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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA BANDURRIA SOLITARIA

<hr><h1><u>LA BANDURRIA SOLITARIA</h1></u> por Pablo Huneeus

Urbi et Orbi 70, Domingo 16 de Enero de 2000.

A comienzos de diciembre (Urbi et Orbi 65) hablamos de un pájaro herido que deambulaba por el humedal donde yace el Poseidón.

Lo llamamos abutarda, infundio que hoy nos apresuramos a desmentir porque es una mansa bandurria, esas aves de bosques pantanosos que vuelan cual cigüeñas, con el cuello extendido hacia adelante. Se ha quedado a vivir en los pastizales anegadizos que hay junto a la casa, decíamos. El resto de la bandada, la acompaña. Salen a buscar alimento, mas al rato vuelven para que no se sienta sola. Son familia, fue la conclusión.

Sin embargo, transcurrido cuarenta días, la bandada parece haber seguido su camino al sur sin esperar a la hermana retenida.

¿Tendrían importantes negocios que atender? ¿Peligraban perder la temporada? ¿Van a pasar de vuelta a buscarla?

No sabemos. Lo cierto es que hasta aquí no más llegó la bandurria ayer del montón, hoy libre de ataduras. Curiosamente, al mes valérselas por sus propios medios, ya no le cuelga el ala derecha, como era evidente semanas atrás, ni se ve maltrecha. Ahora que pusimos cristales bronceados en las ventanas, se acerca más a la casa. Entonces, uno la puede estudiar con calma mientras desentierra gusanos del pasto a un par de metros de distancia. Tiene ojos color rubí, cuello color oro viejo, cuerpo azabache y patas rojas.

A la menor provocación emite destemplados gritos de alarma, pero como ya nos conoce reserva sus imprecaciones a unos perros vagos que suelen aparecer. Sin duda se siente protegida con esto de que uno salga persiguiendo a los canes intrusos. A tal punto se ha posesionado de la propiedad que la dejamos cuidando la casa cuando fuimos a votar a Calbuco, distante a unos kilómetros.

O sea, a estas alturas se encuentra, como dicen en el campo, hallada. La vemos segura de sí misma, de buen talante y excelente apetito.

Así todo, no intenta jamás abrir sus alas. No quiere o no puede volar, todo lo cual nos dice que para un animal esencialmente gregario es factible adaptarse a ser único, singular y por ende dueño absoluto de sus propios pensamientos.

En su nueva condición de terrícola nos demuestra este vertebrado cantante que un animal amistoso puede lo más bien habituarse a vivir separado de la turba.

Al fin de cuentas, que el homo sapiens sea, según Aristóteles, un "zoon politikón" (animal social) es válido a ratos, sobre todo a esas edades tempranas en que nos sentimos adheridos a los amigos. Pero el tráfago de los tiempos parece ir haciendo con uno lo de las bandurrias: lo va dejando a uno librado a su propia suerte, como si todos si todos hubieran seguido de largo por el camino frente a nuestra casa.

En la cola para embarcarse en el avión a Puerto Montt, apretujado entre un grupo de jubilados franceses y una pareja de newyorkinos. ¿Qué fue del país pequeñito y propio en que uno creció?

En el taco multitudinario sobre la calle en que jugábamos a la pelota. ¡Allá viene un auto!, gritaba el sapo cuando avistaba al fondo de la avenida Lyon un cuadrúpedo a ruedas.

Todo el boche, sea elección o notición, son rompientes en la lontananza. ¿Seguir la onda o hacerse caso?, that is the question. ¿Ser como todos o salir de adentro? ¿Mirar el boche en la Alameda o el atardecer en la playa?

De su debilidad ha sacado energía la bandurria, como diciendo que al interior del espíritu hay felicidad.

Moraleja: la Soledad da fuerza.

 

huneeus@pablo.cl

 

 

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