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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL SIDA Y LA ENFERMEDAD ESPIRITUAL

<hr><h2><u>EL SIDA Y LA ENFERMEDAD ESPIRITUAL </h2></u> Por Abel Posse
La Nación
(Buenos Aires) - Abril 2005

En los evangelios de Marcos (9.42) y Mateo (18.6-11), el tema claro es el escándalo. Se narra que Cristo está rodeado por sus apóstoles y seguidores y es preguntado acerca de qué es lo principal en el Reino de los Cielos. Jesús, sin vacilar, llama a un niño al centro del grupo. Afirma que ese niño es lo principal. “Quien sea humilde como este niño entrará en el Reino de los Cielos? Pero si alguno escandalizare uno de estos pequeños, que creen en mí, sería mejor para él que le fuese atada una piedra de molino al cuello y echado al mar.”

La palabra “escándalo” proviene del griego skándalon, “trampa u obstáculo para hacer caer a alguien”. Así pasa al latín. Monseñor Baseotto procede con no menos loable pasión cuando señala que repartir esos preservativos conlleva un acto escandaloso: de algún modo, se banaliza la sexualidad, se suspende el pudor como estilo de una sociedad católica (constitucionalmente católica, según el artículo segundo), y se lleva a los jóvenes a la perplejidad de una contradicción entre lo público y los límites del estilo familiar y del uso y costumbres de la gente de este pueblo.

El ministro de Salud combate legítimamente la enfermedad física sin reparar en la enfermedad espiritual y metafísica de la permisividad. El sexo aparece como un simple acto corporal, como una facultad gimnástica cuyo único peligro puede ser el contagio de un mal incurable, mortal.

Al recibir los preservativos repartidos como caramelos, los chicos quedan perplejos; en el sentido bíblico, escandalizados. ¿Se incentiva la sexualidad precoz? ¿El sexo, entonces, carece de toda importancia? ¿Es una simple gestualidad física cuyos únicos peligros son el sida y la procreación precoz? ¿El pudor de las familias carece de todo sentido? En suma, el conflicto se sitúa entre dos buenas intenciones: la del ministro y la de la Iglesia, que es consciente de la enfermedad y de la perplejidad de la juventud argentina (y de buena parte de la del mundo).

Todos los valores, los respetos, los estilos culturales están siendo contaminados por una atroz polución de subcultura comercializada en una escala global. Encender un televisor en familia es una incómoda peripecia de impudor y de degradación estética y moral. Una runfla de comerciantes de la audiovisualidad destruye todo lo que podemos intentar construir en la escuela.

Sin prevenciones espirituales, morales ni religiosas, tácitamente se invita a la banalización del sexo y también a la precocidad sexual. Se preserva el cuerpo y, al mismo tiempo, se sigue enfermando el alma juvenil.

A partir de esta doble realidad, de difícil síntesis, continuó en la Argentina este nuevo capítulo de Don Camilo y Pepone. La Argentina piensa mal y prevalecen los malpensados. Un grupo de idiotas que buscan espacios de obsecuencia de algún modo vieron en la palabra de la famosa parábola cristiana algo así como la invención, dos mil años antes, de los vuelos de la muerte.

En vez de comprender la ineludible posición católica, prefirieron creer que el obispo quería arrojar al mar al doctor Ginés González García, que, a su vez, debe de haber quedado también perplejo al encontrar en el diario la noticia de que había sido víctima de un intento de asesinato (parece que hubo una denuncia penal).

En el mundo aburridamente serio de los países normales no pasa que un obispo trate de matar en forma burda a un ministro. Por su parte, el ministro no procedió con voluntad de escandalizar, sino con voluntad de curar. Actúa en los límites de su profesión y es un ministro brillante, al que se le deben grandes logros en lo que hace a medicina social (desde el plan Remediar hasta el reciente tema de la vacunación contra la hepatitis A).

Fabricaron un conflicto de sainete que terminó en deliberado y ridículo incidente diplomático. Un embajador extranjero comentó: “El avión, la soga y el ministro están, ¿pero dónde podrá conseguir monseñor Antonio Baseotto una piedra de molino?” Sin ética, sin estética y sin sentido filosófico alguno, todo desemboca en la nada, en puro nihilismo.

La política, alienada económicamente en este sistema perverso, ya no lucha por valores o por una renovación cuidadosa de los valores existentes, vigentes. En el decadente Occidente de tanta riqueza y de tantas exclusiones y soledad, la Iglesia, desde su testimonio de dos mil años, intenta responder con energía a este nihilismo, cuyas víctimas más ostensibles son, paradójicamente, los jóvenes, sobre quienes se ejercita un juego de libertades anárquicas, demoledoras, falsas.

La Argentina está espiritualmente enferma. De allí proviene nuestro default, nuestra política de patio, esa ridiculez reiterativa, pese al intento de querer ser un “país serio”. A todos nuestros males se suma ahora la patológica preferencia de los conflictos en vez de la concordia creativa y la armonía. Es grave para un pueblo golpeado por la más grande crisis de su historia y que debe, por lo tanto, afirmar más que nunca su posibilidad de unidad.
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