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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL SIGLO DE FIDEL

<hr><h2><u>EL SIGLO DE FIDEL</h2></u> Por José Steinsleger

Tricontinental No.158, La Habana, 2004

Cruce de civilizaciones y culturas fusionadas a lo largo de muchos siglos, Cuba y su revolución arrojaron sobre la mesa los naipes marcados de un continente que durante 470 años venía en pos de su destino

Creada y recreada con el paso de los años, Cuba se ha convertido en ejemplo de lo que los pueblos son capaces de conseguir cuando saben de dónde provienen y a dónde quieren ir. Nutrida de poderosas raíces culturales y de un espíritu nacional que por sus logros devino universal, 45 años de revolución bien pueden resumirse en la sentencia de Martí: ”Al salvarse, [Cuba] salva”. Cabe la celebración. Sin embargo, también cabe la reflexión. ¿Por qué las patrias chicas de la América triétnica, padecen de lo que Cuba ya no padece, aquel no saber adónde ir, aquel no saber por dónde seguir? ¿Qué resortes les impide a sus dirigencias políticas verse tal como son? ¿El alivio del sufrimiento en asuntos de salud, alimentación, educación, vivienda y vestido conlleva necesariamente el imperativo de hacer una revolución?

Patéticamente maquilladas con las fórmulas políticas de importación (tales como las que hoy revisten las distintas modalidades del “neoliberalismo”), las dirigencias políticas de América Latina persisten una y otra vez en copiar lo que da en llamarse “democracia moderna”, sin reparar en la adversidad y en los costos que esta actitud representa para salvaguardar sus propios intereses nacionales.

Los resultados de la alienación saltan a la vista: en la mayor parte de nuestros países, la “democracia moderna” engendró un auténtico Frankenstein ideológico que ha mercantilizado el pensamiento liberal y clericalizado el pensamiento conservador, haciendo de la igualdad mito y de la fraternidad filantropía. Dicho de otro modo, ¿creen las dirigencias de América Latina lo que suponen ser, “pragmáticas”,”modernas”, “globalizadotas”, “tolerantes”, “democráticas”?

Vista como ejemplo antes que “modelo”, la experiencia de Cuba indica que la empresa de una revolución social es una tarea difícil pero factible. Naturalmente que la “toma del poder” ya es algo más difícil y menos factible.
Pero de 1959 a la fecha, Cuba ha demostrado que las dificultades reales empiezan cuando hay que sostener y defender una revolución.

Acontecimiento políticamente caótico en sus inicios, no deja de ser curioso que la revolución social sea el hecho conservador por excelencia. Caótico porque al empezar sus efectos se disparan en múltiples y entrecruzadas direcciones.
Conservador porque sus ideales buscan, justamente, preservar el trío de valores que Francia consagró durante la “Gran Revolución”: libertad, igualdad, fraternidad.

¿Qué quiso decir Martí cuando con tono de advertencia señaló que “¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!”? Creo que Martí dio a entender que poca es la paja que puede separarse del trigo sin valorar el sentido de libertad profundo que palpitaba en los mal llamados pueblos “indios” y “negros” del periodo colonial, virreinal y republicano. ¿Es que podemos subestimar, o negar, que fueron precisamente las rebeliones
constantes de los indios y de los negros de este continente durante tres siglos ininterrumpidos, las que de par en par abrieron las puertas de la etapa posterior de emancipación colonial, independencia republicana y formación de los
Estados nacionales que configuran la geografía política de América Latina y el Caribe?

Desafortunadamente, ayer y hoy son legión los dirigentes y pensadores de América Latina que, sin inmutarse, hicieron y hacen gala de su minucioso conocimiento de la historia, la filosofía, las artes, las lenguas y la cultura europea, lo que no está mal, mas tienen serias dificultades para siquiera tener ordenado qué fuerzas políticas, sociales y culturales gravitaron en América de 1492 a 1810. De Roma, Santo Tomás, Oliver Cromwell y la caída de Constantinopla saben todo. Pero de cómo estaba constituido el Tahuantinsuyu hace 600 años, o de la contribución de los negros de Haití a la independencia de Estados Unidos, nada.

Bien. Antes de irme por las ramas, me interesa señalar que al empezar las luchas por la independencia muchos hombres y mujeres hincaron el diente en el meollo del asunto. Me refiero a quienes con Simón Bolívar al frente, supieron avizorar el rol del imperialismo norteamericano en el siglo XX.

Hijo de América

De aquella epopeya de luchas e ideas que en el siglo XIX se combinaron con la acción, brotaron, precisamente, pensamientos como el de Fidel Castro. La Revolución Cubana y Fidel recogieron la espada que Simón Bolívar dejó en San Pedro Alejandrino (1830), José Artigas en Ibiray (1850), José Martí en Dos Ríos (1895) y Augusto César Sandino en Managua (1934). No solo esto. Cruce de civilizaciones y culturas fusionadas a lo largo de muchos siglos, Cuba y su revolución arrojaron sobre la mesa los naipes marcados de un continente que durante 470 años venía en pos de su destino.

La Revolución Cubana bien pudo haber optado por el nacionalismo liberal de México, (1910), el nacionalismo revolucionario de Bolivia (1952), el liberalismo a secas de Costa Rica (1948) o bien pudo adoptar el sistema
partidocrático de Chile y Uruguay. De hecho, estas corrientes participaron en 1959. Pero todas, menos la de Fidel, subestimaron al imperialismo norteamericano.

En su afán de acabar con las anacrónicas dictaduras de América Central y el Caribe, Estados Unidos toleró, hasta cierto punto, la irrupción de un movimiento al que veía como “radical” sin más, conducido por un “caudillo” que, en todo
caso, podía ser eliminado como tantos otros de la historia. No obstante, Washington no pudo entender que el Movimiento 26 de Julio descendía en línea directa del grito pegado en el ingenio azucarero de La Demajagua en octubre de
1868: ¡Viva Cuba Libre! O sea, de una memoria popular y nacional que once años antes de la llegada de Carlos Marx al mundo y 119 años antes del nacimiento de Fidel Castro, abominaba de las palabras enviadas en 1807 por el presidente Thomas Jefferson al embajador inglés en Washington: ”...en caso de guerra con España, Estados Unidos se apoderará inmediatamente de Cuba, posesión indispensable para la defensa de la Florida y el Golfo de México”. Mediatizada por la “Enmienda Platt” (1901), que a Estados Unidos permitía la intervención, de estimarlo necesario, la independencia de Cuba fue firmada en ausencia de quienes pelearon por ella: los cubanos. Así nació la “seudorepública”, vigente hasta el triunfo del movimiento que hace 45 años concitó la simpatía de todos los partidos, ideologías y movimientos antidictatoriales de la isla antillana.

Cuando es auténtica, una revolución se vuelca a quienes más la necesitan. A los “condenados de la tierra”, como decía Fanon. En Cuba, estos condenados integraban las mayorías del país, por gravitación natural. No obstante, quienes creían ver en la revolución la versión renovada de sus tejes y manejes, creían también que podían conducir a estas mayorías de un modo conveniente a sus intereses. La demagogia, en primer lugar. Después de todo, hambre y miseria no garantizan necesariamente el éxito de una revolución. Cuando mucho, son flagelos que causan revueltas, golpes de mano, conspiraciones, ingobernabilidad o efímeras tomas del poder.

La Revolución Cubana necesitaba de dirigentes capaces de conducir y organizar, de orientar y asegurar que la sangre derramada contribuyese al renacimiento de un nuevo tipo de sociedad. Y, por sobre todo, que la sangre no iba a ser
negociada por un plato de lentejas. Aquí es donde las dirigencias suelen perderse o, por el contrario, aquilatar las verdaderas dificultades de una revolución. Aquí es donde afloran las ambiciones y mezquindades naturales que
los ideales buscan erradicar. Aquí es donde el altruismo corre peligro de congelarse o torcer su propósito. Aquí es donde surgen el dogmatismo y el sectarismo, el oportunismo y la traición.

La Revolución Cubana desnudó a muchos dirigentes que parecían ser buenos y acabaron al servicio de lo peor y potenció a quienes, sin haber sido necesariamente los mejores del combate, se pusieron al frente con el propósito de afrontar el desafío verdadero. De no haber cumplido con lo prometido, la intuición, historia y temple rebelde del pueblo cubano, hace mucho hubiese acabado con Fidel Castro.

Hasta hoy, ningún dirigente político ha inventado la represión perfecta y ninguno ha podido sostenerse indefinidamente en el poder. Ahí están las dictaduras de América Latina que apoyadas interna y externamente por el
imperialismo fueron derrotadas por sus pueblos
. Por esto, cuando con ligereza se dice que Cuba se sostuvo únicamente con el apoyo de la ex Unión Soviética, deberíamos exigir consecuencia con la inquietud: ¿y qué la sostiene desde la caída del “bloque socialista”? Si como muchos creen, Cuba pudo subsistir únicamente por el apoyo del ex campo socialista, podríamos también preguntar a dónde fueron a parar los miles de millones de dólares que Estados Unidos canalizó hacia más de 300 gobiernos constitucionales o dictatoriales de América Latina en 45 años de revolución. ¡Ah!... nos dicen: ¡pero es que en Cuba no hay “libertad”! ¿Y qué es libertad? ¿La mía, la tuya o la de 300 millones de latinoamericanos que a diario naufragan en la desnutrición, la criminalidad, la desesperanza, la pobreza relativa y extrema? Que en Cuba no hay “democracia”. ¿Y quiénes dictan sus presupuestos? Que Cuba es dirigida por una “nomenclatura” de funcionarios privilegiados. ¿Y cómo se llaman los banqueros y empresarios que a expensas del Estado saquean países enteros sin que los “demócratas” digan pío? Que más de un millón de cubanos han abandonado su país y muchos perdieron la vida en el mar. ¿Y cuántos mueren día tras día al cruzar las fronteras del Mediterráneo o el Río Bravo sin que la noticia conmueva? ¿Cuántos millones hacen cola en las embajadas de los países ricos para trabajar de lo que venga? Que Fidel se mantiene por la “obcecación” de Washington en combatirlo, dice el escritor Carlos Fuentes. ¿Y entonces por qué no lo derroca de una vez? ¿Por qué no acaba con el bloqueo que, según los tartufos, sería causa determinante de su permanencia en el poder? ¿No será que el fin del bloqueo y la normalización de relaciones con Estados Unidos sería prueba de que en América Latina y el mundo es posible la resistencia antimperialista?

Los unos abandonan la lucha por el socialismo y los otros huyen del capitalismo neoliberal, que cultiva la lucha de todos contra todos y borra la solidaridad entre los seres humanos. Pero quienes en Cuba deploran, por ejemplo, la libreta de racionamiento suelen olvidar que la mayoría absoluta de los pobres de América Latina sueñan con poseer una libreta que quizá no alcance para todo el mes, pero existe.

Por lo demás, el socialismo nada tiene que ver con el racionamiento. Mas... ¿qué hacer cuando las guerras del capitalismo combaten con ferocidad el desarrollo del socialismo? En estas condiciones, el socialismo solo puede encararse como opción de conciencia y solidaridad. ¿Existe la “tercera vía”? Sí, existe: el escepticismo socarrón de los cansados y el oportunismo individualista son la “tercera vía”.

Hablar de Fidel Castro resulta difícil. Puede caerse en el ditirambo y la exégesis, la obsecuencia acrítica o esa moral zalamera que el propio Fidel sería el primero en deplorar. Asimismo, podemos caer en la tentación de hablar de un
hombre superdotado por la naturaleza. Mas entonces deberíamos concluir que la Revolución Cubana fue obra y milagro de un ser extraterrestre.

No es verdad. El mérito de Fidel Castro ha consistido en conducir y orientar la resistencia popular ante la agresividad de Estados Unidos y el de levantar a una sociedad que en todas las disciplinas es digna de ejemplo y estímulo para todos los pueblos del mundo. Sin la voluntad política del pueblo cubano, dispuesto a defender y sostener a conciencia lo suyo, ningún superdotado de la especie hubiese podido llevar a buen puerto el desafío implícito de una conducción que, desde el arranque, tenía las de perder.

Fidel ha dicho: El socialismo ha sido el auténtico héroe nacional del pueblo cubano. Y es por esto que la relación entre conducción política y revolución ha sido lúcidamente dialéctica. Sin embargo, cuando se analizan las cosas desde
posiciones privilegiadas, se incurre en el error de creer que los pueblos no necesitan de dirigencias lúcidas, abonándose el terreno para doblegarlos y sepultarlos en la más cruda y desesperante resignación.

Para concluir estas notas escritas al vuelo, ensayemos un ditirambo razonado. La civilización occidental desciende de Pericles, quien vivió en el siglo V antes de Cristo (495-429). A los 34 años, Pericles se erigió en jefe del partido
democrático. Reelegido estratega durante 30 años, Pericles democratizó la vida política de Grecia, permitiendo el acceso de todos los ciudadanos a las altas magistraturas. Y a su alrededor se agrupó un equipo de artistas y pensadores que
le valió pasar a la historia como “el siglo de Pericles”.

Dijo Martí: “Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías [...] Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras
repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”
.

En 200 años de vida independiente, los pueblos de América Latina han soportado cerca de mil cien gobiernos que solo han conseguido lamento y frustración; 40 millones de indígenas que viven peor que en los tiempos de la colonia, encabezan
la tabla de los padecimientos. Por esto, creo que el día en que seamos ciudadanos de una patria común, el siglo que pasó bien podría ser recordado como “el siglo de Fidel”.

(*) Escritor y periodista argentino; cronista de La Jornada de México D.F. Autor de varias obras que abordan temas políticos y de la realidad latinoamericana e internacional
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