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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LAS ANDANZAS DE DON VICHO

<hr><h2><u>LAS ANDANZAS DE DON VICHO</h2></u> PorOsvaldo Wegmann Hansen

Conversaba hace pocos días con una señora, vinculada a antiguas familias de Natales. Me dijo que su madre era nieta de don Vicente Arteaga, uno de los fundadores de la ciudad, a quien yo conocí mucho. ¡Cómo no iba a conocerlo si fuimos compañeros de aventuras y lo convertí en personaje de uno de mis cuentos!
Don Pedro Vicente Arteaga, don “Vicho” para sus amigos, estaba ya en Última Esperanza cuando se fundó Puerto Natales. En los buenos tiempos tuvo varias estancias, una de ellas en sociedad con don Mauricio Braun. Y fue armador, dueño de una hermosa y gallarda goleta llamada “Fresia”, hasta poseer finalmente un modesto cúter conocido como el “Filgrín” en el que muchas veces viajamos al canal Chico. En una oportunidad me caí al agua en navegación y me salvé aferrado a la escota. Otra vez apagamos un incendio a bordo, en la boca del canal Hohmann.
Don Vicente Arteaga, así se lo conocía, navegaba desde el Golfo de Penas al canal Smith, fue rey y señor de los canales, algo así como un Pascualini de Última Esperanza, con la diferencia de que era ilustrado y sabía sacar rumbos de la rosa de los vientos y medir las distancias navegadas, o sea, dominaba la estima.
En sus pacientes singladuras, a vela y a motor, por los canales que descubrió Ladrillero, este viejo marino fue buscador de minas, poblador de estancias, empresario de explotaciones madereras, todo de acuerdo con los tiempos y la suerte. Convivió con los indios alacalufes, que lo llamaban “Capitán Santiago” y fue personaje de mil aventuras, como las que en esos tiempos leíamos en los libros de Jack London y James Oliver Curwood.
Supe de su vida cuando ya era un hombre maduro, de más de sesenta años y yo un mozuelo de apenas 18. Y lo oía hablar con deleite de sus correrías a la isla Campana y hasta el propio golfo de Penas, aventuras que contaban también los hombres de mar de Última Esperanza en las cantinas del puerto o en los campamentos a orillas de los canales.
Cuando el ingeniero Carlos Ruiz nos habló del descubrimiento de calizas en la isla Guarello, algunos años después, en que yo era periodista, y nombró a Vicente Arteaga, sentí una rara emoción al sentir ligado al descubrimiento de las riquezas, que están sirviendo a la gran industria chilena del acero, el nombre de este viejo lobo de mar y antiguo amigo.
El fotógrafo Nicanor Miranda acababa de contarme la aventura que tuvieron en un viaje al archipiélago Guayanecos, con el cúter de Manuel Álvarez, a buscar una mina de oro, que había descubierto un anciano alemán de apellido Krüger. Se embarcaron Álvarez como capitán, Arteaga como asesor de navegación y minero, Krüger, Ángel Legnazzi, Rogelio Pinedo, como maquinista, el fotógrafo Miranda y uno o dos marineros. Hay un montón de anécdotas del viaje, que apreciarán sobremanera quienes hayan conocido a los personajes.
El hecho es que después de varios intentos, Krüger no encontró el sitio donde estaba la mina, con la decepción y enojo de sus compañeros; el capitán perdió el rumbo y finalmente no sabían el punto preciso en que se hallaban. Entonces los tripulantes recurrieron a don Vicente, que había seguido atentamente la derrota, con el mapa a la vista, atento al compás y calculando la distancia navegada por medio del reloj. Estableció el punto y lo fijó entre dos islas, tal como en el mapa. Entonces, ya seguro puso sus condiciones: él se haría cargo del buque, encontraría el rumbo perdido, pero no entregaría el mando hasta llegar a Puerto Natales. Don Manuel aceptó, aunque no de buen grado.
Volvían navegando por el canal Messier, cuando el volante del motor le quebró la pierna a Pinedo, el maquinista español. Don Vicho, que había sido capitán de la Cruz Roja se la entablilló, de manera que pudiera llegar sin problemas a Puerto Natales, a ponerse en manos del médico.
En 1937, con el cúter “Pilgrín”, acompañado por Eduardo Larenas en su bote a motor, salvó a Pedro Gómez, “Coronel” Saavedra y Antonio Bonilla, que habían naufragado en la isla Ballesteros, con un cargamento de choros.
Don Vicho era casado con Rita Tapia, hija de un rico ganadero de Magallanes, que murió hace muchos años y cuya viuda casó finalmente con un francés, peón de la estancia, llamado Pedro P. Lemaitre, que hizo prosperar la hacienda y adquirir otra más, convirtiéndose en un potentado de la región, que murió alrededor de 1943. De más está decir que la señora de don Vicho no heredó nada, pese a un largo pleito. El destino de la herencia de Lemaitre es tema para otra historia.

Tomado de “De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen" – Recopilación de Jorge Díaz Bustamante - Punta Arenas, 1999."
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