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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL CÍRCULO CERRADO

<hr><h1><u>EL CÍRCULO CERRADO</h1></u> Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba – 26 de septiembre de 2005


El discurso del presidente venezolano en las Naciones Unidas, poco más de una semana atrás, fue denostado o silenciado. Definida como estrambótica por la Casa Blanca, la pieza oratoria de Hugo Chávez recibió poca consideración en los medios de prensa internacionales, que cuando mucho la recogieron como otra manifestación de la tropical forma de ser del mandatario caribeño. Sin embargo, más allá de la resonancia popular de sus palabras, que irrita el oído del establishment, el discurso de Chávez sonó como “un pistoletazo en un concierto” porque se atrevió a enfatizar el carácter distorsionado de la realidad mundial que nos rodea y la inoperancia del organismo internacional



El tema energético; la depredación del planeta; el hambre; el desequilibrio histórico de las relaciones mundiales; el desequilibrio interno, que aflige incluso a las sociedades desarrolladas; la carencia de representación democrática en el Consejo de Seguridad de la ONU y el agotamiento del orden económico internacional fueron asuntos puntualizados por Chávez en un ámbito que suele poner en sordina estos temas al instalarlos entre los algodones de una prosa llena de vaguedades.

Hacen falta los enfants terribles en el foro mundial. En un ámbito comunicacional imbuido de conformismo, decir que dos y dos son cuatro resulta insolente. La verdad se ha tornado una provocación, pero mientras más se aprieta el corsé de lo “políticamente correcto”, más escandalosos son los resultados a que arriba el sistema y más flagrante se hace la contradicción entre lo que se proclama y lo que efectivamente es.

Lo que de veras existe, en efecto, no tiene nada que ver con la democracia ni con la ideología llamada liberal. La polarización que es intrínseca a la globalización, y que esa ideología ignora de forma deliberada, despoja de todo fundamento a la pretensión de fundar un orden mundial basado en la libertad. En el marco del actual régimen, la integración al sistema global torna ilusorio cualquier intento de los países periféricos en el sentido de alcanzar a los que tienen la punta, pues la desregulación del intercambio y de los flujos de capital condena a las masas deprimidas de esos países a deprimirse aún más, mientras se bloquea la posibilidad de que esas muchedumbres escojan la solución a la que apelaron en el pasado los excedentes poblacionales de los países hoy desarrollados: la emigración.

En efecto, sólo una liberación de las corrientes migratorias podría otorgar cierta credibilidad al discurso desregulador, pero esa opción está excluida por razones nacionales, étnicas o de la índole que fuere.

Después de tantos años de hablar acerca de los pueblos en cautiverio detrás de la cortina de hierro, los países del Occidente desarrollado han erigido mil y un obstáculos parecidos, no para impedir la salida sino para prohibir el acceso de los desheredados al escenario de su propio privilegio. Y el costo en vidas humanas de estas murallas de Berlín al revés supera en forma desmesurada al que plantearan los esfuerzos por vulnerar la cortina de hierro y escapar hacia la libertad en Occidente.

Hipocresía y rebelión ciega



La necesidad de romper el discurso políticamente correcto y llamar a las cosas por su nombre, puesta en evidencia por la corriente de aire fresco que acompañó al discurso de Chávez en las Naciones Unidas, se pone de manifiesto de manera flagrante en las presiones explosivas que acompañan al sistema y que son generadas en buena medida por la oclusión, no sólo de las instancias prácticas para superarlo sino incluso por la hipocresía con que el sistema actúa sus procedimientos



El oscurecimiento de las raíces del problema, la confusión deliberada que el discurso dominante introduce en torno de lo que está en juego, cuando no puede ser decodificado o dominado de manera consciente por quienes lo sufren, provocan una exasperación que se resuelve a veces en un furor que profundiza los componentes negativos de una situación dada.

Las conspiraciones están a sus anchas en este terreno. La historia comienza cuando comienzan los millones, decía Lenin. Cuando, como hoy, falta el protagonismo de las multitudes, cuando no hay actores sociales conscientes de un rol histórico, el poder se confina en los laberintos donde se cocinan las manipulaciones de los especialistas. Y no se trata tanto de los especialistas de la política cuanto de los pertenecientes a la burocracia de las finanzas internacionales y a los servicios y cuerpos de inteligencia que, hoy en día, ejercen una influencia desmesurada en la confección de las políticas que reúnen tecnología, poder militar y discurso televisivo en un trípode que siempre tiene alguna de sus patas presente en el escenario. Cuando no tiene los tres términos de la ecuación funcionando en forma mancomunada.

La negación de los factores que componen la realidad y su distorsión en un discurso mediático impreciso, genérico y omnipresente, más la agresión que supone la coerción económica y en ocasiones militar, crean estados de exasperación propicios para la gestación de los credos fundamentalistas y su deriva eventual, el terrorismo



Pero éste a su vez se mueve en círculos cerrados, cuyos mandantes y móviles permanecen en la sombra. Esto refuerza el carácter conspirativo del presente.

¿Cómo saber dónde concluye la CIA y comienza Al-Qaeda? A estar por los resultados que promueven los golpes terroristas –invasiones, divisiones regionales fundadas en la separación confesional, guerras de religión que se verifican en espacios significados por su valor estratégico o por encontrarse asentados sobre un subsuelo rico en petróleo– se diría que la vinculación es operante, aunque no se pueda precisar de qué manera se establecen esos lazos y qué es lo que hay de deliberado y qué de casual en ellos.

Las raíces del odio



La hipocresía reinante quiere explicar el terrorismo como una ideología del odio. Sin duda lo es, pero ¿qué genera el odio?

La fractura de la utopía socialista y de la ideología del progreso solidario ha provocado un vacío de esperanza que está siendo llenado por una protesta revulsiva contra el estado de cosas, protesta tan legítima como inconducente



La burla solapada o la indiferencia frente a los problemas que afligen a las tres cuartas partes de la humanidad, su escamoteo por el discurso retórico; la reducción de los antagonismos a una conflictividad determinada por los choques culturales de un presunto “conflicto de civilizaciones” –que niegan al Otro o lo confinan a un espacio delimitado y ajeno al Nosotros– provocan una reacción que combina la crisis identitaria con el deseo de superarla reconfirmándose en el papel que la civilización presuntamente superior ha asignado a quienes se obstruye el acceso al club de los privilegiados.

La locura de los terroristas refleja la locura del sistema que los engendra, es su complemento necesario. Porque el sistema necesita de esa dialéctica inmóvil: ¿no es sugestivo que cuando el derrumbe de la URSS dejó a Estados Unidos como dueño del planeta y sin un enemigo a la vista, haya surgido una amenaza terrorista que sirve para ejercer el poderío militar sin cortapisas?



De esta manera se pueden controlar las áreas estratégicas en forma directa, facilitando asimismo el recorte de las libertades civiles en el mundo desarrollado, al hacer del temor un agente activo que condiciona la opinión y la predispone a la asunción de actitudes represivas.

Por supuesto que el precio a pagar por esto es grande. En condicionamientos psicológicos, en pérdida de albedrío y de calidad de vida, y en los riesgos que supone la manipulación de un material explosivo que, en última instancia, no se domina, pues los activistas del terror, una vez que se les ha soltado la cadena, son imprevisibles. Y, aunque no pueden poner en riesgo al sistema, son muy capaces de crear una inestabilidad perdurable y un desasosiego existencial que estará en condiciones de arruinar la vida a millones de seres humanos.

Quienes tributan este precio, sin embargo, no son los que se benefician del negocio. De modo que no hay por qué hacerse ilusiones: la espiral del terror se muerde la cola y la única forma de resistir sus círculos concéntricos es saliéndose de ellos. La desconexión preconizada por el economista egipcio Samir Amin no es reaccionaria, pues presupone la vinculación de los pueblos por fuera de las estructuras burocráticas que los contienen.

Una de las formas de liberarse es rompiendo la hipnosis de las verdades hechas y del discurso afelpado, como el mandatario venezolano tuvo el desparpajo de hacer en su reciente presentación ante el organismo mundial

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