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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


UNA VOZ EN LA TORMENTA

<hr><h2><u>UNA VOZ EN LA TORMENTA</h2></u> Por Enrique Lacolla

La Voz del Interior
(Córdoba) - Abril de 2005

El pontificado de Juan Pablo II estuvo señalado por una serie de acontecimientos dramáticos que lo proclaman como uno de los más significativos de este siglo. Es, desde luego, imposible mensurar sus alcances a la luz de la historia milenaria de la Iglesia; pero, a la escala contemporánea, su importancia es innegable en la medida en que coincide con la ruina del comunismo, la gran profecía laica que intentó suplantar, con una afirmación de voluntad inmanente, la proposición trascendentalista de la fe cristiana.

La Iglesia, se ha dicho, no tiene prisa. Tomada de sorpresa por la irrupción del racionalismo a fines del siglo XVIII, batida en brecha en el XIX por un liberalismo, un progresismo, un industrialismo y un socialismo vigorosamente ascendentes, durante mucho tiempo luchó contra la corriente, adaptándose a sus meandros cuando no quedaba más remedio, pero resistiéndose a admitir esa dialéctica de la Ilustración que absolutizaba la razón pura en detrimento del principio moral que distingue entre el bien y el mal a partir de parámetros inmutables. En esa lucha aparentemente en retirada, la Iglesia puso de manifiesto -aunque su advertencia solía ser ignorada por quienes sólo percibían el exterior reaccionario de su accionar político- que si los grandes principios no tienen un fundamento espiritual, subordinado a un dictamen trascendente, la ley entonces sólo puede ser provisional... Y, en consecuencia, infinitamente derogable. La arbitrariedad, por lo tanto, termina justificándose por su misma ausencia de justificación: desde el terrorismo revolucionario al terrorismo de Estado, desde la contraconcepción a la manipulación genética, todo es viable, todo es admisible, todo puede terminar en una inconmensurable indiferencia.

No podemos seguir aquí el hilo rojo de esta polémica sorda que informa el decurso de la historia contemporánea desde la Revolución Francesa hasta nuestros días; pero sí debemos tener en cuenta su enorme importancia, que la ubica muy por encima de las ironías someras que con frecuencia se le disparan desde el progresismo elemental. El pontificado de Juan Pablo II debe ser evaluado en ese marco de referencias, que se engarza con un proceso histórico del cual el Papa fue testigo y a veces decisivo protagonista.

Años de cambio

Entre 1978 y 1994, el mundo presencia el vertiginoso vaciamiento de las convicciones abstractas que habían guiado su avance. La avalancha del consumo; la explosión de individualismo y hedonismo suscitada por el desborde material; el fracaso del comunismo, vaciado de contenidos pero cuya superestructura comprimía y ahogaba el deseo de libertad bajo un caparazón muerto; y la cobertura del mundo por una red informática que todo lo revela y que no explica nada, son los rasgos genéricos de una época signada por el cambio permanente y por el naufragio de toda voluntad dirigida a controlar o a guiar ese cambio.

Después de las tormentas de la Segunda Guerra Mundial y a la luz de las paroxísticas transformaciones generadas durante el período que va desde 1914 hasta 1945, la Iglesia comienza a producir modificaciones en su seno que apuntan a dar una respuesta a las dudas y los desafíos del mundo moderno. La necesidad de levantar una barrera contra las pretensiones del Estado totalitario, que encuentran en la formulación comunista un arquetipo brutal, no puede disimular la razón de esta última clase de estructuraciones: la injusticia de un mundo moderno, donde proliferan la desigualdad y la injusticia al lado de la riqueza más insolente y de la negativa a echar mano a las posibilidades financieras y tecnológicas con que se cuenta para empezar a poner remedio a las primeras.

La identificación entre Iglesia y reacción, que se había convertido en una fórmula sacramental para las izquierdas y hasta para ciertas derechas radicalizadas, y que estaba justificada por la frecuente adscripción de la Iglesia a los sistemas instituidos, a los que respaldaba por desconfianza a lo nuevo, debía ser combatida para
rescatar lo que también había de social e igualitario en el mensaje cristiano. La Ciudad Universal fue católica antes de ser comunista, y sus premisas podían y debían ser recuperadas si se quería afrontar el desafío de la modernidad con una perspectiva actualizada y con una efectiva voluntad de erigirse en un factor de acción, además de consolación.

A partir del Concilio Vaticano II, esta vocación de compromiso con la realidad -que nunca había estado ausente de la dialéctica profunda de la vida eclesial- se pronunció en forma manifiesta y emergió no sólo a través de la simplificación de los rituales, del aggiornamento de las prédicas y prácticas del culto, de una intensa preocupación por los temas macroeconómicos y macropolíticos, sino también de la irrupción de corrientes que, como la teología de la liberación, borraban casi los límites entre marxismo y cristianismo y propiciaban el ingreso directo a la lucha política y, eventualmente, si se seguía su lógica hasta el límite extremo, a la lucha armada contra el opresor.

Esto, en cierta manera, habría supuesto la disolución de la Iglesia en un todo multitudinario, donde el peso de esa extraña y excepcional formulación que conjuga espíritu y materialidad se habría desvanecido en una nube de amor y liturgia, cuando no en el ingreso directo en la vida civil. Para que el impalpable poder de un principio espiritual tenga vigencia en el mundo entero, es en efecto necesaria, si no se cuenta con un marco nacional solidario y con un Estado configurado como tal en un espacio concreto, la presencia de una autoridad efectiva, de una autoridad operante.

l valor del orden

Juan Pablo II vino en cierto modo a restituir ese valor. Lo singular fue que su pontificado coincidió con la crisis final del comunismo, a la que su elección contribuyó a acelerar. No sólo porque el Papa provenía de un país, Polonia, cuyo sentido nacional se fundía con su catolicidad y que, en consecuencia, se convertía en un hueso muy duro de roer -en realidad, en una piedra indigerible- para el ruso-marxismo; sino también porque la gestión de Juan Pablo II se perfiló en una actitud efectivamente combativa respecto del sistema imperante en el Este, cuyas grietas y crisis sustancial conocía mejor que nadie.

Si bien en tiempos lentos, la Iglesia también conoce pleamares y bajamares, acción y estabilización. Después de los pontificados realmente revolucionarios de Juan XXIII y Pablo VI, Juan Pablo II vino a reordenar lo que, para los criterios eclesiásticos, se había salido de madre. De ahí los énfasis en la disciplina, la desconfianza y eventualmente la oposición ante las manifestaciones de la teología de la liberación; y sobre todo el rechazo de las actitudes concesivas respecto de políticas muy a la moda en el mundo posmoderno. Por ejemplo, las que extreman la liberalización en materia de aborto y de experimentación genética; o que, so pretexto del respeto a las minorías, apuntan a lo que la Iglesia entiende como una distorsión de los mandatos de la naturaleza e intentan no sólo una institucionalización de la excepcionalidad, sino su proliferación y, llegado el caso, su conversión en regla, al consentir la adopción de niños por parejas constituidas por homosexuales.

Estas batallas, aún en curso, no deben sin embargo oscurecer la que podría considerarse como la más paradójica y positiva de todas las inflexiones producidas por el papado de Juan Pablo II: ante el hundimiento del comunismo, que durante muchos años se erigiera en el sistema rival del capitalismo, la Iglesia Católica aparece perfilándose como la única institución capaz de estructurar un discurso que, si no se opone frontalmente a la sociedad capitalista, se funda en un tipo de valores que recusa -implícita o explícitamente- sus distorsiones.

Según Juan Pablo II, el capitalismo podía ser aceptable para la doctrina social de la Iglesia en la medida en que, a nivel de sus principios básicos, se adecua en muchos aspectos a la ley natural. Pero, según sus explícitas manifestaciones, deben rechazarse sus prácticas abusivas, como la explotación, la injusticia, la violencia y la arrogancia, que en años recientes -más precisamente a partir de la caída del comunismo- han empezado a encontrar buena prensa y a ser aceptadas como parte de un retorno (no siempre admitido francamente, pero claramente visible en los hechos) al capitalismo salvaje. Un capitalismo salvaje que originó, precisamente, una saludable reacción, que al final terminó en la fallida utopía comunista.

En un mundo dividido entre el vacío ideológico dejado por el hundimiento de la profecía laica del comunismo y el vacío espiritual de una sociedad de consumo que hace del goce hedonista, de la indiferencia y del individualismo más egoísta las prendas de una seudolibertad sin mañana, el papado de Juan Pablo II vino a proponerse como un espacio para la protesta reflexiva. Aunque revistió en su caso la singularidad de la cultura occidental y no renegó de sus dones, es difícil disociar la reproyección que la Iglesia Católica tuvo en este período de las inquietudes y agitaciones que recorren a otros movimientos confesionales en el Tercer Mundo -un espacio al cual el Pontífice dedicó preferente atención- y hacia los cuales se dirigen confusamente las muchedumbres de desheredados para buscar una guía en medio del
desorden
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