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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


PANCHO VUELVE AL MAR

(El más anfibio escritor chileno)



Por Volodia Teitelboim
Revista Casa de las Américas, Octubre Diciembre de 2002.

Su padre, el capitán de barco ballenero, al momento de morir le dijo: "Volvamos al mar". Cuando al hijo le llegó la hora, empleó la misma expresión paterna: "Volvamos al mar".

El lunes 5 de agosto de 2002 se despidió en secreto de Eliana, su mujer. Le entregó también su última voluntad: no digas a nadie que me he muerto, espera un par de días. Y luego, que me cremen calladamente. En seguida, como mi padre, volveré al mar.

Siempre volvió al mar el más anfibio de los escritores chilenos, con un pie en la tierra y otro en el agua. Se reintegra al ciclo de la naturaleza, que ese autodidacta amaba y convirtió muchas veces en alegorías asombrosas. Desde su isla natal de Quemchi al Cabo de Hornos y a la Antártica contemplaba el coirón, el pasto de las estepas magallánicas, pero también fijaba los ojos en los astros. Es uno de los hombres a quienes más les he escuchado hablar de las estrellas. En medio de las borrascas de la Tierra del Fuego siempre miró y amó el paisaje interminable y salvaje. Sabía que para que éste fuera un tema literario y revistiera la grandeza trágica era necesario que lo transitara el ser humano. Redescubre la alianza entre hombre y naturaleza, pero también navega por dentro del caminante de los últimos confines. Realiza el viaje interior, se aventura en los ventisqueros y golfos misteriosos, a veces inenarrables, en la sicología de los tristes, los tiernos, los crueles y los solitarios.

Francisco Coloane incorporó a las letras universales las tierras finales del globo. Y lo hizo con una de las prosas más precisas y cristalinas que registra la literatura contemporánea. Completó el mapa entrañable de esas latitudes australes, como Jack London lo hizo con los extremos septentrionales. Allí trenzó también el nudo dramático: no la fiebre del oro sino la quimera del oro, como un Chaplin trágico, no cómico, que concibe la desesperada búsqueda de la riqueza, como una tarea titánica casi siempre infortunada.

Junto a Baldomero Lillo permanece como el más grande cuentista chileno del siglo XX. Coloane no es un observador o recreador fotográfico sino un hombre que dentro de cada palabra introduce una entraña, cierto estremecimiento que se transmite a los lectores de muchas lenguas. Es elocuente y sintomático que de repente en Francia, cuando él ya ha cumplido ochenta años, se lo haya descubierto como "el milagro Coloane". Y que lo saluden y lo hagan suyo en remotas comarcas. En el futuro, quien lea sus páginas sentirá asimismo que está descubriendo algún ángulo desconocido en la historia del corazón humano. Lo suyo sigue siendo válido para todos los tiempos y sus obras son traducibles a todos los idiomas porque él habló el lenguaje único e insuperable: el de la verdad, la sinceridad. También de la esperanza y la desolación del hombre que busca la felicidad sin encontrarla.

Los pianos del océano

Neruda lo llamó "el hijo de la ballena blanca", en alusión al libro de Melville, que Coloane leyó apasionadamente. Pero lo cierto es que él hablaba poco de literatura. Cuando citaba libros se trataba de páginas traspasadas por el sentido, por la tristeza, por la aventura riesgosa, a ratos sombría, que chocaba con el triunfo imposible. Buscaba a los amigos para compartir, hablar de la vida. En aquellas conversaciones se lo podía ver indignado ante las injusticias del mundo. Era hombre puro y recto, ávido de amor.

Su voluntad final de morir en silencio y de ocultar la noticia de su deceso por cuarenta y ocho horas pareció a muchos extraña. Creo que nunca antes sucedió un caso así en la historia de la literatura chilena. Su padre, el inolvidable capitán de barco ballenero, era desconocido para el gran público, un anónimo cuya muerte quizá fuera registrada por unas pocas líneas en un diario de Magallanes. Él quiso morir en la misma manera, en silencio. No necesitaba discursos en su tumba que recordaran cuán extraordinario escritor era. Siempre se sintió incómodo con las alabanzas. Era hombre de mar y de estepa, que siempre quiso estar en relación con el agua y dormir finalmente en sus profundidades, como una gota o un gramo más de sal. Mal que mal, lo primero que vio cuando nació fue el océano. Cuando le llegara la hora deseaba retornar a sus orígenes insondables.

En Francia lo vi en uno de esos tormentosos festivales dedicados a los escritores navegantes. Contaba, ante el deslumbramiento del auditorio, la historia de ese barco lleno de pianos que venía de Europa hacia Chile y naufragó en el Estrecho de Magallanes.

Con el tiempo el mar se volvió músico, porque los pianos empezaron a hablar y a cantar. Era una melodía traspasada por el enigma, ejecutada en el teclado, accionando las cuerdas interiores sacudidas por el movimiento oceánico. Se oían sonatas, patéticas, como lamentos de ahogados; allegros tempestuosos o insólitos arpegios, resonancias inauditas que cautivaban a los viajeros que cruzaban por esos parajes de vida o muerte. Al parecer, el relato de Coloane es verídico. De lo que no me cabe duda es que para él no sólo era real. Lo consideraba también una expresión de la belleza cósmica.

Recuerdo a Coloane como un ser conmovido. No olvido su llanto incontenible cuando su esposa Eliana se encontraba en China y él no podía viajar a verla. Físicamente tenía trazas de gigante armonioso. Si alguien lo comparó con un toro, ocupaba su fortaleza física para enfrentar al injusto, al prepotente, al que trataba de atropellar la dignidad de las personas. Desde muy temprano se definió políticamente, ingresando primero al Partido Socialista y luego al Comunista. Nunca quiso ser dirigente ni tener cargos. Se consideraba una persona de base. Quería vivir, vivir a plenitud, escribir, seducido por la belleza y animado por la bondad. Y hay que usar la palabra bondad porque lo define bien.

No cabe un adiós para Pancho sino un hasta siempre. Noble Hermano. Incomparable. Uno de los hombres más puros que hayan pasado entre la tierra y los vendavales, para instalarse ahora en su morada ancestral, la de su padre: el mar de todas las tormentas y los más grandes horizontes.
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