Cuando entraron a la casona de La Dehesa (donde Pinochet tiene su mansión), los funcionarios de la Policía de Investigaciones y del Registro Civil llevaban sobre sus cabezas –invisibles– al menos 119 espíritus que han clamado por justicia por tres décadas. Las 119 víctimas de la llamada Operación Colombo. De frente, general. Ahora, de perfil. Su mano derecha, general. Ahora su izquierda. Estire bien los dedos.
Muriel
Uno de esos espíritus es el de Muriel Dockendorff. Era muy linda y tenía sólo 23 años. Estudiaba economía en la universidad. Era prima de quien hoy es ministro de la Presidencia, Eduardo Dockendorff. Fue arrestada en 1974 en su casa, arrancándola de brazos de su madre, que clamó por saber adónde la conducirían los agentes secretos. Muriel se perdió en la espesa niebla de los detenidos que desaparecieron en los campos de concentración. Y como si hubiera intuido lo que iba a ocurrirle, escribió estas líneas a una amiga que también estaba arrestada en Cuatro Álamos: “Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos. No me olvides, camarada”.
Cecilia
También de 23 años y estudiante de derecho de la Universidad de Chile era Cecilia Castro Salvadores. Fue arrestada en 1974, un año después del golpe militar. Era una de las mejores amigas de la senadora electa Soledad Alvear. Su hija Valentina ya incursiona en el periodismo. Muriel y Cecilia eran dos jóvenes chilenas, cultas e inquietas, que soñaban con un mundo mejor y no habían cargado más armas que sus lápices para dibujar un Chile justo y solidario. Eso era todo y eso las hacía peligrosas. Pertenecer a un partido de izquierda y no rendir su conciencia ante el terror de la dictadura.
No hubo tribunales de justicia. No hubo acusaciones ni derecho a defensa. Sabemos lo que hubo y no es necesario entrar en detalles para sentir escalofríos. Podríamos hasta rogar por un rápido disparo en la nuca, pero sabemos que la tortura se toma días y semanas que parecen eterna pesadilla hasta destruir a un ser humano.
No hubo tribunales de justicia. No hubo acusaciones ni derecho a defensa. Sabemos lo que hubo y no es necesario entrar en detalles para sentir escalofríos. Podríamos hasta rogar por un rápido disparo en la nuca, pero sabemos que la tortura se toma días y semanas que parecen eterna pesadilla hasta destruir a un ser humano.
Operación Colombo
Muriel y Cecilia son dos de los 119 chilenos que sucumbieron en la llamada Operación Colombo, por la que el general (R) Pinochet está siendo procesado y fue prontuariado. La mayor parte de las víctimas son jóvenes, menores de 30 años. Los 119 no tienen en común ni el partido político ni la fecha de arresto ni el campo de concentración. Su común denominador es una siniestra operación matemática que eligió 60 nombres para conformar una lista y 59 para otra, sumando 119 en una “acción de comunicaciones” que requirió de apoyo de la prensa pinochetista.
Los hechos son simples. La ONU presionaba a la dictadura chilena para que respetara los derechos humanos. La Iglesia Católica presentaba recursos de amparo por los prisioneros que no aparecían. Y el general Pinochet aceptó la propuesta de su jefe de Inteligencia, el coronel Manuel Contreras. ¿En qué consistió la Operación Colombo? En inventar una “noticia” para deshacerse de más de un centenar de muertos. La tal noticia informó que guerrilleros chilenos, infiltrados clandestinamente en Argentina, se habían enfrentado en una batalla por pugnas internas. Y el trágico saldo era de 119 muertos.
La prensa
Las listas fueron publicadas por dos revistas de única edición –la argentina Lea y la brasileña O’Dia– y la agencia UPI difundió la noticia que fue titular de portada de los diarios chilenos por varios días. Incluso el vespertino La Segunda –perteneciente a la cadena de El Mercurio– tituló “Exterminados como ratas”.
Imagine por un momento que, en esas listas, aparece el nombre de su hermano, de su padre, de su hijo. Imagine lo que ocurrió con los padres de Muriel y de Cecilia. Las listas se publicaron hace 30 años y de más está decir que nunca aparecieron –en Argentina– los cuerpos de los muertos en esa supuesta batalla.
Justicia
El dolor de las familias ahora se alivia. El ahora lúcido Pinochet está sometido a proceso y un juez valiente, Víctor Montiglio, ordenó prontuariarlo. Paso a paso, a golpes de sol y de agua, de memoria y de coraje, se avanza en la tarea de hacer justicia.
* Periodista chilena. Premio Moors Cabot de la Universidad de Columbia. Autora de once libros, entre los que destacan Interferencia secreta, La caravana de la muerte y Los zarpazos del puma, el más vendido de la historia de su país. De Diario 7. Especial para Página/12
Sábado, 07 de Enero de 2006 21:47 Autor: aonike. ;?> No hay comentarios. Comentar.
04/01/2006
CHILE: DEJAR ATRÁS EL MIEDO
"De frente, general. Ahora, de perfil, por favor. Su mano derecha, general. ¿Me permite su izquierda? Estire mejor los dedos para facilitar el entintado".
Palabras más, palabras menos, eso fue lo que escuchó el general Pinochet cuando diciembre de 2005 agonizaba. Funcionarios del Registro Civil y de la Policía de Investigaciones llegaron hasta su casa de La Dehesa, en la capital chilena, y lo ficharon. "Un agravio" irreparable, dijo su defensor, el abogado Pablo Rodríguez, otrora jefe del grupo terrorista de ultraderecha Patria y Libertad.
El supuesto agravio se reforzó cuando la Corte de Apelaciones, por 21 votos contra tres, lo desaforó nuevamente para que sea juzgado por malversación de caudales públicos.
Más de alguien puede extrañarse de que un simple fichaje se transforme en noticia. Lo normal, en un estado de Derecho, es que le ocurra a toda persona procesada por delitos. Pero el general Pinochet, ya sabemos, no es una persona cualquiera.
Una dictadura –cualquiera sea su signo ideológico– utiliza el miedo como la herramienta clave de dominio. Miedo que va desde perder la vida hasta perder el empleo, pasando por campos de concentración y cámaras de tortura. Terror a perder el derecho a vivir en la patria o a ser relegado –dentro de ella-– a gulags en sitios lejanos e inhóspitos. Incluso hablamos del miedo a perder la tranquilidad cotidiana, ese estado que nos permite equilibrarnos en la cuerda floja de la aparente normalidad aún cuando se viva en dictadura. Y las voces se silencian, cunde la delación y se imponen autocensuras tan sutiles que ni los propios afectados reconocen lo que les está prohibido.
La dictadura del general Pinochet –como todas– usó grandes dosis de miedo como política de Estado. La primera fue inyectada el 11 de septiembre de 1973 al tiempo que los aviones bombardeaban el Palacio de Gobierno. Imagen imborrable, casi tanto como el ataque a las Torres Gemelas.
Y si la dictadura usa el terror, la democracia y su estado de Derecho busca dar confianza a los ciudadanos. El paso de una a otra es lo que llamamos "transición". A veces se da por terminada la transición porque se cumplen requisitos democráticos: ejercicio de la soberanía popular, separación de poderes, libertad de prensa, entre otros. Pero una transición termina cuando un pueblo recupera plenamente el estado de confianza y de dignidad que tenía antes de la dictadura.
Porque los miedos se cuelan en los más finos intersticios de la sique colectiva. En Chile, por ejemplo, tras 16 años de transición, ni los socialistas se atreven a usar la palabra pueblo. Se habla de la "gente". Se autocensura el término justicia social. Se habla de equidad. Sólo hace un año se aceptó que los torturados tenían calidad de víctimas. Y los conflictos sociales se cubren con soluciones de consenso –entre el gobierno y la oposición– porque el disenso se sigue percibiendo como peligroso, como detonante de crisis política y no como parte del debate normal entre los diversos componentes de una sociedad pluralista.
La transición chilena, desde 1990, ha sido lenta y difícil. Y las razones están a la vista. El pacto que le dio inicio estuvo marcado por el miedo. Pinochet retuvo una cuota muy importante de poder por ocho años más. Como jefe del Ejército, se quedó con la llave del arsenal. Se instaló, pistola en mano, en la invisible mesa de negociación política. Era intocable. Y cuando dejó la jefatura castrense, pasó a ocupar un sillón vitalicio en el Senado (marzo de 1998). Mantuvo la coraza protectora, asegurando su impunidad. Hasta que la justicia de España abrió el primer boquete en esa coraza y logró su arresto en Londres.
Ese día de octubre de 1998 –con Pinochet en los titulares de todos los diarios del mundo– marcó el inicio real de la transición chilena, del proceso de pérdida del miedo. En los más de 500 días que España lo retuvo en Londres, le llovieron más de 300 querellas en los tribunales chilenos. Y cuando el ex dictador regresó a Chile (marzo de 2000), fue desaforado y sometido a juicio por un crimen masivo de disidentes, conocido como "la caravana de la muerte".
Entonces ocurrió el brusco frenazo. La derecha y las Fuerzas Armadas se jugaron a fondo. En ese escenario, el juez Guzmán no se atrevió a ficharlo. Y el inconfesado pacto político fue simple: otorgarle impunidad por "demencia" a cambio de que abandonara el escenario. Renunció al Senado y el Parlamento dictó una nueva ley para darle fuero como ex Presidente de la República. Único requisito: quedarse callado, hacerse invisible. Pero el arrogante Pinochet no resistió la tentación. Dio entrevistas, se paseó por las calles, presidió comidas de homenaje y siguió realizando hábiles operaciones bancarias en más de 150 cuentas secretas para aumentar su mal habida fortuna.
Una investigación del Senado de Estados Unidos develó su corrupción (julio de 2004) y de ahí en adelante la carga de los defensores de derechos humanos encontró acogida en las cortes. Fue declarado lúcido, sujeto apto para ser procesado. Vuelven a caer los fueros y avanzan los procesos por corrupción, evasión de impuestos y –lo más importante– crímenes de lesa humanidad.
La justicia aún no puede cantar victoria, pero el fichaje de Pinochet marca un punto clave de inflexión en este lento proceso de pérdida del miedo en Chile. Porque no hay nada que atemorice más a los pueblos – incluso más que actos de terrorismo, aumento de índices de delincuencia o crisis económica– que la impunidad de los más poderosos.
Miércoles, 04 de Enero de 2006 22:40 Autor: aonike. ;?> No hay comentarios. Comentar.
17/12/2005
CHILE: DETRÁS DE UNA ELECCIÓN
Por Patricia Verdugo Publicado en el diario español El Mundo Tomado de Piel de Leopardo Pinochet no pudo votar. Se quedó arrestado en su casa de La Dehesa, el barrio de ricos de la capital chilena. No pudo ejercer su derecho a voto al estar procesado tanto por evasión de impuestos como por el crimen masivo de disidentes de la llamada Operación Colombo. Y quedó en blanco el espacio donde debía firmar en el libro de registro, allí donde aún dice que su domicilio es el Palacio de La Moneda. No cambió el dato pese a que dejó el gobierno en marzo de 1990.
El heredero político de Pinochet, el economista Joaquín Lavín, tuvo que entregar el liderazgo de la derecha al empresario Sebastián Piñera. Este fue el fenómeno más importante de lo ocurrido en las elecciones del pasado domingo en Chile, aunque a primera vista el titular en todos los diarios del mundo destacó que la socialista Michelle Bachelet obtuvo la primera mayoría relativa.
Habrá segunda vuelta –o balotaje- el próximo 15 de enero. Y entonces se medirán las fuerzas entre la alianza gobernante de la Concertación (centro-izquierda) y la oposición ahora marcada por el centro-derechista Piñera. Fuera de concurso quedó la izquierda “dura” (casi un 5.5 por ciento) y la derecha “dura” de Lavín y su pinochetista partido Unión Demócrata Independiente, UDI (casi un 23.5 por ciento).
Se pueden hacer todo tipo de sumas para observar la realidad desde muchos y legítimos puntos de vista. Si se suman los votos de Piñera y Lavín, se puede decir que Chile –con 16 años de transición- es más derechista que centro-izquierdista. Si se apunta al casi 46 por ciento de la doctora Bachellet, se puede anotar que Chile está dando un salto progresista al votar por una mujer, socialista, torturada e hija de un asesinado por la dictadura como la más segura Presidente de Chile para el período 2006-2010. Porque si sólo la izquierda “dura” –comunistas, humanistas y verdes- la vota en enero, ella se asegura la banda presidencial.
Pero el fenómeno es más profundo. En el pequeño país sudamericano, usado como ejemplo de buen funcionamiento del modelo neo-liberal de la Escuela de Chicago, los factores reales de poder se concentran en dieciséis grupos económicos que producen el 81 por ciento del Producto Interno Bruto. Ese poder nació de la privatización de empresas estatales durante la dictadura. Y hoy la abundancia de su riqueza los ha llevado a expandir sus negocios a lo largo y ancho de Latinoamérica.
Ese poder –tan real y tangible como lo son las monedas de sus bóvedas virtuales– es el que toma las decisiones, aunque de tanto en tanto haya elecciones y los ciudadanos crean ser quienes decidan. Ese poder decidió en 1989 que Pinochet “no va más” y le quitó el piso cuando tramó dar un auto-golpe y perpetuarse en el poder. Como pago por los servicios prestados, dejó a Pinochet como administrador del arsenal en el cargo de jefe del ejército por otros ocho años. Impunidad asegurada. Y luego, en marzo de 1998, lo instaló como senador vitalicio. Impunidad de por vida.
Gran parte de quienes fueron disidentes a la dictadura aceptaron el juego a cambio de construir una pacífica transición a la democracia. Se instaló la Concertación en el Palacio de La Moneda, con los presidentes Aylwin, Frei y ahora Lagos. Pero de facto ha funcionado en Chile un cogobierno con la derecha bajo el eufemismo de “política de consenso”, ratificado por el sistema electoral de binominalismo que asegura un cuasi-empate en el Parlamento. Así, la izquierda “dura” no ha podido instalar siquiera un diputado durante toda la transición.
El juego político, casi versallesco, se rompió cuando la justicia española logró el arresto de Pinochet en Londres en octubre de 1998. Es verdad que el gobierno de Frei presionó hasta lograr su liberación y traerlo de regreso a Chile bajo el compromiso de juzgarlo. Es verdad que luego la presión política no halló otra vía –para asegurarle impunidad– que declararlo demente. Pero Pinochet, arrogante, decidió hacer difícil la tarea de protegerlo. Y dio entrevistas ufanándose de su lucidez. Y movió dineros mal habidos en más 150 cuentas secretas. A la derecha –económica y política- no le quedó más camino que darle la espalda.
En ese cuadro es que el heredero político de Pinochet, el UDI Joaquín Lavín, cayó en desgracia junto con él. Y para sacarlo de la competencia saltó al escenario el empresario Sebastián Piñera, quien se ufana de haber votado “no” en el plebiscito que marcó el fin de la dictadura. Piñera pasa a ser ahora el nuevo líder de la derecha. Es posible que llegue a La Moneda, pero todo indica que para los “dueños” del país sigue siendo más cómodo y rentable estar en una aparente oposición y en un real co-gobierno que instalarse en el otrora bombardeado palacio que vio morir al Presidente Allende.
Piñera representa la nueva postura pragmática del empresariado que necesita dejar atrás, en el olvido, al pinochetismo. La esperanza es que, además, los empresarios chilenos salgan de las cavernas del miedo al marxismo y se modernicen, que comprendan que no hay mejor negocio (para sus negocios) que una democracia donde la riqueza se comparta con mayor justicia social.
¿Cómo le viene este juego político a Chile? Si se lo observa en el contexto del vecindario latinoamericano, habría que decir que muy bien. La economía crece entre cinco y seis por ciento al año, tiene equilibrios macro-económicos aplaudidos por el FMI y no hay peligro inminente de explosiones sociales.
Pero si se observa a Chile 2005 en el contexto de su historia, hay que decir que el juego político es peligroso. Porque la pésima redistribución del ingreso nutre (¿o desnutre?) una extrema pobreza que no tiene más explicación que la desmesurada voracidad de la extrema riqueza y la debilidad o cobardía de los gobiernos de la Concertación para encararla y resolverla. Porque no se puede basar el crecimiento en mano de obra barata y desesperanzada, así como en la sobre explotación de materias primas. Porque no se puede construir una democracia estable en el largo plazo si los resultados exitosos en lo macro no se traducen en real calidad de vida en lo “micro”, en la vida de cada familia.
Para decirlo sólo con dos potentes ejemplos. Todos concuerdan que si hoy existe una niña en Montegrande, hija de una maestra rural, que ame la poesía o un niño en Parral, hijo de un jefe de estación de ferrocarriles, que escriba poemas en sus cuadernos escolares, tienen ambos escasas o nulas posibilidades de transformarse en Gabriela Mistral y Pablo Neruda, los dos chilenos que conquistaron el Premio Nobel.
Chile se vanagloriaba de ser pobre, pero honrado y culto. Hoy Chile es más rico y debe reencontrarse con su honradez y su cultura democrática.
Sábado, 17 de Diciembre de 2005 16:51 Autor: aonike. ;?> No hay comentarios. Comentar.
11/12/2005
MURIEL, CECILIA ...
LA OPERACIÓN COLOMBO
por Patricia Verdugo
9 de Diciembre del 2005
Era muy bella y tenía solo 23 años. Estudiaba Economía en la universidad. Se llamaba Muriel Dockendorff y era prima de quien hoy es ministro de la Presidencia del gobierno chileno. Fue arrestada en 1974 en su casa, arrancándola de brazos de su madre que clamó por saber adónde la conducirían los agentes secretos. Muriel se perdió en la espesa niebla de los detenidos que desaparecieron en los campos de concentración. Y como si hubiera intuido lo que iba a ocurrirle, escribió estas líneas a una amiga que también estaba arrestada en Cuatro Alamos: “Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos. No me olvides, camarada”. También de 23 años y estudiante de Derecho de la Universidad de Chile era Cecilia Castro Salvadores. Fue arrestada en 1974, un año después del golpe militar. Era una de las mejores amigas de la ex canciller Soledad Alvear, ahora candidata a senadora por Santiago y una de las figuras políticas más relevantes del país. Alvear la ha recordado con dolor en muchos de sus discursos de campaña.
Muriel y Cecilia eran dos jóvenes chilenas, cultas e inquietas, soñaban con un mundo mejor y no habían cargado más armas que sus lápices para dibujar un Chile justo y solidario. Eso era todo y eso las hacía peligrosas. Pertenecer a un partido de izquierda y no rendir su conciencia ante el terror de la dictadura. No hubo tribunales. No hubo acusaciones ni derecho a defensa. Sabemos lo que hubo y no es necesario entrar en detalles para sentir escalofríos. Podríamos hasta rogar por un rápido disparo en la nuca, pero sabemos que la tortura se toma días y semanas que parecen eterna pesadilla hasta destruir a un ser humano. Muriel y Cecilia son dos de los 119 chilenos que sucumbieron en la llamada Operación Colombo, por la que el general Pinochet está siendo procesado en los tribunales chilenos. La mayor parte de las víctimas son jóvenes, menores de 30 años. Los 119 no tienen en común ni el partido político, ni la fecha de arresto, ni el campo de concentración. Su común denominador es una siniestra operación matemática que eligió 60 nombres para conformar una lista y 59 para otra, sumando 119 en una “acción de comunicaciones” que requirió del apoyo de la prensa derechista chilena –encabezada por El Mercurio- y el enlace de la agencia estadounidense UPI.
Los hechos son simples. La ONU presionaba a la dictadura chilena para que respetara los derechos humanos. La Iglesia Católica presentaba recursos de amparo por los prisioneros que no aparecían. Y el general Pinochet aceptó la propuesta de su jefe de inteligencia, el coronel Manuel Contreras. ¿En qué consistió la Operación Colombo? En inventar la noticia de que guerrilleros chilenos, infiltrados clandestinamente en Argentina, se habían enfrentado en una batalla por pugnas internas. Y el trágico saldo era de 119 muertos. Las listas fueron publicadas por dos revistas de única edición – la argentina Lea y la brasileña O’Dia- y la agencia UPI difundió la noticia que fue titular de portada de los diarios chilenos por varios días. Incluso el diario vespertino La Segunda –perteneciente a la cadena de El Mercurio- tituló “Exterminados como ratones”.
Imagine por un momento que allí aparece el nombre de su hermano, de su padre, de su hijo. Imagine lo que ocurrió con los padres de Muriel y de Cecilia. Las listas se publicaron hace 30 años y demás está decir que nunca aparecieron los cuerpos de los muertos en esa supuesta batalla.
El dolor de las familias ahora se alivia. Los jueces han decidido procesar al general Pinochet. No hay juicio aún para la prensa que colaboró en esta operación criminal. Pero ya va teniendo otro sentido el poema que la bella Muriel Dockendorff escribió en el campo de Cuatro Alamos: “Adiós, compañero,/ será hasta siempre o nunca/ o quizás no será/ Te vas a cualquier parte/ donde haya que luchar/ Lanzar el grito/ y al pueblo despertar/ A construir un mundo nuevo/ donde exista igualdad”.
Domingo, 11 de Diciembre de 2005 19:01 Autor: aonike. ;?> No hay comentarios. Comentar.
24/10/2005
LA LECCIÓN DE JOAN ALSINA
por Patricia Verdugo
El Mostrador (Chile) – 24 de Octubre de 2005
Sabía que lo buscaban y no huyó. Sabía que el arresto conllevaba un alto riesgo de tortura y de muerte. Y sabiendo todo eso, el español Joan Alsina Hurtos tomó lápiz y papel la noche del 18 de septiembre de 1973 y escribió con la certeza de estar en víspera de morir. ¿Por qué? ¿No debió ser más fuerte el instinto de sobrevivencia? ¿O acaso se hizo misionero buscando ser un mártir?
Quizás nada de eso. Tenía apenas 31 años y ninguna duda acerca de su papel en este mundo. Ser sacerdote católico fue su deseo desde niño. Así lo dijo a sus padres, José y Genoveva, cuando cumplió once años en su hogar de la “masia” catalana de Castelló d’Empuries. Comenzaba la década de los cincuenta y el niño Alsina –en pleno franquismo- quería ser un cura obrero, levadura en la masa para hornear un pan que alimentara a los hambrientos.
Primero fue el seminario de Girona, luego el Hispano Americano de Madrid, teniendo en la mira el objetivo al que apuntar la energía de su vida: ser misionero en Latinoamérica. No había indicios que apuntaran al martirio cuando abordó el avión en Barajas y abrazó a sus padres y hermanos. Para entonces, 1968, Chile parecía un destino luminoso para un joven español iluminado por la fe cristiana. Iba a convertirse en un remero más de una goleta que, capitaneada por el cardenal Raúl Silva Henríquez, tenía claro el puerto de arribo: una Iglesia progresista para ayudar a construir un país con justicia social.
Entre lecturas de Teología de la Liberación y días de intenso trabajo, el joven Alsina se bebió de un sorbo el santo grial de la esperanza, inmerso entre los pobres de Chile –cristianos y marxistas- que apostaban al socialismo democrático con Salvador Allende como líder. Hasta que un día negro de septiembre de 1973 cuajó el complot y, con La Moneda en llamas, comenzaron a escucharse los bandos militares que instaban a la entrega de los rojos.
El nombre de Joan Alsina estaba escrito en uno de esos bandos. Y sabiéndolo, ordenó sus escasas pertenencias y escribió la carta de despedida con la certeza de que “Cristo nos acompaña siempre, dondequiera que estemos” y con la percepción de ser grano de trigo en el campo de la historia: “si el grano de trigo no muere, no da fruto”. . Y sabiéndolo, ordenó sus escasas pertenencias y escribió la carta de despedida con la certeza de que “Cristo nos acompaña siempre, dondequiera que estemos” y con la percepción de ser grano de trigo en el campo de la historia: .
¿Durmió esa noche? ¿Cuán largas fueron sus oraciones? No lo sabemos. Quizás el paisaje de Girona y los rostros amados custodiaron su vigilia. Al día siguiente, 19 de septiembre de 1973, cruzó temprano la puerta del Hospital San Juan de Dios –donde trabajaba- y fue arrestado.
Pocas horas después, golpeado y sangrante, fue llevado hasta un puente de los tantos que cruzan el río Mapocho. El suboficial Donato López dio la orden de matarlo. Y el joven soldado Nelson Bañados, de apenas 18 años, cumplió la orden. Dice en su confesión:
“Saqué a Juan del furgón y traté de vendarle los ojos. Pero Juan me dijo ‘por favor, no me pongas la venda. Mátame de frente, porque quiero verte para darte el perdón’. Fue muy rápido todo. Recuerdo que levantó su mirada al cielo, hizo un gesto con las manos, las puso luego sobre su corazón, movió los labios como si estuviera rezando y dijo: ‘Padre, perdónalos’. Yo le disparé la ráfaga… lo hice con la metralleta para que fuera más rápido”. .
Diez de la noche, 19 de septiembre. Los focos del vehículo iluminaban el patíbulo. La fuerza de la ráfaga dejó el cuerpo de Joan Alsina sobre la baranda del puente Bulnes y el soldado Bañados sólo lo impulsó levemente para que cayera. Abajo, las oscuras aguas del Mapocho se hicieron tumba para el sacerdote español como lo fueron para tantos chilenos en la dictadura.
Ahora, treinta dos años después, un juez condenó a cinco años de cárcel al suboficial López. El soldado Bañados no necesitó condena. Se condenó a sí mismo a la lenta tortura de ver cada día la mirada de Alsina, bendiciéndolo y perdonándolo, antes de morir. Y se suicidó. .
Lunes, 24 de Octubre de 2005 16:52 ;?> No hay comentarios. Comentar.
22/09/2005
JORGE JORDÁN
En la foto, Patricia Verdugo
UNA MUERTE, UN SILENCIO
por Patricia Verdugo
El Mostrador - 20 de Septiembre del 2005
Hay suicidios que provocan conmoción nacional. Basta con que dos diarios instalen la noticia en la portada y pasa a ser tema obligado en La Moneda. Ocurrió con el coronel Barriga en enero pasado. El ex agente de la DINA puso fin a su vida y la derecha pinochetista decidió que podía usar el “evento” en su proyecto de obtener impunidad. Para eso transformó el hecho en noticia de primera plana, anotando como causal de la trágica decisión los “eternos” procesos judiciales.
El comandante en jefe del Ejército suspendió sus vacaciones, vistió uniforme y se presentó a dar condolencias a la familia Barriga, rodeado de cámaras. El presidente de la Corte Suprema anunció que los casos de derechos humanos debían cerrarse en seis meses. Y las voces políticas, por doquier, lamentaron la desgracia.
Hay suicidios, en cambio, que se lloran en silencio.
Sólo 35 años tenía Jorge Jordan y decidió terminar con su vida el día del cumpleaños de su padre: 15 de septiembre. Casi toda su vida vivió en proceso, un “eterno” proceso en búsqueda de verdad y justicia. Tenía apenas tres años cuando vio a su padre por última vez en la cárcel de la Serena.
Allí estaba el doctor Jorge Jordan Domic (29 años), prisionero político traído desde Ovalle.
Se había presentado voluntariamente a las nuevas autoridades militares cuando su nombre fue requerido por bando militar. Esperaba enfrentar un consejo de guerra, ya convocado para el 18 de octubre de 1973, cuando pasó por La Serena el general Sergio Arellano Stark y su “caravana de la muerte”. Fue asesinado dos días antes.
El doctor Jorge Jordan Domic –hijo del entonces director del Hospital Siquiátrico de Santiago, doctor Jorge Jordan Subat- no tuvo derecho a juicio. No tuvo derecho a funeral. No tuvo derecho a una tumba donde su mujer y sus dos pequeños hijos pudieran rezar y poner flores. Se transformó en un detenido-desaparecido.
Su hijo mayor decidió partir de este mundo dejando un solo mensaje invisible: la fecha 15 de septiembre. Arrastró una vida de dolorosas contradicciones, sin saber de la historia real de su padre hasta que ya fue un joven, amparado por una madre que creyó que el silencio protegería a sus hijos durante la dictadura.
Pero no hubo protección posible contra el dolor. Más aún. Buscó, de adulto, la compañía amorosa de otra doliente: Javiera, la hija de Miguel Enríquez. Y fue ella la que halló, al despertarse, su cuerpo meciéndose como una campana.
Una campana que tañe a duelo. Por todos los hijos de las víctimas...
_______
Patricia Verdugo es periodista
Jueves, 22 de Septiembre de 2005 17:30 ;?> No hay comentarios. Comentar.
09/09/2005
CARTA A RICARDO LAGOS:
¿DE QUÉ SE TRATA, PRESIDENTE?
Por Patricia Verdugo
Enviado por Héctor Avílés (Canadá)
Aquí hay gato encerrado, Presidente. Se lo oye maullar. ¿Estará en alguna habitación del Palacio de La Moneda? ¿O en la oficina de la jueza Chevesic, en la Corte de Apelaciones?
No lo sabemos, Presidente, pero lo intuimos. Y por eso las encuestas dicen que la mayoría ciudadana (63 por ciento) no lo respalda en lo que está haciendo. No lo apoya en su decisión de indultar al asesino de Tucapel Jiménez. Entre los jóvenes, ese rechazo sube al 71 por ciento. Y esperamos que esa mayoría ciudadana tampoco lo apoye en su "bendición" al proyecto UDI de punto final. Porque es eso, punto final, una potente señal de impunidad para que los tribunales vayan cerrando los casos de derechos humanos.
¿Sabe, Presidente, cuánto nos costó llegar hasta los niveles de justicia que hoy tenemos? Diecisiete años y medio de dictadura y quince años y medio de transición. Total: treinta y tres años. Ha sido un largo y doloroso tiempo en el cual luchamos primero contra una dictadura que negaba los hechos y ante Tribunales de Justicia que -salvo honrosas excepciones- amparaban a los criminales y no a las víctimas. Un tiempo en que tuvimos también que lidiar con los extraños "consensos" de la transición que -de tanto en tanto- volvían a pactar la impunidad. Nos ocurrió con Aylwin, con Frei y ahora nos sucede con usted.
Arduo trabajo nos tomó hacer abortar los proyectos de impunidad de los años 90. Y durante su mandato -cuando la impunidad se disfrazó de "demencia senil"- seguimos avanzando hasta lograr otros desafueros para el general Pinochet y hasta encarcelar nuevamente a los jefes de la ex DINA.
Y justo cuando estábamos avanzando como nunca antes, comenzó a gestarse este nuevo pacto de impunidad. Un pacto que, hasta ahora, tiene seis movimientos en el tablero.
Primer movimiento, fines de 2004: su presidenta del Consejo de Defensa de Estado planteó la "amnistía impropia", un engendro jurídico inexplicable, en defensa de la cúpula de mando de la DINA. Los tribunales rechazaron la tesis y condenaron al general Contreras y sus criminales asistentes. Usted tuvo que inventar una segunda cárcel militar en Peñalolén. ¿Razón? Ya habíamos logrado copar las celdas de Punta Peuco, esa cárcel-hotel militar que ordenó construir el Presidente Frei y cuyo decreto usted se negó a firmar como ministro de Obras Públicas. Otros tiempos.
Segundo movimiento, comienzos de 2005: el presidente de la Corte Suprema anunció el cierre de los procesos en un plazo máximo de seis meses. Logramos anular la medida.
Tercer movimiento, agosto de 2005: la Sala Penal de la Corte Suprema decidió la prescripción de un caso, inaugurando la sorprendente tesis de que en Chile "no hubo guerra". Mire qué curioso, Presidente, justo cuando los tribunales nos estaban dando la razón, justo cuando el argumento pinochetista de "sí hubo guerra" (avalado por un decreto-ley) nos permitía invocar los Convenios de Ginebra y el carácter imprescriptible de los delitos.
Cuarto movimiento: usted designa al derechista-pinochetista Rubén Ballesteros como nuevo ministro de la Suprema. Quinto movimiento: usted indultó sigilosamente al asesino de Tucapel Jiménez y, cuando la prensa lo hizo público, se limitó a explicar que lo hizo "por el bien superior del país".
Sexto movimiento, septiembre de 2005: la UDI presenta un proyecto para limitar las condenas de militares a diez años de cárcel y la remisión de penas para los criminales uniformados mayores de 70 años. Bueno, no sólo fue la UDI. El partido pinochetista fue acompañado por dos senadores designados de la Concertación (Boenninger y Silva Cimma) que no arriesgan su reelección porque nunca fueron electos por el pueblo y no se presentan como candidatos en diciembre próximo. ¡Qué mejores emisarios del mensaje presidencial! Y usted, como era de esperar, "valoró" la iniciativa y habló de cerrar heridas con miras al futuro.
Seis movimientos en el tablero político, con la música de fondo puesta por la jueza Chevesic y su investigación acerca de lo ocurrido en el Ministerio de Obras Públicas cuando usted fue ministro. ¿Por qué no cambiamos la música y pedimos escuchar una copia de su discurso titulado "No hay mañana sin ayer"?
Seis movimientos que parecen seis puñaladas, Presidente. Y la última llega cuando se cumplen 33 años del golpe militar. Quizás podríamos pedir que se escuchara una copia del último discurso del Presidente Salvador Allende, aquel donde dice que "superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse".
Porque no sólo se trata de traicionar la legítima demanda por justicia para las víctimas de violaciones de derechos humanos, perpetradas por agentes del Estado en nombre de una criminal política de Estado para exterminar a los disidentes. Se trata, Presidente, de traicionar la legítima demanda de los chilenos de hoy para construir una nación fundada en sólidos principios éticos. Si no lo hacemos, ponemos en riesgo a los chilenos de mañana. La impunidad garantiza la repetición de la tragedia.
Viernes, 09 de Septiembre de 2005 20:53 ;?> No hay comentarios. Comentar.
12/01/2005
LA HORA DE CÓNDOR UNO
por Patricia Verdugo (*)
El Mostrador - Enero de 2005
La Corte Suprema rechazó el recurso de amparo en favor de Augusto Pinochet. Y es que -aparte de razones jurídicas- no hay nada que amparar. Su corpus está a salvo, no necesita de ningún habeas. De su cuerpo cuida el Hospital Militar cada vez que hay un nuevo juicio en su contra. O la guardia del Ejército en su parcela de Los Boldos. Y pagamos todos los chilenos, con nuestros impuestos, este cobarde modo suyo de huir.
Las familias de las víctimas y los ciudadanos éticos celebramos la decisión del máximo tribunal como un milagro de Reyes. Y lo cierto es que el caso Operación Cóndor -por el que ahora se procesa a Pinochet- se inició con un milagro.
Veamos la historia. El sociólogo Martín Almada, paraguayo, fue arrestado en Asunción en noviembre de 1974. Fue llevado a la jefatura de Investigaciones de la Policía, donde el jefe -un tal Pastor Coronel- lo interrogó en una sala de audiencias, una especie de tribunal de inquisición. Lo presentó como el “terrorista” más peligroso de Paraguay. El doctor Almada reconoció entre los presentes a altas autoridades políticas y militares de su país. Pero había también militares con uniformes extranjeros. Llevaban gafas oscuras. Un mes estuvo en ese recinto, sometido a crueles tormentos. Entre los interrogadores estuvo un chileno -el coronel de aviación Jorge Oteíza López- y un argentino, el comisario Héctor García Rey. En ese mes, vio ser torturados a unas mil 200 personas en ese cuartel.
Llevaron luego al doctor Almada a la Comisaría primera de la Capital del Paraguay, asiento de la INTERPOL. Allí había 43 presos políticos. Cada detalle se registró a fuego en su memoria. Si lograba sobrevivir iba a necesitar hasta del más minúsculo de esos recuerdos para saber dos cosas. Uno, cómo y quiénes mataron a su esposa. Dos, quiénes fueron sus torturadores.
Compartió celda con un policía, el comisario Mancuello, quien había caído en desgracia por no informar a la Policía Política que su hijo Carlos fue miembro del centro de estudiantes de Ingeniería de la Universidad de La Plata.
Se lo preguntó al comisario Mancuello:
-¿Por qué fui interrogado por un militar chileno y por un comisario argentino?
-Martín Almada, estamos en las garras de Cóndor -dijo Mancuello en tono grave.
-¿Cóndor? ¿Ese bicho?
-No, hablo de Pinochet y de Contreras- dijo refiriéndose al dictador chileno, Cóndor Uno, y al jefe de su aparato represor, el coronel Manuel Contreras.
Fue la primera vez que Almada oyó de la Operación Cóndor. Era marzo de 1975. ¿Cómo es que el comisario Mancuello sabía? Porque formó parte del equipo de telecomunicaciones de la policía paraguaya. Y le dio otro dato al doctor Almada: “Si logras salir vivo, puedes saber todo con sólo leer la revista mensual de la policía paraguaya”.
La tercera estación de la pasión de Almada fue la Comisaría Tercera, llamada “Sepulcro de los Vivos”. Los presos eran tratados como muertos, es decir, no existían. Las condiciones eran infrahumanas. Lo pusieron en la celda del Partido Comunista paraguayo, acusado de “subversión intelectual”. En la celda vecina estaba el abogado argentino Almincar Latino Santucho, quien le dijo que en su interrogatorio habían participado los agregados militares de Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Bolivia y Paraguay. Le habló también de la Operación Cóndor.
Cuando ya se cumplían casi dos años de prisión, en septiembre de 1976, Almada fue llevado al campo de concentración “Emboscada”. Allí había más de 400 presos políticos. Y un año más tarde, agosto del 77, hizo una larga huelga de hambre que movilizó a Amnistía Internacional. Pudo recuperar su libertad y, tras un mes de hospital para recuperarse, se asiló en la embajada de Panamá.
Hasta ahí es la historia de un sobreviviente más. Lo peculiar comienza cuando, en mayo de 1989, decide interponer una querella criminal contra el general Stroessner, sus cómplices y sus encubridores. Acababa de terminar la dictadura de 35 años. Aún así, era tan peligrosa la misión justiciera que se había propuesto, que decidió dar cada paso con la máxima publicidad posible. Si lo mataban, que les costara caro, se dijo el doctor Almada.
Y fue en diciembre de 1992 cuando, al visitar uno de los lugares que aparecían fotografiados en la Revista Policial (dato que le fue dado en prisión), ocurrió el milagro. Se le acercó, caminando lento, una anciana de más de 80 años. Y le habló en guaraní, la lengua de los indígenas paraguayos:
-Te saludo a ti, el educador combatiente…
El doctor Almada se la quedó mirando, sorprendido por la solemnidad de la anciana. Se acercó, abrió los brazos y ella rozó con suavidad la palma de sus manos.
-Los que se fueron, vuelven como héroes. Los que se quedaron, siguen sufriendo -sentenció la mujer.
-¿Y qué significa eso, señora? -preguntó él.
-Mire esa propiedad. Era mi casa, hasta que vino el jefe de la policía y me exigió vendérsela…
El doctor Almada se acercó más, para escuchar mejor.
-Yo me negué. Tomaron a mi hijo mayor. Lo torturaron. Dijeron que era comunista. Y yo tuve que hacer el trueque: el cuerpo de mi hijo a cambio de entregar la casa…
La anciana, hablando en guaraní, lo decía con tal certeza y claridad que su palabra no podía ser puesta en duda.
-Hijo mío, le aconsejo que no se acerque a ese lugar cuando hay “amenazo”…
-¿Amenazo? ¿Qué es eso, señora? -preguntó el doctor Almada.
-Cada vez que va a llover, los argentinos lloran, los chilenos lloran, los brasileños lloran, los uruguayos lloran…
-¿Dice usted que hay, en esa casa, chilenos, argentinos, brasileños?...
-No, hijo, no entiendes. Son sus almas que penan. Las almas de los torturados…
El doctor Almada se quedó mirando la casa largo rato después que la anciana se alejó del lugar. ¿Qué significaba todo eso? No tuvo la respuesta en ese momento.
Dos semanas más tarde, consiguió que el tribunal ordenara el allanamiento al cuartel central de la policía. Objetivo: buscar los archivos. Poco antes de que se iniciara la diligencia, una voz de mujer -en el teléfono- pidió verlo con premura. El aceptó.
-Los papeles que usted busca no están en los archivos de la policía central -dijo ella, lacónica.
-¿Dónde están?
-Fuera de la capital. Ahí tiene un plano- dijo al tiempo que le daba un papel.
El doctor Almada miró el plano mientras la mujer se alejaba. ¡Era la casa de la anciana!
No había duda alguna.
Le encajaron las piezas y entendió el mensaje. Corrió donde el juez y fue tan convincente que logró el cambio. Al punto que el juez aceptó realizar un allanamiento en un lugar que ni siquiera tenía dirección, por razones de seguridad.
A las once de la mañana llegaron a la remota comisaría, en las afueras de Asunción. Era el 22 de diciembre de 1992. La reacción policial fue muy violenta. El juez se impuso finalmente y el grupo ingresó a la comisaría de Lambaré. En el fondo del patio, cinco toneladas de documentos. Cinco toneladas de papeles que documentaban medio siglo de represión paraguaya, la conexión nazi, el tráfico de armas y todos los papeles de la Operación Cóndor.
El general Augusto Pinochet -llamado Cóndor Uno- jamás imaginó la afición del general Stroessner por archivar papeles. Y quizás nunca sepa que una anciana que hablaba en guaraní blandía una invisible espada de justicia.
(*) Patricia Verdugo es escritora y periodista.
Miércoles, 12 de Enero de 2005 16:36 ;?> No hay comentarios. Comentar.
16/11/2004
MUJERES DE CALAMA
por Patricia Verdugo (*)
El Mostrador – 27 de octubre de 2004
Ya hay varios libros sobre ellas, incluyendo el del español Gervasio Sánchez. Hay también una canción de Víctor Manuel que proclama la heroica gesta de la “mujer de Calama”: casi veinte años recorriendo el árido desierto de Atacama, en el norte de Chile, buscando en la arena una señal de la tumba clandestina donde sepultaron a sus hombres.
Calama es una ciudad pequeña, construida a dos mil 500 metros de altura y al alero de la mina de cobre de Chuquicamata, la mina a tajo abierto más grande del mundo. La rodea el desierto más seco del mundo. Dos récord de la geografía que conforman el escenario para otro que habla sobre la crueldad humana.
La tragedia ocurrió el 19 de octubre de 1973. A Calama llegó ese día la misión militar ordenada por el general Pinochet. Veintiséis prisioneros políticos fueron sacados de la cárcel y –sin mediar condena de tribunal militar- fueron asesinados. Con las manos amarradas con alambre de púas, fueron masacrados con “corvos” (un grueso cuchillo curvo) y luego ráfagas de metralleta. Los asesinos cargaron los mutilados cadáveres en un camión y enfilaron quince kilómetros desierto adentro. Allí cavaron una gran fosa y los sepultaron clandestinamente. Lo cierto es que los asesinos –oficiales de Ejército- dejaron la tarea a soldados rasos que debieron beber mucho aguardiente para embotar la conciencia.
La esposa de Domingo. La hermana de José. La hija de Alejandro. La madre de Rafael. Las mujeres de Calama -madres, esposas, hijas, novias- clamaron por años en los vientos del desierto y golpearon puertas de regimientos y tribunales. Hasta que al iniciarse la transición en Chile, en 1990, dieron con la fosa casi vacía. Sólo algunos huesos indicaban que allí fueron enterrados esos veintiséis hombres justos para transformarse en detenidos-desaparecidos. Diez años después, en el 2001, un informe oficial del Ejército reveló el nuevo crimen. Para evitar que fueran hallados algún día, el general Pinochet había ordenado exhumar los cuerpos y lanzarlos al mar.
Al conmemorarse 31 años de la tragedia de Calama, se inauguró el Memorial a las Víctimas. En la impresionante construcción alrededor de la fosa, las columnas evocan a cada asesinado con placas de metal grabadas con sus nombres. Allí estuvieron las mujeres de Calama, rodeadas de los nietos que sus hombres no llegaron a conocer. La pregonera fue voceando cada nombre. La campana lanzó un tañido por cada uno, un tañido que parecía lamento y que resumió más de tres décadas de dolor y peregrinaje por el desierto.
No hubo autoridades de gobierno en la ceremonia, pese a que el Ministerio de Interior colaboró con fondos para la construcción. Los representantes locales del Presidente Lagos recibieron la instrucción de no asistir. ¿Razón? La placa central redactada por las mujeres de Calama indica que los asesinos pertenecían al Ejército de Chile. No aceptaron eufemismos.
Hace 31 años que las mujeres de Calama esperan justicia. El caso judicial de la “caravana de la muerte” sigue en manos del juez Juan Guzmán, luego que el 2001 debió sobreseer al general Pinochet por “demencia senil”. Una demencia que encubrió una “razón de Estado” para garantizar impunidad al otrora poderoso dictador. Allí siguen, en el banquillo de los acusados, los altos oficiales –encabezados por el general Sergio Arellano Stark- que formaron parte de la “caravana de la muerte”. Y las mujeres de Calama, en su heroica gesta de lealtad, despliegan la paciencia que enseña el desierto en la espera de sentencia.
(*) Patricia Verdugo es periodista y autora del libro “Los zarpazos del puma”.
Martes, 16 de Noviembre de 2004 16:47 ;?> No hay comentarios. Comentar.