte una historia, hermano mío, comenzaría así:

Se acercó con sus cosas que tenían la simpleza genial del propio pueblo. Un trasunto de calles orilleras, arboladas y viejas como el duende que transitó sus tangos, y que vivió en sus ojos que eran negros y tristes y profundos. Tal vez, toda la infancia que alborotó las tardes de extramuros, y el poema del hermano mayor que él admiraba.

Una fuerza indomable le llegaba de lejos; no sé si de Añatuya, su pueblito purinke con Imasti el capataz indígena o su hermano Román que amansaba el rosillo en la heredad paterna.

Acaso el algarrobo triste o el chañar que tiraba las sombras en la tierra reseca, o la lejana cruz de calicanto con que cantó algún día en los años el poema de María Chacarera.

Pero era –de todos modos- ese misterio eterno que lastima el insomnio de los hombres que piensan y que sufren y crean, cuando vuela la idea, y el cerebro adquiere dimensiones de cosmos, sin medida posible.

No sé si fue Carriego –allá, hace mucho- quien lo inició en la hermética religión de los versos desvestidos de retórica inútil y falso preciosismo versallesco. Pero un día encontró que era posible decir lo que sentía sobre un metro de tango –el más humilde- y entregarle a su barrio, a su ciudad, al pueblo, el vigor de un mensaje que tenía olor a calle, y a viento, y a boliche.

El recibió el impacto de un barrio suburbano, sureño y empinado sobre las piedras hoscas que recorrió la chata de Damián, el carrero.

El recibió los suspiros más dulces de la chiquilla humilde que vivía en la casa de enfrente, entre las verjas donde había campanillas y un cedrón y una planta de malva. Llegaban desde lejos, musicales y hondos, los golpes del herrero y había silbatina de muchachones simples que se acostaban tarde, contemplando a la luna o al vigilante gaucho desde aquella vidriera.

Decorado sutil para sus ojos buenos. Barrio inefable y puro para su corazón y su tristeza.

Envolviera esas cosas pequeñas y hondas en esa cosa absurda que es un verso y así encontró su clima y se lanzó a la vida desde unos pantalones cortos y una cara rechoncha, y una ruta que subía calle arriba hasta San Juan y Loria.

Después hubo un colegio que se llamaba Luppi. Y amigos diferentes, y todo Puente Alsina, con sus alcantarillas y sus luces perdidas en la noche.

“San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación”. Los años se asomaron al bozo y fue un hombre que de pronto buscaba a la vida, caminando hacia el norte, sobre antiguos tranvías rechinantes y torpes.

Tal vez la facultad fuera una excusa para hurgar una ciencia que no necesitaba. Las leyes eran cosas sin aristas, ni color, ni misterio; que misterio era el suyo, el que traía encerrado en cien gestos para copar la vida y ganar la postura a salto y carta.

La ciudad ya era fácil porque estaba más cerca y titilaba en miles de letreros luminosos.

Así creció de pronto, como acortó su nombre: Homero Manzi.

¿Quién era Homero Manzi...?

Era una cosa nuestra, nada más. Unos ojos muy grandes que miraban las noches con ternura de niño, reflejando el paisaje que llegaba de adentro: el de su calle. Su calle y sus recuerdos.

Tremolante y terrible, el vértice esperaba para iniciar la lucha. Y Homero, Homero Manzi, se armó de la palabra y de la idea.

Lo encuentro en las esquinas, orador de contiendas quijotescas, templando sus veinte años y enarbolando sueños de muchacho, y fustigando el alma en una búsqueda de sensaciones nuevas pero intuidas quién sabe desde cuándo.

Y tal vez ese fárrago de cosas que se esconden en las ramas más altas de las horas. Un borbotón de alcohol y trasnochada, el amigo encontrado sobre el filo del alba en una esquina.

“Bandoneón. Hoy es noche de fandango y quiero confesarte la verdad. Pena a pena, copa a copa, tango a tango, embalado en la locura del alcohol y la amargura...”.

Así plasmó sus versos, en ese estrujamiento del espíritu que busca la expresión para decirla y a veces no la encuentra...

Pero también la lucha le señalaba un puerto: los autores de versos y los músicos que eran como él producto de las calles, y que hablaban en su mismo lenguaje musical y encendido. Así llegó hasta ellos, a nosotros, para formar el nudo y para atarlo con la fuerza feliz de su palabra. SADAIC era un símbolo que apretaba en la sigla cien caminos de conquistas gremiales que estaban ya a un paso, nada más, de la esperanza. Homero ya era un hombre.

Y su barba crecida, casi excéntrica, le dio fisonomía de patriarca. Un patriarca muchacho que recordaba cerca de sus ojos, que a veces le brillaban como lágrimas...

Y en alud formidable, su pujanza: el cine, el teatro, el periodismo, todo. Fue una múltiple sed por la conquista que nunca le fue esquiva. Tal vez porque sabía que estaba la muerte agazapada, que nada es perfecto, que el hombre tiene el sino marcado de antemano.

Un día, cualquier día, lo encontramos herido. Empezaba el regreso hacia la tierra, al barrio, a los recuerdos... Nos engañaba a todos, sin engañarse él mismo, que presintió el final con esa misma angustia con que se presienten los versos que a veces no se escriben. Y su verso final es todo esto que sin estar, está. Que lo recuerda, que lo lleva y lo trae, que lo exalta, que lo agranda y lo borra y lo redime, angustiando esta sorda impotencia de persistir llorando su temprana partida.

Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros. Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno. Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche –en el pescante- contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra.

Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi- y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño.

Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro
.

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Miércoles, 04 de Mayo de 2005 10:54 ;?> No hay comentarios. Comentar.

24/06/2004


UNA LÁGRIMA EN LA GARGANTA

4.jpgNo para dar por pensado,
sino para dar en qué pensar


Agenda de Reflexión
Número 194, Año III, Buenos Aires, jueves 24 de junio de 2004


El 24 de junio de 1935, en Medellín, Colombia, se estrelló el avión con el que inauguraba una nueva gira latinoamericana Carlos Gardel [1895-1935] La conmoción mundial fue tremenda. Se apagó así su vida legendaria -leyenda que él mismo regó con frases como "nací en Buenos Aires a los dos años y medio de edad"-, pero no se apagó su voz invicta, la que sustenta el mito que nunca termina, la que cada vez canta mejor. Esa voz que alguna vez le hizo decir al gran Enrico Caruso -que algo entendía de esas cosas-: "Usted tiene una lágrima en la garganta".

Fábula para Gardel

De Horacio Ferrer

Ayer me preguntaste, hijito mío,
por primera vez,
quién es
ese Gardel, ese fantasma
tan arisco,
empecinado
con seguir guardado
en la cueva con asma
de su disco
polvoriento.

Lo que yo sé,
te lo cuento:
algunas veces,
cuando te has dormido,
las noches en que hay pena
llena,
se aparece
ese escondido
duende, medio juglar
y medio loco,
para matear
con tu padre y conversar
un poco.

Ah, si lo pudieras
ver
con su sencilla elegancia fantasmera,
a saber:
en una chalina ligera
de plumas de torcaza sola
sus hombros arrebuja.
El traje es de
cuerdas de guitarras españolas
que
alguna bruja
ñata
y hippie le ha tejido.

La corbata
es de claveles
encendidos,
para abrigar los
cascabeles
de su voz.
Y dos
zapatos, muy de peregrino,
que no son zapatos, sino
que son caminos.

¿Qué en dónde nació?
Hijo mío, ¡qué se yo!
De acuerdo a lo que él mismo me ha contado,
parece que nació trepado
a una veleta
niña
que apuntaba al Sur;
y que un poeta
y un gallito de riña
y un augur
le enseñaron a vivir
y a sonreír.

Será por eso
que salió un poco travieso
¿viste?
como vos
y como yo,
un cachito triste.

Su sonrisa,
hijo, es una
pícara y honda y rara
raya de tiza
iluminada con luz de la otra cara
de la luna.

Y canta, canta,
canta con su voz de siete gritos,
pero canta, siempre, con ese humilde modo
de quien tiene, por sabio, en la garganta,
dos ojitos
que han visto, ya, del hombre, todo, todo.

Su canto, te diría
que parece
un claro
aljibe
en donde crecen
los tangos pibes
que no se cantaron,
todavía;
y, también, aquellos tangos que ya fueron,
esos que escriben,
en el paragolpes de su camión,
los camioneros
del Cerro y de Constitución.

Después,
el alba ya,
a las cinco en punto,
se me va. Se va.

Y, tal vez,
en su forma melancólica de irse,
se adivina, un cacho,
que ese duende,
tan muchacho,
entiende
mucho de un asunto
muy sumamente serio, que es morirse.

Ayer me preguntaste, hijito mío,
por primera vez,
quién es
ese Carlitos, ese fantasma
tan arisco,
empecinado
con seguir guardado
en la cueva con asma
de su disco.

Y entonces te conté
cuanto sabía.

Mas hoy, mirándote,
pensándote,
besándote,
sé un poco más.
Y es que el hijo
del hijo
de tu hijo, un día,
un día de Junio soleado,
frío y seco
que vendrá,
lo mismo que vos
preguntará
por él.

Y una caliente
zafra de ecos,
ecos de la voz de nuestra gente,
ecos de tu voz,
chiquito, y de la mía,
inexorablemente,
contestará:
Gardel, Gardel, Gardel.
Jueves, 24 de Junio de 2004 20:38 ;?> Hay 1 comentario.


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