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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


MARIO VARGAS LLOSA

<hr><h2><u>MARIO VARGAS LLOSA</h2></u>

LITERATURA Y SICOSIS



Por José Steinsleger

Fue en la Patagonia donde un librero me recomendó la lectura de La ciudad y los perros. ¿Qué recreación más oportuna para sobrellevar los aburridos días del soldado que allí vivía aturdido por el orden cerrado del cuartel y vientos de 180 kilómetros por hora?

En Comodoro Rivadavia, donde cumplía con mi servicio militar, el sórdido escenario de la IX Brigada de Infantería era inquietantemente parecido al del colegio militar Leoncio Prado, a las afueras de Lima, donde transcurre la novela de Mario Vargas Llosa.

Seguí con La casa verde y Conversación en la Catedral. Después, cuando puse atención a la vida del autor, mi admiración se desbordó: alineado con las causas nobles y premio internacional de novela a los 26 años, Vargas Llosa vivía la bohemia feliz de París con una tía a la que venía tumbando desde sus años mozos.

¿Se podía pedir más? Intenté emularlo pero nada me salió bien. A fines de los 60, Vargas Llosa pegó el viraje ideológico. Según dijo, el súbito y declarado escepticismo de Sartre acerca del rol que juega la literatura en la vida de los pueblos, llevó al cambio de camiseta. Posiblemente. Pero... ¡tarjeta amarilla! Porque en América Latina, la ley de Murphy ha demostrado científicamente que los intelectuales se sienten incómodos cuando en algunos procesos políticos los indios, los cholos y los negros alzan la voz.

Sentí y siento algo perturbador: el odio que Vargas Llosa vuelca en sus artículos políticos me paraliza y el clima de sus novelas me libera. Inclusive, al comentar temas literarios no hay escritor que lo supere. Y a favor de su coherencia ideológica, tiene el mérito de ser el único de los grandes escritores de derecha que da la cara: dice lo que piensa y siente y no juega de "centroizquierda". Aunque sobra decir que no le tenemos cariño, es El Maestro.

Consciente de la realidad en que vivimos, tampoco le falta razón cuando implora a la derecha que siquiera lea El principito y ver si así deviene menos bruta. En cambio, sus insoportables levedades políticas resultan, a más de lenguaraces, pletóricas de falsedad. ¿Cómo puede hablar de "dignidad" quien de conferencia en conferencia anduvo entre los genocidas y asesinos de la secta Moon, que en los años 70 y 80 celebraban sus propias "fiestas del chivo"?

Vargas Llosa no necesita ser ni liberal ni conservador. Le basta con haber sido socialista para jactarse de su antisocialismo sicótico. Así pudo, en 1990, aceptar la candidatura presidencial a nombre de los partidos más racistas y retrógrados del Perú, de los partidos que realmente jodieron al Perú. Me pregunto si Balzac y Flaubert, declarados alter ego detrás de los cuales el escritor esconde su proverbial vanidad de casta y clase, se degradaron tanto para justificar la sociedad del privilegio.

¿Cómo entender el voluntarioso servilismo que el peruano ejerce en los espíritus ambidextros o siniestramente diestros (le llaman "obsesionado de la democracia y la libertad")? Quizá, aquel personaje de Onetti, en El Pozo, tenga la respuesta cuando habla de "... la fuerza de realidad que tienen los pensamientos de los que piensan poco, sobre todo cuando no divagan".

En todo caso, fue importante que en momentos en que muchos escritores aseguran que literatura y política corren por andariveles diferentes, el autor de Pantaleón les haya recordado sobre el error de separar ambas cosas. Así como en su crítica a la literatura "light" también advirtió, implícitamente, sobre los efectos devastadores de las concesiones literarias en boga. Aunque la cátedra que dictó en Monterrey fue escolar (lean La guerra y la paz, lean Madame Bovary), sospecho que lo hizo a sabiendas del analfabetismo informático que atenaza a la juventud. Entonces, nadie más autorizado para recordarnos, por inducción, del rol perverso que juegan la mercadotecnia y las editoriales que semana a semana nos anuncian a la novela y el escritor del siglo.

Tiene razón Mario: rodamos en el abismo de las escrituras impostadas. Ningún tiempo pasado fue mejor. Pero antes se leía con mayor atención. No mucho más sino más. Exitoso de verdad, y merecidamente, Vargas Llosa puede darse la mano, esta vez mejor, con Onetti: "... mirá, pibe. Cuando yo me pongo a escribir es la hora de la verdad, y con la verdad no hay cuentos chinos".
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